Gistau

21 12 2019

“Desconfío de quienes disfrutan escribiendo. Eso es que todavía no han hecho un descubrimiento pavoroso: que no se trata de escribir, sino de escribir bien. La vanidad se la concede como premio quien cree haber alcanzado su mejor yo posible. No estoy en edad de ponerme vanidoso”.

(David Gistau, en una columna en 2005)

[Foto: hoy.es].

Esta mañana, durante el paseo diario, he leído un artículo sobre David Gistau, alarmante por el tono de esperanzada elegía, que orbitaba en elipsis alrededor del planeta más oscuro; y pronto he sabido sobre el accidente cerebral que lo mantiene inconsciente desde finales de noviembre. En la capa más antigua del disco duro guardo anotaciones diversas que son mi desornada ‘moleskine’. Porque, aunque yo también he comprado a lo largo de los años cuadernos y libretas donde anotar pensamientos propios y ajenos, como para cumplir el patrón literario de hombre que licua el mundo en palabras fugaces, la verdad es que jamás escribí en ellas más allá de dos o tres frases. Y además, a duras penas entiendo mi propia ortografía, que con el tiempo se me ha hecho un garabato de bicho con ínfulas estéticas. Por eso, si quiero apuntar algo y conservarlo, lo hago en el ordenador. Y ahí, a ese espacio que me procura sobresaltos temporales si lo indago, he ido a buscar este párrafo que le leí hace años a Gistau, cuando él aún era un periodista medio desconocido al que resultaba sencillo adivinarle un destino mucho más notorio en la profesión. Todo lo que pensé de esas líneas y de su autor entonces lo han corroborado las muchas que le he leído después. Gistau siempre ha sido mi preferido de entre todos los sospechosos habituales del columnismo de hoy, poblado de cipotudos’ que sinceramente me aburren con su pose de personajes, su forzada retórica y lo que me parece un vacío analítico que gira ensimismado en las aspiraciones umbralescas. A Gistau sólo me han unido sus palabras en los diarios; y la impresión nítida de que me sentaría con gusto a charlar con él, porque lo veo afectado por el descreimiento de quien defiende la libertad individual contra el dogmatismo; a charlar y recorrer territorios que por lo que le leo, nos deben de ser comunes (el blanco y negro, cierto periodismo y paisanaje norteamericanos, algunas músicas). Sería el mismo placer con el que siempre me senté a leerlo, mucho más allá de los acuerdos. No tanto como un admirador, que no; mucho más como un lector que encuentra palabras atendibles. A Gistau ni siquiera he querido robarle frases, como me ha pasado con otros muchos autores. Pero sí me ha encantado leérselas a él. Anotarlas. Y recordarlas. También las he citado, en ocasiones, y recomendado en muchas otras. Supongo que esta tristeza en la que me he quedado atrapado después de saber lo ocurrido tiene que ver con el indudable deseo de que esos chicos suyos que, como él contaba, se le cuelan hace años en las columnas, puedan seguir conversando con su padre. Y nosotros, aún leerle. Y tomar alguna nota que traspase el tiempo.





Siempre los días

8 12 2019

Cuando me he asomado, el día no era siquiera un atisbo de luz. Ese duermevela ambarino de las lámparas, y los fantasmas de abrigo que cruzan las calles sin mirar, como si a esa hora poco les importara nacer o morir, estar vivos o llegar al trabajo. Los árboles agitados al otro lado del cristal advertían de que también hoy el viento gobernará las calles.

Un rato antes me ha despertado el zumbido agotador de una cisterna que cada tanto, con regularidad de cronograma, colma los depósitos invisibles bajo el asfalto. Ahí donde sucede oculta la tramoya bárbara de las existencias. He imaginado que ese combustible que libera el camión ha de ser el que sostenga en marcha el mecanismo incesante de los días. Acaso el giro mismo de los planetas. La vida parece una ventana que mira a la fugacidad. El balcón sobre un abismo, pintado de trampantojos para eludir el vértigo: personas que pasan, sentimientos que nos inflaman, el ruido de la música, arquitecturas transparentes. No entornes los ojos. O verás.

A este lado de la realidad, cuando miro a la mañana apenas inaugurada, siento que cualquier día nos vamos a detener, exhaustos. Después recuerdo la imagen de los trenes en la estación: cuando el mío parece moverse desde el vagón en que observo el contiguo, aun estando detenido. Y de esa misma forma no sé si se mueve la escena al otro lado de la ventana, para convocar el inagotable engaño de hacernos creer que vamos a algún lado, mientras la vida en esta habitación continúa inalterada.

Frente a mí corre la cinta del tiempo y el mundo en tránsito, líneas discontinuas de una oscura carretera.

Y aquí adentro, los días. Siempre los días.