La parábola de Nayim

11 05 2016

El 10 de mayo de 1995, en París, 20.000 zaragocistas vieron a su equipo coronarse campeón de la Recopa frente al Arsenal. El modo de lograrlo, en el minuto 120 de partido, tras una prórroga y con un gol imposible desde el medio campo, subraya la excepcionalidad del caso. A 20 años de aquella hazaña, y con el Zaragoza penando en Segunda, en los tribunales y en una ruina que casi lo condenó este verano a la liquidación, esta reconstrucción convoca el recuerdo confuso de quienes lo vivieron en el campo y en la grada. No se trata tanto de un exorcismo como de una búsqueda de respuestas: pasadas dos décadas, ahora los zaragocistas sabemos que, como en los relatos bíblicos, aquel pelotazo memorable acabaría siendo una narración de magias que esconde muchas enseñanzas (*).

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Australia cae en un agujero negro

26 08 2012

Los All Blacks celebran la demolición de Australia, que les permitió retener la Bledisloe Cup, el trofeo que desde principios de los años 30 se disputan las dos naciones: Australia no lo tiene en su poder desde 2002.

En Australia, la caza del entrenador Robbie Deans ha tomado velocidad en sólo dos jornadas del Rugby Championship. La afrenta de la primera semana -la notoria debilidad física, el creciente estado de confusión, la ausencia de un plan y la suficiencia de unos All Blacks que ni siquiera vieron necesario convertir su victoria en un marcador enfático- creció como una tormenta tropical en el viaje de este sábado a través del Mar de Tasmania: lo que en Sydney había parecido un aleteo de suficiencia de los All Blacks, se transformó en el Eden Park en un huracán, una de esas derrotas que remueven el suelo bajo los pies de los entrenadores. De todo un equipo. Australia se perdió en un agujero negro de profundidad incalculable. NZ ganó 22-0 y retuvo la Bledisloe Cup. Hacía 60 años que los Wallabies no se quedaban sin anotar en el territorio de su mayor antagonista.

En su análisis para Sky Sports, Michael Lynagh (ex capitán y campeón del mundo con los Wallabies) lo expresó de manera flemática, la que usan las voces autorizadas cuando se trata de señalar culpables: “Un entrenador es tan bueno como lo sean sus resultados. Es normal cuestionar a Robbie Deans”. Aunque los Wallabies sostuvieron 25 minutos sin anotar a los All Blacks, endurecieron su perfil en las melés abiertas y hasta en ese pasaje llegaron a dominar la posesión, los All Blacks respondieron con característica fiereza al paso adelante del rival. El ruido de cacharrería que la delantera aussie provocó en el arranque del choque (fuertes el segunda Timani y Stephen Moore, arrojado Hooper en su papel de relevo del loosie David Pocock, intimidatorio Higginbotham, dispuesto a descabellar rivales si hacían alguna tontería en las montoneras), fue quedando poco a poco en un silbido apenas molesto conforme los All Blacks pusieron en marcha el molinillo de hacer café en los agrupamientos. A los All Blacks todo les funciona. Todo: la defensa, el ataque, la estrategia, la creatividad, el juego posicional, la velocidad, las fases estáticas, la delantera… Steve Hansen, su nuevo entrenador, no sólo ha conservado la inercia mental del triunfo en la Copa del Mundo (trabajaba ya en el equipo de su predecesor en el cargo, Graham Henry), sino que parece haber afinado de forma minuciosa al grupo en defensa, actividad colectiva y aprovechamiento de jugadas de pizarra a la salida de fases estáticas. El resultado son estos All Blacks dominadores.

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Estofado irlandés

9 03 2012

Cada año debemos salir en peregrinación hacia los santos lugares, que no siempre son lugares santos. De hecho, casi nunca lo son. Es verdad que hace pocos meses admiramos la portentosa biblioteca de Santa María Novella en Florencia, el grandilocuente crucifijo suspendido de Giotto, las cúpulas rojizas y las portadas pálidas de la Toscana, el túmulo funerario de Buonarroti. Esta vez, sin embargo, la propuesta consiste en domesticar el espíritu ahogándolo con rugby, entre los contrafuertes cristalinos del Aviva Stadium de Dublín. Una ciudad para la circunspección audaz de un Joyce o la diletancia sin inhibiciones de un Wilde. O para extrañar al lesionado Paul O’Connell y aún más a Sean O’Brien; y añorar el duelo que esos dos armatostes se hubieran jugado arriba y abajo con nuestras últimas esperanzas azules: David Denton, el panocha Gray, el escurridizo Laidlaw… Es la llamada de Irlanda, el himno que el rugby usa para convocar bajo su capa a las cuatro provincias (Ulster, Munster, Leinster y Connacht), el reclamo que no podemos dejar de atender.

Una de las célebres campañas de Guinness con el rugby como motivo: el protector bucal es la espumosa corona blanca de la pinta: 'Guinness-Rugby, The Perfect Match', el encuentro perfecto.

No pisamos la tierra de Dublín desde el verano de 1998, cuando hicimos la vuelta a la isla en el sentido contrario a las agujas del reloj. Entramos desde el País de Gales por el sureste, en una travesía de luces tibias por el perezoso sol irlandés de media tarde y varias pintas de Guinness tomadas con la espalda contra las paredes blancas de cubierta. A la llegada al puerto de Rosslare agarramos un Corsa que nos traíamos de casa y describimos una briosa vertical en paralelo a la costa oriental de la isla. Pasamos la primera noche irlandesa en la generosa granja que fatigaba el padre de un amigo en los alrededores de Arklow, a medio camino en dirección a Dublín. Lo que siguió fue un periplo que enseguida iba a adquirir caracteres míticos, si se acepta el término en referencia a una mínima historia privada. Un viaje, en la más hiperbólica acepción del término, que todavía nos vemos obligados a recordar de vez en cuando para dejar constancia de que por aquellos días debió de ser la última vez que nos sentimos jóvenes con toda la razón. En medio del exceso de semana y media, Dublín apenas me dejó apenas imágenes borrosas, por la cantidad de pintas de cerveza stout que fuimos capaces de acumular entre los elásticos confines de nuestro organismo. No recuerdo bien si pasamos allí dos días o tres, antes de cruzar el mapa en horizontal hacia la costa atlántica. Sólo recuerdo las noches. O una noche en la que se confunden varias.

Pero de Dublín (de Irlanda en general), uno se trajo enseñanzas que darían para una película de esas que llaman de viaje iniciático, por el impacto moral que producen: 1) Que esa gente tiene cervezas negras que son AÚN MEJORES que la Guinness, aunque algo así suene a inaceptable perversión de la naturaleza y a desafío contra la misma certeza de la existencia. Y 2) Que en Dublín las noches pueden perfectamente empezar a la hora de comer o incluso antes, sin perjuicio de lo que establezcan el reloj del Trinity College o el movimiento de traslación del planeta Tierra con respecto al Sol. Y así, apenas nos levantamos de la cama en nuestra primera mañana tras nuestra primera noche, entramos a comer en un pub hechos un hatajo de tres pordioseros estragados y, varias pintas y un estofado irlandés más tarde, nos habíamos convertido en un ejército invasor dispuesto para la toma del castillo de Blarney si fuera preciso. Al no albergar un natural peleador sin razones poderosas por medio (pongamos por caso, la discusión por una pelota ovalada) decidimos parapetarnos de taberna en taberna. Digamos que serían no más de las dos de la tarde para cuando agradecimos el estofado y sus maravillas y pasamos al café irlandés. A partir de ahí, nos precipitamos por un tobogán de pintas que nunca se terminaban. Y para nosotros, al margen de la luz del exterior, todo fue una larga noche que volvió a prolongarse hasta bien entrada la madrugada. Como es natural, este tipo de comportamientos poco cristianos conllevan sus lógicas consecuencias: quedó registrado que yo podía derramar casi tantas pintas como me bebía y dejar sin ropa limpia a uno de mis conmilitones de viaje nada más iniciar el recorrido; y que es posible que tres amigos enganchen durante diez días una ristra de borracheras y discusiones interminables que constituían el fantástico epílogo de las largas noches de juerga. Qué forma bizantina de discutir procura la Guinness. Nadie se rendía hasta que el oponente no se quedaba dormido. Y a la mañana siguiente, estofado irlandés. Y luego un cafecito. O dos o diez. Irlandeses, claro. Y tan amigos como el primer día. Y vuelta al pub. Y a la vida. Y ahí seguimos.

Llegados a este punto y a modo de corolario, pincharíamos aquí algún tema bien beodo de los Dubliners o calzaríamos un par de citas de George Bernard Shaw o de Joyce o aún mejor del señor Wilde (esas que decoran las paredes de las inquietantes tabernas irlandesas que han invadido el orbe completo) y quedaríamos como señores. No lo haremos. A cambio, contaré que en cierta ocasión mi entrenador de rugby, en un exceso de confianza innegable considerando que hablaba con un pilar de nacimiento, me agarró a la finalización de un entrenamiento entre barro y aguanieve y, sentándose a mi lado, sacó de su bolsa un ejemplar del Ulysses. Me miró durante algunos segundos con él en la mano, mientras yo me sacaba laborioso las medias encharcadas, haciendo que el libro se balancease en su mano como si fuera a decirme cuántos gramos pesaba la edición. Desvió un momento la vista y, seguro de que nadie en el resto del vestuario nos mirase, me preguntó: “¿Tú has leído esto?”. Se me endureció el cuerpo y, envarado por la tensión, admití: “Mira, algunos capítulos sueltos, pero… debo confesar que no puedo con él”. Vi en sus ojos cómo se le relajaba la culpabilidad existencial que lo había atrapado en el intento. Procedió a devolver el libro a su bolsa y, sin mirarme, mientras se levantaba dijo: “Menos mal. Creía que era un problema mío”. Yo terminé de bajarme las mallas y, liberada la carne, me fui a la ducha.

A falta de los Dubliners y sus baladas aguardentosas, les dejo otra voz áspera que en estas fechas tan señaladas escucho mucho: el señor Mark Lanegan (ex Screaming Trees, ex Queens of The Stone Age, ex Gutter Twins… y otros) y su banda. Nada que ver con Irlanda, aunque podría bucear en su ascendencia, con ese apellido. Su último disco, Blues Funeral, parece sublimar el poder hipnótico de las voces pedregosas, habitadas en simultaneidad por varios seres en conflicto como nosotros por las noches de Dublín. El acuerdo final, sin embargo, es una delicia canalla, una hermosa fantasmagoría, árida e inquietante como esta Canción del Sepulturero.





El último vals

13 11 2011

Cuando me sonó el teléfono estaba en la Fnac y me disponía a llenarme la bolsa de cedés. Al otro lado, al descolgar, la voz de aquel amigo que, jugando de talonador y con los brazos cruzados a la espalda de los dos pilares, era capaz de pegarle un puñetazo en la melé al número 3 contrario. No pregunten cómo: en la melé se dan prodigios anatómicos difíciles de razonar. Hubo un tiempo en que la melé del Semi era una reunión de caza-recompensas sedientos de carne. Aquellos tipos a cuyos pechos nos criamos unos cuantos delanteros de la generación límite no sólo empujaban y pisaban; también, como norma de comportamiento rutinario, golpeaban. La voz era conocida y empezó a decir cosas conocidas: que si hay que pasarles por encima, que si la melé es lo de siempre, que si te placan tiene que ser cobrando, que un codo en la boca del defensa, que si te acuerdas aquel día que le bailé un zapateado en la espalda a no sé quien, que no nos pueden empujar, que hay que hundirlos… Ese tipo de cosas: cháchara rutinaria entre viejos primeras líneas. La juventud es tierna; la juventud no está comprometida; la juventud es, en términos generales, miedosa, cobarde, desinteresada o blanda; la juventud no es lo que era. La conclusión resultaba inevitable. Me la vi venir y además sabía mi respuesta, después de ponerme la sangre a hervir durante tres cuartos de hora de conversación: bueno, el sábado qué….yo voy a jugar, ¿y tú, qué? Por un momento me quedé pensando en Robert de Niro.

Robert de Niro, como Neil McCauley en Heat: un tipo convincente...

Hay una escena en Heat, la vibrante película de Michael Mann, en la que De Niro propone a un ex convicto al que se encuentra friendo hamburguesas en un restaurante que conduzca su coche en el atraco multimillonario que va a hacer a un banco. Acaba de quedarse sin conductor para la huida (la policía le pisa los talones a Trejo) y al chico de la plancha lo conoce de sus días a la sombra. Basta tentarlo. Se ve que la reinserción es un asunto algo más complicado de lo que suponen los programas condescendientes. El tiempo se echa encima, el chico duda algunos segundos: debe de estar pensando en alguien, seguramente una mujer que le guardó la ausencia mientras él cumplía condena; alguien que saborea en ese mismo momento la esperanza de una nueva vida. McCauley lo aprieta: una respuesta, ahora, sí o no… Atrapado en la rutinaria y abusiva seguridad de una condicional entre bollos de pan y salchichas, el tipo decide de inmediato entregarse a un último baile al volante de esa banda de atracadores tan cool que capitanea De Niro. Es lo único que sabe hacer. O tal vez lo único que puede hacer.

Entre ese tipo al que proponen echar a perder de nuevo su vida y alguien a quien lo invitan a un último vals en el campo de rugby existen algunas malvadas similitudes: hay un veneno, hay un torvo sentido de pertenencia, hay una incomprensión de inadaptado, hay una vulgar sinrazón y una extrañeza de los lugares, las personas, el olor de las cosas, las sensaciones. La insoportable levedad de estar fuera, de ya no ser y, aún peor, la rara culpabilidad de haber abandonado a los amigos en el frente… Naturalmente, todo esto es estúpido: basta usar la razón, apenas. El carnet de identidad. Los horarios de salida al patio con otros matones. Los partes de dos meses y medio de baja. La mujer que te espera para recuperar la vida que partió por la mitad aquel error, y su condena. El recuerdo de las horas de inmovilidad. Los barrotes. El quirófano. Bastaría cualquiera de esas cosas, debidamente ordenadas, para apelar a la razón. La razón tiene razón.  Sí, uno sabe que hay otra vida fuera del campo de rugby, pero no alcanza a darle forma o lo gana la impresión de que hay algo incompleto, como una nota disonante, una frase que no concuerda, algo fuera de su sitio. Debe de haber un modo de reconocer lo inevitable y, sin embargo, no lo encontramos. Traté de conjurar todas estas locuras comprándome una pelota a la que abrazarme en casa. Prometí que sólo entrenaría para sentirme en forma, ver a la gente, reconocer otra vez algunas sensaciones. Me llamó Robert de Niro y me dijo: “Una respuesta, ahora”. Y tres segundos después estaba a punto de tirarme de cabeza contra el estante de las películas.

Un par de escenas más tarde, una mujer ve el retrato del muchacho que freía hamburguesas en las noticias de las seis, y observamos en sus ojos un callado desmoronamiento interior. Ahora ella sabe que, en el tiroteo que sigue al atraco, el conductor ha sido de los primeros en morir baleado. Ha vuelto a hacerlo. Ay, las madres huérfanas, las novias que impedían a sus chicos ir al rugby, los muchachos que mentían en casa para poder jugar. Venían a entrenar envueltos en mentiras, como apestados en las catacumbas… Pero uno no piensa estas cosas. Es el último baile del guerrero, que cantó Kortatu. Bailad, malditos. Mi patético canto de cisne. El vals de The Band. El final de la escapada. The end, my friend. Va, la última y nos vamos a dormir. Este año lo dejo. Los últimos gustos, con los últimos sustos.





La vida sin Dan Carter

3 10 2011

Nueva Zelanda ha ingresado en la pesadilla nacional: antes de enfrentar a Canadá, en el último Captain’s Run (el entrenamiento que dirige el capitán del equipo antes de cada partido), Dan Carter se desgarró un aductor y ha quedado fuera de la Copa del Mundo. La noticia provocó una crisis de ansiedad de proporciones monumentales entre los seguidores de los All Blacks, que son un país entero, y una desoladora sensación de orfandad que su relevo, Colin Slade, va a tener difícil enjugar. El miedo a una lesión de Carter lleva tiempo instaurado en el cerebro colectivo neozelandés. Y la desconfianza en la posibilidad de sustituirlo ha llegado a apoderarse de su entrenador, Graham Henry, quien en más de una ocasión últimamente ha usado a Piri Weepu, un medio melé de velocidad recortada, aunque mucho oficio, como medio de apertura de urgencia. Slade ya jugó con Canadá, tuvo un comienzo prometedor y una tarde opinable con el pie. La presión se va a amontonar a su alrededor. Y muchos analistas creen que la lesión de Carter (el inventor, el creador, el inspirador de casi todo el juego de ataque All Black, además de un pateador fantástico) pone en cuarentena cualquier pronóstico acerca de las candidaturas al título. Y en cierto modo, es verdad.

Dan Carter cae fulminado en el entrenamiento del capitán McCaw: una rotura en las aductores lo ha dejado fuera del Mundial, provocando la histeria nacional en NZ, donde ya se temen que el título se les escape otra vez sin la magia, el control y la eficiencia de Carter en su medio campo. Foto: Phil Walter / Getty Images

Para compensar, siempre nos quedará la historia. En la primera RWC, la de 1987, los All Blacks sufrieron la lesión —también en un entrenamiento— de su talonador y capitán, Andy Dalton, uno de los motores emocionales y deportivos de aquel equipo. Sin Dalton, pero con Fitzpatrick como número 2 en su relevo, aquel equipo levantaría finalmente el trofeo contra la Francia del recordado Sèrge Blanco: honor que le correspondió a un sensacional David Kirk, su medio de melé. Un doctor en medicina que protagonizó el plante a una gira de los Cavaliers por Sudáfrica en 1986, apelando a su objeción de conciencia contra el régimen del apartheid. Después, Fitzpatrick acabaría siendo también una leyenda All Black, capitán en 1992 hasta su retirada en 1997, y uno de los jugadores más reconocibles de la última era. Así que la lesión de Carter cierra una puerta pero abre otra. El equipo (sin Carter y sin McCaw, Nonu o Mealamu, actores principales, pero con Muliaina reinstaurado de zaguero) no albergó dudas contra los canadienses, a los que se sacó de encima 79-15. Para la memoria quedará, sin embargo, este dato: Nueva Zelanda fue por detrás en el marcador por primera vez en todo el torneo, después del 0-3 inicial. Era el único equipo que mantenía en pie ese orgullo de haber sido siempre quien iba ganando. El honor de poner momentáneamente bajo su bota a los Blacks le correspondió a Ander Monro, que pasó entre los palos un golpe ganado después de que Colin Slade viera bloqueada su primera patada a seguir. Al final, NZ metió doce ensayos (Zac Guildford, elegido esta vez para el ala, firmó cuatro) y Slade se retiró cojeando en la segunda mitad. Entró Weepu para jugar de apertura, otra vez, anotó con el pie y pareció recordarle a su entrenador y a todo el mundo que hay alternativas. Opinables, pero alternativas. ¿Es posible vivir sin Dan Carter? Por ahora, todos los signos son demasiado contradictorios como para impedir el nerviosismo nacional. Aguarda Argentina, ese equipo que tiene la forma de una trampa…

Mientras, Escocia volvió a casa, cumpliendo el pronóstico que —a pesar de nuestro cariño por el equipo del Cardo— le habíamos diseñado antes del torneo: irse pronto dejando un aroma agradable. Inglaterra la derrotó en el encuentro decisivo con esa forma que tiene Inglaterra de ganar, consistente en no dejar contento ni a los suyos ni a los ajenos. Escocia hizo todo lo que sabe hacer y aplicó con rigor el plan de juego: fue agresivo delante, saltó a los placajes con fiereza sin permitir pensar a los ingleses, discutió las touches, estuvo dura en los contactos y complicó los breakdowns a los ingleses, que durante todo el primer tiempo estuvieron fuera de sitio y al cuarto de hora llevaban ocho golpes cometidos. El equipo de Andy Robinson mostró una buena cantidad de movimientos preconcebidos y bien ejecutados, como esa rueda de pick and go de los delanteros en la 22 rival, que concluyó con el esperado pasecito a Parks, que aguardaba subido en su baldosa para anotar el drop. Sumados todos esos valores, Escocia capitalizó su esfuerzo con el pie gracias a Patterson primero y a su medio de apertura después. Se había lesionado el titular, Ruaridh Jackson, y nos pareció que su ausencia dificultaba el juego abierto que quería Escocia. Parks, sin embargo, movió bien al equipo con el pie y llegó a estar 12-3 (necesitaba ocho puntos de distancia para clasificarse) a la hora de juego.

Ruaridh Jackson se retira, lesionado, y deja el puesto a Dan Parks en el partido contra Inglaterra: el emocionado abrazo explica la decepción del joven apertura, que más tarde se extendería a todo el equipo escocés tras una durísima derrota que los envía a casa. Foto: Sandra Mu / Getty Images

Pero Inglaterra regresó del descanso algo más compuesta y erosionó las ventajas escocesas gracias a Wilkinson, quien en el peor de los casos (y el primer periodo fue uno de esos casos) siempre vuelve a tiempo. Afinó las miras y se arregló para poner el partido hasta 12-9 con su insondable pie izquierdo, templando con los minutos su cada vez más irregular patada. A Escocia empezaron a faltarle todas las cosas necesaria: puntos, tiempo, energía y, sobre todo, claridad en el juego. Insistieron en romper casi siempre por dentro, con el tercera Richie Vernon y Sean Lamont cargando la mayor parte de las veces por el eje de los ataques. Hubieran necesitado más variedad, ir por afuera alguna vez… pero al equipo de Robinson le falta lo decisivo: jugadores capaces de ganar la línea de ventaja con la pelota, de quebrar la defensa con pasos a los lados o abriendo ángulos en las carreras. Inglaterra, tan decepcionante como es su juego colectivo, los tiene. Delon Armitage estuvo a punto de ensayar en una esquina, primero. Y luego, cuando se retiró Wilko con un hombro dañado, apareció Toby Flood para ser el número 10. Escocia no tiene a alguien como Flood, siquiera: alguien capaz de dar ese pase que dio Flood para que Chris Ashton, velocista incontenible, posara ya en los minutos finales el ensayo que le dio a Inglaterra una victoria tan inmerecida como frente a Argentina, o tan inmerecida como la de Argentina contra Escocia… La diferencia está en el talento. Escocia llegó donde podía llegar, nada más. Y, una vez más, vuelve a casa a pensárselo todo de nuevo.





El espíritu de David Sole

30 09 2011

David Sole se recortaba a  menudo la manga izquierda de su pesada camiseta de algodón azul marino, con un cardo bordado en el pecho. Pilar del lado abierto y capitán de Escocia, Sole conocía por experiencia la importancia de las escenografías. La asimetría de su camiseta tenía una razón práctica: evitar que el pilar derecho contrario se aferrara cómodamente a su brazo en la melé y le tirara para abajo, evitando su empuje por hundimiento. También cumplía un efecto disuasorio: un primera línea ha de tener un aspecto amenazador desde el mismo instante de su salida al campo. A ello contribuye su fisonomía, evidente, pero hay que multiplicar el impacto del conjunto. Un primera línea ha de ser temido no sólo por lo que es, sino por lo que está dispuesto a hacer. Por su bravura, porque tanto más responderá cuanto más se le castigue; por su trapío, porque nadie quiere que le caiga encima; por su casta, por fiereza, por su inquebrantable entrega a la causa.

Sole sabía todo eso. Se cortaba la manga de la camiseta, aquella camiseta que aún no producía beneficios a las unions, porque ni siquiera estaban comercializadas por las marcas que las manufacturaban. Cualquiera podía hacer una copia y venderla. Y aquel día de 1990, el día en que Escocia le ganó el Grand Slam a Inglaterra en un partido memorable en el viejo Murrayfield, Sole hizo algo más: sacar a su equipo al campo en fila con una estudiada lentitud, donde todo el mundo aguardaba que entrasen al campo al galope, mientras en el estadio tronaba el entusiasmo. La puesta en escena provocó una respuesta enfervorizada del público, cuyo griterío creció desproporcionadamente mientras los escoceses avanzaban hasta el centro del campo y se disponían a entonar por primera vez el himno estrenado ese día: Flower of Scotland. La inflamación duró los 80 minutos y Escocia obtuvo una de las victorias más sonadas de su historia (13-7) con un ensayo del imberbe Tony Stanger. Y, jugando y defendiendo al ritmo de tambores de guerra, mandó a los ingleses a pensárselo otra vez, como reza el himno.

David Sole, con su ancha cinta, al frente del equipo escocés que ganaría el Grand Slam de 1990 a los ingleses: una imagen inspiradora de fiereza y determinación -escritas en la cara de los protagonistas-, y que enmarca el espíritu que presidirá el partido de este sábado.

Algo así necesitará esta vez. Pasión desatada, licuada en rugby. El espíritu de Bannockburn, el espíritu del capitán Sole. Inglaterra y Escocia han sostenido su rivalidad durante los últimos 140 años y la han reeditado en 124 partidos, desde que en 1871 jugaron el primer test internacional de la historia del rugby en Raeburn Place, Edimburgo. El registro indica superioridad para los ingleses: 66 victorias contra 41, más 17 empates. Y sólo en una ocasión anterior se han medido en la Copa del Mundo: la semifinal de 1991 en Murrayfield, resuelta a favor de los ingleses (9-6) en una ventosa tarde, gracias a un drop repleto de frialdad de Rob Andrew. El partido del sábado presenta una novedad: es la primera vez que los dos viejos enemigos se miden en territorio neutral.

El equipo de Martin Johnson ha ganado sus tres partidos en este Mundial y, así y todo, no tiene matemáticamente asegurada su clasificación para cuartos. Nadie duda de que la conseguirá, sin embargo, porque asegurar un punto bonus, incluso perdiendo, le daría la clasificación. Pero enfrente está su Auld Enemy, una Escocia que desconoce los complejos a pesar de las evidencias que ha dejado su rugby durante las últimas semanas. Tal vez, claro, desde hace años. Si Escocia convierte Eden Park en territorio escocés, el partido entrará de inmediato en los anales de la historia, porque su repercusión es incomparable a cualquier otro enfrentamiento.  Escocia necesita ganar por al menos ocho puntos (cosa que no ocurre desde los ochenta) y hacerlo con punto bonus (cuatro ensayos anotados, cosa difícil porque le cuesta muchísimo hacer uno, como se demostró ante Argentina); Inglaterra, para no quedar fuera, ha de perder por menos de siete puntos (lo que le daría el bonus perdedor).

Andy Robinson (ex técnico en el equipo de Clive Woodward que dirigió a la Inglaterra campeona del mundo en 2003… y luego seleccionador inglés durante un breve periodo de 15 meses) quiere que, si Escocia ha de volver a casa -algo muy probable tras su descorazonadora derrota contra los argentinos- lo haga con el discutible honor de haber jugado a lo que han querido jugar. Para ello ha convocado un equipo ligero (seis cambios con respecto al choque con Argentina, Vernon y Kellock en la tercera; Mike Blair de medio de melé; Danielli y Evans en las alas, con Ansbro en el segundo centro). Un equipo dispuesto a hacer correr a los pesados ingleses, armar un partido en campo abierto y tratar de ganar en los breakdowns, los agrupamientos, por velocidad, fiereza y disciplina. Ahí es donde el equipo de Johnson ha mostrado una despreocupada tendencia a cometer golpes de castigo. Prefieren una infracción a que les ganen la espalda. Así que el pie de Patterson y compañía puede tener mucho que ver en la decisión del choque. En Inglaterra casi nada cambia, lo que viene a ser una forma muy inglesa de afrontar las cosas. Wilkinson es inamovible, a pesar de su rara inseguridad con el pie y del asunto del cambio de los balones en un partido anterior, que ha resultado en la sanción de dos de los asistentes de Martin Johnson. Vuelve en la segunda el interminable Courtney Lawes, tras dos partidos de suspensión por intentar aplastar con un codo a un rival argentino. Y Cueto se queda fuera para ceder el carril de los velocistas a Delon Armitage.

Próximos partidos
Resultados y clasificaciones





Sangre, lluvia, viento, dolor: la guerra

25 09 2011

Marcelo Bosch, el segundo centro argentino, se encuentra en medio del campo de batalla con su homólogo escocés, Graeme Morrison: uno de los muchos impactos de un encuentro jugador a puro huevo, sin concesiones, en un campo arrasado de lluvia y viento que hizo aún más racial el juego. Foto: PETER PARKS/AFP/Getty Images)

No hay casi nada hermoso en la guerra, como observó Ernest Hemingway. Y este partido fue la guerra. Ni siquiera es bonito el resultado, que resuena opaco, como venido de otro tiempo: Argentina le ganó 13-12 a Escocia. Se jugaban, salvo sorpresa en el último día de los azules contra Inglaterra, la segunda plaza del grupo B. Fue una guerra y decirlo no constituye hipérbole ninguna, ni un modo de ensalzar un partido bronco, jugado con dolor (lesiones de Fernández Lobbe y Roncero en Argentina, un tobillo seriamente lastimado en el caso de Leguizamón), resistencia y poco más por parte de los Pumas, iniciativa y poco más por el lado escocés. En verdad, fue increíble que ganara Argentina, que debió pisar no más de dos o tres veces la 22 rival. Pero en medio del ronco sonido de un partido industrioso, jugado con sangre, sobre un campo batido de lluvia y viento (terreno mojado, pelota difícil), repleto de errores en la decisión y de ejecuciones complicadas por los elementos, en medio de la constante cacería que constituyó cada pesado movimiento de la pelota, en medio de la juerga de los delanteros, las cargas, los placajes, los rucks insondables… en medio de toda esa chatarra desordenada, como un cementerio de vehículos pesados, como un escenario postnuclear de Mad Max, ahí apareció ligero y natural, excelso y decisorio, el suplente Lucas González Amorosino. Él ganó el partido con su ensayo. Él puso la única brizna de hermosura en un partido de tensión sublime, vacío de concesiones a la galería. Él salvó a los Pumas. Y él dijo: “Dejamos el corazón”. Pero debió agregar: “Y se lo arrancamos a los escoceses”.

González Amorosino es el jugador más creativo de Argentina del que se haya tenido noticia en este Mundial. Zaguero o ala del Leicester Tigers inglés, desde aquí subrayamos su nombre en el episodio llamado La caza del hombre. Y, sin embargo, el técnico Santiago Phelan optó por Rodríguez Gurruchaga como 15, tal vez anticipando (o propiciando) lo que sucedió: un encuentro nítidamente bilardista de los argentinos, y disculpen la intrusión futbolística. Pero ayuda a matizar la estrategia  de pertinaz defensa de los Pumas, frente a una Escocia que quiere jugar un rugby ligero, de combinaciones por fuera, para el que sin embargo no le alcanza el talento individual. Frente a una muralla inquebrantable como la argentina, apenas Evans en la primera parte, las raciales cargas de Barclay desde la tercera y algún intento demasiado alejado de Lamont… Esos fueron los argumentos ofensivos de los escoceses, que dominaron el territorio pero indultaron en varias ocasiones a los argentinos. Sigue siendo un equipo al que le cuesta ganar las líneas contrarias y finalizar jugadas. Sólo puntuó con golpes de castigos y drops, repartidos entre Ruaridh Jackson, Patterson y Parks, que perdió el que hubiera sido decisivo en la penúltima ofensiva escocesa contra los palos argentinos.

Dan Parks, en el centro de la imagen, intenta asimilar la proporción de la derrota que acaba de sufrir su equipo en Wellington, frente a los Pumas. En primer plano, el tercera argentino, Galarza, se acerca a consolar a los desconsolados rivales. Foto: Stu Forster/Getty Images.

Argentina ya demostró frente a Inglaterra que su capacidad para el sufrimiento, para sobreponerse a sus limitaciones, no conoce fronteras psicológicas ni físicas. Esa tal vez constituya su más evidente virtud. Es capaz de cerrar un partido en la batalla que más le interesa; son los argentinos quienes eligen las armas del duelo: siempre a cuchillo, nunca a pistola. Lo más cerca posible y a batirse en cada metro del campo… Escocia jugó más, puso más, mandó más, pero no encontró el modo de imponer su estilo. Se quedó corto para hacerlo. Argentina, por detrás 6-3 y 9-6 con apenas diez minutos por jugar, abocó el choque a un disparo al aire. Cuando González Amorosino apareció en el campo, con él vino la advertencia de que ahí, en su juego, estaba lo que era diferente y lo que podía ser diferencial. En medio de la tierra quemada que habían dejado 70 minutos de atrincheramiento, el zaguero Puma surgió con su camiseta inmaculada, como un signo de inocencia, y se convirtió en la niña del abrigo rojo que atraviesa el gueto arrasado en La Lista de Schindler. Grácil, hermosa en medio de la destrucción, intocable entre la barbarie. Pegado al costado recibió ese balón Lucas González Amorosino, en el minuto 74. Venía de izquierda a derecha la bocha, después de varias fases de desorden y trabajosa búsqueda de la continuidad por parte de los Pumas; abrió Vergallo, alargó Contepomi para Bosch y éste se la dio a González Amorosino, incorporado por afuera desde el fondo. El puma la agarró en equilibrio sobre el costado y, desde ahí, cimbreando las caderas para esquivar el desesperado placaje de Patterson, fue enganchando hacia dentro, rechazando tackles como si le dispararan flechas, corriendo sobre la punta de los pies, igual que si atravesara un piso de brasas o una cuerda floja sobre un abismo. Pasó a Dan Parks, voló impotente contra él Kelly Brown y, maradoneando con el bebé en los brazos contra el tiroteo, pasó González Amorosino por delante de Evans, y hasta el fondo perseguido ya de forma inútil por Graeme Morrison y John Barclay. Un flechazo de belleza que transformó Contepomi. Veneno mortal para Escocia.

El aleccionador resumen del encuentro lo hizo el narrador de la ESPN argentina. Sobre el pitido final, tras una emotiva victoria del equipo de su país que prácticamente le asegura la continuidad en la Copa del Mundo, elegante, conocedor y con el espíritu del rugby por bandera, Alejandro Coccia le hizo un canto a este deporte al decir: “¡Cómo me alegro de la victoria por este equipo de los Pumas… y cómo lo siento por Escocia, que mereció ganar!”. Eso, exactamente eso, es el rugby.

La jornada
Irlanda, 62-Rusia, 12
Fiji, 7-Samoa 27

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