Canción de amor con pregunta capciosa

20 10 2014

Este domingo oí en el impagable programa ‘Sonideros’, de Radio 3, esta canción, que recordaba muy bien de la película The Darjeeling Limited, de Wes Anderson. No era la versión original la que programó el Dr. Soul en ‘Sonideros’, pero sí lo es ésta que traigo aquí para rememorar, y recuperar, que en algún momento de nuestra larga vida juntos -Somniloquios y ustedes, se quiere decir-, yo les proponía requiebros de amor a base de músicas diversas. He repasado el vasto fondo documental (me encanta esa expresión) de este espacio y encuentro con horror que hace más de tres años que abandoné estas ‘canciones de amor’, que tanto me gustaba y me gusta revisitar. Así que, tal vez, es hora de recuperar esta vieja costumbre, como otras. A menudo uno recorre laberintos para, al final, acabar en el mismo lugar en el que había empezado. Es verdad que toda cambia, incluidos nosotros; pero tal vez no cambie tanto. El tema con el que regresamos -este ‘Where do you go to, my lovely?’, de Peter Sarstedt, habla precisamente de cambios; de la tentativa común de escapar de nosotros mismos para ser otros, o tal vez para desearlo; de la (im)posibilidad de hacerlo. Y tal vez de cómo extraviamos a las personas cuando las vemos ser otra cosa que la que nosotros quisimos o creímos ver en ellas. Hay un indisimulado rencor en estos reproches, pero todos sabemos que muy a menudo el reproche nace del amor. Creo también que Sarstedt habla precisamente de eso. Y que la inspiración de ‘chanson’ afrancesada del tema (poblado de referentes sociales y culturales del Hexágono y de la ‘bling bling crew’ de aquellos días), junto con el indefinido acento del intérprete, ayudan a concretar la suave impresión de dulzura de fondo. Sarstedt, aquí en una actuación en Top of the Pops en 1969 (año de la canción y de nuestro nacimiento, dicho sea de paso), no era francés, sino un indio de Nueva Delhi, nacionalizado británico, que con su pop de aires folkies hizo alguna fortuna en aquellos años tan revueltos. Traten de pasar por encima de la sensación de que ese cabello suyo es una peluca que se le ha caído encima desde el primer piso; o tal vez un casco de guardia británico repeinado. La canción es lánguida, hermosa, fugaz y melancólica como la chica sencilla, reconvertida al brillo vano de la jet-set europea, de la que habla… Peter Sarstedt preguntaba sabiendo todas las respuestas. Eso era lo más doloroso para ambos: la chica y, desde luego, él.

Hablas como Marlene Dietrich / y bailas como Zizi Jeanmaire
Toda tu ropa es de Balmain / y llevas diamantes y perlas en el pelo
sí que los llevas…

Vives en un coqueto apartamento / a la vuelta del Boulevard Saint Michel
en el que guardas tus discos de los Rollin Stones / y a un amigo de Sacha Distel
sí, sí que lo guardas

Vas a las fiestas de las embajadas / hablas en ruso y en griego
y los hombres jóvenes que se mueven en tu círculo / se quedan colgados de cada palabra que dices
sí que lo hacen, sí

Pero… a dónde vas cariño / cuando te quedas sola en la cama
Confiésame los pensamientos que te asaltan / quiero mirar dentro de tu cabeza
Eso es lo que quiero, sí

Ya he visto todas las notas / que sacaste en la Sorbona
y el cuadro de Picasso que robaste / Eres cada vez más adorable
Sí, cada vez más

Y cuando te marchas de vacaciones / vas a Juan-les-Pines
Con esa bañador sin la parte de arriba tan cuidadosamente diseñado
y hasta te pones morena, en la espalda y en las piernas

Para cuando llega la nieve, ya estás en St. Moritz / con el resto de la jet-set
Les das sorbitos a tu brandy Napoleón… / pero tú nunca te mojas los labios
No, nunca lo haces

Pero… a dónde vas cariño / cuando te quedas sola en la cama
Confiésame los pensamientos que te asaltan / quiero mirar dentro de tu cabeza
Eso es lo que quiero, sí

Estás entre los 20 y los 30 / una edad muy, pero que muy deseable
tienes un cuerpo firme y seductor / pero te empeñas en pasarte la vida en un brillante escenario
eso es lo que haces, sí, eso haces

Tu nombre se oye en las altas esferas / y conoces al Aga Khan
Para Navidad te mandó un caballo de carreras / y ahí lo guardas… sólo por diversión
por echar unas risas… jajaja

Dicen que, cuanto te cases / será con un millonario
pero no se dan cuenta de dónde vienes / y creo que ni siquiera les importa
no les importa una mierda

Pero… a dónde vas cariño / cuando te quedas sola en la cama
Confiésame los pensamientos que te asaltan / quiero mirar dentro de tu cabeza
Eso es lo que quiero, sí

Recuerdo esas callejuelas de Nápoles / aquellos dos niños que pedían envueltos en harapos
los dos tocados por la encendida ambición / de deshacerse de sus etiquetas de clase baja
Eso es lo que intentan

Así que, mírame a los ojos, Marie Claire / y acuérdate de quién eres
luego sigue tu camino y olvídame para siempre / Pero sé que aún llevas metida dentro
la cicatriz / bien adentro, sí… ahí la llevas

Ya sé dónde vas cuando estás sola en tu cama
Ya sé qué pensamientos te acosan porque…
yo sí que puedo ver dentro de tu cabeza.

[Where do you go to, my lovely?, de Peter Sarstedt]





Héroes del tiempo

10 10 2014

En ‘Boyhood’ lo único que pasa es el tiempo.

Lo que ocurre es que cuando hablamos del tiempo, hablamos de uno de los conceptos más radicalmente inaprensibles de la existencia. Y puede que lleguemos a concluir que la misma existencia es tiempo, nada más; tiempo y nuestros vanos intentos por obtener perspectivas que nos concedan alguna pista sobre lo que el tiempo ha hecho, está haciendo o hará con nosotros.

Cuando alguien me dice, mirándose despacio una herida e intentando apartar la vista: “Necesito tiempo; el tiempo me curará”. Yo advierto (sí, yo también hago advertencias, aunque me doy un asco muy concreto a mí mismo cuando incurro en esa vulgaridad). Decía que advierto: “Olvídate del tiempo. El tiempo no te va a curar: curarte es cosa tuya. El tiempo sólo pasa… nada más”.

En ‘Boyhood’, el tiempo es la materia insondable del relato. Quien hace y determina. El tiempo modela a las personas en su apariencia externa y en su crecimiento interior, que también implica decadencia. Richard Linklater, el director, compone una película filmada sin artificios elípticos, emocionales ni narrativos. Solo dejando que el tiempo haga su trabajo (es decir, que pase… sin más) y acomodando el discurso de la historia al crecimiento real de cada uno de los personajes. No hay un solo énfasis, escasísimas concesiones a fórmulas de relato conocidas, a lugares comunes a este tipo de películas de crecimiento vital: el primer beso, las primeras decepciones, el atisbo inicial del sinsentido de tantas cosas, el vértigo de haber intuido la imperfección que nos es natural, el fracaso o la victoria.

boyhood

Así, durante 12 años, filmó la historia de Mason, su hermana, su madre y su padre divorciados, sus amigos (los perdidos y los encontrados), novias, trabajos, angustias, diversiones. En cerca de tres horas están contados esos 12 años, encapsulados en las filmaciones que el equipo llevaba a cabo una semana al año. Para evitar la autoconciencia, las variaciones de perspectivas íntimas de los actores en su evolución como seres humanos, Linklater nunca les permitió visionar lo que ya estaba rodado, hasta que acabó y montó la película. No es un documental, pero está escrito y filmado con un naturalismo tan eficaz, que en ocasiones lo parece. Patricia Arquette se puso a llorar al ver el film. No lloraba porque la historia lo reclamase. Lloraba por sí misma, sometida al vaivén del tiempo. Como cualquiera. A Ellar Coltrane, el protagonista, le impresionó.

En ‘Boyhood’ no ocurre gran cosa. Es decir, sucede todo en sordina. Más o menos como en la vida. Después, pasado el tiempo, puede que comprendamos algo. O tal vez no. Nadie sabe qué es mejor ni cuál es el patrón preferible. Ningún niño sabe qué es la infancia. Ningún adulto sabe qué es la vida. Se vive. Así sin más. Con naturalidad mejor o peor sobrellevada. No hay ningún énfasis salvo el que nosotros le otorguemos en el recuerdo. Igual en la película que en la vida.

‘Boyhood’ te puede aburrir. Y ‘Boyhood’ te puede emocionar con una intensidad dolorosa. Si a usted le aburre, a mí no me culpe: somos personas distintas. Me responsabilizo, apenas, de lo propio.

Yo no tengo por qué explicar, ni hay modo de hacerlo, qué mecanismo activa en mi conciencia esa escena en la que Ethan Hawke, el padre divorciado, le explica a su hijo adolescente la magia de una canción de Wilco que suena en la radio: ‘Hate It Here’. O por qué me puse a llorar cuando le regala para su 15º cumpleaños una colección de cds con una recopilación personalísima de las mejores canciones de cada uno de los Beatles en solitario, metidas en una misma caja que llama ‘The Black Album’. Y le razona: “No hay Beatle favorito”. Después, Ethan Hawke ha jugado al transmedia y continúa la historia de la ficción en la realidad: le regaló a su propia hija un Black Album y añadió estas notas.

Supongo que me resulta fácil imaginarme diciendo cosas así, o parecidas.

Supongo que, en mi cabeza, ya lo he hecho. Traspasando la línea del tiempo. El que vino y el que ha de venir.

En ‘Boyhood’ nadie quiere ser un héroe, como dice la canción de abajo. Sólo queremos pelear, como todos los demás.

‘Boyhood’ nos asoma a ese precipicio ineludible que el tiempo construye dentro de cada uno de nosotros.

 





Proyecto de vida

1 10 2014

“Cuando estoy escribiendo, todas las mañanas, alrededor de las ocho, ya estoy en mi escritorio, con una bandeja de muffins y un termo lleno de café caliente al lado, y trabajo durante cerca de cuatro horas; después salgo a comer algo rápido de almuerzo en una cafetería y rápidamente juego tal vez uno o dos sets de tenis. Hacia las cuatro de la tarde estoy de regreso en mi escritorio, para revisar, descartar o completar lo que escribí por la mañana. A las ocho de la noche comienzo a contemplar la relajante y deliciosa posibilidad de tomar un dry martini antes de la cena”.

guy

Vida de un escritor, de Gay Talese