Radio Valbaara

28 04 2020

El domingo uno debería haber estado viendo a Nick Cave en Barcelona. Y después en mayo, o tal vez en junio, pensábamos en Iggy Pop. Y John Fogerty. Es verdad que ya apenas hacíamos planes. Ni siquiera por el conocido gusto de, al final, incumplirlos. Ahora ni siquiera aspiramos a la evasión. En otros días solíamos excavar túneles en la tierra porosa de las madrugadas, pero eso ya quedó atrás como casi todo lo demás. Han volado las coordenadas y el horizonte ha tomado el aspecto de una habitación oscura que no podemos cartografiar. La peste nos ha arrastrado a estos días de análoga indiferencia. Han desaparecido de nuestros ojos los lugares y todos los tiempos son ninguno.

Todo esto también pasará.

Pero mientras…

Every day is like Sunday… Every day is silent and grey.

Habíamos hecho esos planes, de la forma inconclusa que tan bien se nos da. Improvisando sobre el borde exterior de los tiempos, conscientes de que todo se hace fugaz. Y que a menudo uno no alcanza lo que busca, cuando sabe lo que busca. Ahora todo cuesta más. Hacerlo, desde luego. Pensarlo incluso. Ya no reconocemos el mundo que con tanta suficiencia creímos gobernar. Y no sabemos lo que quedará de él, o en qué medida nos admitirá, una vez que levantemos el veto de este silencio en las calles, y de nuevo la algarabía social y el griterío absurdo y el ruido de los incendios fatuos hagan que, como siempre, no escuchemos nada ni a nadie: sólo el ruido de nuestras cabezas, que tan majestuoso juzgamos, y el rebote metálico de las ideas podridas en la puta concavidad del yo. Entonces podrá de nuevo la muerte aproximarse a gritos, con el estruendo multiplicado de una lejana tormenta, levantarse sobre el horizonte y abrir las fauces ávidas para devorarnos. No la oiremos. O preferiremos no escucharla. O confundiremos la curva atroz de sus colmillos ensangrentados con un hermoso crepúsculo encarnado, que preferiremos fotografiar, con nosotros delante por supuesto, para prenderlo en nuestros perfiles y atribuirnos algún peregrino mérito de su belleza.

El recital de Nick Cave se ha aplazado al mismo día del año próximo, o a un día parecido… poco importa la fecha en esta inconcreción de ahora. Eso creo. Lo importante ya no está en lo que no hicimos sino en lo que todavía podemos hacer. En la expedición al horizonte que no vemos. Por eso, para aplacar la lástima por las músicas perdidas, pero sobre todo para sostener un inevitable vitalismo desesperado, inicié una reunión de canciones. Esta no es una actividad extraña. De hecho, puede estar entre las más cotidianas porque si a alguna actividad le dedicamos de forma habitual la consciencia y la inconsciencia es a la interminable tarea de domesticar el tiempo en palabras y en canciones. Las palabras quieren refutarlo todo, el reloj, el calendario y sus cronologías diversas. Las canciones, mientras, construyen apenas una hipótesis torpe acerca de la forma de ese tiempo, de todos los tiempos, su oculta intención y la forma en que nos lleva y nos modela. Es más un esfuerzo de imposible recreación que otra cosa. Como imaginar que una vez el mar remoto cubrió estas montañas. O como evocar todo aquello que la erosión se llevó de las piedras, y que ya no vemos.

Siempre busco canciones. Siempre hay canciones que me encuentran. En esa estación intermedia aguardo cada día, para ver adónde me llevan. Ahora que estamos parados, busco canciones no figurativas, si es que decirlo así tiene sentido. Para entendernos, composiciones electrónicas, que tienen más que ver con la impresión de sensaciones que con una intención narrativa. Si acaso, un relato sensorial. Experiencias indecibles, una poética de abstracciones sónicas. En general, las llamaremos electrónica, como les decimos quienes desconocemos sus códigos. Músicas avanzadas, apuntan otros; por momentos experimentales. Aunque, me pregunto, qué otra cosa es la música, cualquier música, sino una experimentación, una alquimia, el anhelo de una fórmula desconocida de la armonía y la belleza.

Busco, decía, músicas sin referencia. No conozco artistas, no retengo nombres, desconozco estilos, líneas, vanguardias o colectivos. No aspiro a hacerlo, aunque algún nombre siempre se eleva por encima de los demás. Puedo subrayar, si los consulto en este mismo momento mientras la interminable cola de reproducción va desgranando sonidos, a John Tejada, a Isolée, Autechre o Andy Stott… Pero son nombres aleatorios y hay muchos otros. En realidad, todo es aleatorio, modo shuffle. Dejar que fluyan y, entrevista la hermosura, retener, guardar y ordenar aquellas a las que les entregaríamos unos minutos de nuestra salvación. En verdad lo que me atrae es el ambiente, el magma tibio en el que me mecen esas músicas. La cambiante sonoridad rítmica, que me hace sentir bien, que me despierta el ánimo y, sobre todo, que me transporta. O me traslada. O me sitúa más allá o tal vez más aquí de la realidad. No sé donde es ni qué nombre tiene. Se parece a un tren que me lleva y no sé adónde. Sólo quiero ese viaje a ninguna parte. Ahora que no podemos salir. La soledad del viaje. Un lugar que no es ningún lugar, sino el mismo viaje. El viaje es el destino que no precisa destino.

Da igual adónde llegues. No importan los lugares ni sus nombres. En realidad, no importan los nombres ni de los lugares ni de las cosas, ni de los sentimientos ni de aquellas ideas que encarnan personas. No importan más allá de su aceptada convención: me parecen todos incompletos frente a la inabarcable complejidad. No importa siquiera esta digresión, porque la digresión supone un cierto automatismo del pensamiento, una fluidez sonora, que encaja bien con el ejercicio de vaivén que pretendo describir en estos párrafos. Necesito algunos automatismos que me dirijan y me lleven. Hay tantas preguntas que no alcanzan las respuestas y tantas variaciones de lo aparente que pretender designarlas todas parece un empeño ridículo. Por eso las respuestas las fabricamos o lo hacen por nosotros, antes incluso de escuchar las preguntas. Por eso hay tantos sentimientos inclasificables… Y por eso los empaquetamos, para poder señalarnos los unos a los otros, llevarlos en una bolsa como una sonda por la que evacuar los complejos. Frente a la extraordinaria diversidad, los nombres representan apenas fútiles tentativas de apresar en una definición posibilidades que en realidad sabemos ajenas a cualquier medida. Todo lo que se nombra responde apenas a un consenso, necesario pero no imprescindible; un meeting point al que puedes regresar si quieres, si lo necesitas, si lo consideras preciso… porque te reafirma o porque crees en ello o porque coincides con los demás o porque tu impulso natural consiste en acordar. Tan legítimo como el derecho a la disidencia.

¿Quién sabe lo que significa en realidad te quiero? ¿Quién?

Qué importa entonces si a estos sonidos inorgánicos que ando reuniendo los llamamos canciones, temas, tracks o cualquier otra cosa. Son ordenamientos de sonidos, o son versificaciones electrónicas, o son derivas que riman con la lógica juguetona de una secuencia de ordenador. Son repeticiones ondulantes, suaves líneas melódicas que serpentean en torno a un ritmo o lo definen. Probablemente no sean ninguna de estas cosas. Abstracciones sensoriales que no relatan ni afirman, que no predican ni definen, ahora que todo el mundo quiere contarte, y cantarte, su verdad. Son música, una poética inasible. La voz acariciadora de las máquinas, con su monstruoso punto de advertencia: “Thank you for an enjoyable game”.

Es este tipo de sonido en mi cerebro lo que necesito cuando aspiro, como ahora, a trasponer los espacios y los tiempos; a reposar en un plácido limbo armónico, como una habitación impermeable al ruido de los días. A su insaciable tramoya. Un medio para flotar en los espacios, no apoyar demasiado en la realidad, pisar sin huellas y ondularme sobre la superficie afilada de los días, para ser el contorsionista que atraviesa indemne un espacio mortal, modulando con su cuerpo una ligera danza salvadora, de movimientos precisos. Quiero la ingravidez exacta que impedirá que me arrastre el viento; quiero la trémula fisonomía de un holograma, para que no me hieran las armas, para ser líquido cambiante que adopta la forma de los recipientes. Uno de esos magos animales de la mímesis. Quiero apoyarme en la pared y no ser visto. Irisarme de transparencias. Hacerme invisible al dolor. Y moverme ligero en los días y las tardes, liberado del peso de una letra y su música.

Sólo vibración sonora. Sólo emoción estética. Nada más que impulsos electrónicos que colonizan el cerebro y lo inmunizan contra la realidad. Colores. Sonidos. Ambientes. Ensoñación. Pensamientos envolventes como lámparas de lava. Noches que vuelan hacia los días. Espirales astronómicas. Tránsitos de luz. Círculos de tiempo.

Lapsos.

An accidental or temporary decline or deviation from an expected or accepted condition or state. Un declive o desviación, temporal o accidental, de un estado o una condición esperados o aceptados.

Construir pieza a pieza un universo paralelo e ir subiendo los escalones que miren a su horizonte. Lo llamaremos, por ejemplo, Radio Valbaara. Pero en realidad no importará nada cómo se llame. Sólo importará lo que es.


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