Harold Ramis (1944-2014)

25 02 2014

 

Ella: They say we’re young and we don’t know /  We won’t find out until we grow
Él: Well I don’t know if all that’s true /  ‘Cause you got me, and baby I got you…

[Sonny y Cher le ponen la voz  cada mañana a la repetición insaciable de los días: “Dicen que somos jóvenes, pero no lo sabremos hasta que hayamos crecido; en verdad no sé si todo eso es cierto porque, nena, tú me tienes a mí, y yo te tengo a ti”. Es la canción imborrable en ese clásico inadvertido que ya para siempre será Groundhog Day (Atrapado en el Tiempo), una de las mejores comedias que se hayan hecho en los últimos 25 años. Su director, Harold Ramis, armó una aguda diversión de ribetes metafísicos, sin abandonar un solo momento el territorio de lo cotidiano ni incurrir en especulaciones discursivas. Esta película pertenece a ese tipo de historias de apariencia modesta, destinadas apenas al entretenimiento o a una apreciable taquilla. Y que, sin embargo, funcionan de acuerdo a un mecanismo narrativo tan perfectamente hilado que el tiempo (y las revisiones, siempre sin merma alguna de su validez original) acaba por reclamarlas como clásicos. Porque crecen en el inconsciente colectivo. Porque siempre le proponen al espectador la trampa de empujarlo a anhelar, inútilmente, que la próxima vez la historia termine de manera diferente. Porque son como muñecas rusas que guardan la posibilidad inducida de que deseemos un final dentro de otro final, la variación inexistente en lugar de la variación real, un giro donde perfectamente sabemos que viene una recta… El tiempo, esa materia de imposible aprehensión que ha ocupado a pensadores de todas las épocas, es aquí derrotado por Harold Ramis y sus actores en una historia deliciosa. Dentro de cien años esta película seguirá viéndose con enorme gusto por quien tenga la fortuna de visitarla por primera vez; y, desde luego, por quienes ya la conozcan… A base de detener en el tiempo a Bill Murray, Harold Ramis construyó, maravillosa paradoja, una película intemporal].

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Artistas del hambre

21 02 2014

Seamos francos y digámoslo rapidito: ¿Usted pagaría por leer este blog? Entiéndanme… un precio simbólico. Bueno, simbólico no me parece una palabra apropiada. Digamos un precio, un precio bajo, un precio que a usted le permitiera encontrar una relación equilibrada entre las (hipotéticas) satisfacciones que le reporta la visita al atribulado mundo Somniloquios y la posibilidad de aflojar una mínima cifra del bolsillo. Un precio que, sobre todo, permitiera al hombre somniloquio, el que teclea estas líneas, dormir tranquilo por las noches; no sentir que está faltándole al respeto al visitante ocasional o al lector recurrente. Que no les estoy vendiendo filfa. Ese precio. Que ni sé cuál es, aunque ayer por la tarde me hablaron durante horas de las diferencias esenciales entre precio y valor; las tasas de descuento; el VAN, el TIR, los costes de capital y otras abstracciones de naturaleza terrible para alguien como yo…

¿Qué valor tiene Somniloquios? Valor para quien lo lee. Valor para quien lo escribe. Yo me he preguntado muchas veces por qué y para qué escribo este blog. A tal punto que, durante largos periodos, no he encontrado respuesta. Hubo un tiempo en que necesitaba escribir. Lo hacía de manera compulsiva y, a menudo, impulsiva. También con una alegría ahora extraviada: Somniloquios me divertía. Hace tiempo que perdí la necesidad de escribir y, en mis momentos más descarnadamente cínicos, me grito a mí mismo: “Si tanto valor tiene lo que escribo, pongámosle un precio”. Ahora que paso la mayor parte de mi tiempo pensando en emprendimientos y sus circunstancias, acabo por preguntarme, con cierta sensación de inevitabilidad. ¿Es este blog una potencial (mini)empresa? ¿Alguien se anunciaría aquí? ¿Alguien pagaría por leer esto? Hasta he consultado los blogs de gurús de la monetización, que hablan de valor, de influencia, de retorno y otras cosas. No me reconozco en lo que he leído ni en las fórmulas y trucos que proponen.

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No se me queden fríos ante estos pensamientos. Comprendan: ahora que uno se le ha hecho prescindible al mercado de trabajo, ahora que faltan los ingresos, ahora que ya no me pagan por escribir (salvo la gloriosa excepción, que yo hago ocasional, de mi querida Mediapunta), ahora que oigo tan a menudo el cacareo del emprendimiento, de la necesidad del reciclaje, de la diferenciación, vengo a pensar en todo esto. Ay, la diferenciación. Me decía un conocido el otro día: “Tus crónicas eran diferentes… ¿No se busca ahora, dicen, lo diferente?”. Me tuve que reír. Son pensamientos ingenuos. O bien la diferenciación no puede nada contra los argumentos económicos o bien, como yo he pensado siempre, lo mío no era para tanto. Era, como tantas otras cosas, perfectamente prescindible. No, no les estoy llorando. Pienso en voz alta. Que es lo que siempre he hecho en estas páginas.

En los últimos tiempos he recibido un par de amables propuestas de chicos jóvenes, con sus revistas, para que me uniera a sus páginas. Gente que, como he hecho yo durante todos estos años aquí, escriben sin esperar ni recibir nada a cambio, salvo la satisfacción íntima de la comunicación con quien lee. Que es mucho. Tal vez la esencia verdadera del asunto. Gente que no cobra, al menos por ahora y ojalá pronto lo hagan. Chicos que tratan de definir su voz mientras buscan viabilidad a su esfuerzo: para poder mantenerlo en pie, antes que para poder percibir un dinero a cambio. Me lo propusieron y no puedo ni responderles. Admiro su esfuerzo. Aprecio su estima por mí. Agradezco su interés. Me avergüenza, lo reconozco, decirles que siento que no puedo escribir para ellos. Que ya no puedo escribir gratis. No por decencia. No por dignidad. No por soberbia. Sólo porque necesito concentrar mis esfuerzos en ganar dinero. Y porque siento que, si no lo hago, me estoy traicionando un poco. Sólo escribo gratis aquí y en mi otro yo ovalado; lo hago puede que por orgullo acumulado de todos estos años, o porque me dolería sentir la derrota del abandono. O porque, en verdad, hacerlo está dentro de mí y ésta es la historia de mi vida; estas líneas son un torpe libro de mi existencia al que, quiera o no, soy incapaz de renunciar. Somos artistas del hambre, y que me perdone Joseph K por atribuirme una de las glorias de su escritura. Yo tal vez un poco menos que esos chicos que, como me dijo L. una tarde entre clase y clase, ni siquiera han tenido la ocasión todavía de recorrer el agridulce camino entre la ilusión juvenil y el cinismo de periodista cansado, que es donde más o menos estoy yo y de donde trato de escapar. No, yo no paso hambre. No soy un bohemio de finales del XIX en una buhardilla de París. Tengo calefacción, agua caliente y el frigorífico atendido. Sólo soy alguien que se pregunta, como siempre, para qué escribe. Por momentos, entreveo una respuesta: siempre he escrito para vivir. Y esta verdad incómoda: vivir, a día de hoy, ha adquirido otro significado. 

[Es viernes. Pongamos algo de música para pasar los tragos. Este tema de T Rex que cierra una emotiva película, ‘Dallas Buyer’s Club’, de la que tal vez hable un día. ‘Oh, Dios, la vida es extraña… / Algunos son rápidos y otros van lentos / Algunos creen… / Yo ni siquiera sé si lo hago / No, no, no, no”].





Me cago en el amor

14 02 2014

Desde mi escéptico punto de vista me pareció mentira, pero debe de ser verdad que lo del tema de San Valentín funciona: alguien me dijo el otro día que hoy no podíamos quedar porque, y cito, “es San Valentín y me cortan los huevos”. He ahí el amor en toda su contradictoria naturaleza, pensé. Hay unos cuantos santos sueltos por el calendario a los que yo arrojaría desde el Balcón de San Lázaro al río, como le pasó a Dominguito de Val (también santo). De entre todos (no los voy a nombrar para no herir susceptibilidades) creo que (el puto) San Valentín va al frente. Yo a San Valentín le dispararía en las rodillas, como hacen los malos de las películas cuando quieren prolongar el sufrimiento. Desconozco de dónde procede la tradición, si la hubiera, y no me importa. Nunca he pensado que los enamorados necesitaran un día. Nunca he considerado que el amor necesitara canciones, aunque yo también he colado versos y algunas líneas de aquí y allá, como un Cyrano menor, cuando ha hecho falta. Eso se llama estrategia. En el fondo el amor no precisa nada, se basta por sí solo. Lo único que precisa el amor, si acaso, es la dolorosa conciencia de su fugacidad. Como casi todo en la existencia, como la misma existencia, el amor es susceptible de acabarse. De que se te termine o te lo terminen. Así de simple. Preferimos olvidarlo… Vivir es fácil con los ojos cerrados. Eso lo dijo Lennon, aunque ahora habrá quien se lo atribuya a David Trueba. Ese mismo tipo de gente que al morir Mandela afirmó: “Se nos ha ido un gran actor”, en referencia a Morgan Freeman. O aquella madre que un día, acompañada de sus niñas, me preguntó cómo se llamaba mi perra. Y cuando le dije que se llama Anastasia, con impulso docente y educador se dirigió a las pequeñas y les aclaró: “¿Veis? Se llama Anastasia… como la de la película”. Yo creo firmemente que estas cositas, que parecen tan nimias, contribuyen en gran forma al derrumbe al que se encamina la sociedad. Pero es cosa mía.

valentinA David Trueba, precisamente, alguien le preguntaba ayer, en una entrevista digital, cómo combatía el desamor. Y dijo esto que uno puede compartir o no, porque es muy personal, pero que me pareció refrescante: “El desamor es el estado natural. El amor es la medicina”. Así que lo que necesita canciones, y muchas otras cosas, es el desamor. Hace algunos años le receté a un amigo un amplio catálogo de canciones descarnadas de Los Planetas. ‘Pesadilla en el parque de atracciones’ y cosas así. Eran todos temas pensados contra el abandono y la pena… a la manera de J y su banda. “Quiero que sepas que me he acostumbrado / a tus putas escenas de “ahora me largo”. /  Lárgate ya de verdad que sería una suerte / si no vuelvo a verte en los próximos años”. Deseos cariñosos expresos sin rodeos: “Y quiero que sepas que espero que acabes colgando de un pino / cuando veas lo imbécil que has sido, / cuando veas que lo has hecho fatal”. Líneas de rabia vitriólica para hacerle frente (con indisimulable debilidad) a una pérdida que va a costar reparar. Naturalmente, no tuvieron ningún efecto. Pero a mí me sigue gustando creer en su poder curativo por oposición: para dejar de querer lo mejor es empezar a odiar.

Hace muchos años yo ahogaba mis frustraciones sentimentales en los Sex Pistols, con un silencioso afán autodestructivo al que le sentaban muy bien el ruido, la mugre y la furia. Tiempo después, aún en estos últimos tiempos, las oculto bajo las líneas oscuras de Joy Division: ‘Love will tear us apart’ sigue siendo mi canción de (des)amor favorita, y creo que lo va a ser siempre. Porque expresa la pérdida como un vacío insondable de silencios huecos que se van imponiendo, como un callado ejército; porque habla de ese gran enemigo que es la costumbre de lo deseado; de la rendición de nuestras ambiciones; de dormitorios helados y lados de la cama… Y, sobre todo, de la rotunda incomprensión que se apodera de las cosas, un sinsentido cruel: “¿Cómo puede algo ser tan bueno / al punto de que simplemente no funcione?”.

Para que la cosa no quede muy recargada, compensaremos con las visiones satíricas de Los Punsetes acerca de las amistades de tu pareja, con otra frase gruesa que uno puede enarbolar en más de una ocasión: “Que le den por culo a tus amigos”; más la canónica letra de Tonino Carotone que titula esta entrada. Carotone pasó hace poco por Zaragoza. Con un amigo antiguo siempre recordamos macarrónicas sentencias, alguna apoyada en textos dolientes como ‘Una pena en observación’, de CS Lewis: “Felicità momenti è futuro incerto”, cantaba Tonino. No hará falta traducir. Y después ya, voces algo más cuidadosas, canciones con tanta seda que pueden engañar como mantis religiosa; crooners intemporales del tipo de Chet Baker: “Me arreglo muy bien sin ti / claro que lo hago / excepto cuando…”,  y sigue un amplio catálogo de salvedades a la afirmación principal. Mi querido Richard Hawley y Joe Cocker, al que le he encargado una versión carraspeante del Everybody Hurts de REM, que contiene algunas otras verdades: que todo el mundo llora, que todos hacemos daño. Que todo se termina. A veces.

 





Philip Seymour Hoffman (1967-2014)

3 02 2014

happiness

Hellen Jordan: Dígame…
Allen: Sé quien eres…y no eres nada. Te crees que eres algo pero no eres una puta mierda. Estás vacía, eres un cero, un agujero negro… y te voy a follar hasta que te corras por las orejas.

[Philip Seymour Hoffman, uno de los grandes considerado desde cualquier sistema métrico, le declara su torrencial anhelo a Lara Flynn Boyle en ‘Happiness’, la venenosa y nigérrima sátira de Todd Solondz. Una reunión de personajes de apariencia inocua, que ocultan un frigorífico repleto de restos humanos y una intimidad que constituye un patético catálogo de disfuncionalidades del alma, el corazón, la mente y, desde luego, el insondable cuerpo. En ese universo, como siempre, reinaba PS Hoffman, artista irrefrenable, voraz, que se comía los planos, las escenas y las películas desde los flancos de la pantalla. Las impregnaba de su sudor, de su aparente timidez, de su inadecuación al conjunto y hacía jirones todo de manera repentina, como guarda un animal salvaje sus crueldades naturales. “La gente cree que me conoce a través de mis personajes… pero no tienen ni idea de quién soy”. Así se describió a sí mismo. Un retrato amenazador. Naturalmente, en esta escena la respuesta de Lara Flynn Boyle era la esperada: “Quiero que me folles”. Y la réplica de él, obvia: “No creo que pueda hacerlo].