Música para una cuarentena

21 03 2020

Esta canción, Strange, comenzó a sonar justo mientras me ponía unos guantes para recolectar en el supermercado. Como todo lo demás, la tienda estaba casi vacía, y los pocos que recorríamos a esa hora los pasillos nos evitábamos sin disimulo, cambiando de dirección en cuanto advertíamos a alguien que venía de frente. Aunque apenas éramos tres o cuatro, el establecimiento es pequeño, así que llegó un momento en que los frenazos y giros, las revueltas para escapar del otro, se hicieron cómicos y patéticos, todo a la vez. Parecíamos los fantasmitas azules de un comecocos humano.

Por fin el papel había regresado a los estantes. La última vez que fui a comprar pañuelos, una mañana cualquiera antes de que el mundo se terminara, lo aplacé por un pudor que ahora me parece muy irónico: iba para allí pero advertí que a la puerta de la tienda había una persona ofreciendo paquetitos de pañuelos de papel para ganarse unas monedas. Sentí que no podía entrar y salir delante de sus narices con un pack de doce. Sentí que tampoco comprarle uno a él, como hago otras veces, resolvía mi necesidad. Era pronto y ya tenía prisa, como suele ocurrir, así que postpuse para otro momento la resolución del dilema moral -y la compra del producto- y me volví para casa. Cuando regresé, no sé si esa tarde u otra, la paranoia de la celulosa ya había estallado. Los estantes quedaron vacíos de papel; y el mundo, de lógica.

Esta vez había de todo, en abundancia, y pude comprar lo que necesitaba. Al hacerlo sentí un estúpido orgullo y pensé en el hombre primitivo que abandona la seguridad de la cueva para salir de caza por montañas y bosques amenazadores; y que al fin regresa con una pieza con la que alimentará los próximos días a su familia. Ese pensamiento era una burla contra mí mismo, consciente, pero la realidad es que cuando uno sale de casa estos días no sabe bien a qué se enfrenta. Estos son días extraños, no hace falta decirlo. Vivimos una distopía en directo. Y, como ocurre en sus formas narrativas literarias o cinematográficas, resulta al mismo tiempo fascinante y aterradora. Sonó Strange en el supermercado, y la voz de Dean Wareham me hizo sentir parte de una realidad asfixiante en la que se hace complicado reconocerse. En la que uno se aviene a participar… pero contra la que cada tanto no puede evitar rebelarse.

Galaxie 500 (el nombre del grupo es el de un modelo de coche de la marca Ford que tenía un amigo de sus tres componentes) fueron una banda fugaz, que duraron cuatro años y tres elepés. Entre 1987 y 1991 dejaron un puñado de canciones que suenan a baja fidelidad y alto extrañamiento. A menudo suenan desoladoras y, quizás por eso, en cierto modo luminosas. En Strange, la voz de Wareham me parece tomar esa cualidad angustiada de algunas pinturas de vanguardia. El grito más o menos ahogado de un hombre que se agita despacio en el vacío de una existencia de la que no hay gran cosa que esperar. Salvo la asquerosa repetición de los días, apenas desordenados, que se encarna en una estrofa y un estribillo repetidos en un bucle que dura unos minutos pero podría prolongarse varias horas.

Cuando acabó, volví a ponerla. Y lo hice otra vez y otra y otra. Guardé una breve fila, con la distancia adecuada. Y salí a la calle con la misma canción otra vez repetida. Y así caminé despacio de vuelta a casa, escuchando la voz del joven desubicado que fluctúa entre la impresión de no pertenencia (¿Por qué todo el mundo es tan extraño y qué me importa a mí todo esto?) y la inevitable conformación del grupo, estabulado en rutinas y convenciones: ir, volver, hacer fila, esperar… Y mañana lo mismo. Y después, igual. Strange. Estos días.

¿Por qué se comporta todo el mundo de forma tan rara?
¿Por qué todo el mundo parece tan raro?
¿Por qué todo el mundo tiene un aspecto tan desagradable?
¿Qué me importa a mí todo esto?
Me bajé solo a la farmacia.
Regresé a casa y me tomé una cocacola.
Me puse en fila y me comé mis Twinkies.
Me puse en fila… y tuve que esperar.
[Strange, de Galaxie 500].




Canción de amor en una habitación llena

14 03 2020

Yo la tengo llevan tantísimo tiempo entre nosotros que han hecho de su propia vigencia una certeza enmascarada. Son una de esas formas de belleza que se nos vuelve transparente en la falsa apariencia menor de lo cotidiano. En realidad, sus canciones aguardan siempre medio escondidas, como el muchacho taimado que trata de pasar desapercibido en una habitación llena de gente. Buscan nuestros ojos y cuando perciben que se nos va a desbordar el mar en las pupilas, conforman una media sonrisa torpe que nos intenta consolar. Una adorable escena lastimosa, como la que describe la propia Autumn Sweater, intepretada sin querer por personajes que querrían estar siempre en otro lado. Reconocibles en su pura sencillez, pero con un trazo nítido, de impresión permanente. Autumn Sweater nos suena así. Es una prenda de abrigo en medio de la insensatez de los días. Un (in)cierto refugio. Y cada tanto, cada poco, la buscamos para que nos haga de escudo emocional. Y vemos llover afuera -incluso aunque afuera reine un sol implacable-, arropados en su feliz combinación de tiempos y contratiempos; el diálogo permanente y el cuidadoso subrayado de las percusiones; y, sobre todo, la voz de Ira Kaplan, que desgrana frases morosas de inseguridad, a punto de quebrarse, como una disculpa: “Lo intentaré, siempre lo intentaré… pero es una pérdida de tiempo”.

Desde sus mismos nombres, desde su propio aspecto, su actitud y la música, Yo la tengo recuerdan a los personajes de una película independiente que subrayara el contraste realista entre la estilizada Nueva York y una modesta Nueva Jersey. Tal vez porque son en realidad eso, salvo por la ficción y las cámaras. Georgia Hubley e Ira Kaplan se conocieron y empezaron a salir juntos en un concierto de música de un grupo local en Nueva Jersey. Él era crítico y vivía en un suburbio al norte de NY. Georgia estudiaba en la Escuela de Arte, inclinación que sin duda debería mucho a sus padres: John Hubley y Faith Elliott fueron animadores cinematográficos. John trabajó con Disney en los años 30 y participó en sus grandes clásicos, antes de fichar por United Productions of America (UPA) y acabar en las listas negras por no acusar a compañeros ante el Comité de Actividades Antiamericanas. Ira y Georgia formaron Yo la tengo en 1984 y algún tiempo después incorporaron a James McNew, que había sido DJ en la Universidad de Virginia. Se suele decir que fue esa adición la que conformó y cerró el trío en toda la gran dimensión que podría ofrecer su música. Desde ese momento, salieron de la sombra de la Velvet Underground sin abandonarla, y desde ese lugar llamado Hoboken -de fonética tan extrañamente evocadora- comenzaron a hilar música distintiva y a licuarla en trabajos a los que uno, la verdad, les encuentra poquísimas grietas. No hace mucho hice el ejercicio de escuchar la discografía de Yo la tengo completa, disco a disco desde Fakebook (profético título). Son casi una veintena, aún no he terminado, pero aproximadamente hacia la mitad ya me di cuenta de que no había un solo álbum ni siquiera remotamente menor; vista con la perspectiva de la evolución y el tiempo, su trayectoria revela hasta qué punto la heterogeneidad de los sonidos es un perfecto antónimo para la homogénea solvencia de todas y cada una de las propuestas. Si alguien me pidiera nombrar una canción, una sola, sólo una, que me molestara al escucharla, o que considerase mala, menor, impropia… no sería capaz. Hasta Nuclear War, tan juguetona con sus coros reiterativos y su equívoca ‘naivety’, lejos de incomodarme me lleva subido en la desnudez de la percusión y la salmodia de voces en esos casi ocho minutos de ‘spoken word’ obsesivo, con un punto de humor inequívoco: “It’s a motherfucker / don’t you know / if they push that button / your ass got to go – They gonna blast you high / up in the sky / you can kiss your ass”.. / Goodbye ass”. Aún tengo que encontrarles una canción que no me guste. Y esto, ojo, no lo puedo decir ni siquiera de mis grupos más queridos.

Y además, siempre he adorado la historia del nombre de la banda y su referencia a un divertido episodio de los New York Mets, el equipo de béisbol de la ciudad. En la temporada del 62, los Mets contaban en sus filas con un venezolano llamado Elio Chacón, que sólo hablaba español. Su compañero Richie Ashburn siempre le avisaba cuando iba a por una pelota en campo abierto, con un grito lógico: “I got it, I got!” (“¡la tengo!”). Pero como Chacón no le entendía, acababan chocando con frecuencia al ir a capturar ambos la misma pelota. Así que Ashburn aprendió a lanzar la señal de aviso en español y pasó a gritar “¡Yo la tengo!”. Avisado, Chacón ya no acudió y el problema pareció resuelto. Pero por desgracia, otro compañero angloparlante, Frank Thomas, se había perdido la reunión en la que acordaron la frase de advertencia. Así que esta vez fue Thomas el que chocó con Ashburn. Al incorporarse, le preguntó: “¿Pero qué narices es un Yellow Tango?”. Y así fue como Ira y Georgia decidieron llamar a su grupo Yo la tengo. Y el motivo por el cual, si algún día fundo una banda, la llamaré Yellow Tango (así suena la frase en inglés), que me parece un nombre fantástico y sólo comparable al que tendría mi otro gran proyecto musical: Hoboken.

Yo la tengo dieron hace algunos meses en Zaragoza un formidable concierto en el que mezclaron, en dos partes bien diferenciadas, sus sonidos más contenidos e intimistas (gloriosamente intimistas), y ese otro tipo de temas ruidosos, que parecen girar en gozosos círculos concéntricos, preñados de una energía que invita al extravío. En muchos momentos de ese recital cerré los ojos para envolverme en la maraña sónica y que me llevara con dulzura. Lejos, muy lejos. En algún lado leí que las canciones de Yo la tengo resultan raramente acogedoras, a pesar de la ocasional aspereza de sus sonidos y sus letras. La definición me parece tan acertada que, sin querer, la había formulado hacía tiempo, de otra manera: hay canciones que son lugares; hay otras que son momentos; hay muchas que son personas; y, casi todas, versiones superpuestas de nosotros mismos, en ese espacio inasible en el que somos todos los tiempos al tiempo.

Hay canciones de esta banda en las que uno se quedaría a vivir; o en las que, en realidad, llevamos muchos días viviendo. Porque son todas esas cosas a la vez. Un mundo perfecto.

Entre todas, ninguna más confortable que esta Autumn Sweater, arrebatadora para los sentidos y en todos los sentidos. Una tarde se me reveló en un paseo arbolado y desde entonces me he construido con ella una habitación a la que me escabullo a menudo. Cierro la puerta y, cuando se apaga el incesante ruido de afuera y ya sólo escucho mi propia voz, murmuro: “Me with nothing to say / and you in your autumn sweater”. Y estoy en Hoboken.

Cuando oí llamar a la puerta / me faltaba la respiración
¿Es ya tarde para suspender esto?
Podríamos escabullirnos… ¿acaso no sería mejor?
Yo, sin nada que decir… y tú con tu jersey de otoño
Intenté esconderme lo mejor que pude
En una habitación repleta, es casi posible
Y esperarte a ti, ay, con toda mi paciencia
Podríamos escabullirnos… ¿acaso no sería mejor?
Yo, sin nada que decir… y tú con tu jersey de otoño
Así que busqué tus ojos
Y parecía que las olas estaban a punto de derramarse de ellos
Lo intentaré con todas mis fuerzas, siempre lo intentaré
Pero es una pérdida de tiempo…
Es una perdida de tiempo, porque no me sale sonreír
como lo hacía al principio
Al principio
Podríamos escabullirnos… ¿acaso no sería mejor?
Yo, sin nada que decir… y tú con tu jersey de otoño

Tú, con tu jersey de otoño

Tú, con tu jersey de otoño
Tú, con tu jersey de otoño

[Autumn Sweater, de Yo la tengo]