Buscando a Beula

16 06 2016

Estos días he vuelto a buscar a Beula, con avidez, entre las páginas. Es un ejercicio extraño. Tal vez por eso sea también, y sobre todo, excitante. Porque detrás de la búsqueda, claro, aguarda la posibilidad de encontrar a Beula. La busco entre las páginas con urgente desorden, igual que la buscaría en un guardarropa si supiera que ella se oculta ahí, desnuda o casi desnuda, jugueteando a cubrirse falsamente con los abrigos de otros. Fatal entre las sombras. Aparto los párrafos como si fueran bufandas y cuellos de armiño, gabanes ocres y trincheras mojadas. Y casi me parece que la alcanzo con la yema de los dedos. Busco con los ojos cruzando las letras en diagonal. Y así trato de dar con alguna de esas frases que convirtieron a Beula, en mi cabeza, en una inagotable locura de verano que no podía dejar de buscar. Y se me escapan. Y crece mi ansiedad, mi ansiedad por Beula, un apuro francamente sexual que nunca se ha retirado del todo, desde que la conocí.

Richard-Ford-cropped

Beula es, si la memoria no me equivoca, lo cual no sería extraño tratándose de ella, una de las protagonistas laterales de Un trozo de mi corazón, la novela en la que primero descubrí a Richard Ford. Y luego, claro, la descubrí a ella. A la carnalidad suave de sus muslos blancos me llevó el ruido de un disparo, que salía de las páginas y de una cubierta verde en cuyo centro gravitaba un revólver, algo antiguo, con la culata hacia arriba. En realidad, luego supe que era una ilustración tomada de un óleo de William Harnett, artista de trampantojos decimonónicos, que parecía hacer bodegones con piezas del salvaje oeste norteamericano. La mezcla me resulta soberbia en su concepto, que me hace soñar. El cuadro tiene un felicísimo título, The faithful Colt, y está expuesto en algún museo de Connecticut al que, desde luego, si alguna vez paro en Connecticut iré con la misma devoción ansiosa con la que leí las primeras páginas de la novela. La misma con la que ahora busco a Beula, otra vez.

El Colt de Harnett no estaba suspendido en un aire oscuro -trampa que se debía a la torpe fidelidad de la reproducción en la edición de Anagrama-, sino apoyado sobre una mesa claveteada que nosotros -a través del ojo del autor- miramos desde arriba. En el ángulo inferior, además, aparecía una arrugada página manuscrita. Todo esto pude saberlo entonces o tal vez lo haya descubierto ahora. No importa. Lo que sí recuerdo de manera precisa es el momento en el que tomé Un trozo de mi corazón del estante de la librería, atraído por el título y por el revólver invertido de la tapa. No conocía a Richard Ford, aunque mi devoción cinematográfico fordiana (por John Ford) tal vez jugara a su favor por razón de homonimia. En todo caso, para saber si me gustaría leer o no a Richard Ford, le apliqué la misma prueba que uso siempre para saber si he de comprar un libro: leer las primeras líneas de la historia. Ni la solapa ni la contratapa. No: sólo el título, el aspecto general de la edición y, sobre todo, las primeras líneas. Creo con firmeza que las primeras líneas ya te dicen si ahí hay un autor que interese o no. Bueno, que me interese a mí. Me equivoco pocas veces porque yo busco un sonido en lo que leo, y el sonido está incorporado en mí. Al sonido no le llamaremos nada, aunque podríamos llamarle muchas cosas. Tomé la primera página de Ford -hoy cuarteada- y escuché la música, tan reconocible:

“W.W. enfiló el dique bajo la lluvia, con su viejo Plymouth derrapando en las rodadas y el cañón de su fusil, todavía caliente después del disparo, apuntando salvajemente fuera de la ventanilla”.

Baste decir que ya no he salido de ahí. Es decir, de Richard Ford. Puede que tampoco haya salido de Beula, no me cuesta reconocerlo, porque nunca entré en ella. Creo haberla escrito, haberme referido a su atractiva voluptuosidad en más de una ocasión. Las chicas de los libros. Algunas chicas de algunos libros, ya lo dije: Paula Lavalle, de Los premios de Cortázar; Teresa, de La insorportable levedad del ser; y Beula, desde luego… Nunca consumé nada con Beula salvo la confesión de mi urgencia por encontrarla. Y por eso aún la tengo viva. Algo desleída. Precisamente desleída. Voy a tener que volver a leer, cualquier día de éstos, Un trozo de mi corazón. Me gusta meterme en ese guardarropa y saber que está.harnett_faithful_colt

No os recomiendo que la busquéis. Seguramente se trate de algo personal -qué no es personal e íntimo, decidme- y vosotros solo veáis en ella lo que en realidad es: una ficción. No vamos a culparnos. Cada cual hace lo que puede. No puedo dar razones de por qué me ocurre lo que me ocurre con ella, que es muy carnal y muy ilógico. Yo sé que a alguien puede sorprenderle saber que una vez me enamoré de un personaje de Cortázar o que en mi cabeza hay un resorte irracional que defiende que no pararé hasta fornicar con Beula. Esto mismo no se lo confesaría a su creador, Richard Ford, porque me tomaría por un loco. Más aún si supiera hasta qué punto durante todos los años que han pasado desde que leí esas líneas, un trozo de mi corazón es suyo. Un buen pedazo de mis equilibrios mentales -eso que otros llamarán felicidad- ha dependido de saber que su escritura seguía en activo, y que vendrían más novelas.

En estos años lo he leído todo. En lugar de a otra Beula, he de agradecerle que me entregara a Frank Bascombe, un tipo lúcidamente amargo, que protagoniza su tetralogía: empezando por El periodista deportivo, para seguir con El día de la IndependenciaAcción de gracias (los tres monumentales, cada uno a su modo), y que ha tenido un final (?) mediocre con los relatos de Francamente, Frank, su último volumen. Esa caída reciente aún me hace querer más a Richard Ford, porque me recuerda que la imperfección es la única forma de vida posible. Y sobre todo me devuelve la seguridad de que no he perdido el juicio.

A Ford, estos días de su premio, lo han asociado a Faulkner, al realismo sucio, a su amigo Carver y a otros tópicos que denuncian hasta qué punto el periodismo es muchas veces un ejercicio de reunión de lugares comunes -cosa para la que internet es muy conveniente-, un refrito de ignorancias, juicios incompletos u opiniones mil veces repetidas, pero no siempre ciertas. Han hablado de su dislexia infantil o de su pasado de raterillo que, presuntamente, se reflejaría en los personajes de sus novelas y libros de relatos cortos (formidables, por otro lado). Pinceladas recogidas aquí y allá, da igual cuán precisas sean. Yo he encontrado más verdad en estas líneas, que sí me revelan a un auténtico lector de Richard Ford: “El gran cronista de la supervivencia diaria. (…) La épica de lo cotidiano”.

Hay veces en que uno no quiere, no puede salir de los libros ni de las películas. Y con frecuencia me ha costado salir de las novelas de Ford. De sus personajes anónimos, de convicciones gastadas. De la ironía de la desesperación. De la bruma de los lagos y los refugios para cazar patos. De la grisalla suburbial en la que se mueven como sombras sus personajes. Recuerdo esas zonas residenciales que rodean Nueva York, que son un diagrama de casas, aceras, calzadas, parques y jardines delanteros con la bandera norteamericana en un orgulloso mástil. Ford escribe desde esos lugares y los recubre con manto sardónico de descreimiento. Cuando leí El día de la Independencia, a menudo lo abandonaba… No por hastío o desencuentro, sino precisamente por el motivo contrario: para que no se acabara. Para retrasar el momento en el que yo tuviera que salir de ese círculo. Como pude lo llevé hasta los días de verano. Y fue hacia el final de una tarde cuando ya no pude demorar más el término de la historia. Así que, para agotar las últimas páginas, busqué la soledad de un baño caliente. Me metí dentro con el agua al cuello y leí con tristeza infinita, sabiendo que al cerrarlo me aguardaba una suerte de pérdida irreparable. Cuando por fin lo hice, me quedé mirando a los azulejos largamente. Vacío como si me hubieran aspirado por dentro. Y dejé el libro sobre la banqueta donde me esperaba la insensible toalla. Esa puta toalla era el resto del mundo. Y me negué a salir y hundí la cabeza en el agua.

 

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2 responses

17 06 2016
davicius

Llegué a Richard Ford hace muchos años, y también por una casualidad, en mi caso casi inconfesable: había visto ese bodrio de película, ese insoportable pestiño que es “El día de la independencia”. Por alguna razón la asocié al libro del mismo nombre que un día cualquiera hojeaba en la FNAC de la plaza España, aunque por supuesto, enseguida vi que no tenía nada que ver. El caso es que terminó en mi poder y durante los siguientes días anduve absorto por las vivencias de Frank Bascombe, ese tipo que podría ser cualquiera de nosotros. Desde entonces Richard Ford me ha acompañado de forma permanente.
Como comentas que has leído todo, me voy a permitir la licencia de recomendarte la “Antología del cuento norteamericano”, que el propio Ford recopiló y que contiene relatos estupendos.
Abrazo.

17 06 2016
ornat

Qué bueno. Gracias por la recomendación. Conozco el volumen pero no lo he leído, y la tomo muy en cuenta viniendo de ti. Lo añadiré en cuanto pueda a esa montaña bajo la que me encuentro enterrado, y de la que hablé hace un par de Somniloquios.
Abrazo.

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