El hombre que fue Rodríguez

15 05 2014

Malik sólo quería contar historias. En ocasiones, tal cosa resulta en un calabozo de aire. Uno puede imaginar con cierta facilidad el callado tamborileo ansioso de ese anhelo en su cerebro. El modo de interrogar los días, de buscarles las esquinas, la mirada oblicua contra las cosas, los hechos, las personas. Y el indeciso motor mental que, en la cabeza de un creador, filtra la realidad -lo que haces, lo que te ocurre, lo que piensas, lo que te cuentan- y lo devuelve destilado en un fino hilo que damos en llamar, de forma común y poco aproximativa, la inspiración. El germen informe de un relato. Algo que, sí, tal vez podría ser contado, pero no se sabe de qué modo. O si alguien querrá escucharlo. Para quienes viven afectados por este proceso de aspiración ficcional, la desnuda existencia constituye siempre la posibilidad de una narración. Los acompaña una voz interior, apenas un zumbido, que pugna por darle forma en la cabeza, como un dictado en off que precede a la escritura.

Malik Bendjelloul, hijo de un médico argelino y de una pintora sueca, estudió periodismo y producción audiovisual. Es decir, trató de canalizar el veneno que lo recorría. Participó en algunos programas de televisión y dirigió espacios dedicados a figuras capitales de la cultura popular moderna, como los robóticos Kraftwerk (pioneros alemanes de una aguda expresividad electrónica), Elton John o Björk. Él mismo contaría que, durante un viaje a Sudáfrica, escuchó de voces anónimas, de gentes locales, el relato que tenía por protagonista al hombre llamado Sixto Rodríguez. En esos días la inquietud de Benjelloul se había hecho muy ávida. Puede que este matiz de urgencia fuera real o una subtrama conveniente para lo que iba a suceder. Poco importa, salvo por la constatación de que, como conjeturamos al principio, el joven Malik vivía afectado por esa voz interior que destila posibles relatos, escenas aisladas o, en los casos extraordinarios, historias completas. La de Sixto Rodríguez era una de ellas. Una fábula extraordinaria de la condición humana. El embrión de lo que, ordenado bajo el hilo de voz domesticado de Malik Bendjelloul, se convertiría en un documental formidable: Searching for Sugar Man.

Malik Benjelloul, con el cartel al fondo de su primer y extraordinario trabajo, el documental Searching for Sugarman. La historia de Sixto Rodríguez, el hombre que jamás supo que era un ídolo... al otro lado del mundo.

Malik Benjelloul, con el cartel al fondo de su primer y extraordinario trabajo, el documental Searching for Sugarman. La historia de Sixto Rodríguez, el hombre que jamás supo que era un ídolo… al otro lado del mundo.

Sixto Díaz Rodríguez -si a estas horas usted aún no ha escuchado esta historia- fue un espectral cantautor de origen mexicano que, hacia finales de los años sesenta y principios de los setenta, tocaba en sombríos garitos de las zonas más deprimentes de la muy deprimida ciudad de Detroit: eso que los conocedores llaman el Cass Corridor, área golpeada por la pobreza que, en los días aludidos, mutó de oruga infraproletaria a crisálida de la cultura rock. Allí tenía su cuartel general Creem Magazine, la revista que precedió e inspiró la célebre Rolling Stone, icono cultural norteamericano. Por allí sitúan a un Iggy Pop primerizo o a unos White Stripes en ciernes, años más tarde. Por allí también se dejaban caer Sixto Rodríguez y su guitarra. Surgía de entre la niebla nocturna la figura desgarbada del artista imposible, cruzaba las mesas de un garito en el que el vaho en suspenso de los cigarrillos hacía aún más densa la madrugada, subía al escenario y desgranaba sus temas con un aire de ausencia inaprensible. Cuentan que hasta daba la espalda al público: no se sabe si esto pertenece a la leyenda, que siempre impregnó al hombre tanto como su música, pero desde luego podemos admitir que en esos días de psicodelia, lisergia y experimentación, tocar de espaldas al público constituiría poco más que un gesto de despojada modernidad.

El resto de la historia no precisa detalles superfluos. Ni énfasis adicionales a los que puntean de forma tan hermosa el documental de Malik Bendjelloul. Ocurrió así, más o menos. Un par de ejecutivos de la Motown captaron a Sixto Rodríguez, intentaron cambiarle el nombre artístico (Rod Riguez fue la apuesta, rechazada de plano por el músico) y acabaron publicando un par de álbumes que todo el mundo olvidó antes casi de que empezaran a sonar. Era 1972. Rodríguez aún no había llegado y ya se estaba por ir. Igual que cualquier otra noche, desapareció de la escena y de la posibilidad de una carrera exitosa enmarcado en el mismo silencio que lo vio entrar. Nadie sabe por qué no triunfó. Él no se paró un segundo a pensarlo: aceptó un trabajo en la construcción y en los años siguientes se dedicó a sacar adelante a sus tres hijas sin mirar atrás o a los lados. Olvidó que era músico y quedó sometido a la realidad. Sin embargo, al mismo tiempo y de forma inadvertida para todos en Estados Unidos (el propio Rodríguez, sus productores, el público y las discográficas), sus canciones lo iban a convertir en un ídolo de masas al otro lado del mundo: en Australia y Nueva Zelanda, por un lado. Y, sobre todo, en Sudáfrica. Ese lugar al que Malik Benjelloul iría muchos años después a buscar una historia.

Nadie sabe a ciencia cierta cómo llegaron tan lejos los dos álbumes publicados por Rodríguez en Estados Unidos: Cold Fact y Coming From Reality. Si fue porque una chica americana que salía con un sudafricano los llevó para allá, los puso en una fiesta o se los dejó a alguien. O qué otra cosa ocurrió en aquel tiempo en el que los fenómenos virales sólo eran enfermedades, no autopistas de comunicación digital. En la Sudáfrica de los setenta, inmersa en el Apartheid y el totalitarismo calvinista de los gobiernos afrikaaner, las canciones de Sixto Rodríguez fueron para una buena parte de la juventud blanca lo que Elvis, los Beatles, Dylan y los Rolling Stones juntos para el resto: un nexo de identificación, una agitación de las conciencias de la opresión, una inspiración o una esperanza. Rodríguez nunca lo supo. Jamás recibió ningún dinero por su inmenso éxito. Tampoco los ejecutivos de las discográficas en Estados Unidos… o eso aseguran en el documental. Pero durante años, mientras Sixto Rodríguez atravesaba esa y otra década en labores de reforma de edificios, se licenciaba en Filosofía y hasta optaba a la alcaldía de Detroit, en Sudáfrica la gente no dejó de comprar sus discos ni corear sus canciones. Sugar Man, el retrato de un camello de poca monta que vadea las noches para ofrecer a sus clientes “las respuestas que hacen desaparecer mis preguntas”; o el himno I Wonder, de la que la juventud sudafricana hizo un grito interior de rebelión: “Me pregunto / cuántas veces te han engañado / Me pregunto cuántos planes te salieron mal / Me pregunto cuántas veces has practicado el sexo… / Y me pregunto si sabes quién será el siguiente”.

Rodríguez, en sus días de músico sin éxito en Detroit. Publicó dos discos olvidados de inmediato en Estados Unidos: pero no en Sudáfrica, donde fue un ídolo, ni en Australia, donde llegaría a dar conciertos en sus mejores días: ese detalle, que el documental obvia para poner el foco en el carácter inspirador de su figura en Sudáfrica, es una de las (muy perdonables) trampas narrativas de un trabajo emocionante y aleccionador.

Rodríguez, en sus días de músico sin éxito en Detroit. Publicó dos discos olvidados de inmediato en Estados Unidos: pero no en Sudáfrica, donde fue un ídolo, ni en Australia, donde llegaría a dar conciertos en sus mejores días: ese detalle, que el documental obvia para poner el foco en el carácter inspirador de su figura en Sudáfrica, es una de las (muy perdonables) trampas narrativas de un trabajo emocionante y aleccionador.

Bob Segerman fue uno de los que entonaban esos temas. Tal vez el más conspicuo o el más dispuesto a la acción silenciosa. Segerman (al que todo el mundo ya conoce como Sugar Man, jugando con la fonética similar del apellido) era un joven melómano que oyó por primera vez a Rodríguez durante los días taciturnos de servicio militar en el ejército sudafricano. Fundaría una tienda de discos más tarde. Y, en los tiempos en los que internet aún no era sino un oscuro proyecto militar, decidió que quería encontrar a Rodríguez. Si es que eso era posible: el relato de su búsqueda (basada en las letras de las canciones, en las etiquetas de los discos, en los mensajes ocultos de las carátulas) constituye uno de los pasajes más felices del documental. Alguien había contado, y no se sabía quién, que el ídolo de toda una generación sudafricana estaba muerto. O algo peor. La escena contribuía de manera definitiva a la leyenda: harto de no triunfar, o de que le pidieran que le diera la cara a la audiencia de esos tugurios infames, o de la propia poesía urbana de sus canciones de sutil protesta, o tal vez por ninguna de tales razones, una noche Rodríguez apartó la guitarra, sacó un revólver y, sobre el mismo escenario de The Sewer o cualquiera de esos antros, acabó con su vida de un disparo.

El resto conviene no revelarlo; merece ser visto en Searching for Sugar Man, para disfrutar del gusto excelente, habilísimo y conmovedor con que Malik Bendjelloul da forma a su narración, que llegó a registrar con un iPhone cuando el presupuesto adelgazó. Ahí están las palabras de los protagonistas terciarios de esta historia de secundarios canónicos: aquéllos que recordaban de Rodríguez su aspecto de “espíritu que vagabundeaba” por la ciudad, “un sintecho que va de albergue en albergue”; los que emocionados glosan en Sudáfrica la generosidad de la música y la entereza del ser humano; la estatura moral de sus convicciones, catalogada por sus adorables hijas; o la extraordinaria capacidad de comunicación de una personalidad huidiza. Todo hilado en recreaciones orales o en forma visual, envuelto en trucos narrativos (que los hay, desde luego, pero que no desmerecen un ápice la belleza de la historia), en voces, en las imágenes enmarcadas por las canciones del propio Sixto Rodríguez, que subrayan letras de poderosa evocación. Como la línea del bajo y ese xilófono juguetón que vertebran mi canción preferida de este hombre, Crucify Your Mind. Es necesario ver Searching for Sugar Man. Y una singular oportunidad de emoción, estos días, para quien no haya tenido oportunidad de hacerlo desde que el documental se estrenó en 2012. Ahora más que nunca. Porque Searching for Sugar Man ya no es sólo un homenaje a Rodríguez, el hombre; va más allá de la reparación contra la desmemoria de su música, lograda con creces desde que el documental ganó un Oscar, un BAFTA y construyó un final de cuento de hadas para esta narración. Ver Searching for Sugar Man es ahora ya, por desgracia, un agradecimiento póstumo a Malik Bendjelloul.

Bendjelloul murió este martes, a los 36 años. El muchacho que quería contar historias, el hombre que desenterró la alegórica peripecia y devolvió a Sixto Rodríguez a la vida, se quitó la suya propia de un disparo, en su casa de Estocolmo. Lástima que, cruzado ya para siempre en la evocación de tan magnífico trabajo, haya quedado el frío perfil y el opaco estallido de un revólver.





No me vengas con que es vicio

10 05 2014

Naturalmente, me pasé buena parte de mi feliz estancia en Berlín, hace algunas semanas, tarareando este tema de El Columpio Asesino. Berlín da para todo. Apenas nos asomamos, pero uno intuye en un rápido vistazo que esa ciudad está compuesta de sucesivos poliedros que se engastan unos sobre otros; y que hay una multitud de perspectivas desde las cuales mirar, admirar y vaciar la ciudad de sus vísceras. Sólo fatigamos algunas, las más evidentes, pero quedan pendientes mil posibilidades y la felicidad de descubrir un lugar al que uno puede regresar por mil caminos distintos. Sí, eso haremos. En el mientras tanto, esta noche escucharemos en la sala López a El Columpio Asesino, formación que nos estimuló de manera enorme con su anterior álbum, Diamantes, y que llega ahora con otro, Ballenas Muertas en San Sebastián, del que aún nos estamos haciendo observadores. Cualquier ocasión es buena para cruzar el puente y perderse en el bigote de dandy del señor López.

Siempre te gustaron largas…