La vida allí

29 07 2016

Yo he sido un poco de todos los lugares en los que he estado, aunque de unos más que de otros. Y con el mismo fervor con el que he querido ejercer una íntima pertenencia a esos lugares, he atendido a la incoherencia artificial, a la mentirosa sugestión de tales pensamientos. Apenas somos turistas. Visitantes. O viajeros, que a la gente le gusta más, porque todos queremos ser lo que no son los otros. O lo que nosotros presumimos que no son.

Uno se quedaría a vivir en todas partes y en ninguna. Uno sabe que, como anotó Borges, el exotismo no es sino una construcción artificial, otra más, de las distancias: a mí me parecerá exótica la modesta calle a la que un balinés sale cada mañana para completar las rutinas de su día. Y seguramente lo mismo le ocurrirá a un viajero oriental con estas aceras, los edificios a los que no miro, este parque, estos jardines en sombra y este río que yo frecuento a diario, en los necesarios tránsitos de cada jornada. Tal vez por todas estas cosas siento con frecuencia que en realidad no soy de ningún lugar. O que, para ser más preciso, tiene muy poca importancia de donde en realidad sea.

la vida allí

Siempre que salgo de viaje, escucho a Pessoa. La voz de Pessoa -que no he oído, pero que recuerdo bien-, al recitar el pasaje más conocido de su Escrito en un libro abandonado en un viaje:

” Tengo el cansancio anticipado de lo que no voy a encontrar. Si en determinado momento me hubiera vuelto para la izquierda en lugar de para la derecha. Si en cierto instante hubiera dicho sí en lugar de no, o no en lugar de sí. Si en determinada conversación hubiese tenido frases que sólo ahora en el entresueño elaboro. Si todo esto hubiera sido así hoy sería otra y quizá el Universo entero sería insensiblemente llevado a ser otro también. Pero sólo ahora lo que nunca fui ni seré me duele. Voy a pasar la noche a Cintra porque no puedo pasarla en Lisboa pero cuando llegue a Cintra me va dar pena de no haberme quedado en Lisboa. Siempre esta inquietud sin resolución, sin nexo, sin consecuencia. Siempre, siempre, siempre. Esta angustia excesiva del espíritu por nada. En la carretera de Cintra, o en la carretera del sueño, o en la carretera de la vida. A la izquierda hay una casucha al borde de la carretera. A la derecha, el campo abierto con la luna a lo lejos. El auto que parecía hace poco proporcionarme libertad es ahora algo en lo que estoy encerrado. A la izquierda, hacia atrás, la casucha modesta. La vida allí debe ser feliz sólo porque no es la mía. Si alguien me ha visto desde la ventana de la casucha soñará: esa que va en el auto es feliz. “

“La vida allí debe ser feliz sólo porque no es la mía”. Esto podrá sonar exagerado, pero yo creo que es muy cierto. Y me parece que la equivocación que se encierra en esas palabras obliga a una mayor indulgencia que la que reservaría para todas aquellas personas a las que les parece que su vida, y su lugar de nacimiento, deben ser felices porque son los suyos. Nunca entendí bien la superioridad de los lugares, aunque sospechoso que ha de ser únicamente un modo distinto de solucionar la construcción de territorios míticos: es algo que también a mí se me da bien, pero que pronto desecho. Enseguida me siento un impostor.

Hay una casualidad, sin embargo, que parece jugar conmigo y con estas sensaciones: allá donde voy, suele ocurrirme que alguien me pregunte por una dirección, por tal o cual lugar, tomándome por lugareño. Da igual dónde esté y lo improbable de mi presencia o del idioma. A menudo he pensado que también ellos participan del teatro, de esta farsa de hacerme sentir que yo soy de todos los lugares en los que estoy. Que, en el fondo, se ríen de mí como yo lo hago de mí mismo.

Todo esto ha terminado. En algún tiempo recuerdo que mi única inquietud vital consistía en estar en todos aquellos sitios en los que no había estado. Una vuelta al mundo. Hacer aquello que no había hecho. Pero ahora me parece que ya no es así. Yo que siempre quise estar en otro sitio, yo que siempre quise ensanchar la vida para compensar lo corta y limitada que me parecía, yo que solo deseé ser otro en cualquier lugar, o bien cualquier yo en otro lugar, ahora temo no querer ser ya nada más. Sólo agotar lo que soy hasta donde sea posible. A lo mejor esto es todo mentira. Un embuste que me cuento en la derrota.

Ya no estoy seguro de querer ir a ningún lado, y prometo que esto me causa una extrañeza profunda, que no acierto a resolver. Cada vez quiero estar menos en ningún otro sitio y cada vez quiero más estar precisamente donde estoy ahora. Sentado aquí, enredado en estas líneas que me acosan, una presa sencilla para los más o menos libros y los estantes que ocupan todo el espacio. Torpemente vuelvo a comprar libros que ya compré. En otras ediciones que me confunden. No lo hago de forma deliberada, pero no me importa. Cuando vuelvo a casa y descubro que, en efecto, la sospecha era cierta y ese título ya lo tenía en otro volumen, que incluso lo leí, me hace sonreír. Entonces pienso que esta misma tarde podría ir y cambiarlos; pero también pienso que puedo quedármelos y un día regalárselos a alguien que los aprecie. O que no haya leído a este autor o al otro.

En el fondo, estos son juegos pueriles de simple felicidad. Porque a mí me parece que en ningún lugar podría ser más feliz de lo que soy aquí. Y que las páginas que abrí y cerré en su momento; éstas que ahora comparo en nuevos volúmenes con las mismas de viejas ediciones; esas otras a las que todavía no he asomado; y estas mismas líneas o las que me queden por escribir, todas, componen singladuras diversas. Viajes que se evaporan. Lugares que levanto y que al instante derribo para permitirles que reposen como nostálgicas ruinas. Que cada libro es un viaje. Y cada frase un lugar.

Yo creo que siempre querría estar saliendo de viaje, pero para no irme. Y es un poco lo que hago. A veces pienso en tomar trenes de ida y vuelta, en un solo día. Elegir destinos y saborearlos. Preparar detalles de esa primera tarde, solitaria, en el lugar convenido. Esa primera tarde, después de la ducha de llegada en el confortable hotel, de la que tan bien hablaba Camba. Disponer almuerzos en tal o cual fonda; escuchar música en directo bajo las luces de un garito; regresar por la noche; despertarme de madrugada y prender el televisor extraño; salir con el primer sol a admirar las orillas. Todo eso suena perfecto, sí. Pero al final de esos planes, cuando ya los tengo tramados, sueño en realidad con subirme a ese tren y, al llegar a destino, solo bajar al andén y tomar un tren de regreso. Y volver a anhelar el viaje dejándome llevar por la cinta del paisaje por la ventana, que para mí es el viaje perfecto.

Este tipo de cosas hago. Armar trayectos ideales, regresar a lugares en los que ya estuve, comprar libros que ya tenía, recorrer avenidas conocidas con los ojos cerrados, proponerle al espejo planes que apenas duran unos segundos, pero de los que yo tiro como si fueran goma, hasta agotarlos. Hasta llevarlos al punto mismo de su límite real, que es cuando pasan de ser apenas una construcción de mi pensamiento a esta molesta realidad: una maleta, un horario, varias decisiones, un pago, algunos compromisos. Entonces, siempre, quiero abandonar. Y muchas veces lo hago.

Esas veces, felizmente me dejo llevar por las horas que me han quedado libres. Y pienso en lo que leeré en ese tiempo extraordinario que yo he vaciado, engañándome a mí mismo con subrepticia habilidad. Y las músicas. Pienso en lo que escribiré a continuación, en ese tiempo. Y luego probablemente, seguro, tampoco lo hago. No hago nada. Porque, como también le leí a Vila-Matas, puede que ponerse a escribir sea también dejar de ser escritor. Como ponerse a viajar suponga, en el fondo, dejar de ser viajero.

 

 

 

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3 responses

10 08 2016
Anónimo

Yo vi esa película…no la recuerdo bien pero al ver el clip me vienen imágenes.Encantada de leerte.

10 08 2016
Anónimo

Yo vi esa película….Hace unos cuantos años ya.Me ha gustado recordarla

10 08 2016
ornat

Y a mí. Siempre me gusta hacerlo.

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