Una línea de Pessoa

13 04 2020

“Todos los atajos de mi sueño dan a claros de angustia”.

Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa.

La otra noche volví a soñar demasiado. Con demasiada intensidad. Con demasiada franqueza. Soñé demasiado, o supe que había soñado demasiado, por el nítido desasosiego con el que entré al día. Sobre todo, lo que soñé lo soñé demasiado cerca del instante decisivo de la vigilia: por eso al despertar recordaba con una claridad cruel la escenografía toda del sueño. No medió esta vez ese tramo incierto de descanso que me repara los desperfectos del subconsciente, que me pone a salvo de mí mismo; de ese lado ingobernable que habita en todos, agazapado en la entretela de realidades o de lo que creemos las realidades. El espectro que conforma nuestro yo más seguro. Un otro aterrador al que no podemos engañar con máscaras. Yo suelo escapar, olvido casi siempre todo lo que sueño. Pero esta vez no lo logré.

No podemos saber cuánto tiempo transcurre, si alguno, entre el fin del sueño y la conciencia. Pero yo salí de ese teatro monstruoso, la otra mañana, con todas las imágenes aún impresas en la retina; un relieve minucioso de cada detalle, del papel que yo jugaba, de la forma de mis actos y los movimientos que los habían determinado. Y, por encima de todo, de lo que me hicieron sentir. Es sobre todo esa parte, la parte última de las emociones que el sueño transfiere a la vigilia, lo que hiere los cuerpos. No los hechos, que pueden quedar en una representación informe, sin verdadero significado. No las personas, que en los sueños a menudo aparecen sin rostro o con rasgos irreconocibles, aun cuando tengan un nombre cierto. La incoherencia de los matices ayuda a olvidar. De los hechos uno puede desprenderse una vez despierto. Cruzas la penumbra decadente del dormitorio, hacia el pasillo por el que se ingresa en el desconcierto de la claridad, y quedan los hechos del sueño a tu espalda, como la noche ya derrotada, abandonados entre las sábanas con un desfallecimiento como de marioneta sin hilos. Vuelves la mirada y no. Nadie te persigue. La persona sin nombre no está. Puedes correr si quieres hacerlo. Gritar si lo necesitas. Y la hoja del cuchillo, aquel beso, la voz que ya no oyes, no están ahí. No existen. Eran un juego macabro de tu imaginación. El mismo juego.

Con las emociones no ocurre así. Las emociones te las traes de ese otro lado. Las emociones se filtran por las paredes y pasan de una dimensión a otra, para contagiar en el día el virus del desasosiego. Las emociones se incorporan del lecho y se mueven contigo. Dentro de ti. Alojadas en tu vientre como un vástago maldito. Desearías que fueran otra cosa, más ligera, menos perdurable. Que apenas danzasen un instante a tu alrededor, como ingrávidas centellas, en esos primeros minutos confusos, y después se fundieran con la luz de la mañana y desapareciesen de tu vista. Que las envolviese un aire limpio de fortaleza de espíritu al abrir las ventanas. Que fueran sólo un recuerdo desechable. Menos que eso: la memoria lejana de una sensación. Como las imágenes de otros tiempos que puedes convocar sin miedo, porque la distancia de los años ha desactivado su carga de nostalgia, la munición preferida del pasado. Pero las emociones adoptan formas cambiantes para seguir ahí. Coaguladas en la luz, se afilan y rasgan la cortina del día. Después se clavan en ti, parásito infame. Si advierten que intentas una conjura, que pretendes empujarlas al desagüe de la mañana, se espesan para envolver el estómago como una película viscosa, una bolsa siseante que bascula con cada movimiento.

Después, el día es un claro de angustia. Una línea repetida de Pessoa. Y hay que interrogar los libros y la música, construir mundos apartados en los que refugiarte. Al menos hasta alcanzar la noche, siempre liberadora y amenazante. Te pensabas a salvo de los sueños. Te sentiste inmune a los días insidiosos. Lejos del borde de aquellos abismos a los que hoy vuelves a asomarte. Al hacerlo, aún advertirás en su fondo la leve claridad monstruosa que tan bien conoces. Un minucioso catálogo de carcasas vacías de ti mismo. La piel mudada de los aprendizajes. Cuerpos pasados. Desfallecidos como una marioneta sin hilos cuyo rostro, a pesar del tiempo, aún se te parece demasiado.


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