Wilderness

15 03 2016

Todas las mañanas me levanto de la cama y parto a la búsqueda de un hombre. Nunca hasta ahora había sentido la necesidad de completar semejante misión, que no me fue encomendada por nadie, salvo por mí mismo. Pero opera al modo de las imposiciones: no hay forma de eludirla aun cuando trate de jugar a que lo hago. Por eso a menudo demoro el momento de dejar las sábanas y afrontar ese agotador trabajo que aguarda. Esto me produce una debilidad que me aturde y equivoca mis juicios. Desde que madrugo siento que soy otra persona: mucho peor, por supuesto. Es otro de los síntomas de una sensación que me acosa desde hace algún tiempo: que ya no me reconozco. Siento que estoy mágicamente viviendo la vida de otro. Es una magia bastante inquietante.

wolf

Desde que me hice adulto, yo jamás tuve que levantarme temprano, salvo para cumplir alguna incómoda convocatoria con el lado más pragmático de la realidad: una cita de rutina con el médico o el llamado de alguna instancia legal, a las que nunca presté demasiada atención. Disfruté durante años del privilegio de la calma y, en este piso en el que nos instalamos, también del olvido relativo del mundo exterior y sus laboriosos ritmos en la mañana. Mientras la gente se atropellaba por las calles, durante años yo me hacía vencedor del sosiego en lentas amanecidas, enmarcadas en el conveniente silencio blanquecino de una amplia manzana interior. Ahora sé que estamos hechos de mínimos fragmentos de felicidad, y que esos días eran un pedazo de dicha. Una gracia concedida, que yo agoté con una creciente aprensión que intuía su final. Aquello no podía durar. Bueno, sí… duró mucho tiempo. Pero siempre entreví que la canonjía en que nos habíamos acomodado traería implícita una condena existencial, tal vez conjeturada por CS Lewis cuando anotó: “El dolor de ahora es parte de la felicidad de entonces… ese es el trato”. Mientras se cumplía el plazo, yo seguí despertando a diario con el único reloj del silencio de segunda hora. Sí, el silencio también te puede llegar a sacar del sueño.

Mi retrato matinal era una lenta secuencia de costumbres, tan mínimas como las de cualquier otro. Primero saboreaba el instante, librado de urgencias en mi confortable aislamiento de luz tenue, que apenas matizaría el hueco de las persianas. Después, confirmada la dichosa vigencia de mi prerrogativa, me incorporaba sin ninguna prisa. Entraba en el día con cuidado. Nunca lo hice con pereza, pero sí con ese lento deleite con el que uno se mete al agua en una piscina helada, bajo el sol. En mi cómodo aplazamiento matinal, el cuerpo y la mente enseguida se comportaban con diligencia. Y pronto el café se diluía en las músicas y las palabras que se iban formando en la cabeza, y que a menudo acababan escritas como lo hacen éstas. La diferencia es que ahora todo alrededor sucede más deprisa y a mí se me exige que llegue a tiempo. Sin embargo, yo camino más despacio que nunca. Las circunstancias de hoy me exigen algunas disciplinas horarias que me hacen sentir ajeno. Por qué he de correr… si éste nunca fui yo. Así que siempre ando llegando tarde, desde el mismo momento de despertar. Cuando interrumpo la mecánica melodía que me avisa de que es la hora, en lugar de levantarme me entrego a una desidia que antes me era desconocida. No me apetece levantarme. Es físico, claro, un cierto aviso de las decadencias que procura el tiempo. Pero sobre todo yo creo que tiene que ver con la falta de un propósito. ¿Para qué me levanto hoy? Esa pregunta encierra una impertinencia mortal.

Torpemente quiero imaginar que tan mínima rebeldía -no hacer caso al calabozo de aire del reloj- me permitirá eludir las obligaciones sin que nadie me lo demande. Que a nadie le interesará demasiado si me levanto o no lo hago. La realidad es que muchas de las obligaciones que tuve ya no existen. Y si alguien abriga la tentación de envidiarlo -no faltó quien incluso lo confesara- le diré que tal privilegio funciona con el peso metálico de una condena. No, el caso es que no acierto a responder para qué exactamente me pongo en pie. Y ya puedo oír, de antemano, cuáles van a ser las razones que otros me darán para ello. Estoy de acuerdo, pero no lo consigo. De un tiempo a esta parte siento que todo el propósito consiste en eso mismo: mantenerme en pie. Apenas eso, que en realidad es mucho. Mantenerme en pie para seguir siendo otro. Un extraño. Cada día arrastro las zapatillas camino del baño y entro con desgana en ese corredor de los días que son los espejos, consciente de que mi único propósito consiste en buscar al hombre que fui. Enseguida convengo que se trata de un juego absurdo para el que me faltan esperanzas. De algún modo ese hombre sabe que yo lo busco. Y porque lo sabe me elude.

 





Viaje a Pepperland

10 03 2016

Los últimos días escuchaba yo retazos desordenados del George Fest, aquel concierto heterogéneo en el que un buen número de amigos y admiradores del buen George Harrison habían reelaborado la música del guitarrista de los Beatles.  A la cabeza del homenaje su hijo Dhani, asomado al juguetón falsete de Savoy Truffle. De cuando en cuando redescubro aquellos sonidos, interpretados desde otro punto de vista. Y me pregunto cuánto pueden llegar a gustarme, otra vez, I, me, mineOld Brown Shoe, Let it Down Beware of Darkness. Porque las oigo y es como si todo volviera a empezar. Valdrían éstas y mil más, de uno y otro. Así llevamos años. Instalados en ese sortilegio circular hecho de canciones en bucle y días recuperados de las fauces de la nada. Un conveniente simulacro de eternidad. Pero de pronto, un día cualquiera en la vida, se muere un Beatle. Y recordamos que nos estamos yendo.

Geprge Martin, el quinto Beatle.

George Martin, el quinto Beatle.

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