Matar al padre

19 03 2014

Suena edípico, edípico y freudiano, pero nos lo vamos a tomar con mucha mayor ligereza. Aunque en cierta ocasión ensayé un relato acerca de la muerte del padre, y la imposible redención de aquella locura en la noche previa al castigo, esta vez le daremos la vuelta al mito para encararlo desde una comprensiva violencia, el necesario desdén y la claridad última de la mutua comprensión. Habrá una búsqueda incesante de la venganza; habrá insultos y la implícita violencia del desprecio carnal; habrá alcohol, abandono, pobreza y desesperanza. Y, sobre el final, una pelea en la que no han de faltar la hoja liberada de un cuchillo y un par de armas de fuego que resuelvan el duelo. Habrá, por fin, la palabra.

Johnny Cash interpretó este fabuloso tema, acaso uno de mis preferidos de los muchos que prefiero del hombre de negro, en su concierto en el penal de San Quintín. Se llama ‘Un chico llamado Sue’. Y trata acerca de la febril búsqueda que el hijo abandonado hace de un padre que se marchó, dejándole apenas una botella vacía y un nombre de chica, que lo forzó a pelear allí donde fue y donde los hombres quisieron reírse de él. Así de pesada es la acusación del muchacho. Indudable la condena: debe matar al padre, que así mismo lo condenó en vida a la indignidad de un nombre hilarante. Las risotadas que la fantástica historia despierta en los presos, los aullidos que claman en favor del muchacho Sue y de la lucha a muerte frente a su padre, la muda nostalgia que despierta el imprevisto desenlace constituyen, en mi modesta opinión, la trayectoria de comprensión vital que nos acompaña a todos en el camino de hijos a hombres (incluso a padres). Desde luego, Cash consigue el milagro no sólo de representar en la letra las dos miradas, sino incluso de ser él mismo, con sus gestos irónicos, condescendientes, comprensivos, integradores, al mismo tiempo el hijo y el padre enfrentados de la historia que está cantando. El gran Cash es, ahí, hijo y padre al tiempo. Al mío yo le debo muchas cosas, pero entre ellas desde luego un catálogo de enseñanzas silenciosas (como la que aprende Sue), a las que siempre aludo. Las sinteticé en una ahogada dedicatoria que rasgué en un libro regalado en cierta ocasión, tal día como hoy: el agradecimiento por haberme enseñado a ser lo único que se puede ser en la vida, un hombre imperfecto. La canción se la dedico a David, quien me confesó haber entendido y reconciliado muchos de sus desacuerdos, a tiempo para poder celebrarlos el resto de los días con un buen trago.

Mi padre se fue cuando yo tenía tres años /  y no nos dejó casi nada a mamá y a mí
Apenas esta vieja guitarra y una botella vacía / Pero en verdad, no lo culpo  por largarse y no aparecer jamás
Lo peor que hizo, en realidad / fue que, antes de irse, agarró y me llamó ‘Sue’.

No sé, debió de pensar “menuda broma tan buena” / y la verdad es que  un montón de tíos se rieron bastante
Por lo visto iba a tener que pelearme toda mi vida / Una chica sonreiría a mi costa
y yo me pondría rojo / otro se reiría y yo tendría que arrancarle la cabeza
Os lo juro: la vida no es fácil si te llamas ‘Sue’.

Y bien, crecí y me hice rápido con el revólver / y me hice malo también
Mis puños se endurecieron, mi ingenio se afiló / Rodé de ciudad en ciudad, ocultando mi vergüenza
Pero le hice un juramento a la Luna y las estrellas: / Que iba a recorrer todos los garitos y bares
hasta acabar con el tipo que me había puesto / ese horrible nombre.

Y bueno, fue en Gatlinburg, a mediados de julio / llegué a la ciudad y tenía la garganta seca
así que pensé en pararme y tomar algo / en un viejo ‘saloon’, en una calle embarrada
Y ahí, sentado a la mesa, repartiendo cartas / estaba el perro miserable que me llamó ‘Sue’.

Supe que aquella sabandija era mi dulce papá / por una foto vieja que guardaba mi madre
y reconocí la cicatriz en la mejilla y su mirada cruel / Era grande, estaba encorvado, canoso y viejo
Lo miré, se me heló la sangre y le dije:/ “¡Me llamo Sue!
¿Cómo está usted, señor?… / Y ahora… va usted a morir!!!!”

Le pegué bien fuerte entre los ojos / Se fue al suelo pero, para mi sorpresa
se levantó blandiendo un cuchillo / y me cortó un trozo de oreja
ASí que le metí una silla en la cabeza / Atravesamos la pared hasta la calle enganchados
Pateándonos y estrangulándonos, / mezclados en el barro, la sangre y la cerveza.

Os digo una cosa: me he peleado con tipos más duros / pero no puedo recordar a uno solo
Éste animal pateaba como una mula / y mordía igual que un cocodrilo
Lo oí reírse, lo oí maldecir / Tiró de su revolver… y yo saqué antes el mío
Se quedó parado, mirándome, / y vi cómo sonreía.

Y dijo: “Hijo, éste es un mundo muy desagradable /
y si un hombre quiere salir adelante, tiene que ser duro
Sabía que yo no estaría junto a ti para ayudarte /
Así que te puse ese nombre y me largué /
Y fue el nombre lo que te hizo fuerte”

Y añadió: “Has peleado como Dios manda. / Sé que me odias, y tienes todo el derecho a acabar conmigo
Pero deberías darme las gracias, / antes de que muera
por haberte dado esas agallas y ese desprecio en la mirada /
Porque yo soy el hijo de perra que te llamó ‘Sue’.

Me vine abajo y tiré mi arma al suelo / Lo llamé padre y el me llamó hijo
Y acabé viéndolo todo desde otro punto de vista /Ahora, de vez en cuando pienso en él
Cada vez que intento algo, cada vez que lo consigo / Y si alguna vez tengo un hijo, creo que lo llamaré…
¡¡¡Bill o George!!!! ¡¡¡Cualquier cosa menos Sue!!! / ¡¡¡Aún odio ese maldito nombre!!!

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