Abstracción lírica

30 05 2020

Ocurrió mientras me encontraba sentado en el ángulo de una amplia sala. La escena tenía el habitual aspecto mínimo: una silla plegable, la mía, frente a una mesita baja; y en el lado opuesto otra silla, ahora vacía. Antes de nada, el ámbito cedió a una penumbra sólo matizada por la luz que asoma por los ventanales rectangulares, entonces un brillo apagado de tarde que está próxima a consumir la noche. Por algún motivo prevalece la impresión de que esos vanos quedaban por debajo del embaldosado de la calle. Que mirábamos desde un subsuelo. Por eso vi o creí ver a algunas personas caminar allá afuera, pero lo único que de ellas podía apreciar era la forma de sus pasos, el ángulo de las piernas en un compás en movimiento. No puedo estar seguro: de aquellos segundos guardo una sensación difusa, la materia suave de la que se impregnó la memoria -esta indecisa memoria mía-, justo en el instante del tránsito, los segundos antes de cerrar los ojos.

Luego hubo nada más que una voz, que yo oía al principio con toda claridad, pero que más tarde fue esponjándose hacia el susurro; lejana pero nunca distante, parecía que se hubiera impuesto entre nosotros, la voz y yo, un muro almohadillado que mitigara el roce de lo exterior. Por momentos llegaría a ser casi inaudible, adelgazada como un hilo de seda al que yo pudiera sujetarme con la yema de los dedos; y me hablaba como con palabras entremezcladas cuya forma reconocible yo trataba de rescatar. Aunque no entendiera del todo, de algún modo siempre supe lo que me decía, o así lo interpreté. Puede que no fuera tan importante lo que decía como ese tono de sugerencias, que iban activando resortes cuando yo las recogía, intactas o modificadas, y las llevaba a que me recorrieran primero, y a que me impulsaran después.

Todo lo que sucedió a partir de ese momento ha adquirido, mirado desde este presente, el aspecto inconfundible de un recuerdo. Pero no se trata de un recuerdo atado a una realidad, sino a una experiencia inferida. Esto es, no vivida.

Sin embargo, esa diferencia no se revela en absoluto decisiva. Como con cualquier otro recuerdo, soy capaz de reproducir con indudable nitidez cada uno de los instantes que lo conforman, con todos sus matices. Veo el momento en que me incorporé despacio de la silla, consciente de la corporeidad de mis gestos tanto como de una certeza que los negaba: en ningún momento me moví de la silla. Me veo atravesar el estrecho recibidor hasta la puerta para salir al zaguán en sombra, hermoso; y después, la determinación con la que abrí el portón de madera para ingresar en la tarde, que había mirado desde dentro, y a la que ahora me incorporaba.

En varios momentos me observé desde arriba, el punto de vista cenital de una conciencia alternativa que me observara desde una posición de superioridad. Tal vez para juzgarme. O tal vez sólo quisiera respetar la distancia debida, no interferir. Luego vino el largo paseo junto a la avenida de agua, el fragor primaveral de las veredas y los repentinos cambios en el fondo del escenario: parecía que alguien activara la tramoya de un teatro para variar de inmediato el decorado, para que de un espacio pasáramos a otro distinto, al momento, sin transiciones. Así, enseguida había desaparecido el paisaje de la ciudad y yo caminaba recortado contra un fondo de campos y huerta, siempre el agua a mi izquierda.

Vi a varias personas que tal vez quisieron hablarme, rostros a los que traté de dar forma conocida, con indecisión, y a los que al fin no les cedí la palabra. Debería haberlos hecho, al menos en parte, responsables de mi estado. De esta huida adelante a un lugar seguro. Pero no fui capaz de decidirme por ninguno de ellos ni de elevar acusación alguna. Sí que en un momento, cuando ya los dejaba atrás, pregunté: “¿Qué queréis de mí? ¿Qué puedo hacer?”. Pero no esperaba ninguna respuesta ni se la dirigí en realidad a ninguno de ellos. Tanto habría dado. Quedaron a mi espalda y seguí caminando, con exigencias o culpas que se abrazaban de mi cuello como adláteres de una molesta pesadilla. Los arrastré un trecho del camino. Eran la mochila de mi conciencia. Hasta alcanzar el borde de la leve inclinación verdosa que ya conocía, y que había elegido como destino.

Por un leve talud verde, descendí hasta la misma orilla en curva de la corriente. Mi misión, inspirada por la voz, había consistido en encontrar un espacio de tranquilidad, un refugio. Si llegué a ese lugar concreto -aunque lo hiciera desechando algunas vacilaciones- fue porque mucho tiempo antes había pasado una tarde en él, acostado sobre el jardín natural que mira al agua, y me agradó la idea de volver allá.

De este modo, aquel primer recuerdo le daba forma a este segundo recuerdo que ahora evoco. No lo sustituía, sino que lo repetía como una proyección en mi cabeza.

Con un mismo lugar y un único momento, había dibujado dos círculos concéntricos, un planeta preñado de otro, la muñeca rusa que contiene en su interior a otra idéntica, y ésta después a otra, y la otra a una cuarta. Circunferencias repetidas de colores. El primero correspondía a la reconstrucción de un momento real; mientras que el segundo era una efusión, una recreación del momento vivido, activada por un hilo de seda que había abierto la puerta a esta percepción.

Ahora agrego al conjunto un tercer recuerdo, al que doy forma en estas líneas. Este recuerdo acoge a los otros dos. Si los tres integraran una matrioshka, la más chiquita -la única real- sería la tarde original al borde del agua, oculta en el corazón del artilugio. Por encima la cubriría después la recreación del paseo en el que, inspirado por la voz, acabé por regresar a aquel lugar calmado al borde del agua. En realidad, esa segunda muñeca estaría conformada no sólo por el lugar concreto, sino por el tránsito entero, desde que me incorporé de la silla, en la sala en penumbra, y caminé primero por las riberas de la ciudad, y luego las dejé atrás, y más tarde llegué a aquella luminosa tarde. El mismo río. Otro tiempo. La última muñeca, el último círculo, serían estas líneas que invocan aquellos dos momentos.

Si esos dos instantes son memoria -y lo son porque puedo igualmente evocarlos-, pero sólo uno de ellos existió, ¿qué es entonces un recuerdo? ¿Exige un recuerdo la verdad, la realidad, los hechos? Y si no es así, ¿qué existe y qué no existe? ¿Qué es realmente existir? ¿Somos algo, no sé qué, que mira hacia fuera a través de una carcasa y construya una realidad subjetiva?

Yo he estado dos veces al borde del agua, en ese mismo espacio. ¿Cuanto de lo vivido es recuerdo? ¿Cuánto de lo sentido es real? ¿Cuánto de lo real es imaginado, inducido por una voz o por cualquier otra fuerza de tracción? ¿Un anhelo, una pérdida, un deseo, una emoción?

¿Cómo es que podemos construir recuerdos de experiencias no vividas, de momentos imaginados, de escenas que no son sino un teatro de la conciencia, un guion artificial, guiado por una voz, de construcción libre?

¿Hasta qué punto podemos construir vidas paralelas observadas en plano cenital, con el punto de vista de otra conciencia que es la nuestra, pero no lo es? Que somos nosotros sin serlo del todo. O esa parte de nosotros que no alcanzamos a sospechar. Y si en esas vidas paralelas edificamos recuerdos, sensaciones, palabras, personas, sentimientos, lugares, días y noches… ¿por qué no podemos inducir la felicidad, la percepción dichosa de los momentos, la satisfacción de los anhelos? ¿Por qué no alcanzamos a construir recuerdos de todas las vidas que no tuvimos, que no somos, con toda su minuciosa escenografía? ¿O es sólo que no lo hacemos?

Todas estas preguntas, absurdas tal vez, o ya resueltas por hombres de inteligencia más elevada.

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Al abrir los ojos, había regresado a la sala y la voz me invitó a inundar de colores el papel que había extendido sobre una mesa alargada. Fue una deliberada incitación a las abstracciones. Nada debía ser figurativo, aunque pudiera aspirar a ello, así que derramé los colores, uno tras otro, sin la esperanza de que cumplieran ningún patrón. El naranja en una curva descendente que luego estrié con la yema de los dedos, para sentir la suave energía voluptuosa de la pintura, como la curva praxiteliana de un cuerpo cuyo costado acaricias. Después, un espeso coágulo amarillo en el interior del círculo del que partía esa forma misteriosa que pretendió el naranja. Luego una línea verde que cruzó la curva, como una quiebra, con la forma y la textura de una flecha de mercurio.

Al principio, todo lo hice con cuidado. Después, sin explicármelo, me atrapó una sorda rabia que no comprendí. Quizás no rabia. Pero sí un impulso de vehemencia, la necesidad de apretar los frascos, de asfixiar los colores y vaciarlos de manera torrencial sobre el papel. Por eso el rojo brotó a borbotones en el plano superior y conformó un espacio encarnado, que nada más verlo me perturbó.

Lo miré como una obra enferma, no querida. De inmediato lo supe hostil, lo único ajeno al resto del conjunto; una mancha amenazante -la mancha humana- que se hubiera precipitado sobre mi inconsciente búsqueda de armonía. Quise destruirla. Quise apartarla. Quise consumirla a manotazos. La extendí con determinación, defendiéndome con las dos manos al tiempo, para arrebatarle la forma. Cuando acabé, volví las palmas de mis manos y las vi con estupor. Estaban manchadas de sangre y me señalaban: culpable. El llanto ascendió súbito por el pecho, con la forma de un émbolo invertido, yme ahogó la respiración. No supe por qué.

Después, busqué la calma. Otra vez. Desconsideré los grises, los ocres, desde luego el negro. Una larga emulsión de verde delineó el borde inferior del naranja. Con cuidado recorrí sus ondulaciones, con el mismo fervor con el que habría dibujado líneas sinuosas en un vientre deseado. Luego rellené todos los huecos, lo extendí por debajo de la frontera anaranjada del horizonte, y regresé para completar una gruesa capa que soportaba todo el conjunto. Como la quilla de una nave sustenta la cubierta y la arboladura de un barco.

Lo miré desde arriba, otra vez.

La curva naranja me recordó por un momento a una persona acostada. Pero después esa forma se desvaneció: seguí ahí, pero ya era otra cosa. Nada definible.

El amarillo fue entonces primero un sol, y después la luz interior de una conciencia. Más tarde, un refugio impenetrable.

Ahí seguía la quiebra verde, con su forma apuntada de cuchillo que rasga el telón de la escena.

Y la informe mancha roja, segura en la composición de una advertencia.

Que no era posible interpretar.

Tal vez ahí hubiera un relato, una narrativa que pudiéramos trenzar en un hilo. La armonía o la calma como aspiraciones traicionadas. La fútil defensa del castillo íntimo. Quizás una figura acostada sobre un lecho verde, al borde del río. Y la sangre metafórica derramada arriba, deforme, borrosa, tenaz. Imposible de descifrar. Fácil de temer.

[ Me dije que había doblado una esquina. Al otro lado me aguardaba esta canción, como tantas otras. Siempre hay canciones que vienen a buscarme. Y yo, cada vez, salgo a su encuentro.

In my own sick way, I’ve always been true to you ].





The new normalidad

24 05 2020

La primera vez que oí lo de la nueva normalidad fue cuando el Primavera Sound usó la frase como eslogan de su edición de 2019, en inglés: The new normal. Confieso que, una vez aprendido a qué se refería, me sentí fuera del concepto. Pero no hay drama en ello: parece obvio aceptar que no todos los conceptos ni las interpretaciones de la realidad nos incluyen en su seno. Que las cosas se terminan o adquieren otra forma; y que lo próximo siempre parece mejor que lo anterior. Acepté que tal vez el festival había entrevisto una decadencia que exigía la reinvención y que su nuevo público debía ser otro, definido así: femenino, urbano pero no gentrificado; si acaso, suburbial; por supuesto, digital; desde luego, imprevisible. Ante todo, mucho más free. Sin dogmas, sin complejos, sin estilos, sin manías… y sin ídolos. O casi.

La formulación del nuevo tiempo ocurrió en un vídeo con letanías que en forma retrospectiva venían a festejar el advenimiento: “Por fin había caído la dictadura del buen gusto. Un emoji dijo más que mil palabras; y un meme dijo más que mil emojis. Desafiamos a vuestros algorritmos (sic) y dejamos de endulzar la realidad”, afirmaba la voz.

Sobre el hecho de que apareciera Messi cortándose el pelo en medio del vídeo, no supe qué pensar. Qué más da. Estaba el plano, de alguna forma habría que meterlo.

Parecía claro que la segunda persona del plural éramos nosotros (los del concierto aquel de Pulp, por ejemplo…). Sí, en cierto modo nos dimos por aludidos pero… bah, a partir de determinada edad uno asume por inercia la culpa de todos los delitos colectivos. Es un asunto generacional. Nuestros algoritmos. Qué cosa. Y además… ¿no sonaban maravillosamente prometedoras todas esas frases sobre memes y emojis? ¿No auguraban un futuro decididamente mejor? Daban ganas de montar con ellas el programa de un partido político. O las tablas de la ley de una secta. O aún mejor, un canal de televisión. Sigan nombrando sinónimos…

Me pregunté si en el fondo lo que me estaban diciendo era que, por oposición y como espectador de unas cuantas ediciones anteriores, había participado en una ceremonia alineada con el machismo; si había actuado como un pueblerino que proyectaba complejos en la actitud despreocupada de tres días de música; por supuesto, estaba desactualizado; desde luego, me comportaba de forma previsible; sin duda, con un indisimulado dogmatismo prejuicioso. Un idólatra ofuscado que acudía a ver a Grinderman, The Jesus and Mary Chain, The Charlatans, Spiritualized, The Fall, Wilco, The Swans y, desde luego, a Nick Cave. Y decenas más.

Creíamos haber ido a escuchar música, pero en realidad incurríamos en todas las formas de la abyección ahora derogadas por la new normalidad. De hecho, hasta mezclábamos el Jaggermeister con cerveza. Putos degenerados.

En el fondo, y hablando en serio (?), entendía que había que buscar un nuevo público. O más público. Reposicionarse. Pivotar. Atacar otro segmento. Elaborar el relato para un nuevo target. Ese tipo de justificaciones listadas con bullet points en un ppt, en reuniones en las que bulle el palabro imperante: estrategia.

Llevado por la trascendencia que rezumaba la nueva propuesta, me imaginé burlonamente que ese largo fin de semana en el Forum iba a acoger hechos decisivos para el avance de nuestra maltrecha sociedad. Que la era iba por fin a parir un corazón, como anticipó Amancio (Prada, no Ortega). Que los presentes asistirían a la transfiguración de Rosalía en ascensión a los cielos en chándal ombliguero y sneakers de plataforma. Tra tra. O que allá al fondo, sobre el horizonte de los gloriosos atardeceres que se derraman en el Mediterráneo, a la espalda de los escenarios, un innombrable ser de luz alumbraría la noche con el nacimiento de un super-ente.

Super-ente rima con relente. Porque al borde del mar hace fresquito.

En fin, que a lo largo de esos tres días y noches, el carnaval iba a alcanzar su primera y misteriosa culminación (párafrasis de Bioy). Las críticas musicales tendrían que dejarse de consideraciones estéticas (dictadores del buen gusto… be damned!) y para definir aquello en términos adecuados no habría otro remedio que parafrasear a Pam/Shelley Duvall en Annie Hall: “The only word for this is transplendent… it’s transplendent!”.

Transplendental.

No sé qué resultado (económico, claro) daría aquella tentativa de redefinición que, insisto, considero absolutamente legítima. Y que ni siquiera cuestiono como equivocada. Yo al Primavera Sound le debo las horas y días más divertidos (¿se puede decir felices?) de cada año… en un tramo de la vida en que las diversiones de ese tamaño y duración escasean o directamente no existen. Eso marca mucho.

Al final, todo se resumía en lo que me dijo un compadre de largas caminatas entre escenarios: “El Primavera ya no es para nosotros”. Y bueno… Casi nada es ya para nosotros.

Me viene a la cabeza aquello de Pessoa: “El otoño que ahora tengo es el otoño que perdí”.

Un año más tarde, sin embargo, el diagnóstico podría ser otro, a la vista del tono del vídeo y la alineación convocada al fiestón de 2020, al que pensábamos concurrir. Iggy Pop, Yo La Tengo, The Strokes, Massive Attack, The National, Pavement, Beck, DJ Shadow, Bauhaus, The Jesus and Mary Chain, Dinosaur Jr., Fontaines DC, Mavis Staples, Einstürzende Neubaten… ¿Buen gusto? No. Dic-ta-du-ra.

Pero entonces (y hablando de autocracias distópicas) llegó a nuestras vidas el coronavirus. Mientras el nuevo fantasma recorría Europa, el PS2020 y nuestros planes de regreso volaron al país de las incertidumbres. Allá aguardan en suspenso, aplazadas hasta nueva orden, todas esas cosas que antes llamábamos vida. Y ahora, miles de muertos más tarde, ha regresado the new normal, traducido a un español que respeta esa blandura tranquilizadora con la que se comportan las enes cuando las pronuncias: la nueva normalidad. Un simpático animalito orwelliano al que acariciarle el lomo entre lavado de manos y ajuste de mascarilla.

No levantaremos aquí ninguna bandera. La nueva normalidad de hoy la miramos con la misma distancia con la que tratamos hace un año a aquel new normal: es un concepto que no nos incluye y en el que no nos reconocemos. “El mundo ya no es para nosotros”. Bueno, construyamos otro, entonces. Uno propio, ojo. Paralelo y simultáneo. El ensanchamiento de la realidad precisa ahora mismo de un empeño más tenaz que nunca, porque los indios vienen por todos los lados. Hasta atacan en sueños. A veces, ni siquiera te dejan dormir.

Como alternativa para definir este caos de incógnitas en el que habitamos, a lo de la nueva normalidad hay que reconocerle un encomiable efecto relajante. Tan poderoso que dan ganas de irte a dormir con ella entre los brazos, como si fuera una bolsa de agua caliente para el dolor de vientre.

Algunas mañanas no nos encontramos. Otras tardes nos encontramos tan bien que hasta nos ponemos nostálgicos. ¿Qué vida llevará Greta? Ah, qué tiempos aquellos en que sólo teníamos que salvar el planeta… Ahora también hay que salvar a la humanidad. Es lo mismo, subrayan algunos. Y sí. “Sin planeta no habrá empleo”, leí en un cartelón. A la luz de lo que hemos vivido, todo suena estúpido. Bueno, a mí aquello también me sonaba estúpido antes.

Hemos de admitir que algunas tardenoches hemos querido destruir hoteles enteros, como las estrellas del rock: porque sabemos que no hay supervivencia que se pueda organizar alrededor de una canción del Dúo Dinámico, por más que se empeñen. Esto lo tuvimos claro desde los días en que el abuelo los insultaba cada vez que aparecían en el televisor, al otro lado de la mesa camilla y el brasero.

Participamos en ovaciones. Después sentimos, aun sin creer, que nos faltaban oraciones. Y sí, reclamamos nuestro derecho a desconectar. Y a volver a conectar. Porque, sinceramente, todo el mundo se puso algo pesado. O muy pesado. La gente, alguna gente, empezó a invocar ese otro mantra tan común en situaciones diversas: “Se viene un cambio de paradigma”. Después de esto, anunciaron en conferencia telemática, todo será distinto. El mundo será otro. Nosotros no nos reconoceremos. De hecho, ni la madre que nos parió nos va a conocer: nada extraño, dado que no tiene smartphone y llevamos no sé cuántas semanas sin verla.

Houellebecq, sin embargo, acudió a nuestro rescate y dijo que él no se creía nada. “No despertaremos, después del confinamiento, en un mundo nuevo; será lo mismo, sólo que un poco peor”. Ya sabemos que el escritor francés no puede ocultar su sociopatía, pero en medio de tan lúcida amargura soltó otra frase envidiable, por terrorífica: “La muerte nunca ha sido tan discreta como en estas semanas”. Lo de insultar al virus llamándolo “banal” nos pareció una extravagante genialidad: ni siquiera se transmite sexualmente. De pronto, nos había hecho reír. Adoro cuando nos reímos.

Lo peor de todo es que nadie sabe situar aún en qué punto de la flexible cronología en que vivimos hoy se encuentra exactamente eso que llamamos después. Creo que, para doblegar el tamaño de la incógnita, al final hemos resuelto trocear el después en fases manejables, que quepan en un catálogo de medidas, indicaciones y prohibiciones. Así podemos diferir el después al mismo lugar donde andan todas las cosas aplazadas. Todo eso, claro, que llamábamos vida. Y discutir sobre las fases y su geografía variable. Las incoherencias. Los aciertos. Los tecnicismos. Los expertos. La irresponsabilidad. El criterio. Esos bichos tan escurridizos.

Y así hasta el fin del mundo. Porque el juicio final nos pillará en una terraza.

Orwell conjeturó que lo que él llamaba nuevalengua acabaría desplazando a la viejalengua (es decir, el idioma tal y como lo hemos conocido) alrededor del año 2050. Ya sabemos que la pandemia está acelerando todos los procesos, así que los vaticinios de su portentosa 1984 podrían quedar demasiado largos. Como leí por ahí: hoy en día, cada vez que a un político se le ocurre un plan, lo primero que hace (y a veces lo único) es ponerle un nombre. Un nombre incontestable, tipo new normal. Luego se hincha el globo… y a volar.

Puede que al final no pase nada. Que el anuncio del cambio sea como los dos vídeos del Primavera Sound: un círculo concéntrico. O que regresemos más o menos al mismo punto del que partimos, ese señalado con su vena provocativa por Houellebecq: “Será lo mismo, sólo que un poco peor”. Un poco es un sintagma tan inconcreto como el después. Pero es lo que tenemos: nada. Todo esto es normal. Y nuevo. Y lo nuevo siempre es mejor. Eso lo sabe cualquiera.

Otra cosa es que, por el fragor de inmensa catarata que se adivina ahí adelante, tengamos la impresión de que vamos directos al desagüe colosal de la Garganta del Diablo.

Ajústense las mascarillas.

Ya nada será igual.

Pero todo será lo mismo.

Un meme dirá más que mil emojis.

It’s gonna be transplendent!





Rugby maketh the man

11 05 2020

La primera frase de la entrevista que le hicimos a Michael Robinson para el número 2 de H no tenía nada que ver con el rugby. Empezaba así:

-Sostiene Michael Robinson: «El periodismo español son cientos de tíos contándote quién ganó ayer y quién perdió ayer».
Pausa dramática (…).
«Qué cosa tan absurda, ¿no?».

Lo más probable es que la afirmación apareciese en la charla cuando aún nos estábamos presentando -esa tensión reverencial de nuestro lado, que tardaría poco en aplacarse- y Robinson ponderaba el esfuerzo romántico que le parecía eso de hacer una revista de rugby en España. Tratamos de rebajar el mérito aclarándole que tampoco nos estábamos jugando la vida. Si acaso el tiempo. Pero… ¿qué es el tiempo cuando haces algo que te gusta?

Aun así, insistió él.

Después te das cuenta: te lo está diciendo alguien que encarna un canon del periodismo deportivo en España en los últimos 25 años.

Michael Robinson, en la sesión con el fotógrafo Gabriel Pecot para el número 2 de H.

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