La parábola de Nayim

11 05 2016

El 10 de mayo de 1995, en París, 20.000 zaragocistas vieron a su equipo coronarse campeón de la Recopa frente al Arsenal. El modo de lograrlo, en el minuto 120 de partido, tras una prórroga y con un gol imposible desde el medio campo, subraya la excepcionalidad del caso. A 20 años de aquella hazaña, y con el Zaragoza penando en Segunda, en los tribunales y en una ruina que casi lo condenó este verano a la liquidación, esta reconstrucción convoca el recuerdo confuso de quienes lo vivieron en el campo y en la grada. No se trata tanto de un exorcismo como de una búsqueda de respuestas: pasadas dos décadas, ahora los zaragocistas sabemos que, como en los relatos bíblicos, aquel pelotazo memorable acabaría siendo una narración de magias que esconde muchas enseñanzas (*).

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En la noche del 10 de mayo de 1995 llovieron balones del cielo sobre París. Seaman vio bajar uno contra su bigote, en un picado brutal que las imágenes, por más que las hayamos interrogado un millón de veces, aún no explican de modo satisfactorio. El balón venía planeando en diagonal desde la media cancha, amenazante en la armonía estética de una parábola cuya belleza enmascaraba un ejercicio de exagerada desesperación. Había que disparar desde donde fuera, porque se acababa el tiempo. Pero no… ese pelotazo loco no podía entrar. Y no podía hacerlo no sólo por la distancia –un disparo ladeado sobre la zona de medios del Arsenal-, sino sobre todo por el pronunciadísimo arco descrito por el balón.

Había tomado una altura excesiva como para caer a tiempo sobre la meta inglesa. De pronto, sin embargo, la pelota pareció tomar peso y se desplomó contra Seaman.El narrador de la BBC, palabra de guía de un pueblo escéptico, proclamó en un grito: “¡¿Pueden ustedes creer lo que han visto?!”. Una apelación casi herética, violentamente descreída. Un diario zaragozano titularía al día siguiente: “Alá es grande”. Miguel Pardeza admite que, al ver ese gol, pensó en una posibilidad sobrenatural que escapaba a su ilustración. Cedrún, árbol de fe, el hombre sencillo bienaventurado en las Escrituras, sentencia todavía hoy: “Hubo algo divino”.

En mi memoria, forjada desde la tribuna del Parque de los Príncipes, el pelotazo de Nayim se evoca a sí mismo envuelto en un silencio algodonoso. Fue como una explosión que te tapona los oídos y anula las conciencias. Un amigo, Alberto, lo cuenta así: “Yo no me acuerdo de nada. Es más, ni siquiera tengo un recuerdo fiel del gol. Todo lo que sucedió durante el trayecto del balón hacia la portería de Seaman y las reacciones posteriores está envuelto para mí en una pura confusión. Una mezcla de alegría sin límites y de peligro inminente: por ejemplo, para mis gafas, que volaron por el Parque de los Príncipes. Aún no sé cómo las recuperé”.

Era el minuto 120. Duró tres segundos exactos. Han pasado 20 años.

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Nayim, en el Parque de los Príncipes, el 10 de mayo de 2005: con AS, pasamos el día del 10º aniversario de la Recopa en París junto al héroe. La foto es, claro, de mi querido Alfonso Reyes.

La soledad era esto

En la tarde del 11 de mayo de 1995, este cronista regresó a Londres en lugar de volver a Zaragoza. A esas horas, cientos de miles de personas se unían en un canto comunal en la Plaza del Pilar, dirigidos por el recordado Sergi, el campeón que ya se fue. El jugador que era un hincha. Mientras Sergi cantaba en el balcón del ayuntamiento, y el pueblo lo seguía, yo deambulaba por Queensway, en Londres, donde me había ido a vivir. Jamás me sentí tan solo en ninguna parte como aquella tarde en Londres. El torero al otro lado del telón de acero. Eso sí: nunca he podido agradecer lo suficiente que me echaran del trabajo justo el año en que el Zaragoza iba a jugar aquella final. Porque me permitió vivirla como un aficionado, sin otra obligación que la del hincha febril. Así que el 10 fui a París y cumplí el papel con una dedicación irrepetible.

Aunque el día fue soleado y la noche generosa, todas las horas que pasé en la capital francesa han quedado como un progresivo ingreso en la bruma. Volamos desde Heathrow a Orly con unos cuantos gunners. En silencio. Nosotros, se quiere decir. El ruido y la furia empezaron en cuanto nos encontramos con el grupo de zaragocistas en uno de esos ensoñadores puentes que cruzan el Sena y con los que Woody Allen hace maravillas. Cuando nos vieron llegar a los exiliados londinenses, estallaron los gritos y el acento baturro rebotó con todo su grosor contra la fineza arquitectónica parisina. Después de tanto cockney y tanto eastender y tanto acento stiff upper lip de la BBC, aquellos vozarrones me sonaron a gloria. Era como volver a casa. La magdalena de Proust. Antes de darme cuenta y cuando aún estrechaba manos, alguien revoleó una bota de vino y me dio a beber: “¡Toma un trago, maño!”.

Era media mañana. “Es que no me gusta el vino y no sé beber en bota”, me atreví a decir. Todavía me lo recuerdan: “Menos mal que no sabía…”. Puede que algún sándwich de queso y pickle de lima sacáramos de la mochila para cruzarnos en el gaznate y empapar algo. Y varias especialidades orientales… Una dieta muy poco cristiana y a todas luces insuficiente. Puede. Pero, en general, el 10 de mayo en París nos alimentamos de vino tinto.

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El Negro Cáceres, en su memorable celebración del título.

Al mediodía confluimos con otros miles de hinchas hacia los campos de Marte y ahí, a la sombra de la torre Eiffel, desgastamos la tarde. Parece que jugamos al fútbol porque los balones cruzaban los jardines subidos en el aire y la multitud se desentendía de cualquier inhibición. Como en Glastonbury, pero sin barro. Recuerdo haberme encontrado con David, el hermano de Alberto Belsué, vestido con la camiseta azul que el zaragozano había lucido en el partido de cuartos contra el Feyenoord. Una eliminatoria que yo seguí en un transistor de onda corta desde el sótano del hotel en el que trabajaba: cerca del Royal Albert Hall, en un edificio contiguo a la casa en que nació Benny Hill en el barrio de Kensington. Entre room service y turno de cena con pianista, pegaba la pajarita negra al aparato y, enmarcado en furiosas crepitaciones, disfrutaba el baño que les pegamos a los holandeses. Perdimos 1-0: a mayor gloria de la remontada de la vuelta. De la cuchara en escorzo de Juan Eduardo. Del zurdazo de Miguelito.

Volvamos a París, s’il vous plait… Cuando a media tarde nos colamos en uno de los autobuses programados para conducir al grueso de la hinchada aragonesa hasta el Parque de los Príncipes, la realidad era ya un tobogán cuesta abajo. A esas horas, mi conciencia caminaba hacia el desvanecimiento. En medio de aquel desparrame ocurrieron un par de cosas aún incomprensibles. Junto a mí iba sentada una chica que parecía haberse colado en la escena sin pertenecer a ella. Iba radicalmente sola. Todos formábamos grupos, más o menos diversos y numerosos. Lo propio de un viaje a una final. Ella no. Ella no hablaba con nadie. Tampoco decía nada. Ni sonreía. Ni cantaba. No interactuaba de ningún modo. Vuelta la cabeza, sólo miraba a través del cristal a la tarde parisina, ausente y ajena a la locura desordenada que la envolvía. Un amigo se fue a por el micrófono del autocar y pasó a dirigir el festejo, improvisando con brillantez desternillante un diálogo imposible con el chauffeur. La bota iba de lado a lado, como las bufandas. Creo que me atreví a ofrecerle un trago. Fue como pedirle bailar a Naomi Campbell. Ella, nada. Hierática. Imposiblemente distante.

Al rato nos dimos cuenta de algo que de inmediato supimos dramático: llevábamos hora y media y la caravana de autobuses no avanzaba. En algún momento, en medio de la completa enajenación, nos creció la conciencia evidente de que no llegábamos al partido. Algo inconcebible. Aún no sé quién dio la orden o si fue un ataque de pánico, pero de pronto habíamos vaciado los autobuses y estábamos corriendo por París. Éramos decenas. No sabíamos direcciones ni a qué distancia quedaba el campo. Así que corrimos. Y corrimos. Y corrimos. Corríamos en grupos deshilachados, tratando de no perdernos de los de delante que, suponíamos, preguntaban a quienes se cruzaran. Corríamos a toda velocidad. Al principio íbamos juntos. Pronto aquello fue un sálvese quien pueda. Corríamos a gritos, cruzando las avenidas y las calles laterales. Corríamos como si huyéramos del demonio. Corríamos como Dustin Hoffman acosado en Marathon Man. No recuerdo haber corrido tanto jamás. Y, mientras corría, entreví que aquello no acabaría bien. No sólo no iba a llegar al Parque de los Príncipes. Es que ni siquiera llegaría vivo al final de la tarde.

Varias veces tuve que detenerme, exhausto y aterrorizado ante la posibilidad de perderme. De perderme no sólo el partido, sino de perderme en París, literalmente. No sabía dónde estábamos ni hacia dónde debíamos ir. No conocía la ciudad. No me conocía ni a mí mismo. Entonces nadie llevaba móviles aún. Ni siquiera sabía dónde iba a dormir, no tenía una dirección ni un teléfono. Y, por si eso fuera poco, en la atroz carrera había entregado mi mochila a alguien del grupo, porque ya no podía ni con los zapatos, y en la mochila estaba todo: mi documentación, mi dinero, mi billete de vuelta, ¡mi entrada para el partido! Es decir: a esas horas yo era un hombre que corría por su vida. Pensaba: si me quedo aislado de mi grupo, con esta curda que llevo, seré un náufrago del asfalto, un clochard, un refugiado zaragocista en París. Y corrí.

Llegamos. No sé cómo, pero llegamos. Y conforme me senté en mi butaca, comenzó el choque. Aquello era una final europea. Aquello era el partido de nuestras vidas. Pero yo, transpirado, liquidado y ebrio, estaba para meterme en la cama.

“Háganlo por la gente”

El Zaragoza se había aislado durante toda la semana en las afueras de París: “Cuando fuimos llegando a la ciudad y al estadio y vimos a los zaragocistas, dijimos: uf, esto no lo podemos perder”, cuenta Santi Aragón. Nayim recuerda la presentación, mientras aguardaban en la antesala de vestuarios: “Fueron diciendo nuestros nombres y salimos uno a uno. El estómago me giraba como una lavadora. Luego, todo eso se pasó”. El partido tuvo instantes descarnados, pero el Zaragoza fue mejor y debió ganar antes. “En la primera parte notamos que era una final. Después, fue lo de siempre”. Lo de siempre. “Defendían tres y la tocábamos todos. Si había que rascar, rascábamos. Jugábamos de memoria, como amigos… porque lo éramos”. Víctor Fernández canalizó la ansiedad: “Salgan y hagan lo que saben. Háganlo por la gente”.

O sea, por nosotros. Por el lado fervoroso del estadio que ocupábamos los zaragocistas. Bueno, yo no. Yo había viajado con una entrada adquirida in extremis, directamente en París, a través de la amiga de un amigo que vivía en la capital francesa. No sé cómo la pagué, pero era la mejor tribuna del Parque de los Príncipes. Eso sí, lejos del fondo zaragocista, extraviado en el tranquilo sector neutral del estadio. Mi estado de solitario fervor contrastó toda la noche con la distanciada tranquilidad con que se comportaba la gente que me rodeó: espectadores sin filiación por ninguno de los dos equipos, parisinos, algún emigrante español. Eso sí, todos acabaron de nuestro lado. Y yo, subido sobre la butaca, ovacionado por todos ellos como un campeón más. Ni que decir tiene que correspondí al aplauso de forma algo bizarra y muy ebria. La bufanda apretada en lo alto del puño y la voz vencida entre reverencias.

La culpa la tuvo el gol de Nayim, que fue un milagro de esos que convierten a pueblos enteros. Xavi Aguado recuerda: “Cuando vi entrar la pelota ni siquiera fui a celebrarlo. Corrí hasta la banda a preguntarle al cuarto árbitro, con mi inglés de Cuenca: ‘What time?’. Y él me dijo: ‘Finished’. Lo dijo sonriendo. Nunca he olvidado esa cara”. Pardeza se agarraba la cabeza con las manos, en un gesto de radical incredulidad. Víctor Fernández lo levantó en brazos. “Yo le di un beso en los morros a Nayim”, confiesa Belsué. “Y yo quedé bajo tierra”, define el autor del gol. Sepultado en el delirio de una ciudad entera. Así lleva 20 años. Cuando pudo incorporarse, el partido había acabado. Ciego de gloria, tiró el pantalón azul a la grada. Se dirigía en calzoncillos al vestuario cuando alguien le dijo: “Gigi, la Infanta quiere saludarte” (!). Y así estrechó la mano de la realeza: en gayumbos.

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Seaman, la pelota sobre la línea, el partido ya perdido para siempre y su actitud resignada: acababa de encajar el gol que lo perseguiría el resto de su vida.

El contrapunto lo marcaba Seaman: vencido, el portero quedó de costado, contra el fondo de la red, apoyado sobre un codo. Era la posición de un hombre que se relaja a la orilla del mar, para mirar evocadoramente el vaivén de las aguas. Si uno mira el vídeo, Seaman parece resignarse ante la evidencia de que ese gol, tan irreal, va a funcionar como un espectro imperecedero que lo perseguirá toda su carrera. El resto de su vida, de hecho. Ahí, tirado frente al mar en la playa del Parque de los Príncipes, dejándose acariciar por la suave noche parisina, el meta del Arsenal parece pensar, tranquilo en su clarividencia: “Estas cosas pasan, David… estas cosas pasan”. Frente a él, mientras tanto, el océano se desborda.

El océano éramos nosotros. Los zaragocistas. En esos tres segundos exactos que van desde el golpeo de Nayim hasta la proclamación incrédula del gol, el mediano clamoreo de cánticos ingleses queda engullido por un murmullo de creciente anticipación. El sonido indefinible de lo que no se puede describir. Hay que verlo. Lo que ocurrió en la grada, en el corazón y la cabeza desenfrenados de la gente, lo que flotaba bajo el rugido glorioso de la victoria, no se puede contar. La verdadera historia de la Recopa empieza y acaba en la gente que la vio. En todo lo indecible que sintieron y sienten cuando aún lo ven. Alguien debería reunir ese millón de relatos íntimos y darlos al papel. Cedrún lo advirtió: “El gol lo metió Nayim, pero el que lo hizo posible fue el pueblo”.

Han pasado 20 años. Nunca he sabido si el Arsenal llegó a sacar de centro. En cierta ocasión le planteé la duda a un foro de zaragocistas. Casi nadie se acordaba. Uno me escribió: “No, todavía hoy el Arsenal no ha sacado de centro. Llevo años convencido de que el zaragocismo todavía está festejando ese gol en el Parque de los Príncipes, que no hemos salido de allí, creyendo que el tiempo se ha detenido, seguimos abrazados, borrachos de adrenalina, ajenos al mundo. Todo lo que nos ha pasado después es porque no estamos; porque seguimos en París”.

Me había leído el pensamiento. Paralelamente, en algún momento yo imaginé un relato en el que el gol de Nayim nos introduce a todos los zaragocistas en una ensoñación colectiva. Igual que los personajes de El Ángel Exterminador, ni queremos ni podemos salir de esa noche. Seguimos atrapados en el shock emocional de un gol imposible. Festejamos y festejamos mientras la vida continúa, el Arsenal saca de centro, pasan los años y sigue el partido. Otros partidos. Pero nosotros ya no estamos. Nos hemos ido. Ya no comparecemos en la realidad. Y así hemos acabado.

Conforme el tiempo empuja hacia atrás las imágenes de aquella noche, comparece ante nosotros esa especie sobrenatural que hemos dado en llamar el mito de París. Aquel suceso desproporcionado que fue la Recopa de 1995 pertenece al pueblo aragonés como experiencia personal y colectiva. Una efeméride comparable, en nuestra enfermiza cosmogonía, a la primera pincelada de Goya para su serie negra; o al instante en que Buñuel conoció a Breton y su apretón de manos inauguró el surrealismo. Creímos que aquello nos cambiaría para siempre. Pero no. Ahí seguimos. Atrapados en París. Un aficionado amigo lo define así: “El Gol de Nayim –escríbelo en mayúsculas, me insiste- representa todo lo que a los aragoneses nos falta: creer en nosotros mismos, en un imposible que a veces, sólo a veces, se torna factible. Y cuando algo así ocurre, entonces nosotros, ingenuos, lo atribuimos a nuestra fe en la Virgen del Pilar. Porque… ¿para qué vamos a creer en nosotros mismos?”.

 

* Este texto se publicó en el número 41 de la revista Panenka, el mes de mayo de 2015, con ocasión del vigésimo aniversario del título en París. Ahora que ya ha pasado justo un año (21 del gol de Gigi) lo rescato de la profanación del copyright, con el permiso de Aitor Lagunas -coordinador de la publicación-, y con el mismo entusiasmo con el que durante una larguísima conversación telefónica discutimos qué podríamos hacer para conmemorar el mayor triunfo en la historia del Zaragoza. Algunas de las ideas que lanzamos en aquel torrencial diálogo quedaron en vía muerta, por una causa u otra. Quedó la editorial, que respeta la esencia de la publicación. Aitor, tan zaragocista como el mejor, me propuso un relato de la final y yo le confesé que, después de haber escrito tantas veces sobre aquello, de haber oído innumerables ocasiones a Nayim y a todos los demás protagonistas la narración de sus vivencias, creía que la única historia que aún se podía contar de ese 10 de mayo en París era la que nunca se había contado. Y no se había contado porque es imposible hacerlo: la historia de lo que sintieron los miles y miles de aficionados que, en París o en cualquier lado, vieron aquello y lo vivieron. Cada una de las historias íntimas de aquel fragor colectivo. El inabordable desafío de reunir todas las voces de todos los zaragocistas, en todos los rincones, todos los minutos de aquel día cuya sola enunciación -10 de mayo de 1995- ha quedado como arquetipo de felicidad.

Dado que eso no podía ser, resolví contarle como pasé yo (emigrado aquel año a Londres) un día y su noche, de completa locura, por las calles de París y las gradas del Parque de los Príncipes. La narración tiene la única vanidad de querer representar, en una sola voz, a todas las que no podíamos alcanzar. Es la memoria desatada de un día sin freno hacia el éxtasis. Está dedicado en especial a Alberto Oriz y otros lectores zaragocistas de Somniloquios, que aportaron un día sus voces al recuerdo, ahora invocadas para este parábola. A Gaspar Rosety, mi narrador más querido en España, porque lo gritó como nadie. También a aquella chica del autobús, cuya presencia nunca logré comprender ni desligar de la memoria del día. Y sobre todo, a mis amigos Nacho y Elena, que corrieron conmigo por París aquella tarde. Y a todos los que estuvieron allí, en cuerpo y/o alma. 

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2 responses

11 05 2016
woodyalle

Curiosamente yo también vivía en Londres por aquella época. Apenas llevaba un par de meses, cuando nos enteramos de la final a disputar aquel glorioso 10 de Mayo. Y digo esto confesando que no me gusta nada el fútbol, que no sigo al Zaragoza ni a club alguno del mundo y que veinte años después, ese ha sido el único encuentro que he visto entero. Tampoco tenía muchas ganas de presenciarlo pero un amigo mío de Zaragoza había quedado con compañeros del hotel Savoy donde trabajaba para verlo y regarlo con abundantes pintas. Acudimos a un pub del Soho y mi amigo y yo éramos los únicos hispanos (maños para más inri) del lugar. Nos enteramos que el Arsenal era el favorito y que el equipo de nuestra tierra no contaba con muchas posibilidades de éxito con lo que recuerdo que nos entregamos relajados a engullir una pinta tras otra mientras los hoolligans presentes bramaban con cánticos aterradores. El ayuntamiento había preparado en las inmediaciones de Highbury un fiestuco para celebrar el triunfo tras el partido, tan confiados estaban los de la Pérfida Albión, y hubiéramos acudido prestos si no fuera porque, 120 minutos después, el tiempo se detuvo durante tres interminables segundos. Más que el gol, recuerdo las caras cariacontecidas de los seguidores británicos. No daban crédito a lo que veían. Diez segundos después yo estaba abrazado a mi amigo que tampoco le gustaba el fútbol y un rubor patriota se apoderó de nosotros ante las absortas miradas de los furibundos hinchas del Arsenal. Aquello fue un momento mágico que no olvidaré jamás y eso que sigue sin importarme el fútbol un pimiento. Pero creo en la magia. Y eso fue lo que pasó ese día en el París.

11 05 2016
Anónimo

Precioso articulo. Te reitero mi admiración por tu pluma, Un abrazo

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