Todos los lugares

26 05 2016

“Espero que haya un día en que se pueda vivir sin tener la obligación de trabajar. Gracias a mi suerte he podido pasar a través de las gotas. En un cierto momento comprendí que no debía cargarse a la vida con demasiado peso, con demasiadas cosas por hacer, con aquello a lo que se llama una mujer, niños, una casa en el campo, un coche, etcétera. Y lo comprendí felizmente muy pronto”.

Conversaciones con Marcel Duchamp

libro

 

Espero que un día se pueda vivir sin hacer otra cosa que leer libros. Pensar en los libros. Recordar los libros. Aproximarte a ese precipicio ingrato del final de la historia -o de la no historia- y reproducir la liturgia: dejar que corra el agua y preparar un baño caliente, de los que bajan la tensión y te adormecen hasta rendirte. Entrar ahí adentro, hundir la cabeza para escuchar los ruidos magnificados en la mínima inmersión, y luego ascender y quedar con el agua al cuello. Y así leer hasta que se acaben las letras. Que se acabe el libro y quieras acabarte tú. No salir de ahí.

Ojalá los días fueran una alfombra de palabras, como una cinta transportadora; un par de líneas paralelas de frases apretadas, que tendieran a una imposible convergencia en el horizonte. Y leer de abajo arriba, persiguiendo esa línea inalcanzable que, como la cinta borrosa del fin del mundo, no se alcanza jamás. Que allá sobre el borde de las páginas, al norte de los libros, el sol nunca terminara de ponerse. Libros interminables, enlazados unos con otros; páginas siamesas que no hiciera falta separar. Finales que desembocaran en principios. Personajes que saltaran de un título a otro para leerse mutuamente, como nos leemos nosotros las palabras en los labios o la interrogación de las miradas.

Vivir en una biblioteca circular, como un continuo espacio tiempo. Una cinta de Moebius que gira en una curva infinita, sobre sí misma, y nos lleva y nos trae de un autor a otro. Como esa dimensión que no comprendo pero en la que nada empieza ni acaba. Solo es. Y allí dejarme arrastrar como un chico. Como en un tobogán en el parque. Bajar y subir y subir y bajar. Otra vez, papá.

No salir de esta habitación. Jamás. Aquí dentro estoy en todos los lugares.

 

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La parábola de Nayim

11 05 2016

El 10 de mayo de 1995, en París, 20.000 zaragocistas vieron a su equipo coronarse campeón de la Recopa frente al Arsenal. El modo de lograrlo, en el minuto 120 de partido, tras una prórroga y con un gol imposible desde el medio campo, subraya la excepcionalidad del caso. A 20 años de aquella hazaña, y con el Zaragoza penando en Segunda, en los tribunales y en una ruina que casi lo condenó este verano a la liquidación, esta reconstrucción convoca el recuerdo confuso de quienes lo vivieron en el campo y en la grada. No se trata tanto de un exorcismo como de una búsqueda de respuestas: pasadas dos décadas, ahora los zaragocistas sabemos que, como en los relatos bíblicos, aquel pelotazo memorable acabaría siendo una narración de magias que esconde muchas enseñanzas (*).

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