Viaje a Pepperland

10 03 2016

Los últimos días escuchaba yo retazos desordenados del George Fest, aquel concierto heterogéneo en el que un buen número de amigos y admiradores del buen George Harrison habían reelaborado la música del guitarrista de los Beatles.  A la cabeza del homenaje su hijo Dhani, asomado al juguetón falsete de Savoy Truffle. De cuando en cuando redescubro aquellos sonidos, interpretados desde otro punto de vista. Y me pregunto cuánto pueden llegar a gustarme, otra vez, I, me, mineOld Brown Shoe, Let it Down Beware of Darkness. Porque las oigo y es como si todo volviera a empezar. Valdrían éstas y mil más, de uno y otro. Así llevamos años. Instalados en ese sortilegio circular hecho de canciones en bucle y días recuperados de las fauces de la nada. Un conveniente simulacro de eternidad. Pero de pronto, un día cualquiera en la vida, se muere un Beatle. Y recordamos que nos estamos yendo.

Geprge Martin, el quinto Beatle.

George Martin, el quinto Beatle.

Esta vez fue George Martin, legendario productor de la banda. Llamado con absoluta precisión el quinto beatle. El demiurgo que daba forma al sonido que salía de aquellas cabezas. Otro personaje de nuestro retablo sentimental, porque en todas las hagiografías, en los documentales, en las líneas de los instrumentos en esta y otra canción, en las edificaciones sonoras a las que todavía nos sujetamos con incuestionable frecuencia, estaba George Martin. Siempre ha estado George Martin. Un personaje cuyas heroicidades cotidianas, subrayadas por su presencia nítida al fondo de la escena, fatigamos durante la construcción laboriosa de esta enfermedad que hemos traído hasta la tramoya agotadora de la mediana edad. Ahí estaba siempre él. Repeinado y preciso. Construyendo sugerencias que nacían como meras posibilidades y acababan por convertirse en filtros a través de los cuales nosotros interpretábamos la realidad. El acabado preciso de un virtuoso que domesticó la música que iba a cambiar el mundo. Al menos nuestro mundo. El único, ahora lo sabemos bien, que en realidad existe.

A los 90 años, en el relativo silencio de la vejez, podíamos imaginarlo aún con ese aspecto inconmovible de los seres inmortales. O casi. Tuviera el pelo de combas exactas de su juventud, o ese más desaforado, con rigor blanco de la edad, que exhibía después, en George Martin la distinción de las formas y el acento no se habían apartado un ápice de la presencia. Ni de su voz de tonalidades patricias, como de locutor del imperio. Escucharlo siempre constituyó un asombro.

Ordenado Caballero en 1996 por su contribución a la historia de la música, Martin tuvo un origen familiar mucho más modesto del que hacía prever su aspecto atildado, de esencial caballerosidad. Nació en el distrito de Highbury, al norte de la ciudad de Londres. Pronto afectó una inclinación por la música que lo llevó a estudiar piano y oboe. Trabajó en el departamento de música de la BBC y descubrió a los Beatles cuando se empleaba en Parlophone. En esos días en que los chicos fueron célebremente rechazados por Decca y otras compañías, después de la salvaje salida del cascarón que supuso Hamburgo.

En Londres, en los emblemáticos estudios Abbey Road, grabó los primeros dos de una lista innumerable de temas y éxitos: Love Me Do y, después, Please, Please Me. En esta última recomendó acelerar el tempo y, con el aliento de la pulsación con que él la había oído en su cabeza, le dio la forma conveniente para que se hiciera verdad su célebre anuncio al terminar la grabación. Cuando desde la pecera de control, les dijo: “Enhorabuena caballeros, acaban de grabar ustedes su primer número 1”.

Martin, junto a Lennon y McCartney, componiendo y arreglando al piano.

Martin, junto a Lennon y McCartney, componiendo y arreglando al piano.

Y así fue. Esa y muchas otras veces. Su formación musical le permitió ensanchar el talento natural de Lennon y McCartney para el rock y la melodía, diluir clasicismos en la entretela de las melodías, y acabar así por componer leves sinfonías modernas, eclecticismos insospechados que los hicieron, en el estudio, músicos de referencia para otros músicos. Gigantes en la construcción de una cultura entera. Todo mediante el uso de instrumentos, arreglos y elementos traídos de la música clásica, que había sido el espacio natural de formación de George Martin, compositor además de arreglista. Así, verbigracia, el cuarteto de cuerda con el que mejoró, pese a la resistencia de Paul, la versión desnuda en acústico de Yesterday; o las trompetas que habían inspirado a McCartney cuando escuchaba los Conciertos de Brandenburgo (“Quiero ese sonido”), y que acabaron conformando el trazado emblemático de Penny Lane; o el crescendo sónico de orgasmo incontrolable que le hacía de puente a ese fresco, a medio camino entre la rutina y los excesos surrealistas del pensamiento de Lennon, que llamaron A Day in the LifeAhora ya saben cuántos agujeros hacen falta para llenar el Albert Hall. Me gustaría ponerte cachonda… Y al fondo, la seriedad de una orquesta.

Llegó un momento en el que George Martin ejercía de traductor sonoro de la expansiva lisergia mental de los cuatro muchachos. Las drogas y el talento desatado habían abierto todas las ventanas sensoriales. Y Martin, que permanecía al otro lado del ventanal, metafórica y literalmente, operaba de severo, calmado intérprete de aquellas alucinaciones. Y les daba forma en su mesa, que funcionaba a modo de cuadro de mandos de un universo en continua expansión, cada vez más cercano a la deflagración por exceso de genialidades. No cabían tantas en una sola habitación. Pero, mientras eso ocurría, Martin iba acelerando el peso de la historia a base de prodigios casi artesanales. En busca de atmósferas, persiguiendo las ondas cerebrales que generaban el ambiente de cuentos relatados de las canciones, el productor cortaba y mezclaba trozos de cinta con relativa arbitrariedad, y los montaba en un orden caótico que acababa generando el lecho sónico circense de Being for the Benefit of Mr. Kite; o incluía tomas en tiempos diversos para crear la inestabilidad sonora que le hace de fondo al paisaje onírico de Strawberry Fields Forever. Tantos ejemplos que hacen falta enciclopedias biográficas, una inagotable biblioteca, para glosarlos. Ellos componían canciones. La intermediación de Martin convertía de inmediato la música en un relato de leyendas. Y así una y otra vez.

Dicen que su ausencia se aprecia en los giros descarriados del único disco que no produjo de los Beatles: Let It Be fue encargado a otro tótem, Phil Spector. El resultado fue un catálogo de indecisiones que vendrían a reflejar, como en una veleidad somática, la inevitable separación del grupo. Let It Be había nacido como una tentativa de regreso a los orígenes -debió llamarse Get Back, como la famosa canción-, pero quedó en desordenada huida al horizonte de las pasiones, el agotamiento y los anhelos personales. Tal vez por eso, o tal vez porque nuestra patología no tiene cura, adoramos esa presunta imperfección orgánica de Let It Be tanto como cualquiera de sus otros discos. A veces más, a veces menos. Ni más ni menos.

George Martin siguió su carrera con otros muchos músicos y acumuló tantos éxitos que no caben en una sola biografía. Menos en un recuerdo apresurado como éste, que trata de fijarlo en tablón de las existencias que confluyen en la música de una banda de Liverpool. En estas horas tristes puede consultarse the life and times de George Martin en cualquier rincón de la enciclopedia universal que son los días. O, en versión sonora, en este monográfico que La madejade Radio 3, le dedicó por su nonagésimo cumpleaños, el pasado 3 de enero. Nosotros lo buscaremos siempre en la hermosa, evocadora melodía sin tiempo de Pepperland, el tema central que compuso como glorioso leit motiv de la película Yellow Submarine. Un lugar hecho de sucesivos arco iris, en alguna coordenada inaccesible de un universo que no era éste ni será ninguno. Ninguno que podamos recorrer con nuestros pasos. Pero al que, desde luego, accederemos siempre que, con los ojos cerrados, pronunciemos este adagio que abre sus puertas: Érase una vez, o tal vez dos, un paraíso no terrenal llamado Pepperland… Y ahí reiniciaremos el viaje.

 

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3 responses

11 03 2016
woodyalle

Los Beatles no me han despertado nunca ningún tipo de pasión. Debo ser de yeso…

16 03 2016
Sr. Guerra

Bueno, si todo el mundo comiese langosta y caviar, no habría para todos

23 04 2016
woodyalle

Desde que millones de personas comen langosta y caviar, han dejado de ser bocados selectos…

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