Mickey Rooney (1920-2014)

13 04 2014

Piénselo así: Mickey Rooney nació antes que la mayoría del resto de la población mundial. Es decir, no importa la edad que uno tenga. Salvo casos extremos, para cuando usted vino al mundo el hombre de los ocho matrimonios ya hacía rato que andaba dándole patadas a las piedras; y embromando al mundo con esa estatura de chiste y la cara de llevar pantalones cortos hasta los 45, mientras se levantaba mujerones que los demás apenas podríamos soñar. O tal vez ni eso. Uno sostiene la teoría -creo que ya glosada en estos espacios- de que la existencia debería concedernos a todos los hombres la oportunidad de cruzarnos entre pecho y espalda, al menos una vez en la vida, a uno de esos reactores de falda corta y carne prieta que despiertan la húmeda envidia del resto de la población. Nótese que pecho y espalda son, aquí, abiertos eufemismos. En fin, éstas son las cosas de buscarle sentido a la vida: que uno empieza por interrogar el cosmos y termina por cabrearse de ver a Sèrge Gainsbourg con Jane Birkin, pongamos por caso. O a Rooney con Ava Gardner.

Sí, es verdad que a Ava Gardner la probaron unos cuantos, bendita sea. Pero es que aquí el amigo Mickey, que acaba de morirse a los 93 como el que no tiene otra cosa que hacer, ya un poco por aburrimiento o desdén, el amigo Mickey decíamos, se crujió a la señorita Ava cuando la muchacha tenía 19. Ocurrió hace muchísimos años, desde luego, pero a pesar de los cambios de percepción del sexo en la sociedad y de los agudos trabajos de Masters y Johnson, ese episodio de Rooney culeándose a Ava Gardner a los 19 (cuando siempre lo imaginamos cantando cancioncitas con Judy Garland y sus vestiditos) a mí aún me parece un escándalo. Pensemos que eso es aún antes de que Ava Gardner protagonizara Venus era mujer, una de esas comedias bobaliconas con las que uno, sin embargo, puede fácilmente perder la razón mirando a eso que con tanta cursilería, y mucha verdad, llamaron el animal piú bello del mondo. En fin, vean a Rooney en The Drummer Boy tocar la batería con gran estilo, gracia y velocidad. Prueben a ver esa secuencia sin sonido, observen en detalle la expresividad de Mickey Rooney, y comprenderán por qué aquí le guardamos un viejo recelo (no exento de afecto, sí, pero recelo).

Ava Gardner y el señorito Rooney: lo que se dice mirar por encima de hombro.

Ava Gardner y el señorito Rooney: lo que se dice mirar por encima de hombro.

Dado que había nacido antes (o muchísimo antes) que la mayoría de todos nosotros; y que estaba destinado a ser uno de esos tipos perdurables que, como el dinosaurio de Monterroso, siempre continúan ahí cuando uno despierta de la siesta, Mickey Rooney fue dotado por la naturaleza con una cara de niño que no se le quitó del todo hasta que, digamos, cumplió 75. Tuvo ocho mujeres (Ava fue la primera) y nueve hijos. El tipo lo tomaba tan bien que en una ocasión llegó a resumir: “En Navidad no sé ni a qué casa ir”.  Ahora parece ser que sus descendientes se pelean por los 13.000 euros pelados que Rooney ha dejado como herencia. Se ve que a esa gente no la abrasan con el impuesto de sucesiones… Su monumental deuda con el fisco norteamericano lo llegó a arruinar en un momento en el que ya era demasiado tarde para todo, así que el bueno de Mickey hubo de trabajar lo que se dice durante 80 años de su vida. Bueno, alguna compensación había de ofrecer este hombre a la sociedad.

Locuaz y divertido cara a la audiencia, fragoroso en las batallas de alcoba, ponderó de forma pública y notoria la voracidad sexual y la tendencia a la humedad corporal de Lana Turner; así como la afición de Marilyn Monroe por la satisfacción oral. ¿Quién lo iba a decir? Si usted piensa que exagero las esquinas del personaje, lo citaremos de su puño y letra. Aquí, en su autobiografía de título burlón Life’s Too Short, sobre su tiempo con la dulce Ava: “We were both athletic in bed, and pretty verbal, too. Once Ava lost her Southern reticence, she seemed to enjoy using the f-word. And I didn’t mind a bit, when, for example, she would look me straight in the eye, raise a provocative eyebrow, and say, “Let’s fuck, Mickey. Now”. Les ahorraré arduas y largas traducciones. Todo esto se resume en que, de pronto, Ava lo miraba muy fijo, levantaba una ceja, y le decía: “Vamos a follar, Mickey. Ahora mismo”. Aguarden que me tiro un balde de agua por las rodillas…

Aún más notable que todo eso es que tuvo un club de fans. Sí, sí: Mickey Rooney tenía un club de fans. Hizo más de 200 películas a lo largo de una carrera que pareció alargarse durante siglos. De vez en cuando aparecía en alguna de esas imágenes laterales de las grandes galas y uno pegaba un respingo, como si viéramos un fantasma: pero… ¿aún sigue vivo Mickey Rooney? Nunca fue un actor que nos cautivara, pese a su empeño por caer bien, pero poco le debió importar eso a él, ocupado como estaba en lo suyo. Mi madre siempre decía que a mi padre le encantaba La Ciudad de los Muchachos, que le emocionaba mucho; pero nunca hice caso a esa afirmación porque, de hacerlo, tal vez hubiera tenido que revisar muchas convicciones que un hombre de camino a la edad adulta no deberia plantearse. Estos días pensaba en Mickey Rooney y enseguida supe qué película me lo trae siempre a la memoria: es su papel del impertinente señor Yunioshi en Desayuno con Diamantes. Dejo un extracto de la portensosa secuencia de la fiesta en casa de Holly (Audrey Hepburn), en la que el director Blake Edwards embutió en un pequeño apartamento a una troupe de personajes variopintos, en un crescendo de excesos del que participan el adorable personaje de George Peppard, el gatito, la propia Audrey al frente y un José Luis de Vilallonga haciendo de brasileño conquistador (e ilegal). Mickey Rooney aguanta tralla en el piso contiguo y (aquí en version italiana) amenaza con recurrir a la autoridad para restaurar el orden que precisa un hombre de costumbres como él.

 

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