Escritores malísimos y otros escritores

29 04 2016

Dice Vila-Matas que España no hace más que premiar a escritores malísimos. Bueno, no lo ha dicho. Lo escribió en uno de los artículos reunidos en Una vida absolutamente maravillosa, que picoteo estos días. Estos meses, debería decir… porque por el medio se me ha colado Beigbeder, un tanto así del Wilde encarcelado, y esa paródica descripción que hizo Umberto Eco del mundo del periodismo en Número cero. La sonora afirmación de Vila-Matas me ha venido cruzada el mismo día -singulares coincidencias procura la realidad- que en los diarios venían reseñas, anuncios, entrevistas o comentarios acerca de dos exitosos autores de nuestro tiempo: los presentadores Christian Gálvez Raquel Sánchez Silva. Christian lanza el segundo volumen de su trilogía del Renacimiento, cosa que suena muy patricia y así debe ser: primero noveló a Leonardo da Vinci y ahora a Miguel Ángel. Ya prepara la culminación con Rafael. Lo de Raquel -perdonen que los tutee con impostada familiaridad- no sé de qué va.

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Como parece natural e inevitable, al leer después en el duermevela de la siesta a Vila-Matas, he asociado las dos ideas. Puede que de forma injusta. No haré juicios porque serían, en el sentido literal del término, pre-juicios. Además, qué importa lo que yo piense al respecto. Me resulta más agradable declarar que, en mi opinión, Vila-Matas es el mejor escritor español de este tiempo. Pero no trataré de imponer tal parecer en ninguna discusión. No por falta de convencimiento, sino por pura pereza. Yo soy muy Bartleby cuando me pongo: la mayoría de las cosas preferiría no hacerlas. Vivo adscrito al lema de aquel chiste de Eugenio cuyo protagonista decía mantenerse joven porque nunca discutía. Cuando su interlocutor le refutaba (“hombre, no será por eso”), el otro se dejaba llevar: “Bueno, pues no será por eso”.

Así que yo digo que Vila-Matas es el mejor igual que él dice que se premia a escritores malísimos. Y lo dice así, o lo escribe así, como entre dientes. Igual que si escapara del peso rotundo y frontal de la propia afirmación con una falta de énfasis algo miedosa. Esta sensación no es aislada. En la escritura de Vila-Matas las afirmaciones siempre me parece que están dichas así, como en fuga; como tapándose la boca con la mano para que no sean oídas del todo; igual que si cuchicheara con temor de ser oído. Yo digo que Vila-Matas tiene razón y que es el mejor. Pero lo digo sabiendo que ni siquiera se puede afirmar si hoy hace frío o hace calor. Porque tú puedes estar sudando y otro venir destemplado de una mañana a la intemperie. Y nada será verdad o lo será todo. Tu transpiración acalorada y su helado temblor.

Hablando de escritores malísimos, el otro sábado me fui al Día del libro a ver si en toda Zaragoza había alguien que quisiese mi dedicatoria en un ejemplar de Mister Loach. Yo tenía severas dudas. Y si digo severas lo digo porque yo, cuando dudo, lo hago con gran empeño. Pero la jornada me hacía ilusión. Cómo no iba a hacerme ilusión: de la misma forma que cuando en mi biblioteca me cruzo con esos volúmenes encarnados en los que aparece mi nombre en el lomo (no digamos si el encuentro ocurre en anaquel ajeno), pasarme al otro lado del mostrador en una feria librera viene a ser para mí como atravesar el espejo. Yo tiendo a sentirme un farsante en todos los lados. Y también aquí.


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Para empezar llegué tarde a mi turno de firmas. Diez minutos tarde, que es lo que yo llego tarde a todas partes por principio. Diez minutos no son tanto, no me jodas. El caso es que llegué tarde pero nadie lo notó. La patulea política ya había pasado a saludar e interesarse, con esas caras con las que te hablan, mientras te pintan con la sonrisa un trampantojo. Y, aunque todavía eran las once de la mañana y en los soportales de sombra del paseo corría un viento otoñal, en nuestro lado la temperatura picaba varios grados, porque estábamos cara al sol, de forma literal. Nos pegaba de frente y a todo meter. Así que, como yo había llegado un tanto apurado de pedaleo, pronto entendí que, más que de protagonizar una jornada histórica de venta de libros, estaba en peligro de caer largo por una lipotimia. Tuve la tentación de que no me importase. Porque, como han sabido muchos futbolistas y toreros, también yo entreví que tal vez la única gloria posible consiste en irte de los sitios en camilla. Pero algo me decía que no. Que no podía estar bien que me sacaran de mi primer 23 de abril con los pies por delante, abrazado a unos facultativos. Así que me atusé la barba y me recogí bajo la sombrilla como una dama decimonónica. loached

A mi lado hacía garita Javier Fernández, que triunfa estos últimos meses con su novela La amante del general, ambientada en el 23-F en Aragón. Javier no le tenía miedo al sol. A mí no me importa estar al sol, subrayó. Y se mantuvo ahí, marcial en la conversación y la postura, mientras iba firmando algunos volúmenes de su libro a un público cada vez más abundante. A mí la sombrilla no acababa de rebajarme de la insolación, que crecía por momentos. El ángulo de ataque de Lorenzo a esa hora todavía no venía muy perpendicular, así que me daba de lleno. Javier vio que me subía a la cara un rubor encarnado como de campesino y ratificó: “Sí que te está pegando, sí”. Los rubicundos es lo que tenemos.

Como viera que mi concurso en primera línea de firma resultaba del todo prescindible -fácilmente llevaríamos media hora larga sin asomo de clientes de Loach- me hice así para el fondo a un lado y me oculté a medias tras una de las imponentes columnas del paseo. Pedí agua y me recompuse a tiempo para la consabida visita familiar. ¿No tienes calor con la chaqueta?, insistieron. Para qué iba a decir que no. Si me pongo una americana no me la quito ni así ataquen los hunos. Es un mero instinto de protección. Siempre me atrapa la idea de que los demás visten tranquilamente la americana y que a mí, sin embargo, se me ha caído encima. Y se nota.

Un rato después, seguía en blanco. En la trasera, eso sí, crecían los visitantes conocidos que me querían llevar a tomar una cerveza. Oigan, que yo estoy aquí a lo que estoy, quería yo ponerme digno. Los dejé que se fueran y seguí mirando a la gente que pasaba. Pasaba de largo. Uno se paró: un tipo que venía haciendo la ruta de los puestos, uno a uno (y debía de haber cientos) y en todos se llevaba no un libro, sino el marcapáginas personalizado de cada título. Cuando nos alcanzó, en el fajo que portaba en la mano apretaba decenas y decenas de ellos. Con cuidado, fue añadiendo a su paquetito todos y cada uno de los libros del catálogo de Doce Robles. Lo vimos con un afán tan completista, tan tiernamente obsesionado, que alguien le advirtió: “Te has dejado el de Jazz de película“. Ah, sí, masculló. Y se hizo con un marcapáginas del delicioso libro de Roberto Sánchez. Lo vi alejarse camino del siguiente stand y pensé que, en efecto, sabemos muy poco acerca de eso que llamamos el hombre.

En el mientras tanto había llegado al puesto Joan Rosell, acompañado de sus hadas, brujas, supercherías, magias y diabólicos sortilegios. La magia lo enmarcaba porque, antes de que nos diéramos cuenta, Joan tenía una desordenada fila de lectores ansiosos de su firma en el flamante y recién estrenado Leyendas del Aragón demonio. Casi ni le dieron tiempo a tomar asiento y una señora le largó ya tres o cuatro que había comprado de golpe: “¡Y me han encargado más, pero todos no puedo a la vez!”, gritó bien alto, como advirtiéndonos de que si hacíamos un gesto en falso arramblaba con todos los aragones demonios de la mesa.Y a continuación desparramó la fila de libros ante el bolígrafo de Joan.

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Joan Rosell es homónimo del presidente de la CEOE, pero usted no podría imaginar dos personas más disímiles: éste es cocinero de encantamientos y escritor de sortilegios cocidos. Para nuestra suerte. Porque si ese triunfo nos lo pasa por el morro un tipo atildado como el otro Rosell, lo echamos a la Huerva sin miramientos. Este otro Rosell es de los nuestros. Su éxito fue torrencial, como si hubiera convocado el encadenado de los astros. Empezó a firmar dedicatorias a un ritmo que parecía Cristiano Ronaldo, pero en guapo y heavy, que es otro nivel. El trajín adquirió tal velocidad que Javier Fernández también dio un paso atrás, ventilados todos por el molinete enloquecido que era la mano de Rosell.

Se hizo presente Agustín Martín, que venía a defender su Libertarios de Aragón. Le dio conversación a Javier Fernández. Y aún tenía que llegar José Luis Corral, que para estas cosas debe de usar estilográficas con motor. A esa hora yo me dedicaba ya a labores de intendencia: con un fino sentido del trabajo en equipo, tomaba bolsas de la cajita y metía los libros que vendía Rosell con amoroso cuidado, para que otro se los pasara al cliente. ¿Quiere un clavel, señora? Dame, hijo mío, dame… ¿Rojo o blanco? Y enseguida alguien me reclamaba: “¿Éste cuánto vale?”. Lo que marca, lo que marca. “¡Teeeeengo libroooos, teeeeeeengo librooooos, señooooraaa!”. Venga, niño, échate un poquito para atrás, guapo…. Cómo me hubiera gustado hacer el charlatán como Manolo Morán en las películas.

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Joan Rosell, firmando ejemplares de su exitoso Leyendas del Aragón demonio

Me acordé de otro chiste de Eugenio: coño Manolo, cuánto tiempo… ¿Sabes que ya publiqué mi libro? Sí, hombre, ya lo compré… ¡Ah, entonces fuiste tú! Y tal. Yo me sentía como las fieras del zoo cuando los chicos vienen a tirarles cacahuetes a la jaula. Me salí de nuevo (a esa hora llevaba más rato fuera que dentro). Saludé a Roberto Pardos, que andaba de paseíllo por el lado de sombra y también contó una vez su historia de amor con los periódicos en Doce Robles. Y a Rafa Rojas, el autor de Magníficos, que rumia como mejor puede su próximo Zaraguayos. Pasé al frente del puesto, por el lado del público, y le hice una foto a Joan Rosell mientras firmaba. Pero no hubo forma de sacarle la cara, porque no la podía levantar de la solapa de sus demonios.

Medio en broma, pero muy en serio, me ofrecí a firmar libros ajenos, por si hiciera falta. Un “chicos, yo estoy aquí para lo que necesitéis”. Para no mentir, confieso que firmé un par de libros: fue a dos amigos bien íntimos, a los que debí de darles lástima… Bueno, y un chico desconocido con su chica, muy sonrientes, que se lo llevaron sin que yo tuviera necesidad de convencerlos: “Es que a él le encanta Ken Loach“, me informó ella. Me pregunté si no los habría mandado la organización, presta a evitar suicidios de escritores sin público. O mi madre, que siempre se preocupa mucho.

Luego ya di un paso atrás y resolví que había que salir de allí antes de que mi alegre ironía girase hacia el autodesprecio. Estuve a punto de meterme al C&A, por ver si tuvieran algo de rebajas que me pudiera encajar. Cosa de salvar el día. Pero estaba cerrado y casi me doy contra la puerta. Unos minutos después me comí una gamba con gabardina para celebrar una gran jornada de éxitos literarios (ajenos).