La vida allí

29 07 2016

Yo he sido un poco de todos los lugares en los que he estado, aunque de unos más que de otros. Y con el mismo fervor con el que he querido ejercer una íntima pertenencia a esos lugares, he atendido a la incoherencia artificial, a la mentirosa sugestión de tales pensamientos. Apenas somos turistas. Visitantes. O viajeros, que a la gente le gusta más, porque todos queremos ser lo que no son los otros. O lo que nosotros presumimos que no son.

Uno se quedaría a vivir en todas partes y en ninguna. Uno sabe que, como anotó Borges, el exotismo no es sino una construcción artificial, otra más, de las distancias: a mí me parecerá exótica la modesta calle a la que un balinés sale cada mañana para completar las rutinas de su día. Y seguramente lo mismo le ocurrirá a un viajero oriental con estas aceras, los edificios a los que no miro, este parque, estos jardines en sombra y este río que yo frecuento a diario, en los necesarios tránsitos de cada jornada. Tal vez por todas estas cosas siento con frecuencia que en realidad no soy de ningún lugar. O que, para ser más preciso, tiene muy poca importancia de donde en realidad sea.

la vida allí

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I’d like to rest…

22 04 2014

Esta noche me gustaría reposar mi pesada cabeza
en un lecho de estrellas de California
Desearía esparcir mis huesos cansados, esta noche,
sobre un lecho de estrellas de California

Ojalá pudiera sentir
tu mano acariciar la mía
y que me dijeras por qué
he de seguir adelante

La verdad, daría la vida entera
por apoyar mi cabeza sobre una cama
hecha de las estrellas de California
Y soñar que todos mis problemas
se desvanecen sobre ese lecho
de estrellas de California

Saltar después de mi cama celestial
y construir un día diferente
bajo las estrellas de California,
que cuelgan del cielo como uvas
suspendidas de sus luminosas parras
y dan calor a la copa de los amantes
como los vinos amigables

Así entregaría el mundo entero
por un sueño compartido:
Tú y yo, en un lecho de estrellas de California.

 

[Siento admitir que sólo me reconozco completo en el viaje, como acabo de hacerlo. Cuando me pierdo y te encuentro, en calles desconocidas, cuando alcanzo a vislumbrar lo que me era desconocido, las voces extrañas, el rincón ignorado, y en silencio voy dejando que mi pesada cabeza construya el prodigio de los recuerdos que habrán de ser. Y que yo trataré de forma inútil, mas emocionada, de levantar en canciones que los hagan brotar. Hay tantas cosas que ya no puedo contarte… Y tantas veces he preguntado, te he preguntado, por qué he de seguir. En el mientras tanto, me refugio en esta pequeña habitación cuadrada, mi infantil castillo de libros, el único lugar que es todos los lugares y todas las personas y todos los momentos y todos los veranos y los inviernos, noches y días al mismo tiempo; el único al que puedo volver para vislumbrar todo lo que me fue desconocido, las voces extrañas, el rincón ignorado. Y callado, o imbuido de estas músicas, convocar el inagotable prodigio de mis recuerdos, donde nada ocurre en el orden prefijado de los relojes o el calendario].





Estofado irlandés

9 03 2012

Cada año debemos salir en peregrinación hacia los santos lugares, que no siempre son lugares santos. De hecho, casi nunca lo son. Es verdad que hace pocos meses admiramos la portentosa biblioteca de Santa María Novella en Florencia, el grandilocuente crucifijo suspendido de Giotto, las cúpulas rojizas y las portadas pálidas de la Toscana, el túmulo funerario de Buonarroti. Esta vez, sin embargo, la propuesta consiste en domesticar el espíritu ahogándolo con rugby, entre los contrafuertes cristalinos del Aviva Stadium de Dublín. Una ciudad para la circunspección audaz de un Joyce o la diletancia sin inhibiciones de un Wilde. O para extrañar al lesionado Paul O’Connell y aún más a Sean O’Brien; y añorar el duelo que esos dos armatostes se hubieran jugado arriba y abajo con nuestras últimas esperanzas azules: David Denton, el panocha Gray, el escurridizo Laidlaw… Es la llamada de Irlanda, el himno que el rugby usa para convocar bajo su capa a las cuatro provincias (Ulster, Munster, Leinster y Connacht), el reclamo que no podemos dejar de atender.

Una de las célebres campañas de Guinness con el rugby como motivo: el protector bucal es la espumosa corona blanca de la pinta: 'Guinness-Rugby, The Perfect Match', el encuentro perfecto.

No pisamos la tierra de Dublín desde el verano de 1998, cuando hicimos la vuelta a la isla en el sentido contrario a las agujas del reloj. Entramos desde el País de Gales por el sureste, en una travesía de luces tibias por el perezoso sol irlandés de media tarde y varias pintas de Guinness tomadas con la espalda contra las paredes blancas de cubierta. A la llegada al puerto de Rosslare agarramos un Corsa que nos traíamos de casa y describimos una briosa vertical en paralelo a la costa oriental de la isla. Pasamos la primera noche irlandesa en la generosa granja que fatigaba el padre de un amigo en los alrededores de Arklow, a medio camino en dirección a Dublín. Lo que siguió fue un periplo que enseguida iba a adquirir caracteres míticos, si se acepta el término en referencia a una mínima historia privada. Un viaje, en la más hiperbólica acepción del término, que todavía nos vemos obligados a recordar de vez en cuando para dejar constancia de que por aquellos días debió de ser la última vez que nos sentimos jóvenes con toda la razón. En medio del exceso de semana y media, Dublín apenas me dejó apenas imágenes borrosas, por la cantidad de pintas de cerveza stout que fuimos capaces de acumular entre los elásticos confines de nuestro organismo. No recuerdo bien si pasamos allí dos días o tres, antes de cruzar el mapa en horizontal hacia la costa atlántica. Sólo recuerdo las noches. O una noche en la que se confunden varias.

Pero de Dublín (de Irlanda en general), uno se trajo enseñanzas que darían para una película de esas que llaman de viaje iniciático, por el impacto moral que producen: 1) Que esa gente tiene cervezas negras que son AÚN MEJORES que la Guinness, aunque algo así suene a inaceptable perversión de la naturaleza y a desafío contra la misma certeza de la existencia. Y 2) Que en Dublín las noches pueden perfectamente empezar a la hora de comer o incluso antes, sin perjuicio de lo que establezcan el reloj del Trinity College o el movimiento de traslación del planeta Tierra con respecto al Sol. Y así, apenas nos levantamos de la cama en nuestra primera mañana tras nuestra primera noche, entramos a comer en un pub hechos un hatajo de tres pordioseros estragados y, varias pintas y un estofado irlandés más tarde, nos habíamos convertido en un ejército invasor dispuesto para la toma del castillo de Blarney si fuera preciso. Al no albergar un natural peleador sin razones poderosas por medio (pongamos por caso, la discusión por una pelota ovalada) decidimos parapetarnos de taberna en taberna. Digamos que serían no más de las dos de la tarde para cuando agradecimos el estofado y sus maravillas y pasamos al café irlandés. A partir de ahí, nos precipitamos por un tobogán de pintas que nunca se terminaban. Y para nosotros, al margen de la luz del exterior, todo fue una larga noche que volvió a prolongarse hasta bien entrada la madrugada. Como es natural, este tipo de comportamientos poco cristianos conllevan sus lógicas consecuencias: quedó registrado que yo podía derramar casi tantas pintas como me bebía y dejar sin ropa limpia a uno de mis conmilitones de viaje nada más iniciar el recorrido; y que es posible que tres amigos enganchen durante diez días una ristra de borracheras y discusiones interminables que constituían el fantástico epílogo de las largas noches de juerga. Qué forma bizantina de discutir procura la Guinness. Nadie se rendía hasta que el oponente no se quedaba dormido. Y a la mañana siguiente, estofado irlandés. Y luego un cafecito. O dos o diez. Irlandeses, claro. Y tan amigos como el primer día. Y vuelta al pub. Y a la vida. Y ahí seguimos.

Llegados a este punto y a modo de corolario, pincharíamos aquí algún tema bien beodo de los Dubliners o calzaríamos un par de citas de George Bernard Shaw o de Joyce o aún mejor del señor Wilde (esas que decoran las paredes de las inquietantes tabernas irlandesas que han invadido el orbe completo) y quedaríamos como señores. No lo haremos. A cambio, contaré que en cierta ocasión mi entrenador de rugby, en un exceso de confianza innegable considerando que hablaba con un pilar de nacimiento, me agarró a la finalización de un entrenamiento entre barro y aguanieve y, sentándose a mi lado, sacó de su bolsa un ejemplar del Ulysses. Me miró durante algunos segundos con él en la mano, mientras yo me sacaba laborioso las medias encharcadas, haciendo que el libro se balancease en su mano como si fuera a decirme cuántos gramos pesaba la edición. Desvió un momento la vista y, seguro de que nadie en el resto del vestuario nos mirase, me preguntó: “¿Tú has leído esto?”. Se me endureció el cuerpo y, envarado por la tensión, admití: “Mira, algunos capítulos sueltos, pero… debo confesar que no puedo con él”. Vi en sus ojos cómo se le relajaba la culpabilidad existencial que lo había atrapado en el intento. Procedió a devolver el libro a su bolsa y, sin mirarme, mientras se levantaba dijo: “Menos mal. Creía que era un problema mío”. Yo terminé de bajarme las mallas y, liberada la carne, me fui a la ducha.

A falta de los Dubliners y sus baladas aguardentosas, les dejo otra voz áspera que en estas fechas tan señaladas escucho mucho: el señor Mark Lanegan (ex Screaming Trees, ex Queens of The Stone Age, ex Gutter Twins… y otros) y su banda. Nada que ver con Irlanda, aunque podría bucear en su ascendencia, con ese apellido. Su último disco, Blues Funeral, parece sublimar el poder hipnótico de las voces pedregosas, habitadas en simultaneidad por varios seres en conflicto como nosotros por las noches de Dublín. El acuerdo final, sin embargo, es una delicia canalla, una hermosa fantasmagoría, árida e inquietante como esta Canción del Sepulturero.





El viajero del traje blanco

30 11 2011

Por casualidad, o porque uno vive decididamente más atento a lo innecesario que a lo fundamental- he sabido que el 1 de diciembre se cumplen 176 años del nacimiento de Mark Twain, el padre de la literatura norteamericana: “El primer escritor que disfrutó de la fama reservada entonces a los Presidentes, los generales y los predicadores que le pegaban fuego a graneros”. La efemérides es lo suficientemente irregular, en cuanto a la cifra, como para celebrarla con algunas palabras de agradecimiento. Una coincidencia, porque llevo días pensando en escribir sobre Mark Twain sin decidirme a hacerlo, tal vez porque, como él mismo dejó dicho, “hacen falta unas tres semanas para escribir un discurso improvisado”.

No acierto a recordar en qué momento pasé por encima de la evidencia de que Mark Twain es el autor de Huckleberry Finn y Tom Sawyer y me encontré al autor cuyo nuevo libro celebro siempre que me lo cruzo. No está mal para un señor que nació en 1835, con la visita del cometa Halley, lo que le hizo predecir: “Me iré de este mundo cuando el cometa vuelva a la Tierra”. Y ocurrió: en 1910, al día siguiente del fenómeno cósmico, Twain murió. Antes, a lo largo de su vida, había anticipado en un sueño premonitorio la muerte de su hermano, a quien entrevió en un ataúd vestido con un traje suyo. Se interesó por la ciencia, conoció a mandatarios, formó parte de la primera sociedad de parapsicología de Estados Unidos, lo visitó Thomas Edison, trabajó en una imprenta, como cajista, como piloto de un paquebote en el Mississipi, fue periodista, reportero, conferenciante… Sobre todo fue viajero. Y ahí nos cruzamos, por envidia tal vez, el día en que en la sección de literatura de viajes -un genero encantador, siempre que uno encuentre al viajero adecuado- vi el primero de los tres volúmenes de una serie titulada de manera salvajemente evocadora: Viaje alrededor del Mundo siguiendo la línea del Ecuador.

Mark Twain, con su traje blanco, su cabello blanco, su bigote manchado y una pipa dispuesta. De acuerdo a Faulkner, el padre de la Literatura americana.

Recuerdo haber devorado aquellos libros, haberme reído incansablemente con sus chanzas, sus despreocupados comentarios, la mordacidad de los juicios, la inteligencia de los comentarios, el ojo crítico, la piedad y la preclara singularidad de sus observaciones acerca de razas, pelajes, hombres, costumbres, tribus, credos, colores, lugares. Y haberme revolcado felizmente en la maravilla de sus construcciones sintácticas, como un perrillo en un jardín de barro. Twain (nacido Samuel Langhorne Clemens) es mi autor americano favorito. El que más me divierte. El que más me estimula. El que más me gustaría ser. Sí, uno daría algo por esos mundos alambicados de Faulkner, por la pérfida imaginación de Poe, por la curiosidad generosa de Truman Capote, la potencia descriptiva de Herman Melville, la conciencia de Steinbeck, sus arquetipos, cómo no por las frases como disparos de Hammett y Chandler, y también por algo de Richard Ford o Pete Dexter… Cualquier cosa, T. S. Eliot, Dos Passos, Norman Mailer. Sí, pero sobre todo entregaría cualquier precio estipulado por haber embarcado con Twain en su vapor, por fumar una pipa en el descanso del crepúsculo en la cubierta del Quaker City; por haber descubierto el Pacífico Sur en sus viajes siguiendo la línea del Ecuador, o en el fantástico periplo alrededor del mundo (Estados Unidos, Europa, Tierra Santa… el primer viaje de turismo organizado de la historia, como lo definió él) que escribió por entregas y que están reunidos en el libro llamado Los Inocentes en el Extranjero,  también publicado en España por Ediciones del Viento con el título de Guía Para Viajeros Inocentes.

Y desde luego, en su Vida en el Mississipi o en Un Vagabundo en el Extranjero. Como hago ahora con su viaje de dos semanas en diligencia atravesando Estados Unidos desde Missouri a Nevada: un viaje que iba a durar tres meses, para acompañar a su hermano Orion, nombrado ayudante del gobernador de Nevada, y que acabó prolongándose durante nueve años en los que Mark Twain conoció el Oeste salvaje, durmiendo al raso o sobre la montonera de sacas de correo que portaba la diligencia; sus vuelos por las llanuras, las Rocosas, el terror a los indios y, de fondo, la fiebre del oro. Ese libro se llama Pasando Fatigas. Es de una felicidad infatigable. No debería terminarse nunca.

Uno viaja y escribe, viaja y lee. Las dos, las tres cosas van íntimamente unidas. Cada vez que hay que salir de casa, los dedos quieren en los estantes a Julio Camba, a Josep Pla, a Stevenson y, por supuesto y por encima de todos , a Mark Twain. Esta vez lo llevé de paseo por Italia unos días. Y mientras las televisiones transalpinas rezaban por el nuevo gobierno de Mario Monti, mientras yo rendía culto a las tumbas de Galileo, Maquiavelo, Dante o Miguel Ángel en Florencia, mientras observaba las huellas de Leonardo, la escuela florentina, los crucifijos pintados de Ghiotto, las catedrales, las basílicas, las plazas medievales, las torres, los viñedos toscanos… iba pensando en el desapego descrito por Twain en esos mismos lugares hacia el arte clásico, la repetición insaciable de los temas, la entrega del genio artístico a la glorificación de los poderes religiosos, civiles y económicos. Ese escepticismo, el hartazgo de la belleza, su tirria por los guías de viaje, su negación del descubrimiento como producto: “Si el gran Tiziano hubiese contado con el poder de la profecía y hubiese dejado de pintar uno de sus mártires para irse a Inglaterra a pintar un retrato de Shakespeare, aunque fuese de joven, del que todos pudiésemos fiarnos ahora, el mundo, hasta el final de los tiempos, le habría perdonado el mártir perdido”.

Cosas así decía Mark Twain. Y cosas como que, si uno dice la verdad, jamás tendrá que acordarse de nada. El hombre que fumaba en pipa y repetía que, de joven, “podía recordar todo, hubiera sucedido o no”. El que prefería el Paraíso por el clima… y el infierno por la compañía. El que consideraba al Hombre un experimento cuya validez habrá todavía que probar. O que el único motivo por el que nos alegramos en las bodas y lloramos en los funerales es que no somos la persona implicada. Decía. Un viajero que sostenía que “la verdad es mucho más extraña que la ficción”. Y que acertó a definir: “Para Adán, el Paraíso era el lugar en el que estaba Eva”.





El Puerto-Sancti Petri-El Puerto

19 06 2011
 
A mis tíos, a cambio de sus incansables relatos de tiempos, lugares e individuos, y por su condición de anfitriones de la gloria.

En cuanto la autoridad competente declaró el estado de Ley Concursal, le tiré tres preguntas mal medidas a Agapito encima de la mesa y, mientras aún contestaba, rajé camino del Sur. Yo soy débil. A mí los estados excepcionales me impresionan demasiado: esas entrevistas a letrados, abecedarios prácticos para que el lector se maneje en las modernas suspensiones de pagos, términos como quitas, el cash flow y otros conceptos que yo no aprobaba en la carrera ni a martillazos, las ruedas de prensa de los administradores judiciales, pormenorizadas listas de acreedores… Oigan, todo demasiado concreto para mi gusto de artificioso alegorista del juego llamado fútbol. Si al final del año llegué ya medio aburrido, este proceso ha acabado con mi párvula resistencia.

La Cala del Frailecillo, en Roche, tomada por el sol, la bravura del agua y al abrigo de los vientos.

De modo que me subí al estribo de un tren y, pocas horas y unos álbumes de Shed Seven después, me dejé caer suavemente entre las arenas tibias y las calles encaladas. Primero el Puerto de Santa María, un lugar atractivo desde su mismo nombre. Hay que creer, como decía un señor Borges, en el prestigio de las palabras. También en el de los nombres. No en vano, es en la elección de apellidos y patronímicos donde un autor arriesga buena parte de la credibilidad (que no la innecesaria verosimilitud) de su narración. El Puerto de Santa María, entonces, cuando uno lo pronuncia, es nombre que viene como cantado, con esa cadencia de vaivén fonético que lo pone a uno en paz de inmediato, como una orden. Y además, aunque en el Puerto aparezca de forma obvia el nombre de Alberti, uno lo asocia mejor con otro autor que nada tuvo que ver con el poeta, salvo la juguetona desinencia del apellido, ni desde luego con su tierra: el uruguayo Onetti. El viejo Onetti vino de otro Sur, de Montevideo y Buenos Aires, para vivir y morir en Madrid, y de un modo u otro siempre anda conmigo como una agradecida pero vigilante presencia de ojos saltones, descreídos detrás de sus gafas negras de concha; y esta vez lo ha hecho literalmente, en la forma rotunda de sus Cuentos Completos, prologados con brillante sensibilidad por Antonio Muñoz Molina. La razón para esta hermandad íntima que yo fundo entre Onetti y el Puerto no es otra que el nombre de Santa María. Porque yo escucho Santa María y ya pienso no más que en El Astillero, en Larsen, el Juntacadáveres, el doctor Díaz Grey y los desesperados personajes, entre bocanadas de humo en la cama, del viejo Onetti acostado, escribiendo el relato que leí anoche, Avenida de Mayo-Diagonal-Avenida de Mayo. Hay que creer en los nombres. Y en el poder del relato para la colonización de territorios ajenos entre sí.

Trenzado de arboladuras en los amarres de Puerto Sherry, un lugar en el que los atardeceres pueden durar días enteros.

Un viaje es un lugar, claro, pero es también y desde luego un libro o más de un libro, la música que los rodea y las palabras de quienes cuentan el lugar para darle la forma que los sentidos no alcanzan. Las personas, sus relatos, los acentos que te rodean y los sabores. Fue primero el Puerto con el remate de De Vidas Ajenas, de Emmanuel Carrère, un libro de amor y felicidad arrebatada a la desesperación. Un relato de no ficción sobre vidas, muertes, amores, miedos y dudas ciertas y verdaderas. De esos que, como todos los de Carrère, al acabar uno no deja en el estante y se olvida, sino que al devolverlo a la habitación de los relatos, sabe que el gesto sólo responde a un hábito o una convención de órdenes hogareños, pero en realidad inútiles: porque ésta de Carrère es una de esas historias de inaudita potencia que uno se lleva ya clavada dentro. Y ahogado con él dentro, rematado en la Puntilla y los muros soleados de Villa de Calpe, salí del Puerto para llegar a Sancti Petri, otro nombre sobre el que no es preciso decir apenas nada porque resume todas las historias y todos los espacios, de Roma al Castillo por la calzada, de los piratas berberiscos a las almadrabas, del almirante Nelson al faro, de París a Londres, Trocadero y Trafalgar, la guerra al moro, Galdós, la Constitución Liberal, la duna móvil de Bolonia, aquel refrescar manzanilla de los versos, el Teatro Falla, el Mar la Mar, la Caleta, la bahía, la leyenda del tiempo de un Camarón, las tortillitas de Balbino, el Lute escapando del penal del Puerto, la Casa de Castrillón y la Tacita de Plata, un joven de 18 años dormido en un cine o sentado contra el atardecer en la Corredera, mirando abajo Medina, más allá de la vega, pero rozando mientras la piel de la joven que lo acompaña… Y las mujeres cobijás de Vejer, los zaguanes embaldosados, las almenas moriscas, la frontera, la isla de las Palomas, la Punta Marroquí, la defensa de Tarifa y el cuchillo arrojado a la leyenda de Alonso Pérez de Guzmán…

Como si flotara en medio del agua, como un espigón olvidado por la historia en un punto inaccesible, el castillo recuerda que todos los caminos de Roma conducían a Sancti Petri.

Eso y más está aquí, entre las piedras sagradas. Y un centenar de navíos franceses y españoles y británicos, los 63 cañones de un naufragio enseñoreados de vida marina y de pérfidas corrientes entre las que aprendí a jugar, como un astronauta en órbita lunar (Bunbury, también en el Puerto), entre los seis y los 23 metros de profundidad, mar abierto frente al cabo de Roche. Por la mañana los restos bicentenarios (octubre de 1805) de la batalla, las sombras de los navíos, la munición depositada en el lecho marino y las poderosas anclas rendidas al juego de los peces. De vuelta, la bajamar desvelaba la augusta calzada que un día vino a los pies del castillo. Por la tarde, el faro legendario sobre el cortado, y desde allá arriba enfocar con los prismáticos la muchedumbre del agua e imaginar los fogonazos de aquellos cañones hundidos, en el mismo mar en el que ahora cuatro muchachos juegan a hacer Hawaii sobre sus tablas en los rompeolas bohemios de los Caños de Meca.

Todo eso. Lo consignado y lo intuido. Esas cosas que se escapan no porque uno no las sepa ver, de tan evidentes, sino porque no las sabría decir. Estos rincones preferidos son una tierra y son el agua, serranía y mar, pero por encima de cualquier otra cosa son el cielo pintado de luz que define a la costa y que aspiran a repetir los cazadores de lo etéreo. Dígase un pintor o dígase alguien que, como yo, pasa siete días mirándolo y ahora quiere reflejarlo de forma tan torpe como impune en esta otra luz de silicio azul.





El frío psicológico

20 12 2009

Alessandro del Piero, celebrando un gol bajo la nieve turinesa.

Cuando después de varios años escribiendo de baloncesto en acogedores pabellones el Periódico de Aragón me convirtió en cronista de fútbol, los Reyes me pusieron un conjunto de forro polar y botas de montaña. Una demostración plena de sabiduría. Porque yo no tengo ni idea de cuál fue el primer partido de fútbol que vi en mi vida ni de cuándo pisé La Romareda por primera vez, pero sí tengo clasificados los tres o cuatro partidos en los que más frío he pasado en las tres décadas largas que llevo paseándome por los campos de España, que diría el otro. Y dos o hasta tres de esos días de pavorosas temperaturas, por cierto, se han concentrado en las últimas dos semanas, lo que me hace pensar que éste es el mes que más frío he tenido en toda mi existencia; y mira que yo he conocido los hielos del sur y cruzo los puentes del Ebro a menudo en bicicleta, con el cierzo pegando de costado. Pero eso no es nada. Nada. Aunque este somniloquio le debe su procedencia a diversas latitudes, es en realidad hijo del norte de Italia, porque en el norte de Italia fa freddo allo stadio. Pero freddo que corta la respiración, no cualquier cosa. Todos hemos visto esos partidos invernales del calcio que chelan hasta la pantalla del televisor; partidos en los que ya no se sabe dónde acaba la bengala y dónde comienza la niebla, y de qué glándula procede el vapor de locomotora que les brota a los futbolistas de todo el cuerpo; como al Sepia cuando descendió a pulso los 411 escalones del campanario de la catedral de Florencia, y al pisar el Duomo le subía de las paletillas una humareda que parecía una empanada recién salida del horno. 

No se me olvida un Zaragoza-Barcelona el día de Reyes no sé si del 85 o por ahí, del que me queda un chicharro tremendo del boquerón Esteban que vimos desde el Gol Jerusalén, las fuentes del parque cristalizadas de hielo y un buen samaritano que repartía piedad por la grada en la forma de un humeante termo de café con leche. Los catalanes y sus asociados ganaron el partido y nosotros estuvimos a punto de perder los pies. Me recuerdo bajando Fernando el Católico abrumado por el temor a que los pies se me partieran por la mitad, como si los hubiera bañado en hidrógeno. 

Sin embargo, no pasé tanto frío aquel día como el año en Segunda División. Porque en Segunda hace más frío que en Primera, sobre todo en el Carlos Belmonte de Albacete. El Mundial 82 aportó el tópico de que el estadio más ingrato de España era el Nuevo Zorrilla de Valladolid, donde la pulmonía hacía estragos como la peste negra del siglo XIX. Algo tendrá de verdad cuando hasta la campaña de abonados del club explotó el concepto, con la ayuda de Leo Harlem, pero en Valladolid hay en la tribuna de preferencia unas estufitas colgantes que algo mitigan el drama de las noches de fútbol. También en Soria y en Vitoria y en Pamplona hace frío, claro, pero a mí no me ha tocado sufrirlo como me tocó aquella tarde en Albacete. Y en El Plantío burgalés jamás estuve. Lo que más se le acercó fue Salamanca la misma temporada, pero nos parapetamos en unas cabinas muy convenientes y salvamos el cuello de milagro. 

En el Belmonte, sin embargo, las condiciones invitan a la tragedia. La tribuna de prensa está subida a las últimas filas bajo el voladizo de la grada principal, más o menos como en La Romareda, pero con una diferencia vital: en nuestro estadio el encajonamiento de los pupitres sobre el ángulo superior del campo hace de protección, pero en el Belmonte el muro no se cierra por detrás del graderío. Con lo cual, estábamos sentados viendo al equipo aquél de César Ferrando contra el equipo aquél de Paco Flores y, por la trasera, ingresaba en nuestros lomos generosos un ventarrón de hielo que nos congeló la riñonera con mano de acero. Tanto frío hacía que por la nariz me corrió todo el tiempo un delgado hilo de moquita de abuelo resfriado, mientras Perera nos vacunaba. Lo peor fue que el Oso, vaya a saber por qué, de pronto empezó a sangrar por los orificios nasales como un chiquillo. Del frío debió de ser que se le reventaron los huesos propios, así que tuve que prestarle mi inmarcesible pañuelo para corregir la hemorragia y me quedé sin otra defensa contra el moquillo que la manga del tabardo. Durante años pensé que aquella terrorífica tarde en Albacete quedaría en mi memoria como el día que pasé más frío en toda mi vida, porque yo no hice la mili y entonces me ahorré las infames imaginarias en la garita de la PM, con los marianos bajo el uniforme de campaña. Albacete había sido todos estos años mi Waterloo térmico… hasta que viajé a Italia. 

Yo no puedo explicar con palabras el frío que pasé en Turín mirando a la Juventus ganarle al Inter en el viejo Comunale, ahora Stadio Olimpico. Si supiera escribir y precisar las sensaciones con las palabras… Pero el frío que llegué a tener ahí… no me alcanza con nada. Porque una cosa es tener frío, como por ejemplo este sábado último en el Bernabéu, una mala noche para ir al fútbol a ver al Zaragoza, si es que queda alguna noche decente para mirar eso que aún llamamos Zaragoza pero que ya cuesta identificarlo. Sí, ahí pasamos frío el argentino y yo; no digamos cuando empezaron a nevar goles, al minuto dos: y nos preguntamos para qué habríamos ido. Lo bien que se ve el fútbol en televisión (sin comentarios) no se puede creer. Ahora, en el Bernabéu también funcionan las estufas colgantes, y nos protegíamos cada rato en el interior para aflojar la vejiga y comentar la jugada con la guardia privada del estadio. También en la zona mixta hay plantados unos calentadores de pie de esos que parecen hongos incendiados, y que su papel hacen: había una periodista francesa, que no pesaría 40 kilos recién desayunada, que renunció a cualquier entrevista hasta la hora en que salió Benzema. El resto del tiempo se lo pasó bajó el calor amable del hogar, como un gatico adormilado en el lomo de la estufa. 

La condición distintiva del frío turinés fue que no permitía escapatoria. Ningún lugar a donde ir. La gente blanquinegra nunca llenó el estadio Delle Alpi porque su nombre les parecía demasiado ajustado a la realidad: efectivamente, aquello debía ser como ir a ver un partido de fútbol en lo alto de una cumbre alpina. Así que remozaron un poquito el modesto Comunale y lo llamaron Olimpico. Ahora está lleno (25.000 asientos, no es para tanto), pero no tiene las comodidades de los grandes estadios. “Il vecchio Comunale e una vergogna”, me decía un colega tano que tomó asiento en el pupitre inmediato al mío. Su terno era despampanante: una gorra de campo, unos pantalones de color azulón, zapatos negros de horma redondeada y un abrigo de tweed en tono salmón. A duras penas alcancé el descanso, momento en el que rajé a toda prisa hacia las tripas del campo, buscando una salita donde recomponerme el termostato. Vi una fila no demasiado numerosa de gente que accedía a un área reservada, a cubierto y con un barito. Lo que necesitaba: bien la Juve, bien… trata a la canallesca con mimo. Cuando ya tenía pie y medio en el refugio, dos tipos me pararon para relojear mi acreditación: “Reservado para Tribuna de Honor… prensa no”. Pensé: ¿Y si me echo a llorar? El único garito disponible quedaba al aire libre, fuera del campo. Apenas un contenedor reconvertido en mostrador. Guardé la fila junto a un par de aviones infernales protegidas por su atento ragazzo. Cuando llegué, dispuesto a pedir un litro de té a 200 grados, la chica me anunció: “No queda té, sólo refrescos”. La miré largamente a los ojos. Si hubiera tenido algo más de soltura en el idioma le hubiera anunciado que tenía ante ella a un hombre clínicamente muerto. De frío. Me aparté. Sólo se me ocurría ya colarme a lo banzai en el vestuario del Inter y abrazarme a Diego Milito, dar la charla con Mourinho y mandare a cagare a Ciro Ferrara de camino al campo. Lo siguiente que pensé, ya sí en serio, fue lo que distingue la ocasión turinesa del resto: estuve a punto de abandonar. De irme al hotel. Comprendí lo que debe de sentir Pauner en sus innumerables no-ascensos a los ochomiles del planeta. Ni siquiera sé vivaquear. Así que por un momento, un largo momento en que estuve parado a la entrada de la escalerita del Comunale, bordeé la renuncia. Llamar al doctor Reyes y confesarle, con un hilo de voz: “Soy débil, no puedo”. Pero como soy aragonés, salí a la intemperie y me vi la segunda parte. 

Así que uno no ha sufrido el hambre, pero sí ha conocido el frío. Uno ha pasado un frío inhumano en los estadios de fútbol, un frío de otro mundo, un frío de invierno ruso, de campaña napoleónica, ese frío demoledor, atroz heladera que toma el cuerpo en invasión desaforada y no se retira hasta unas cuantas horas después. El frío que se combate en los descansos, de manera inútil, con un caldito, un té caliente, un expresso, un carajillo, un cognac ardiente, el chocolate espeso. El frío que, cuando abandonas el estadio, serías capaz de rebanarle las bolas a un chucho por encontrar un taxi y refugiarte dentro y decirle al tachero“Óigame bien, me sube la calefacción a todo lo que dé y me lleva a cualquier lado, cuanto más lejos mejor”. A la salida del Giusseppe Meazza, por ejemplo, encontramos una modesta paradita de taxis que asaltamos como forajidos, cuando ya estábamos a punto de empezar a devorarnos los unos a los otros como los uruguayos en los Andes. Alegres del hallazgo, conforme nos acomodábamos le comenté al chófer: “¿Pero por qué hace tanto freddo?”. A lo que, como era previsible, me contestó: “¿Qué frío? Esta noche no hace frío”. Temí que a continuación propusiera la reconvención habitual de los mayores: “Buena Italia habéis conocido vosotros: antes, antes sí que hacía frío”. En cierto modo nos dijo lo mismo, pero de manera harto más despectiva. ¿De dónde vienen ustedes, muchachos, de Sudán?”. “De España”, le informé. “Bueno, casi es Africa…”, fue su comentario. Y nos miró uno a uno como diciéndonos flojos, como diciéndonos finos, estirados, friolentos… Nos llevó a una pizzería que cerraba tarde y, a la hora de cobrar, sólo le faltó decirnos: “Son doce euros, putitos”.





El atroz encanto de los malos

17 12 2009

Le conocieron en Perugia como L'Assassino y más tarde como Matrix. Marco Materazzi, el futbolista de los 25 tatuajes (récord mundial por delante de los 18 de su antagonista estético, Beckham) afirma: "Yo no soy un diablo; júzguenme como a un hombre".

Venía encapuchado en su chándal interista de cabezal blanco, grande y oscuro, siempre acunando la fiera que le duerme adentro como un volcán; venía con la mirada al frente igual que un soldado, erguido en la dignidad disuasoria de los villanos. Podría llamarse Jack Palance o Lee van Cleef. Pero en sus días de oscura gloria teatral en los campos de fútbol lo apodaron El Asesino y luego, cuando ya había traspasado las barreras para convertirse en un icono pop, pasaron a decirle Matrix por sus patadas voladoras. El tipo que quería no tanto ocultar su rostro como subrayar la distancia de su figura portentosa venía caminando por la zona mixta de San Siro y dejaba pequeños a los de alrededor. Uno de los empleados le cruzó a su zancada de tumbador un saludo de admirativa familiaridad: “Grande Marco!, ciao Marco!”. Entonces supe que era él y que se me había escapado: Marco Materazzi.

El diálogo entre Materazzi y Zidane en la final de la Copa del Mundo valdría para una película de cine negro postmoderno o para un western futbolístico, si Tarantino o Scorsese se pusieran alguna vez a ello. Ese cruce de provocación, réplica y cabezazo en el pecho posee la enferma grandeza de los silbantes guiones de los años 40. Algo de este tipo, mi diálogo favorito de El Sueño Eterno, cuando el malevaje Eddie Mars descubre al detective Marlowe en el caserón donde todo huele a podrido y desaparecen los cadáveres.

Eddie Mars: -Qué coincidencia, eh… usted no tenía una llave y la puerta estaba abierta.
Marlowe: -¿Verdad que sí? A propósito… ¿cómo es que usted sí que tenía llave?
Mars: -¿Es asunto suyo?
Marlowe: -Podría hacer que fuera asunto mio.
Mars: -Y yo podría convertir sus asuntos en asuntos míos.
Marlowe: -Oh, no lo haga… No lo pagan demasiado bien.

Todo esto a una velocidad de metrónomo enloquecido, con una frase que se encaja en la anterior con el ruido metálico de los cerrojos de una mazmorra. La de aquella noche germánica fue así. Materazzi le agarra la camiseta a Zidane. Y Zidane, con prosopopeya de barrio marsellés y fútbol de toda la vida, le invita:

-Si quieres, cuando termine el partido te la regalo.
-Prefiero a la puta de tu hermana.

O al menos eso le leyeron en los labios los intérpretes sordomudos que contrató para el caso una televisión brasileña. Chandler, o Faulkner que escribió el guión, hubieran obviado el insulto en El Sueño Eterno. Tiene un aire más de Scorsese o Tarantino, está claro. Pero posee la misma estatura dramática, ingenio y velocidad de reacción, por las dos partes. Además nos permitió -como afirma un conocido argentino- observar la mejor escena de retirada del fútbol que ha producido la historia de este juego: “Un grande no se va del campo con flores; un grande contribuye de manera dramática a que su equipo se vaya derrotado, sale expulsado por pegar un cabezazo y entra en el vestuario puteando y dándole patadas a las botellas de agua y las puertas de los retretes”. Uno sólo puede asentir. Matrix contribuyó a la gloriosa leyenda de Zidane. Aún mejor salir del campo a la marsellesa que irse de la mano de una enfermera.

Si digo que se me escapó Materazzi es porque quería fotografiarme con Materazzi. Tengo un irrefrenable lado canalla. Sentí al verlo la misma oscura atracción que me llevó a ponerme aquel día frente a Mike Tyson en Las Vegas y estrecharle la rugosa mano agresora, detenerme en la sonrisa caníbal, en sus ojos como de bestia irracional. Poco antes de que saliera Materazzi había atravesado el mismo pasillo Luiz Figo, impecable con su mandíbula cuadrada de hombre bello. En los bajos del Comunale de Turín también me crucé con Michael Laudrup, impoluto en el trato como lo fue en el campo, serenamente elegante de madurez y franqueza en las facciones. Le propuse que se viniera al Real Zaragoza. Me pareció que tal vez su prestancia nos ayudaría a salir del previsible fango. Me replicó a la broma con tanta corrección que tuve que dejarlo por perfecto: me hacía parecer un gañán y me fui a darle mordiscos a la torta de frutas con la que la Juventus agasajó a los periodistas al final del partido.

Frente a tanta lucidez presencial, Materazzi ejerce sobre mí un tipo de seducción mucho más perversa. Me gustan los malos, sobre todo los malos italianos, tal vez porque siempre los he considerado personajes de una película que se llama fútbol, y son precisamente los villanos los que mayor rotundidad alcanzan en la composición de sus caracteres. Para qué nos vamos a engañar: entre John Wayne y Alan Ladd nos tenemos que quedar con Wayne a la fuerza, porque el dramático hervor íntimo del hombre tiene mucho más que decirnos que la rubia transparencia del tímido Shane. Enric González, en sus fabulosas Historias del Calcio, califica a los futbolistas en dos tipos: los violentos desorganizados (ese Iniesta que de repente, en un acceso de ira, larga una patada alevosa y torpe) y los violentos organizados, que le agregan a su violencia la alevosía del pensamiento anticipado. Naturalmente, Materazzi pertenece al segundo grupo. Su personaje tiene una potencia tan enorme que roba cualquier escena. A veces es tan atroz como otras gran defensa. O lo fue. Tiene 36 años y le cuelga del tiempo una leyenda culminada en el Mundial de Alemania.

É un diavolo! Jose Mourinho, el entrenador que ha conseguido estilizar la perrería clásica del fútbol: tiene un aspecto atildado incluso con aquel abrigo de pordiosero que tanta fortuna hizo en sus días en el Chelsea.

Hay otro tipo de malo: el malo psicológico. El ideólogo, el villano racional, el estratega de la depravación, el consumado, ladino, astuto, malicioso, perspicaz, altanero, frontal, soberbio, hábil, fino y diestro hombre de la tiniebla. En el fútbol de hoy, ese tipo se llama Mourinho. Si alguien tuviera la destreza psicológica precisa para descomponer a un personaje así, habría que desgranar el modelo que ha permitido al entrenador portugués del Inter transformarse de traductor del entrañable Bobby Robson en la encarnación richeulieana que ahora representa. Si Materazzi refiere a un personaje tarantiniano (Guy Ritchie -un mediocre Tarantino a la británica- advirtió el potencial cinematográfico de otro enemigo social, Vinnie Jones, en Lock, Stock and Two Smoking Barrels), Mourinho sería el Robert Mitchum de La Noche del Cazador, con sus nudillos tatuados; o el Robert de Niro de El Cabo del Miedo cuando seduce con su pulgar a la adolescente carnosa Juliette Lewis. Un tipo cuya amenaza va más allá de lo físico para abarcar lo espiritual. Mourinho ensaya el miedo intelectual.

Cuando lo expulsaron en el duelo con la Juve en Turín, el portugués no se marchó al vestuario ni al palco del Olímpico bianconero. Al contrario, traspuso un portoncito de la gruesa cristalera que separa el campo de la grada y se quedó de pie en el centro de un cuadrado embutido frente a las tribunas. Las gradas aledañas se tornaron entonces el circo romano en pleno paroxismo: furibunda contra el tótem enemigo, la hinchada juventina cubrió de insultos y provocaciones al entrenador interista. Lo rodearon varios policías, pero Mourinho se hubiera quedado igual de tranquilo estando solo. En medio de la furia, de pie con su largo abrigo de paño marengo, hierático frente al infierno, Mourinho permaneció en su lugar sin moverse un centímetro y aguardó a que el mundo entero agotara su ira contra él. Y venció, claro. La gente se cansó de decirle de todo, agotó la rabia y se desmoronó. Mourinho seguía en pie, sin moverse. Estuvo así el resto del partido. Su equipo perdió, pero él había ganado. Porque Mourinho, en lo personal, nunca empata, y tal vez esa conciencia le haya permitido hacer dos veces consecutivas campeón al Inter, el equipo más frustrado de la historia de Italia y ahora dominador implacable. Cuando una hora después Mou atravesó la zona mixta del estadio, camino del autocar del Inter, caminaba flanqueado por tres adláteres que no le hacían tanto de protección como de marco. Él los dirigía. El plano era suyo. Traía las manos en los bolsillos del trasnochado gabán y caminó subido en su altanería barrial de compadrito. La mirada al frente, el asomo de levísima sonrisa en los labios, pisando con firmeza y con el cuerpo hamacado en una pérfida armonía. Cuando pasó, todo el mundo hizo un silencio repentino. Nadie dijo nada aunque cualquiera hubiera querido enfrentarlo. Los insultos no le rozan. Es etéreo. Tal vez ni siquiera sea real. Envuelto en ese respeto temeroso, caminó hasta perderse más allá del pórtico de hierro: hubo quien aseguró que había subido al autocar, pero juraríamos que se desvaneció en la noche. Parecía que hubiera pasado ante nosotros el demonio vestido de negro.