The new normalidad

24 05 2020

La primera vez que oí lo de la nueva normalidad fue cuando el Primavera Sound usó la frase como eslogan de su edición de 2019, en inglés: The new normal. Confieso que, una vez aprendido a qué se refería, me sentí fuera del concepto. Pero no hay drama en ello: parece obvio aceptar que no todos los conceptos ni las interpretaciones de la realidad nos incluyen en su seno. Que las cosas se terminan o adquieren otra forma; y que lo próximo siempre parece mejor que lo anterior. Acepté que tal vez el festival había entrevisto una decadencia que exigía la reinvención y que su nuevo público debía ser otro, definido así: femenino, urbano pero no gentrificado; si acaso, suburbial; por supuesto, digital; desde luego, imprevisible. Ante todo, mucho más free. Sin dogmas, sin complejos, sin estilos, sin manías… y sin ídolos. O casi.

La formulación del nuevo tiempo ocurrió en un vídeo con letanías que en forma retrospectiva venían a festejar el advenimiento: “Por fin había caído la dictadura del buen gusto. Un emoji dijo más que mil palabras; y un meme dijo más que mil emojis. Desafiamos a vuestros algorritmos (sic) y dejamos de endulzar la realidad”, afirmaba la voz.

Sobre el hecho de que apareciera Messi cortándose el pelo en medio del vídeo, no supe qué pensar. Qué más da. Estaba el plano, de alguna forma habría que meterlo.

Parecía claro que la segunda persona del plural éramos nosotros (los del concierto aquel de Pulp, por ejemplo…). Sí, en cierto modo nos dimos por aludidos pero… bah, a partir de determinada edad uno asume por inercia la culpa de todos los delitos colectivos. Es un asunto generacional. Nuestros algoritmos. Qué cosa. Y además… ¿no sonaban maravillosamente prometedoras todas esas frases sobre memes y emojis? ¿No auguraban un futuro decididamente mejor? Daban ganas de montar con ellas el programa de un partido político. O las tablas de la ley de una secta. O aún mejor, un canal de televisión. Sigan nombrando sinónimos…

Me pregunté si en el fondo lo que me estaban diciendo era que, por oposición y como espectador de unas cuantas ediciones anteriores, había participado en una ceremonia alineada con el machismo; si había actuado como un pueblerino que proyectaba complejos en la actitud despreocupada de tres días de música; por supuesto, estaba desactualizado; desde luego, me comportaba de forma previsible; sin duda, con un indisimulado dogmatismo prejuicioso. Un idólatra ofuscado que acudía a ver a Grinderman, The Jesus and Mary Chain, The Charlatans, Spiritualized, The Fall, Wilco, The Swans y, desde luego, a Nick Cave. Y decenas más.

Creíamos haber ido a escuchar música, pero en realidad incurríamos en todas las formas de la abyección ahora derogadas por la new normalidad. De hecho, hasta mezclábamos el Jaggermeister con cerveza. Putos degenerados.

En el fondo, y hablando en serio (?), entendía que había que buscar un nuevo público. O más público. Reposicionarse. Pivotar. Atacar otro segmento. Elaborar el relato para un nuevo target. Ese tipo de justificaciones listadas con bullet points en un ppt, en reuniones en las que bulle el palabro imperante: estrategia.

Llevado por la trascendencia que rezumaba la nueva propuesta, me imaginé burlonamente que ese largo fin de semana en el Forum iba a acoger hechos decisivos para el avance de nuestra maltrecha sociedad. Que la era iba por fin a parir un corazón, como anticipó Amancio (Prada, no Ortega). Que los presentes asistirían a la transfiguración de Rosalía en ascensión a los cielos en chándal ombliguero y sneakers de plataforma. Tra tra. O que allá al fondo, sobre el horizonte de los gloriosos atardeceres que se derraman en el Mediterráneo, a la espalda de los escenarios, un innombrable ser de luz alumbraría la noche con el nacimiento de un super-ente.

Super-ente rima con relente. Porque al borde del mar hace fresquito.

En fin, que a lo largo de esos tres días y noches, el carnaval iba a alcanzar su primera y misteriosa culminación (párafrasis de Bioy). Las críticas musicales tendrían que dejarse de consideraciones estéticas (dictadores del buen gusto… be damned!) y para definir aquello en términos adecuados no habría otro remedio que parafrasear a Pam/Shelley Duvall en Annie Hall: “The only word for this is transplendent… it’s transplendent!”.

Transplendental.

No sé qué resultado (económico, claro) daría aquella tentativa de redefinición que, insisto, considero absolutamente legítima. Y que ni siquiera cuestiono como equivocada. Yo al Primavera Sound le debo las horas y días más divertidos (¿se puede decir felices?) de cada año… en un tramo de la vida en que las diversiones de ese tamaño y duración escasean o directamente no existen. Eso marca mucho.

Al final, todo se resumía en lo que me dijo un compadre de largas caminatas entre escenarios: “El Primavera ya no es para nosotros”. Y bueno… Casi nada es ya para nosotros.

Me viene a la cabeza aquello de Pessoa: “El otoño que ahora tengo es el otoño que perdí”.

Un año más tarde, sin embargo, el diagnóstico podría ser otro, a la vista del tono del vídeo y la alineación convocada al fiestón de 2020, al que pensábamos concurrir. Iggy Pop, Yo La Tengo, The Strokes, Massive Attack, The National, Pavement, Beck, DJ Shadow, Bauhaus, The Jesus and Mary Chain, Dinosaur Jr., Fontaines DC, Mavis Staples, Einstürzende Neubaten… ¿Buen gusto? No. Dic-ta-du-ra.

Pero entonces (y hablando de autocracias distópicas) llegó a nuestras vidas el coronavirus. Mientras el nuevo fantasma recorría Europa, el PS2020 y nuestros planes de regreso volaron al país de las incertidumbres. Allá aguardan en suspenso, aplazadas hasta nueva orden, todas esas cosas que antes llamábamos vida. Y ahora, miles de muertos más tarde, ha regresado the new normal, traducido a un español que respeta esa blandura tranquilizadora con la que se comportan las enes cuando las pronuncias: la nueva normalidad. Un simpático animalito orwelliano al que acariciarle el lomo entre lavado de manos y ajuste de mascarilla.

No levantaremos aquí ninguna bandera. La nueva normalidad de hoy la miramos con la misma distancia con la que tratamos hace un año a aquel new normal: es un concepto que no nos incluye y en el que no nos reconocemos. “El mundo ya no es para nosotros”. Bueno, construyamos otro, entonces. Uno propio, ojo. Paralelo y simultáneo. El ensanchamiento de la realidad precisa ahora mismo de un empeño más tenaz que nunca, porque los indios vienen por todos los lados. Hasta atacan en sueños. A veces, ni siquiera te dejan dormir.

Como alternativa para definir este caos de incógnitas en el que habitamos, a lo de la nueva normalidad hay que reconocerle un encomiable efecto relajante. Tan poderoso que dan ganas de irte a dormir con ella entre los brazos, como si fuera una bolsa de agua caliente para el dolor de vientre.

Algunas mañanas no nos encontramos. Otras tardes nos encontramos tan bien que hasta nos ponemos nostálgicos. ¿Qué vida llevará Greta? Ah, qué tiempos aquellos en que sólo teníamos que salvar el planeta… Ahora también hay que salvar a la humanidad. Es lo mismo, subrayan algunos. Y sí. “Sin planeta no habrá empleo”, leí en un cartelón. A la luz de lo que hemos vivido, todo suena estúpido. Bueno, a mí aquello también me sonaba estúpido antes.

Hemos de admitir que algunas tardenoches hemos querido destruir hoteles enteros, como las estrellas del rock: porque sabemos que no hay supervivencia que se pueda organizar alrededor de una canción del Dúo Dinámico, por más que se empeñen. Esto lo tuvimos claro desde los días en que el abuelo los insultaba cada vez que aparecían en el televisor, al otro lado de la mesa camilla y el brasero.

Participamos en ovaciones. Después sentimos, aun sin creer, que nos faltaban oraciones. Y sí, reclamamos nuestro derecho a desconectar. Y a volver a conectar. Porque, sinceramente, todo el mundo se puso algo pesado. O muy pesado. La gente, alguna gente, empezó a invocar ese otro mantra tan común en situaciones diversas: “Se viene un cambio de paradigma”. Después de esto, anunciaron en conferencia telemática, todo será distinto. El mundo será otro. Nosotros no nos reconoceremos. De hecho, ni la madre que nos parió nos va a conocer: nada extraño, dado que no tiene smartphone y llevamos no sé cuántas semanas sin verla.

Houellebecq, sin embargo, acudió a nuestro rescate y dijo que él no se creía nada. “No despertaremos, después del confinamiento, en un mundo nuevo; será lo mismo, sólo que un poco peor”. Ya sabemos que el escritor francés no puede ocultar su sociopatía, pero en medio de tan lúcida amargura soltó otra frase envidiable, por terrorífica: “La muerte nunca ha sido tan discreta como en estas semanas”. Lo de insultar al virus llamándolo “banal” nos pareció una extravagante genialidad: ni siquiera se transmite sexualmente. De pronto, nos había hecho reír. Adoro cuando nos reímos.

Lo peor de todo es que nadie sabe situar aún en qué punto de la flexible cronología en que vivimos hoy se encuentra exactamente eso que llamamos después. Creo que, para doblegar el tamaño de la incógnita, al final hemos resuelto trocear el después en fases manejables, que quepan en un catálogo de medidas, indicaciones y prohibiciones. Así podemos diferir el después al mismo lugar donde andan todas las cosas aplazadas. Todo eso, claro, que llamábamos vida. Y discutir sobre las fases y su geografía variable. Las incoherencias. Los aciertos. Los tecnicismos. Los expertos. La irresponsabilidad. El criterio. Esos bichos tan escurridizos.

Y así hasta el fin del mundo. Porque el juicio final nos pillará en una terraza.

Orwell conjeturó que lo que él llamaba nuevalengua acabaría desplazando a la viejalengua (es decir, el idioma tal y como lo hemos conocido) alrededor del año 2050. Ya sabemos que la pandemia está acelerando todos los procesos, así que los vaticinios de su portentosa 1984 podrían quedar demasiado largos. Como leí por ahí: hoy en día, cada vez que a un político se le ocurre un plan, lo primero que hace (y a veces lo único) es ponerle un nombre. Un nombre incontestable, tipo new normal. Luego se hincha el globo… y a volar.

Puede que al final no pase nada. Que el anuncio del cambio sea como los dos vídeos del Primavera Sound: un círculo concéntrico. O que regresemos más o menos al mismo punto del que partimos, ese señalado con su vena provocativa por Houellebecq: “Será lo mismo, sólo que un poco peor”. Un poco es un sintagma tan inconcreto como el después. Pero es lo que tenemos: nada. Todo esto es normal. Y nuevo. Y lo nuevo siempre es mejor. Eso lo sabe cualquiera.

Otra cosa es que, por el fragor de inmensa catarata que se adivina ahí adelante, tengamos la impresión de que vamos directos al desagüe colosal de la Garganta del Diablo.

Ajústense las mascarillas.

Ya nada será igual.

Pero todo será lo mismo.

Un meme dirá más que mil emojis.

It’s gonna be transplendent!


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