Bajo la montaña

10 06 2016

Paso los días aplastado bajo una montaña cada vez más alta. La conforman todas aquellas cosas que no me caben en los días, que cada vez son más cortos para todo lo que quiero, querría hacer, y aún más estrechos con aquello que deseo, y todavía menos flexibles para lo que anhelo, lo que preciso, lo irrenunciable. Es verdad que todo lo inmaterial se acumula también como si tuviera forma, peso y dimensión. Que va haciendo montañas en el cerebro, o bien paredes o montones de ladrillos que te bloquean un poco los procesos mentales, o los espesan.

IMG_1523

Olvido. En estos tiempos olvido mucho. Tengo una agenda para no olvidar… pero olvido que la tengo. Paso las páginas de los libros y me digo: ah, esta frase no la puedo olvidar, no, este párrafo no se me puede perder en la disolución etérea de la memoria. Y resuelvo: lo apunto, he de anotarlo, que quede ahí y pueda revisarlo, pasarle los dedos por encima como un relieve. Pero luego… no, no lo anoto. No lo subrayo. Debería subrayar, pero soy un viejo fetichista de las páginas limpias: ni un subrayado,  ni siquiera a lápiz; ni una esquina doblada; ni un marca páginas de esos de colorines, que me sirva de guía. Tampoco uso las libretitas que me compré para anotar. Acumulo libretas de páginas vacías en las que, tal vez en el entusiasmo del primer momento, agregué alguna frasecita menor o el título de un libro, el nombre de algún autor, un verso conmovedor. Qué sé yo… Ahí quedaron, abandonados a su suerte bajo el peso abisal de las páginas en blanco.

No. Olvido que debería recordar todo eso. Yo que fui un profesional de la escritura para el olvido (o para el comentario ocasional de la tarde, escribió Borges), creía que escribía para olvidar pero después he dado en olvidar que debería escribir. Creo que me gusta olvidar para que el cerebro no me pese demasiado. Tal vez necesito el extravío o la emoción o la torpe ansiedad de buscar lo que no recuerdo donde leí, o si anoté. Levantarme de la silla como un resorte y decir… ahora busco aquel libro, aquella página, ahora cierro los ojos y va la mano mágicamente al anaquel exacto. Ahora lo abro y, es verdad, no tengo un número de página, pero tengo la nemotécnica convicción de que era un párrafo mediano, a media altura sobre la página par. Aproximadamente a un cuarto del volumen completo del libro. Tal vez un poco más adelante, pero seguramente por aquí. Y ahí voy. Pero no doy con ello. Y entonces… esa anticipación deviene enfermiza urgencia. Hasta que lo encuentro. O no. Y se me detienen los días en ese bucle.

Confío en mi recuerdo pero desconfío de mi cabeza. Me gustan las sinapsis: cuando la eléctrica aceleración de las relaciones neuronales me lleva de una cosa a otra con juvenil ligereza. Entonces pienso que todo el mundo, todo el necesario, está ahí dentro. Y lo saboreo. Que esta música desmadeja aquella escena. Que tal frase me hace acordarme de otra persona. Que yo, o tal vez alguno de los innumerables otros que me han precedido con mi mismo nombre, escribió esto en ese momento, y tenía que ver con lo que estamos hablando ahora mismo, aunque no sé bien de qué estamos hablando ahora mismo.

Vivo enterrado bajo una montaña, que tal vez sea un volcán que aguarda la erupción. Es una montaña en la que cada vez hay más libros que tengo pendientes de leer, más frases dignas de ser interrogadas, más tardes con la persiana a media luz y en la memoria la piel, muy blanca, y el sol, muy alto. Mediodías que son medias noches en mi cabeza. Hay una montaña conformada de músicas que oír, de películas que ver. Cada día más. Me dijo una vez: “Compro libros y sigo comprándolos, aunque ya sé que la vida no me va a dar tiempo de leerlos todos”. Pero le gustaba tenerlos. Como me gusta a mí. “¿Los has leído todos?”, me decía el otro día el mayor de los pequeños, buscando alguno que llevarse. “No… y nunca los leeré”. Como ya no sé si veré todas las películas que voy acumulando en la cima de esta montaña. No me alcanza con esta sola vida y la tan cacareada estabilidad, que se lleva por delante la tan nombrada felicidad, me la arranca a pedazos. La gente dice que lo que más quiere es ser feliz, pero yo no creo que sea cierto. Por el medio interponen muchos obstáculos. Supongo que ninguno tenemos idea de cómo lograrlo. Pequeños atisbos, si acaso. Lo peor es cuando los demás se atreven a decirte cómo debes ser feliz: “Y a usted le huele el aliento”, dan ganas de contestarle.

Seguiremos comprando libros, vaciando músicas y acumulando voces. Aunque sepamos que nunca los vamos a leer todos. Pero hay que estar preparado por si cualquier día de éstos, entre las noticias incesantes de la estupidez humana, alguien nos anuncia que se ha descubierto la vida eterna. O mejor aún, la posibilidad de varias vidas sucesivas. O, todavía mejor, el mecanismo imbatible de las vidas paralelas.

Anuncios

Acciones

Information

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s




A %d blogueros les gusta esto: