El péndulo

13 06 2016

 

Hay algo que nunca podré perdonarte y es esta horrible debilidad que me has traído. Este permanente miedo. Esta alerta inmisericorde que me obliga a todas horas a ser omnisciente como un dios. A tener todas las respuestas. Entender todos los signos. Interpretar de forma correcta cada síntoma. No creo que pueda perdonarte este modo tuyo, tan implacable, de extraerme de todos los sucesivos presentes y los cómodos pasados, de cualquier posibilidad de recrearme en tiempos precisos, para exigirme que imagine de forma constante el porvenir. No, no el futuro que habremos de modelar entre todos para ti, sino el inmediato. El condicional. El inabarcable futuro que conforman las posibilidades aún no vistas, y que yo debo mágicamente adivinar. Anticipar sin error posible -porque la equivocación sería, ay, mi más insoportable condena- todos los “qué pasaría si…”. Y no basta con completar una vez esa frase, hay que hacerlo un millón de veces. El juego consiste en salvarte siempre de ti mismo y de la muchedumbre de mínimos o terribles peligros. Yo, que apenas puedo salvarme a mí mismo.

shame

Tu culpabilidad en este escenario es universal. Quiero decir, humana. No exclusiva. No, se repite en todos los lugares y todos los casos. Peor aún que eso es que, en efecto, no es culpabilidad, porque es inconsciente. O al menos eso creemos o bien estamos obligados a creer. Nadie ha logrado penetrar en el núcleo de tus estrategias mentales, y nosotros ignoramos hasta qué punto tú sabes. Y lo peor es que, a veces, tú pareces saber hasta qué punto ignoramos. No tramas. Sólo haces. Y el perdón de la intención te viene dado por añadidura, porque tus hechos siempre cuentan con la indulgencia de las circunstancias. Nada en ti es deliberado. Todo lo explican factores ajenos ante los que no puedes defenderte, y que solo somatizas contra el mundo en formas primarias. El mundo pone a tu servicio un innumerable catálogo de justificaciones.

A mí, en cambio, me tienes sentado en el banquillo como culpable. Culpable, sí. Culpable anticipado porque todo es mi responsabilidad. Tú eres mi responsabilidad. Y así, arrastro la pena de reunir a diario múltiples obsesiones, y todas giran en torno a ti. Y a veces creo que debería traspasar las noches en vela y entregártelas en una liturgia oscura, custodiar tu sueño y hasta ingresar en tus pesadillas, para combatirlas todas. Es mi deber de soldado de tu ejército. Si esto suena exagerado es porque, en ocasiones, reconozco que extravío el juicio. Pero si algo sé es que debo desechar los pensamientos propios para entregarme con devoto entusiasmo solo a aquéllos que gravitan en torno a ti. Y lo hago. Estoy a tus órdenes. Debo vaciarme completo para que tú me llenes. Debo saltar por encima de cualquier atisbo de conciencia de lo propio porque eso se llama egoísmo. Debo estar, debo ser para ti. Y soy. Soy lo que te haga falta y sin desmayo porque todo me lo devolverás. Y porque todo, otra vez, habrás de llevártelo. Y en ese vaivén de la fortuna bailaré yo o me sujetaré del viento todos los días que me queden. Y no sé si en este largo camino que nos aguarda juntos, espero, llegarás a entrever siquiera el fenomenal significado de todo esto que trato de contarte con tanto desorden. Tal vez desorden porque me lo estoy diciendo a mí mismo. A ti no ha de importarte: o lo descubrirás solo o jamás tendrás idea. Será parte de tu misión como hombre y podrás, si así lo quieres, ignorarla.

Lo que nunca podré perdonarte es esta vulnerabilidad. Esta conciencia de temor sin freno. Este miedo que no puedo sacarme, al que apenas me puedo acostumbrar. No debo alimentar ninguna otra aspiración, porque no la hay. La conciencia absoluta de que te llevo de la mano por una cuerda floja; mejor… que no soy yo quien te lleva sino que eres tú quien me ha conducido a este precipicio que nos aguarda abajo. Y tú caminas fiado a mi sabiduría, tan agrietada ya. Otra vez la obligación de todas las preguntas y todas las respuestas. Esta angustia gozosa. Y lo peor es que no hay ningún sitio al que llegar. No hay un lugar seguro. Nunca encontraremos refugio y, además, habremos de aprender (aunque yo quizás ya lo sepa y tú lo negarás durante años) que no hay amparo definitivo. Ahora ya sé, si quise ignorarlo. Ahora ya no puedo olvidar que todo acaba y empieza en un segundo, y que ese segundo nos aguarda a ti y a mí, a la vuelta de cualquier minuto. No, no es que no lo supiera, es que resultaba tan alegremente sencillo ignorarlo… Ahora ya no.

Esta fugacidad devoradora la traes tú con tu respiración, que decide cualquiera de nuestros ritmos. Ya no seremos nada sin ella o sin ti, por más que lo queramos. No seremos nada. A tu espalda, solo un vacío atroz que resultaría imposible llenar.  Me has hecho pequeño, insuficiente, débil y cobarde. Me has hecho el hombre de Poe en el pozo, sentenciado por el péndulo incesante. No tengo escapatoria… y solo puedo celebrarlo.

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