Advertencias

17 09 2014

A la gente le encanta advertirte. A la gente le encanta anticiparte cómo va a ser el mundo, de acuerdo a lo que fue para ellos el mundo. Y quien dice el mundo dice la situación más concreta que te puedas imaginar; una cualquiera, cotidiana, rutinaria, normal, incluso mediocre. Aun así, ellos te advierten. Es el famoso: “Ya verás cuando…”.

A la gente -a esa gente que camina por el mundo avisada de antemano- le gusta mirarte desde una falsa posición de experiencia y diseñarte el futuro, para que tú sepas ya cómo va a ser cuando te lo encuentres. Y no sólo tu futuro exterior, cómo se desplegarán las circunstancias, qué perfil tendrán los días y las noches, qué ocurrirá a esta hora, qué sucederá a la otra. No, no sólo eso. Algo más. Mucho más, en realidad. A la gente le gusta decirte cómo te vas a sentir. Sólo eso. Nada más que eso. Y sobre todo eso. Cómo te vas a sentir. Como si la maquinaria de la intimidad, tan insondable en cada uno de nosotros, fuera intercambiable. Un solo modelo. Como si yo pudiera sentir igual que ellos, o ellos algo parecido a mí; o tú como aquél, o el otro como el de más allá.

Te dirán cómo vas a sentirte y cómo debes reaccionar. Por lo que vas a pasar. Supongo que es el mismo proceso que permite a una gente medicar a otra gente sólo por su propia experiencia. “A mí me fue bien esto”, “a aquél le pasó lo otro”, “el de más allá se lo quitó con ya sabes tú qué…”. Así te diagnostican la conciencia, así te auscultan el número exacto de latidos que te proporcionará tu corazón. Así te hacen un traje de ansiedades a la medida.

La conclusión es ésta. “Yo ya pasé por eso… y sobreviví. Tú, ya veremos”. Su conclusión, claro.

Me lo dicen todo como si a mí hubiera de darme miedo algo así.

Que me va a cambiar la vida…  A mí. Si ellos supieran.

Si ellos supieran que eso es precisamente lo que necesito. Cambiar de vida. Porque esta de ahora ya me la sé de memoria.

Hay que cambiar… de canal.





El silencio de los héroes

5 09 2014

“Nadie habla acerca de la guerra; hablan sólo del hogar y de las limpias camas con blancas sábanas, y hablan de agua fría y de helados. Y de sitios sin olor a orina. La mayor parte de ellos deja vagar su imaginación hacia paisajes nevados del Oeste en invierno, acariciados, no obstante, por el eterno aire caliente de allí. Pero, al fin, vuelve sobre ellos la realidad del polvo rojo, a incrustarse en su piel, y, después de un rato de soportarlo, a hacerse cosa como consustancial. La guerra ha terminado con mucha gente. Sería una falsedad decir que a los que siguen en combate les gusta estar en ella. Esos hombres darían lo que fuera por estar en cualquier otra parte”.

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Hubo una vez una guerra, artículos sobre la II GM de John Steinbeck