Cortázar al teléfono

21 10 2016

 

Esta mañana yo te he llamado para contarte algo, aunque antes incluso de empezar a hablar ya no estaba seguro de saber bien qué quería contarte. En la mínima operación de buscar la última llamada que te hice -ese proceso que ha relevado con su ligereza al marcado de la combinación de números que eran tu nombre- he extraviado el objeto de mi llamada. Mientras sonaba la señal he pensado en aquellos hombres capaces de memorizar una guía completa de teléfonos. O quizá era una página. No me acuerdo. Ahora la memoria es siempre la memoria ajena, de un chip o de una máquina. Solo nos queda la memoria remota y difusa, que acostumbra a ser memoria del dolor.

cortazar

Te he dicho, cuando has contestado, que en estos días me sucede a menudo que no recuerdo, que olvido con facilidad las cosas de cada día. Contra quién jugamos el pasado fin de semana, cómo fue el marcador. O que esta mañana tenía que hacer una llamada a alguien con quién acordé hablar a mediodía. Pero que ya lo había olvidado. Que, si él no llega a llamarme hace un momento -te he dicho subrayando lo aparatoso del despiste- para decirme que no podía hablar a la hora establecida, y preguntarme si podíamos demorar apenas una hora la conversación… Que si no llega a ser por eso -te he dicho con un deje sincero de alarma- yo lo habría olvidado. Y que anteayer me dejé sobre el mostrador la botella de agua que entré a comprar a una tienda. Y en el perchero del vestuario un abrigo.

Que solo soy memoria en los otros. Que no tengo memoria de lo que hago. Que a menudo me quedo pensando quién soy. Que no me acuerdo. Te he dicho.

He cruzado una frase de Cortázar y me ha parecido un autorretrato: “Estoy como parado en una esquina viendo pasar lo que pienso, pero no pienso lo que veo”. Ese soy yo.

Me has dicho que tal vez debería ver a un médico. ¿A qué médico? Si ya Cortázar me ha definido los síntomas, qué importa el diagnóstico. El médico. Sí, tal vez. Hemos colgado enseguida, sin más énfasis, porque has recordado que debías hacer algo.

Después, en un mensaje, me recuerdas que saque algo de carne del congelador. Yo esperaba algún comentario lastimoso al respecto de mi estado. No es un reproche. La carne helada me ha parecido un necesario recordatorio de algo muy tonto: que la vida siempre sigue. Podemos bajarnos, desde luego, pero no suponer que nos esperará. Vivir mirando a lo que pensamos. Olvidar. Pero la vida siempre sigue.

Y pensando esto, claro, he olvidado enseguida el encargo, y no he sacado la carne. Mi cerebro debe encontrar un gusto por el olvido, algún tipo de pervertido desdén cuyo sentido me está vedado. Cada día advierto que somos más ajenos el uno del otro, mi cerebro y yo, y me da por pensar si esto, esta fatal disociación, no será un primer rasgo de la incipiente locura. O tal vez solo el sonido de la rendición. De la derrota. De una entrega decidida a esa maquinaria implacable que es mi cabeza.

Cuando por fin he vuelto a mí mismo -es decir, a vosotros, a la vida, el resto de lo que ocurre fuera-, he recordado también que debía poner a hervir unas verduras. Como ya me habías recordado esta mañana. Otra cosa que olvidé enseguida. Hace tiempo, pienso, que dejé de ser fiable. Yo era preciso. Ahora me veo como un desorden. Temo cualquier mañana mirarme al espejo y encontrar que mis rasgos también se han desordenado. Que, por ejemplo, graciosamente los ojos aparecen uno en cada hombro, los brazos me surgen de la cabeza como antenas táctiles, y me han salido dos bocas, una en cada rodilla, que me permiten lamer el suelo en postura genuflexa. Creo que así la vida, tal vez, me habría ido algo mejor. No sé para qué hemos colgado un espejo, si yo vivía tan cómodo sin verme allá fuera.

Ah, la carne… dijiste. Y voy al congelador y me quedo pensando cuál de todo ese montón de paquetes plateados será la carne. He olvidado también el orden de los cajones de la heladera. Y, aunque la forma es un indicativo, no me fío de mi juicio. Así que tomo un par de ellos al azar y los pongo sobre un plato. Y pienso que no dará tiempo a que se ablanden antes de la hora de comer, porque ya es otoño. Y porque el último verano queda ya a una distancia infinita, tan infinita que ya no lo recuerdo.

“Siempre quejándote de todo y a la vez fingiendo no darle importancia a nada. Vives de esperanzas pero ni sabes qué esperas”. Julio.

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2 responses

21 10 2016
woodyalle

Divertido y fresco. Enhorabuena Mario. Déjese ver más a menudo que ya había olvidado la última vez que pasó por aquí. ¿O fue ayer? No lo recuerdo…

23 10 2016
Nuria

grande

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