Las fantasías erróneas

10 07 2019

“No soy capaz de preservarme de mis recuerdos, que con tanta asiduidad y tan de improviso me subyugan, si no es escribiendo. Si permanecieran aprisionados en mi memoria, con el paso del tiempo se tornarían más y más pesados, de modo que yo acabaría por desmoronarme bajo su carga en constante aumento. Durante meses y años los recuerdos reposan adormecidos en nuestro interior y siguen proliferando en silencio hasta que son evocados por una fruslería cualquiera, y de una forma extraña nos ciegan para toda la vida. ¡Cuántas veces no habré tenido por un negocio ignominioso mis recuerdos y la trasposición del recuerdo a la escritura, en el fondo reprobable! Y, sin embargo, ¿qué sería de nosotros sin los recuerdos? No seríamos capaces de clasificar los pensamientos más sencillos, el corazón más sensible perdería la capacidad de profesar afecto por otro, nuestro ser sólo se conformaría de una sucesión infinita de momentos sin sentido, y no existiría más la huella de un pasado. ¡Qué mísera es nuestra vida! Está tan colmada de fantasías erróneas, es tan vana, que casi se reduce a la sombra de las quimeras que nuestra memoria deja en libertad.”

Los anillos de Saturno, de W. G. Sebald.

[No hace mucho atravesé una noche completa de lado a lado. Y en ese tiempo sin tiempo que es el desvelo, en el que la conciencia queda expuesta y la memoria desenfunda todas sus armas, desoí las sombras para eludir el sueño y me senté a leer en una butaca que hace tiempo instalé en la esquina del salón, bajo una luz de papel. Allí recorrí ‘Los anillos de Saturno’, la larga caminata en que Sebald navega a pie el condado de Suffolk, convocando leyendas y personajes que caminan junto a él, sujetos en un delirio de minuciosas evocaciones. De la expansión de los gusanos de seda a los amores incompletos del vizconde de Chateaubriand. De la destrucción de jardín Yuan Ming Yuan a la guerra civil irlandesa. De la odisea del cráneo de Thomas Browne y la historia natural del arenque al traumático exilio infantil que conformó al formidable Joseph Conrad. Un capítulo éste al que regresaré a menudo, lo sé. Tal vez en cuanto resuelva estas líneas. Entre las páginas del volumen de Sebald (o tal vez en la contratapa) encontré además una palabra (palimpsesto) cuya hermosura me rescató de esa angustia informe de la noche sin descanso a la que va a seguir un temprano viaje. Y recordé que, otra vez, solo las palabras vendrán a salvarnos, cuando ya todo lo demás esté perdido o sea polvo. Este simple ejercicio -el rutinario combate frente al insomnio-, algo desesperado como cualquiera puede adivinar, adquirió así de pronto el significado de lo perdido. O de lo reencontrado, mejor. El silencio. La calma. La madrugada. Y ese zumbido de la vida conformada, de la belleza sobrevenida, la armonía fugaz de los objetos en su preciso lugar, de las notas exactas en las que uno reconoce su propia memoria. Tu nombre, el perfil, la mirada, el sonido de tu voz. Todo lo que siempre dijo el espejo, en la última hora antes del sueño. Un lugar al que regresar. Un recuerdo en el que quedarse a vivir. Aquella ironía, reformulada: “Los libros van siendo el único lugar de la existencia donde todavía se puede estar tranquilo”].

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13 07 2019
Anónimo

Tiempo ha, salud y gracias

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