Dimisiones

28 12 2017

Lo bueno de vivir con miedo es que terminas acostumbrado a la sensación de miedo, con lo cual el miedo en sí mismo desaparece porque el estado de alarma deja paso a una silenciosa asunción de normalidad. Ya no puede pasar nada más. O bien lo que ocurre ya lo has visto antes: otra solicitud de empleo para la que no eres el perfil que buscan, otro proceso de selección que ni siquiera empiezas, otra entrevista para la que ni siquiera te llaman -con el tiempo sabes que sí llamaron a gente-, otra empresa de head-hunters que siempre encuentra presas mejores, otro encargo que no te pagan y otro día 5 de mes que miras la cuenta y dices: ajá.

Y entonces pues, bueno, parece que no pasa nada porque cualquiera puede habitar un tiempo suficiente en una imprecisa anormalidad y acostumbrarse a ella. Y además, cualquier día te mueres.

Leonardo-DiCaprio-The-Aviator-OCD

Otras veces, sin embargo, la realidad se pone algo más pesada y tu resistencia cede. Y entonces es cuando quieres meter un palo en la maquinaria despiadada de las mañanas, que siempre se han parecido unas a otras de forma muy capciosa, pero ahora cada vez más; meterle un palo, decía, para detener al monstruo mecánico de la rutina vacía, y que se estrelle al fondo de algún barranco.

Es el sentimiento equivalente a cuando tenías un trabajo y te daban ganas de tomarte un año sabático para desaparecer. Acogerte a una de esas fórmulas modernas de adelgazamiento de las plantillas laborales y si acaso ya regresaré.

Cualquiera ha fantaseado a menudo con una larga baja. En mi vida actual coger una baja no precisa ni ir al médico, ni declarar enfermedad común -mucho menos el dramático accidente laboral- ni avisar a ningún jefe de departamento, ni consultar la letra pequeña del convenio, ni contarle nada al de recursos humanos o al director de área. Todos esos personajes han desaparecido de mi vida. O bien debería decir que yo he desaparecido de la suya. Ah, qué días aquéllos de los contratos y las obligaciones prorrateadas en quince pagas. Ahora no hay partes, justificantes médicos, falsificaciones o diagnósticos. No hay casi nada.

Esto me pasa por haberlo deseado. Sí, vamos con la culpabilidad judeocristiana, que siempre está a punto. Yo, en aquellos días que ahora parecen vidas anteriores o vidas de algún otro, solía repetirme cuánto me gustaría trabajar en casa y no tener que ver a nadie por obligación. Claro, yo pensaba en el teletrabajo, la dispersión geográfica, la gestión personal del tiempo. Esas cosas modernas. Pero, como en los chistes malos en que uno desea algo y la realidad se carcajea de tu anhelo, la modernidad adoptó su forma más perversa y me convirtió en freelance, o autónomo, o una de esas fórmulas que pueblan las afueras de la realidad y permiten a los gobiernos atentos una buena disminución de las cifras del paro.

Es una sucesión de trucos mentales dignos de un número circense. Una colección de paradojas que ni Chesterton: no tienes trabajo pero trabajas en más cosas que nunca; la gente te acaricia el lomo del currículum (ahora le dicen perfil) y sonríen como el gato de Cheshire; haces más horas y tienes menos tiempo libre que nunca; y las cuentas no cuadran… En suma, tus días se parecen a ese tipo de asombrosos ejercicios que en los circos y en las galas de José Luis Moreno llamaríamos plate spinning.

Establecidas las salvedades, ya pueden hacerse cargo. Para agarrar una baja es suficiente levantarse de la cama y, mientras vas mojando galletas o te rascas la culera, plantearlo en cerrado diálogo contigo mismo.

-Sepa usted que hoy no engancho.

-Bien está… Sobre todo porque no tienes nada que hacer.

-Ya llamaré con lo que sea…

Luego basta con tirarse en el sofá y dejar que la mañana haga su trabajo sin que tú hagas el tuyo, si tienes alguno. Para completar la simulación, me falta decidir si alegaré depresión, asuntos propios, uno de esos días que te corresponden por mudanza o la compensación de los fines de semana. La verdad es que no importa demasiado. Hasta un moscoso podría reclamar, siendo que jamás formé parte del cuerpo de funcionarios. A nadie le importa, así que ya lo decidiré de forma retrospectiva.

La otra posibilidad son las dimisiones irrevocables.

Las dimisiones irrevocables son reversibles como los anoraks. Y siempre me han fascinado porque funcionan como una puerta giratoria, que se abre y se cierra al mismo tiempo, sin que sepamos siquiera en qué momento está haciendo una cosa o la otra.

Para dimitir de forma (ir)reversible es importante hacerlo nada más salir de la cama, en pijama. En el actual escenario del mercado, resulta imprescindible que todos los actos solemnes y proclamaciones consiguientes se hagan en pijama. De dibujos animados y algodón, si puede ser. “Dimito de todos mis cargos, incluso de los cargos por delito, y sobre todo de mis obligaciones”.

A continuación, desperezarse ruidosamente, a ser posible con subrayado de vibrante ventosidad. Bostezo, evidente rascado de huevos… Y sin más poner la música a todo volumen.

Yo dimití hace un par de semanas y tuve la suerte de que coincidiera con que hacía no sé cuántos años que se murió Joe Strummer, así que ni siquiera tuve que pensar en la banda sonora de la película de cinema veritè que me había montado yo solo. Puse los tres discos de Sandinista! en bucle y me dejé llevar por el oleaje. Luego, cuando a la altura del mediodía ya me fui viniendo arriba y se retiró la bruma que sentía entre las cejas -y que cursa al sur con un nítido dolor de huevos- agarré su época con Los Mescaleros y viré hacia un punto algo más urbano y étnico. “Welcome stranger / to the humble neighborhoods…”. A pleno pulmón.

Y luego…

Bindhi Bhagee¡cojones!asuntos-propios

La otra vez que me tomé una de estas bajas/dimisión me vi no menos de seis películas en un solo día. No es mucho. Conozco gente próxima que ve incluso más, a diario y mientras hace otras cosas. En mi caso no hubo ninguna otra actividad, me atrevería a decir que casi ni cerebral. Aquel permiso me lo concedí por agotamiento, estrés traumático, depresión pre parto o renuncia vital. Lo que fuera.

Había regresado a la universidad, con sus faldas de vuelo plegadas bajo los culos en los jardines. Y las tardes calculadoras de café. Tantos años después. Y andaba pariendo un proyecto académico que me saqué de las entrañas aún no sé ni cómo.

Ya no tenía 17 años. La mediana edad no es época para tener un horario de clases, salvo si te contratan como profesor asociado. Pero como parece ser que la mediana edad -cada vez menos mediana- tampoco es tiempo para tener un trabajo a tiempo completo, había que tergiversar la realidad cuanto fuera posible, antes de que nos diéramos vuelta nosotros solos. A falta de cualquier otro proyecto vital, resolví que la ingenuidad de querer modelarme un futuro distinto a mitad de viaje (mitad si suponemos que pasaré de los ochenta, plan de contingencia donde los haya), podría funcionar como alternativa.

Aprendí muchas cosas que ahora me permiten sostener, sin inmutarme, conversaciones que hace tres o cuatro años me habrían parecido de ciencia ficción. Como me dijo un amigo: “Siempre supimos que estabas loco, pero al menos yo antes te entendía cuando hablabas”.

Sobre todo aprendí una lección agarrada al vuelo, aquella vez en que una ponente en sesión sobre reclutamiento laboral advirtió: “Alguien que pasa de los 40 no tiene ninguna posibilidad en un proceso de selección”. Por un momento yo quise entender “proceso de erección”, y reírme ufano porque a uno ya le quedan pocos orgullos que reclamar y ese es uno de ellos. Que aún tenemos pelo y que por las mañanas, como decía Víctor, pues sí… uno se levanta de la cama y todavía… sí. Pero la ponente del día no hablaba de la disfunción eréctil, claro. Había dicho lo que había dicho.

Selección. Proceso. Ninguna posibilidad.

Pensé en el infojobs y esas cosas. Pensé en el vacío. Vi reclutadoras/es enviándome alegremente a la papelera de reciclaje de su escritorio (remoto). Todo muy tranquilizador.

Al menos la vuelta a las aulas vino a desagraviarme de aquellos días navarros, hace tres o cuatro vidas, en los que hablaba más de noche que de día. Tiempos en los que adquirí la costumbre defensiva de vaciar los días, como el que le retira el veneno a un bicho rastrero. Tiempos en los que frecuenté un existencialismo hecho más de pragmatismos que de metafísica: en lugar de ir a clase y enfrentarme a mi inhabilidad para decirles nada interesante incluso a las chicas menos interesantes, me quedaba en casa a estudiar. A final de curso me había convertido en un tipo de tendencias solitarias y aun lastimeras. Pero el expediente académico me lucía incontestable.

Como cualquiera puede imaginar, de aquellos días nunca me ha quedado gran cosa que recordar. Aunque pasé por allá tres años y otros periodos residuales, mentalmente siempre quedé fuera del escenario, aun cuando todavía me moviera en él. De esa conciencia tan clara deduje que estaba destinado a guardar de mi feliz época de universitario  apenas el nombre o el recuerdo hueco de algunas calles, unas pocas palabras que juzgué enseñanzas y algunos amigos con un peso monumental en el pasado, y en la conformación de mi personalidad futura, pero a los que nunca o casi nunca he vuelto a ver ya.

Y la música, que comenzó a envolverlo todo en una película transparente a través de la cual podía mirar a la realidad y no temerla; un aislante que ayudaba a conservar intactos los alimentos emocionales: Ramones, Los Suaves, The Clash, The Cure, mezclados con Gabinete Caligari, los Smiths, Psychedelic Furs, Immaculate Fools, la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak y algunas tardes que anochecían al ritmo depresivo de The Wall. Y muchos libros: Sartre, Boll, Eco, Camus, Hesse, desde luego Kafka. Títulos y autores que instigaron una primera revolución en los estantes. Que hicieron la muda de mi piel adolescente a la coraza quebradiza de adulto. Explosiones mentales que me empujaron hacia este perfil de torpe disidente (incluso de mí mismo) que he sido hasta hoy.

franz-kafka

Mi segunda época de universitario fue más feliz, a lo mejor por el simple motivo de que todo era mucho más real y tangible. O tal vez porque yo ya era mucho más mayor, casi 30 años más mayor, y tenía asuntos muy concretos de las que preocuparme, en lugar de estar forjándome una personalidad, que es una cosa del todo agotadora. A los 18 uno pisa las clases con la sana intención de dar aire a sus anhelos y echarlos a volar en el globo del conocimiento. A los 45 no hay tiempo para inconcreciones: vas a clase a procurarte herramientas con las que enfrentar a la realidad, que no se anda con bromas.

No sé como logré sacar adelante esa batalla, que en términos académicos llaman master, pero a punto de la renuncia quedé varias veces, como debe ser. Llegado el momento de los proyectos finales, en casa vivimos varios amagos de deflagración definitiva. Tan frecuentes que, como parece lógico, acabó todo el mundo por no tomarme en serio. Ni la perra, para quien siempre fui un referente indudable.

No los culpo. La escena daba para calificarla de patética. Todas las revueltas son un poco así: cuando les quitas el sonido -una opción que no está disponible en la realidad, pero sí en el recuerdo- las algaradas se quedan solo en un teatro histriónico al que el silencio le borra el sentido. Solo queda gente, por lo general haciendo muecas con la boca mientras gritan consignas o juran quemar la casa, el parlamento, la ciudad, los barcos… Y gestos muy marcados, como de mimos de la patraña, que se revelan con el tiempo una pura escenificación.

Así me veo ahora cuando me recuerdo.

Cada tanto, en medio de cálculos y estrategias, abandonaba mi despacho y descendía por el pasillo gritando que ya no podía más, que le podían dar por el culo a ese título y a todos los demás, sobre todo a los nobiliarios. Esas voces hacían de cornetín de aviso para que los demás abandonaran el domicilio familiar durante algunas horas, por el bien de todos. No es que tuviera intención de cometer tropelía alguna. El heroísmo no nos da para tanto. La cosa es que nos ponemos insoportables y, como diría aquél, se puede pagar por no oírnos. Por ejemplo, ellos pagaban un billete de tren a una localidad cercana, con el fin de refugiarse en la falsa tranquilidad de los lugares mínimos. Las cosas sencillas, tan poco interesantes. Y ya volveremos esta noche a ver si andas más calmado, les faltaba decir. Traducido: menos loco.

Un día, a dos o tres semanas de la entrega del proyecto, ocurrió uno de mis accesos de desafuero. Si doy la referencia temporal es para subrayar que el abandono se produjo en territorio ya crítico, zona cesarini le dirían los del fútbol: un gol en propia puerta en el tiempo de prolongación. Hacerse un harakiri cuando ya avistas la orilla.

No me importó. La mañana tumultuosa en que decidí bajarme del mundo al que yo mismo me había subido, respeté con escrúpulo los principios de dimisión irreversible y ni siquiera pasé por la ducha. Me envolví en un batín de muy poca hidalguía y de la estantería de las películas tomé la colección de Ken Loach, dispuesto a ver una tras otra, como hice, tirado entre los cojines. Despeinado y sucio como un ermitaño. Un poco orate.

Ni siquiera encendí las luces en todo el día. Quizás el mínimo alumbrado de la heladera cuando, con los dedos, tomé algunos restos con los que ensayé algo que solo en una acepción muy primaria podríamos llamar almuerzo. A cualquier hora. Luego seguí con la sesión terapéutica de cine, hasta que perdí la conciencia.

Muchas horas después, me encontraron en la misma posición en la que había quedado por la mañana, cuando ya era madrugada. Seguía tirado en el sofá y medio desnudo. Parecía El Aviador de Leo di Caprio en su habitación de la locura. Sin signos exteriores de violencia, salvo por la pantalla detenida en el fundido a negro del final de una película. El cuerpo fue encontrado en una zona de difícil acceso a su conciencia, dirían las crónicas.

Aquel parón, que fue mi última dimisión del mundo, acabó durando prácticamente una semana. Pue en peligro una buena cantidad de cosas, per me dio igual. Yo quería que fuera dimisión irrevocable, pero es que la vida nunca te las acepta.

Al final, acabé aquello con éxito, si algo así existe. Y ahora, aunque dimito con frecuencia, todas las mañanas vuelvo a mi sitio y acabo por sentarme y despachar en la distancia digital con estos y aquellos. Los imagino fácilmente con sus americanas y las corbatas, ellas los vestidos funcionales. Tal vez la pieza de fruta a media mañana en el office. Esa sensación de llegar a un lugar de trabajo común a primera hora y comentar el frío que va a hacer hoy. Y secretamente desear: “Cómo me gustaría quedarme a trabajar en casa y no tener que verle la cara a nadie”.

No me sorprende que lo piensen. Yo lo hacía. Hoy día suelo cumplir mis jornadas como un profesional, en pantalón de chándal, alpargatas y una vieja chaqueta de franela a cuadros. Se pasó de moda hace ya mucho pero el tejido es generoso y ayuda a mantener a raya los embates del minucioso invierno.

Las mañanas en casa son frías y, a menudo, traicioneras. Pero uno se acostumbra a todo y hasta le toma cariño a esta pereza de los atuendos. Pasado el tiempo suficiente, ya nada pesa demasiado.

La perra siempre anda durmiendo.

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8 responses

28 12 2017
Yosi

Me sorprende que no le hayas dedicado unas líneas al onanismo. En este escenario que tan bien pintas creo que puede caber perfectamente..

28 12 2017
ornat

Es todo puro onanismo.

28 12 2017
GREGORIO AZNAREZ SOLANAS

Te admiro

28 12 2017
ornat

No, por favor… Que me recuerda a aquellos compañeros de profesión que aseguraban envidiarme porque por fin escapaba del periodismo… “Y con ese talento que tú tienes…”, decían untuosos. Y yo miraba al suelo y le daba tragos a la cerveza.

31 12 2017
woodyalle

Feliz Año Nuevo Mario. Curioso que reaparezcas en estas fechas. Hasta hace un par de años pensaba que era el único freaky del concierto de Año Nuevo. Entonces descubrí que tenía dos compañeros de juerga austriaca.
Seguro que este año tu padre se unirá a nosotros desde algún lugar…
Encantado de volver a leerte

31 12 2017
ornat

New Year’s Resolutions:

• Escribir.

[ends]

Feliz 2018, Al.

31 12 2017
Esteban

Cómo me ha gustado maestro.

10 01 2018
Alberto Oriz Bes

Feliz 2008, Mario. Magnífico texto para finalizar el año, ahora tienes que ponerte con otro para empezarlo…

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