Inventario

22 01 2014

Somos pasajeros de un viaje que nadie comprende. Sometidos a la extrañeza: están su ropa, sus anteojos, la memoria de los objetos, los zapatos en el mismo lugar, las americanas prendidas en elegante descanso, en el interior de los roperos; imágenes, dedicatorias, apuntes contables, los libros leídos, otro que quedó abierto en una página señalada que no me atrevo a desdoblar; aparatos de radio que fueron cientos de noches, cachivaches, llaveros, relojes que se erigen en calabozos cortazarianos, un aire impregnado, la mecedora detenida, lo que guardó y lo que guardamos; una cadena de oro, encendedores de plata, un cuchillo de monte, unos gigantescos binoculares, los partes médicos, los documentos, sus voces grabadas, las fotografías, los peines de carey, cepillos planos, bufandas tejidas y gorras de monte, un televisor apagado, un aroma que lo ha perdido, la música de Strauss, carpetas y cuadernos, clasificadores, bolígrafos y la anotación de objetos necesarios para una breve estancia fuera de casa, que se fue alargando. Desde el final del verano, insistente, hasta que pasó el otoño y varios inviernos. Cada vez más fríos. Cada día más sombrío. Así hasta que todos aquellos enseres perdieron su condición necesaria, hasta que todo se hizo perfectamente aborrecible, efímero frente a la eternidad devoradora que nos vencía.

Su rostro de niño, tan familiar que puedo reconocerme. Su joven prestancia de gastador. Aquellos saltos de tuno que hacía magia con una pandereta. Los juegos. Las enseñanzas. El indescifrable amor. El dolor oculto, la frustración, la mirada imperativa que se iba a agotar en ningún punto fijo, como tratando de entender qué cosa era esta puta nada que parecía colarse por la ventana. La generosa comprensión de todos mis errores, el recuento de derrotas, las victorias que olvidamos. Está todo, salvo el hombre. Y su voz. La voz. Que es solo vibración etérea y, sin embargo, lo más cierto, lo más concreto, lo más aprehensible de todo lo que no está. La voz que llena los espacios inauditos. Y una cerveza que había quedado en el frigorífico y que me pidió con insistencia todos estos meses. Una cerveza. Una cerveza… Y esta botella de vino que (ya no pero tal vez sí) nos beberemos cada 24 de diciembre.

Edwyn Collins, de regreso de una muerte pasajera (una hemorragia cerebral en 2oo5, una parálisis parcial de su cuerpo, un largo periodo de rehabilitación neurológica, el reaprendizaje del habla, la motricidad y hasta sus propias canciones…) publicó un disco formidable llamado ‘Loosing Sleep’. En él tocaba y cantaba esta composición, titulada ‘In Your Eyes’, junto al vocalista de The Drums. Tiempo después, comenzó a interpretarla en directo auxiliado por su hijo Will, a dos voces y un solo corazón. Siempre me pareció una celebración extraordinaria de la vida por parte de ambos, un encuentro envidiable cuya hermosura está contenida en los paralizados gestos de orgullo de Edwyn Collins y los alegres bailes del chico. El concierto de Edwyn Collins en el Teatro de las Esquinas, hace algún tiempo, puede haber sido uno de los más desoladoramente hermosos que yo haya visto. Para mí, el estribillo de este tema y su melodía constituyen una oración que he dicho un sinnúmero de veces, de una forma u otra, en los últimos meses. Bastaba una mirada para aceptarlo todo.

“No puedo siquiera probar el vino / siento nostalgia / Y si me ves hundido, mejor aléjate, aléjate… / Lo percibo en tu voz, en tu voz / Y lo siento en tu corazón, en tu corazón…

Si lo que quieres es irte / no hace falta ya que te quedes / A veces me siento agotado / Y ya he aceptado que tienes que seguir tu camino / Lo veo en el cielo, en el cielo / Y lo advierto en tus ojos…

Lo que intento decir es que / He cambiado de idea / La vida tiene cosas oscuras / Lo entreveo en tu sonrisa, en tu sonrisa… /  Y puedo tocarlo desde aquí lejos, desde aquí

Algun día, muy pronto / abandonaré esta ciudad / Un día, muy pronto, / me buscaré un nuevo lugar / De vuelta al campo / la vida llena de paisajes / Allí donde tengo la intención de dejarme ir

Si quieres irte / dejaré que lo hagas ahora / Ya no hace fala que te quedes / A veces me siento cansado / Y ya he aceptado que debes seguir tu propio camino / Lo veo en el cielo / Me lo dicen tus ojos

[Pd: Prometo no hacerlo más, pero era preciso este inventario. Vaciar los cajones, mirar las imágenes, escuchar los sonidos, sentarse y observar los mismos lugares de siempre. Dejar todo lo que quedaba. Arrancarse la ropa, desnudarnos como para entrar a un baño helado, en un lago, en el centro exacto de un bosque silencioso. Y luego, ahora ya, regresar a las luces y las noches, las tiendas, los bares, el neón de la existencia. Y seguir bailando. Sí, seguir bailando. Bailar hasta que se nos pare el corazón de tanta felicidad].





Fernando Ornat (1935-2014)

7 01 2014

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– Ya no queda más cansancio. Ya no queda más sueño…