El mar en invierno

22 12 2013

Con frecuencia me detengo a pensar en la cantidad de cosas que no sé. Lo hago con generosidad, de forma minuciosa. En estos últimos meses se acumulan ante mí y he de perseguirlas sin resuello. Para cuando alcanzo una, muchas más se disparan ya adelante, como balines juguetones, y me obligan a retomar una desaforada carrera. Hay tantas que he perdido la cuenta pero, si me fuera posible alcanzar la certeza de todas ellas, las reuniría en un ordenado catálogo y una a una las enfrentaría. Para doblegar la magia inaccesible de lo desconocido, para recorrer como con dedos de ciego las líneas precisas de su esencia, despacio y cuidadoso, empeñado en no relegar un solo detalle de tan formidables construcciones. En caso de que una secuencia como esa fuera posible, sospecho que habría bordeado, acaso inútilmente, el sentido de mi existencia. En eso y sólo en eso consistiría todo.

Ahora que regresé a la universidad, a buscar a un hombre que no he sido, convengo en que tal vez deberíamos regresar a la universidad cada diez años, digamos, diez o quince, con el fin de reinventar cada tanto lo que fuimos, y de ese modo aproximar en lo posible, que no ha de ser mucho en comparación con la inmensidad de la derrota, el viejo anhelo de multiplicar nuestra sola vida en varias vidas. Puede que a la vuelta nos aguarde, otra vez, un lento fracaso, irreconocible de partida. Un arco completo de aprendizaje, crecimiento, madurez, tal vez algo de éxito y lenta caída hasta la vulgaridad. Pero qué otra cosa podríamos convenir que es la vida, salvo el dichoso recorrido del espacio que separa esos dos puntos, lo único que no se puede negociar.

winter sea

Después están las cosas que te enseña el tiempo, encargado de gestionar los márgenes crueles, extremos, de la naturaleza humana. Cómo aceptar lo inaceptable, con qué aprendizaje progresivo, descarnado, asimilar lo que no podemos asimilar de nosotros mismos, cómo rebajar el impacto de las pérdidas, de lo irrecuperable. Aceptar que todo lo tuyo -lo más tuyo, lo que te fue dado de antemano- se va un día, o desaparece de forma lenta, en los perfiles que se afilan con una dolorosa languidez que habrá de culminar en nada, la nada blanca de la eternidad, que no es sino memoria. Lecciones para mirar al abismo.

La existencia es lo que ocurre entre la creación y la descomposición. Yo miro la vida pasar deprisa y me pregunto a dónde va. Por qué este desorden. Uno creyó que sería hombre el día que diera la comida a su hijo. Pero ha acabado, tal vez, sintiéndose hombre cuando ha tenido que ser el hijo que da la comida a su padre. El tiempo regenera los escenarios, y las personas que los ocuparon desaparecen en el vacío de los telones. Hay una vida que escapa y que debemos sustituir por esta otra que supimos tramar a lo largo de los años. Representarla con falsa convicción, sabiendo que somos apenas actores (malos actores incluso), pero que todo está destinado por fuerza a continuar. Hasta nuestra misma quietud definitiva. Siento que he llegado tarde a ese relevo. Que mi construcción es apenas leve e incompleta. Y que, por culpa de ese desacuerdo, me aguarda una soledad íntima que jamás podrá ser dicha en los términos precisos. En ella, advierto, habrá siempre un día imposible de rememorar, en que supiste por primera vez los rasgos de tu padre. Y habrá la conciencia dolida de estas mañanas últimas, en las que aguardarás lo imposible en un ciclo sin término. Lo que jamás aprenderás en cien vidas ni podrás entender en cien muertes. La turbación callada de una inmensidad que no hay modo de abarcar; gris, deshonesta y profunda. Inconmovible, como un mar en invierno.

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