Buscando a Beula

16 06 2016

Estos días he vuelto a buscar a Beula, con avidez, entre las páginas. Es un ejercicio extraño. Tal vez por eso sea también, y sobre todo, excitante. Porque detrás de la búsqueda, claro, aguarda la posibilidad de encontrar a Beula. La busco entre las páginas con urgente desorden, igual que la buscaría en un guardarropa si supiera que ella se oculta ahí, desnuda o casi desnuda, jugueteando a cubrirse falsamente con los abrigos de otros. Fatal entre las sombras. Aparto los párrafos como si fueran bufandas y cuellos de armiño, gabanes ocres y trincheras mojadas. Y casi me parece que la alcanzo con la yema de los dedos. Busco con los ojos cruzando las letras en diagonal. Y así trato de dar con alguna de esas frases que convirtieron a Beula, en mi cabeza, en una inagotable locura de verano que no podía dejar de buscar. Y se me escapan. Y crece mi ansiedad, mi ansiedad por Beula, un apuro francamente sexual que nunca se ha retirado del todo, desde que la conocí.

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El péndulo

13 06 2016

 

Hay algo que nunca podré perdonarte y es esta horrible debilidad que me has traído. Este permanente miedo. Esta alerta inmisericorde que me obliga a todas horas a ser omnisciente como un dios. A tener todas las respuestas. Entender todos los signos. Interpretar de forma correcta cada síntoma. No creo que pueda perdonarte este modo tuyo, tan implacable, de extraerme de todos los sucesivos presentes y los cómodos pasados, de cualquier posibilidad de recrearme en tiempos precisos, para exigirme que imagine de forma constante el porvenir. No, no el futuro que habremos de modelar entre todos para ti, sino el inmediato. El condicional. El inabarcable futuro que conforman las posibilidades aún no vistas, y que yo debo mágicamente adivinar. Anticipar sin error posible -porque la equivocación sería, ay, mi más insoportable condena- todos los “qué pasaría si…”. Y no basta con completar una vez esa frase, hay que hacerlo un millón de veces. El juego consiste en salvarte siempre de ti mismo y de la muchedumbre de mínimos o terribles peligros. Yo, que apenas puedo salvarme a mí mismo.

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Bajo la montaña

10 06 2016

Paso los días aplastado bajo una montaña cada vez más alta. La conforman todas aquellas cosas que no me caben en los días, que cada vez son más cortos para todo lo que quiero, querría hacer, y aún más estrechos con aquello que deseo, y todavía menos flexibles para lo que anhelo, lo que preciso, lo irrenunciable. Es verdad que todo lo inmaterial se acumula también como si tuviera forma, peso y dimensión. Que va haciendo montañas en el cerebro, o bien paredes o montones de ladrillos que te bloquean un poco los procesos mentales, o los espesan.

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