La impaciencia de los cuerpos

9 12 2015

“No es el hastío lo que pone fin al amor, o mejor, ese hastío nace de la impaciencia, de la impaciencia de los cuerpos que se saben condenados y querrían vivir, esos cuerpos que en el lapso de tiempo que les queda no querrían dejar pasar ninguna oportunidad, ninguna posibilidad, que querrían utilizar al máximo ese tiempo de vida limitado, decadente y mediocre que es el suyo, y que por lo tanto no pueden amar a nadie porque todos los demás les parecen limitados, decadentes y mediocres”.

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La posibilidad de una isla, de Michel Houellebecq.

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El horizonte aguarda

7 12 2015

Está bien que deseemos la felicidad, pero no queráis además alcanzarla. La felicidad viene a ser una orilla hacia la que nadar. Un braceo interminable. En el momento en que saquemos la cabeza del agua y queramos tocarla, comenzará su incesante proceso de transformación. Se convertirá en otra cosa. No exactamente la que ansiábamos, sino una distinta. Tal vez contraria. En el mejor de los casos, un complemento a nuestra construcción precedente. La felicidad es un efecto especial de última generación, una ilusión digital que, como el cuerpo del terminator, resiste nuestros desesperados embates con una persistente fugacidad material: formas que nos parecen estar ahí y que, al interrogarlas con nuestros dedos, zozobran como un fuego y desaparecen. Después se reúnen en el piso al modo de un charco viscoso de mercurios; y ante el asombro de nuestros ojos elevan formas en el espacio hasta reconvertirse en otra figura. La felicidad es la materia de la que están hechos los sueños. Al despertar, lo real impone sus enigmas y nunca sabremos si estuvimos o no estuvimos de pie en el suelo firme de la orilla. No hacemos sino gritar tierra, tierra, tierra al fin… como si en viaje constante circunvaláramos el orbe siguiendo la línea del Ecuador, como hacían los aventureros en los tiempos de la peste. Enseguida descubrimos que la realidad nos deja apenas el insigne desasosiego de la pérdida.

A veces yo he mirado las fotografías de Hunter S. Thompson en Big Sur, sentado al sol entre las montañas de California, vestido apenas con un bañador y las gafas de sol: teclea en su máquina con una pipa en la boca y al fondo, abajo, vemos un mar de espejos azulados en blanco y negro. Y he pensado sin asomo de duda que esa era la imagen del hombre feliz que tal vez hubiera pretendido ser. Sin embargo, yo pasé el último verano en mi particular Big Sur. Apuraba cafés helados a la sombra. Vestía acaso un bañador o pantalones cortos. Alternaba los palmetazos a los mosquitos con el tamborileo del editor de textos. Leía en voz alta las frases que ya había hilado en los meses anteriores, y hacía rimar su música con el sonido de las últimas. Papeles, anotaciones, números de teléfono y voces extrañas. Precisiones acerca de un pasado sobre cuyos bordes caminé durante meses que volaron. Aquel cuento había envejecido más de veinte años, pero yo tenía el compromiso de invocarlo en el presente de mi narración y que las esquinas de los dos lados coincidieran de manera perfecta, como cuando se dobla un folio.

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Mientras, a mi alrededor la vida se sucedía en una floración maravillosa. Esas horas me hacían perderme otras y el solapamiento me parecía, por momentos, trágico. No era fácil despejar el pensamiento de las fugacidades, otra vez. Que esas horas no volverían. Que las estaba superponiendo con cierta torpeza. Que una vida no era suficiente. Que se hacía perentorio el desdoblamiento del tiempo y aun de la existencia. Que había que ordenar todo aquello: vivir durante el día, escribir por las noches, exprimir las luces de la primera mañana en un sueño. No me era posible. En mi estado, yo juzgaba aquellos gritos, aquellas rutinas, aquel llanto agudo como una impertinencia cuyo único objeto consistía en imponerse. Una intromisión. El cuchillo de la realidad que venía a rasgarme las páginas escritas. De cuando en cuando, sin embargo, yo mismo levantaba la cabeza de las palabras con un cornetazo y anunciaba a gritos la rendición del fuerte. Apenas unos segundos después, habíamos saltado juntos en la piscina soleada.

Escribir un libro, bañarnos en verano. Son construcciones felices que nunca, durante todos aquellos días, estuve seguro de reconocer. Uno no puede recrearse jamás en el paisaje. Habrá de evocarlo después de la mejor manera posible. Tal vez por eso me gustan los trenes. Y aún más que los trenes, los ventanales de los trenes. Y aún más que los ventanales de los trenes, la lejanía que transcurre despacio por el espacio rectangular de los cristales. Yo pienso ahora en aquellos días en que escribía un punto y aparte para saltar al agua. Y me parece que por fin comprendo. Entonces lo único que sabía es lo que nos enseñaron a todos. Que no puedes cruzar al otro lado sin mirar quién viene. Que no se puede retirar la vista del volante ni de la interminable sucesión de rayas en la cinta de la carretera. Que el horizonte aguarda. Y que al otro lado tal vez está Big Sur.