El último vals

1 01 2015

En mi recuerdo, la habitación siempre quedaba ganada por la sombra, aunque puede ser que las mañanas, mañanas como ésta, repetidas de un modo indecible, devorador, fueran luminosas, luminosas y frías, y que el amplio rectángulo de luz que se colaba por el ventanal iluminase  su rostro gastado y extrañamente liso como un papel, rebajado de la barba que siempre lo definió y que aún lo hace, y la frazada que apenas ocultaba los ángulos agudos en los que había incurrido su cuerpo de camino hacia la nada. Puede que hubiera mucha más luz de la que ahora enmarca esta memoria dolorida. Para mí, aquella habitación enorme se tragaba todo hacia una oscuridad creciente que te llevaba a las paredes, a la cama auxiliar en la que amontonamos abrigos, hacia las fotografías que me había empeñado en recoger año a año en las comidas familiares, pese a las protestas de todos, fastidiosos en el posado, un empeño que anticipaba nuestra inmortalidad detenida de familia completa, y la certeza de que nos estábamos yendo los unos de los otros. Una lenta deriva no hacia el olvido, no, sino precisamente en la dirección opuesta: hacia la memoria persistente, infinita y a veces dolorosa, que reclama su diezmo de lágrimas en mañanas como ésta. Le dejé algunas de esas imágenes en la indecisa cabecera de la cama. Asintió al verlas con una media sonrisa muy forzada, y enseguida apartó los ojos y los apoyó en el aire, en el cortinaje del ventanal, como si quisiera decirme yo ya no estoy en esa foto ni estaré en la próxima, ni estaré jamás en ninguna otra, y siguió observando la nada de forma minuciosa, hasta el último día, con su última tarde, cuando ya vio venir por la claridad oscurecida del cristal aquello que había estado esperando todo ese tiempo. Tú no has venido y yo no me he bebido nuestra botella de vino. Pero hoy haremos otra de esas fotos y verás como estás, en nosotros y en el hombre que ha venido a llenar lo imposible de esta ausencia y que lleva tu mismo nombre.

Nos sentamos en las butacas y en el televisor prendimos el concierto de Año Nuevo. Y escuchamos los últimos valses y admiramos a los cuidadosos bailarines en palacio. Y en silencio celebramos las polkas y las marchas y los sinuosos violines y el redoble y la vigorosa batuta. Como habíamos hecho cada año.

[Para woodyalle, con un abrazo enorme].