En el nombre de Richie McCaw

24 09 2011

En el rugby el lenguaje corporal tiene una importancia básica, como en el tenis (por presentar un ejemplo sutil) o en la vida animal (para hacernos una idea más aproximada). La totémica prestancia con la que Richie McCaw caminó el espacio desde el vestuario hasta el césped del Eden Park, al frente de su equipo, subrayó su sobresaliente figura en la noche en la que cumplía un centenar de partidos con los All Blacks. Pero no sólo eso. Había en las expresiones de los neozelandeses una negrura abismal, ese cierto extravío de las miradas cuando se quedan fijas en ninguna parte, porque están en realidad mirando al interior, recabando hasta el último gramo de determinación para transmitirlo de dentro afuera, y licuarlo en cada acción del partido. Esa aproximación anticipatoria, rabiosa, se extendió a la grada y a la interpretación del himno: Dios Defienda a Nueva Zelanda. Era el aroma de la fría venganza contra una obsesión nacional (las derrotas de 1999 y 2003 ante Francia), la anticipación del combate, el olor a napalm por las mañanas, que diría el coronel Kilgore en Apocalypse Now. Los franceses arremolinaron su espíritu jacobino alrededor de La Marsellesa y, conforme la cámara barría los rostros de los jugadores y llegaba a los delanteros, ese “¡A las armas, ciudadanos / Montad los batallones!” tronaba como un aviso de que durante las dos horas siguientes nadie iba a rendir un solo metro ni a hacer prisioneros. Uno tuvo ganas de gritar. De excitación, de miedo, de emoción… Por si quedaba alguna duda de nuestra hipótesis (hay que empezar a ganar un partido desde el mismo momento en el que se sale del vestuario y resuenan los tacos en el terrazo del pasillo), los All Blacks interpretaron Kapa o Pango, la segunda de sus retadoras danzas, y no se ahorraron el gesto del cuchillo que raja las gargantas del enemigo en su final. Ese detalle provocó en su día, cuando la estrenaron en 2005 contra Sudáfrica, todo un debate mundial acerca de los valores del deporte y el significado de una tradición folklórica que derivaba hacia el exhibicionismo. Ayer no hubo lugar para opiniones ajenas. La dramatización de Ali Williams fue memorable. Hasta puso los ojos en blanco y sacó la lengua simulando la pérdida de conciencia de una cabeza separada de su cuerpo.

Poco dispuestos a las impresiones gestuales, los franceses se pasaron el desafío negro por el Arc de Triomphe parisino. Y en cuanto la pelota echó a volar la agarraron, avanzaron con ella y sus cuerpos hasta el fondo rival y encerraron a los All Blacks en su mazmorra durante diez larguísimos minutos. Mientras la pelota iba y venía mecida entre el flair y la brutalidad,  el planeta oval contuvo la respiración y se preguntó admirado si los franceses iban a hacerlo une autre fois. En la transmisión de la ITV inglesa, Andy Gomarshall —ex medio de melé inglés, hoy comentarista—, no pudo evitar varias veces una risita nerviosa que delataba el general asombro. John Fitzpatrick, All Black legendario, había afirmado en el debate previo al encuentro, yendo más allá que sus contertulios Pienaar y Dallaglio: “Quiero ver a los All Blacks manejarse bajo la presión francesa”. Y lo vio. Porque, si los franceses parecían convencidos de que esa formidable campaña napoleónica en el crudo invierno neozelandés tenía posibilidades de éxito bajo el dictado del factor sorpresa, los All Blacks se encargaron de convencerlos de lo contrario: rechazaron cada embestida con fiereza redoblada, metieron los cuerpos abajo, los hombros delante, pusieron inteligencia, energía, técnica y arrojo en cada disputa, y establecieron las bases de la preeminencia física en el breakdown, factor que iba a marcar a fuego el partido. En esa fase tremenda de la noche, Francia no pudo hacer ni un solo punto: Morgan Parra mandó un drop contra los palos y reclamó una obstrucción en una ruptura en la que quizás no le faltó razón. Pero toda las quejas resultaron fútiles. Cuando el equipo de Lievremont quiso darse cuenta, encontró que en Nueva Zelanda las nubes de una tormenta se disipan tan rápidamente como llegaron. El sol entró en eclipse en Eden Park y todo se volvió negro.

Richie McCaw, capitán de Nueva Zelanda, celebró sus 100 partidos con una victoria prestigiosa frente a Francia, que no pudo con la máquina trilladora de los All Blacks.

Un movimiento portentoso de Ma’a Nonu, el centro All Black, viniendo del lado cerrado hacia el abierto a la salida de un relanzamiento de los kiwis, permitió el primer ensayo negro. La acción de Nonu —poderoso, inteligente, veloz— estuvo hecha para la memoria: tomó el balón que venía de izquierda a derecha y aceleró contra el muro blanco, abrió un intervalo con un par de pasos laterales entre Bonnaire y Picamoles (los terceras están para eso, para placar como animales en campo abierto), escapó de la cobertura del zaguero Traille y sólo fue frenado a dos metros de la marca. También lo siguiente lo hizo Nonu de libro: liberar de inmediato en la caída para el relanzamiento, eso que ahora se llama bola rápida. La pelota salió otra vez hacia el flanco, subida en la línea neozelandesa y, con un truco mágico de Dan Carter, llegó hasta la esquina para que allí la posara uno de esos actores secundarios que casi nunca reclaman los focos: Adam Thompson, en su primer ensayo con la camiseta negra. De ahí hasta el final del primer tiempo, los All Blacks ensayaron tres veces más, desanudando por completa una tibia defensa francesa, que abrió huecos para permitir otra marca de Cory Jane (después de otro pase formidable, esta vez de Piri Weepu, que jugó 50 minutos fantásticos como medio de melé) y una escapada del irrefrenable Carter. Los All Blacks habían entrado en estampida. Weepu le daba a la pelota un ritmo excelente (gran trabajo de los gordos en los agrupamientos para permitir reciclajes inmediatos), Nonu partía por la mitad a los rivales, Dagg se sumaba haciendo superioridades magníficamente medidas y terminadas, mientras Conrad Smith y Kaino, más la ineludible aportación del capitán McCaw, se encargaban de sacar la basura en cada jugada, placando en defensa como si les fuera la vida en ello. Los franceses se dolieron de cada impacto, al punto de que Parra se puso futbolero cuando Kaino le cruzó un brazo en una jugada cotidiana en la que el respetable francés pidió un castigo mayor que el tiro a palos. “Un francés acaba de caerse al suelo como si le hubieran pegado un tiro”, resumió el comentarista. Y era así.

El encuentro se disputó, a partir de ahí, en una sola dirección. Francia rebajó el impacto con un golpe de castigo para el 19-3 del descanso, pero otro juego de pies de bailarín de claqué del punzante Dagg en el arranque de la segunda mitad estiró la ventaja local hasta un 26-3 que se hacía ya incontestable. Aquello eran los All Blacks en estado puro, todos atacando y defendiendo, durísimos en cada colisión, inapelables en las disputas y sin piedad en ataque, corriendo, chocando y descargando con una rapidez de vértigo y el máximo rigor técnico. Al mando de todos ellos, el señor Dan Carter, que puso toda su clase en el asador. Su capacidad para cambiar de dirección con la pelota en las manos e implicar en la carrera a los tres del fondo permitió a Nueva Zelanda rajarle el cuello a la defensa gala con dos ensayos más, de Dagg y Sonny Bill Williams, que había relevado pronto en el ala al tocado Cory Jane. Si Carter no fue el Hombre del Partido fue por aquel pase errado que Mermoz robó para posar el único ensayo francés, mediado el segundo tiempo. Pero su manejo del choque fue impresionante de todo punto. Puede que en la prensa hubiera mucho debate por ese presunto equipo B que puso Lievremont, con Parra de apertura, con Trihn-Duc y Servat en el banco. Es relativo. Szarszewski tuvo, en efecto, un día terrible en el puesto de talonador. Sufrió como un perro en las melés ante la implacable primera negra: Franks, Mealamu y Woodcock. Servat debió jugar. Pero respecto al cambio de posición de Parra hay que decir que los mejores momentos de Francia ante Japón ocurrieron con él en ese puesto, después de constatar la preocupante irregularidad del 10 titular. Desde luego, para los All Blacks Francia mereció tratamiento de enemigo mayúsculo. Desde el Kapa o Pango, fueron a degüello. El croissant se lo zamparon de un mordisco y, después, acabaron asándole las tripas al gallo. Ganaron 37-17 sin parecer jamás amenazados… salvo por esos primeros minutos. Los negros aún no han alcanzado el cénit de su potencial, como reconoció Graham Henry, pero en el primer encuentro verdaderamente exigente del Mundial dejaron sentado que tienen argumentos, rugby, motivación y apoyo para andar todo el camino. Un ataque sensacional y una defensa, su gran interrogante, capaz de resistir los mayores sitios.

En el otro partido del día, Inglaterra se deshizo con un par de manotazos enguantados de una Rumanía que reservó jugadores para la riña de berracos que le aguarda contra Georgia. Fue 67-3, con diez ensayos en total, tres de cada uno de sus alas Ashton y Cueto. Un excelente encuentro de Tindall en las labores de choque y de Tuilagi en las rupturas, jugando muy buen rugby, matizando esa idea generalizada de que su único camino suele ser la línea recta y llevarse por delante a los rivales: “Parece que el muchacho sabe jugar”, ironizó Martin Johnson. La impresión de mejora inglesa fue casi más importante que la superioridad, ejercida sin contestación enfrente: ese era el partido número 24 de los 48 que tendrá el torneo. A la mitad del camino, Inglaterra empieza a parecer de verdad un aspirante con posibilidades. Por si a alguno de los agentes de su Majestad se le ocurría celebrar de manera excesiva la rotunda victoria, el agrio Johnson advirtió: “El partido nos exigió poco: Escocia será otra cosa”. Uno, que la mira con tanto cariño, se pregunta qué será Escocia… Por ejemplo, esta mañana contra los Pumas de Argentina.

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El Síndrome del Croissant

23 09 2011

A estas horas comienza a ser plausible la hipótesis de que los Wallabies hayan somatizado la presión del favorito al punto de convertirla en fatalidad, cuando no en fatalismo. Su nítida victoria contra Estados Unidos (67-5), en el partido que abre un fin de semana grande en el Mundial de rugby, los dejó con la intención bien ganada de festejar un encuentro que jugaron con inteligencia -subrayó su medio de melé, Will Genia- e incontestable superioridad. Sin embargo, la cuenta de lesiones fue tan notoria que agregó un punto de amargura al triunfo, necesario después del sonoro resbalón contra Irlanda. James O’Connor y David Pocock (dos de los mejores en su puesto) ya vieron el partido vestidos de traje en la banda, haciéndole compañía a Digby Ioane, que se fracturó el dedo pulgar contra los italianos y al que se espera no antes de dos semanas. Pero, si bien el choque con Estados Unidos lo jugaron con viento de cola los australianos, todo lo que fue susceptible de ir mal, acabó mal. Kurtley Beale se lesionó en el muslo, el centro Robert Horne se lastimó la mandíbula, el versátil Pat McCabe dejó el encuentro con un hombro tocado, Palu también salió con problemas musculares y, sobre todo, Anthony Fainga’a estuvo cerca de romperse la crisma en un placaje mal medido y peor ejecutado. Fue al final del partido, con sólo 14 segundos por jugarse. Una salida desde touch de los americanos, con apertura en barrido hacia el lado contrario, que el centro australiano trató de cortar por lo sano. La jugada, desgraciada por demás, explica la importancia de la técnica de placaje: la intención de Fainga’a fue meter el hombro derecho por delante, pero el jugador se le escapó en la carrera, perdió la posición para placarlo por ese lado y cruzó la cabeza por delante del hombro, recibiendo el demoledor impacto en el parietal derecho. De haber anticipado mejor la trayectoria y velocidad del oponente, debió golpear con el izquierdo, de fuera hacia dentro. Acabó conmocionado y salió en camilla. Australia jugó los últimos 14 segundos de partido con 14 jugadores. Y rezando para que no cayera nadie más.

De Najwajean a Polota-Jean... El pilar australiano y Carlos Jean, artista formidable de la producción musical, en uno de esos razonables parecidos que uno encuentra cuando el aspirante de turno se está comiendo del orden de diez ensayos en el partido.

Por lo demás, el partido dejó la exhibición de Adam Ashley-Cooper, que anotó la ristra de tres ensayos más rápida de la historia del Mundial: en sólo siete minutos posó tres veces la pelota, aprovechándose de esa inteligencia en las decisiones a la que aludía Genia. Las once marcas de los Wallabies maquillaron la desacertada noche de Quade Cooper con el pie: dos de cinco, antes de cederle los trastos a Berrick Barnes. Entre los dos perdieron cinco de las once conversiones de las que dispuso Australia. El asunto de los errores en los tiros a palos ya tiene un culpable: la pelota. Cómo no. Mientras, con las manos, Ashley-Cooper es una topadora en cualquier posición, aunque desde aquí hayamos insistido en el poder que se extravía en el medio campo australiano sin él de centro. Con la acumulación de problemas físicos aludidos, Robbie Deans tendrá que hacer piruetas antes del último encuentro del grupo, contra Rusia, en lo que se prevé un paseo militar. Pero ya se sabe, y se ve, que en el rugby no hay partidos amistosos ni victorias inmaculadas. Todo el mundo es susceptible de comerse un buen tortazo, vayas 3 abajo o 50 arriba. Al margen de esos intereses, a uno le gustó constatar que Polota-Nau, el rotundo primera línea australiano, cada día se parece más al deejay y productor Carlos Jean, lo que le agrega un poco del siempre necesario funky a este juego.

El fin de semana abre el sábado con Inglaterra frente a Rumanía (8:00 de la mañana) y, sobre todo, el anticipadísimo Nueva Zelanda-Francia. Desde hace semanas no se habla de otra cosa, cualquier previa del torneo presentaba esta fecha enmarcada en rojo. No sólo por la potencia de ambos equipos, sino por el célebre choking neozelandés contra el rival azul. Lo que se dice un atragantarse siempre en la peor hora contra el mismo rival, su bestia negra declarada y reconocida. He ahí un encuentro clásico de las Copas del Mundo, con todos los fantasmas desatados para los All Blacks, por un lado, el orgullo de anfitrión por el otro, la permanente incógnita de la estatura que pueden alcanzar los franceses (cuyas victorias por ahora no han provocado ni frío ni calor) y las especulaciones acerca de la conveniencia de guardarse ante el cruce de cuartos con el grupo A. Si eso no fuera bastante, el imprescindible Richie McCaw, quizá el jugador más carismático de Nueva Zelanda desde Jonah Lomu y el tercera más celebrado desde Zinzan Brooke, cumple cien partidos con los All Blacks. Más allá del cumpleaños del bravo capitán, para ambientarse y comprender la desproporcionada expectación de un partido como éste, todavía en la fase de grupos, hay que hacer historia: Francia eliminó a los All Blacks (43-31) en la RWC 99, en un memorable encuentro jugado en Twickenham, acaso el mejor que se recuerda en el cuarto de siglo de historia del torneo (en competencia directa con la impresionante final entre Australia e Inglaterra en 2003); y uno de los más grandes jamás jugados en el siglo y pico de existencia de este juego. Una maravilla que cualquier aficionado mediano debería revisar al menos una vez al mes: como Perdición, de Billy Wilder, y las escenas finales de Centauros del Desierto, de monsieur Ford.
 
 
No contentos con aquella formidable hazaña, los bleus no le dieron ocasión a los neozelandeses de perpetrar una venganza, y en 2007 volvieron a sacarlos de la Copa del Mundo en Cardiff, esta vez en los cuartos de final (18-20), en un partido que pasó a la historia por el ya innegable Síndrome del Croissant, la inadmisible vestimenta gris de los All Blacks y aquel arbitraje del inglés Wayne Barnes, que se comió un balón adelantado francés que acabó en ensayo y terminaría decidiendo el encuentro. Contra la tradición legendaria de respeto por los jueces en el rugby, la polémica se hizo duradera como las del fútbol y traspasó todos los límites admisibles, en esta y en cualquier otra disciplina, al punto de que el atildado Barnes llegó a recibir amenazas de muerte. La verdad, sin embargo, fue mucho más sencilla: los All Blacks no encontraron cómo pasar la tupida defensa francesa. Y los galos, además, sueltan a veces ese flair que los adorna y se hacen irresistibles. Así que el partido llega con una acumulación emocional salvaje para los All Blacks. Si vuelve a ocurrir, una nación entera irá camino del psiquiatra. Y, sobra decirlo, las papeletas de favoritos de los neozelandeses volarán por los aires, complicándoles el camino en su Mundial.
 
Mientras en el grupo A se juegan también los bifes este fin de semana. La primera plaza parece ir camino de la prosaica Inglaterra, que se enfrenta con Rumanía. Un partido para seguir buscando a ese equipo de Martin Johnson en el que dan más titulares las juergas nocturnas de Tindall entre rubias y enanos que las anotaciones de Wilkinson y sus muchachos. Es lo que pasa por manejar un equipo con un ex capitán matrimoniado con la nieta de la Reina, un caballero de la Orden del Imperio al que le han saboteado las patadas y, entremezclados, ese tipo de pilares que, como Stephen Thompson, saben que en una pelea tabernaria un beso sardónico a tu rival siempre derrota más que el peor puñetazo. Como el que le dio al argentino Rodrigo Roncero, por ejemplo. Mientras, para la segunda plaza habrá guerra entre Argentina y Escocia. La batalla está fijada para el domingo a las 10:30 de la mañana, horario infantil para un encuentro que se prevé descarnado. Mantengan a los chicos alejados del televisor principal de la casa, ahuyéntenlos con Dora la Exploradora o, si ya no se lo tragan, el irreverente Bob Esponja. Si les dejan ver ese partido entre el Cardo y los Pumas, aténganse a las consecuencias: inexplicables miedos nocturnos, topetazos contra la pared con la cabeza por delante y tendencias desviadas, propias de un cerebro que empieza a ovalarse. Si eso ocurre, no lo piensen ni un segundo: explíquenles por qué semejantes terneros de testa inflamada y orejas de coliflor lagrimean con el himno de su país; y a continuación corran a llevarlos a que se desfoguen con un meloncito en el parque y pregunten en el club de rugby más cercano… Sí, es nuestro sueño, para qué negarlo: parir un primera línea, un bebé empentador, un alicate babeante, un nene que no cierre los ojos al chocar contra los muros ni los hombres. Sosiéguense: al contrario de ese miedo neozelandés a atragantarse con un bollo, el rugby no es una enfermedad mental. Se trata, más bien, de una patología del alma.
 
 




La caza del hombre

19 09 2011

Los Pumas le ganaron a Rumania. Una vez más, su técnico Santiago Phelan trazó un plan… y salió bien. Velocidad, dinamismo, pelotas rápidas y a mover a los pesados rumanos. Contra la corta impresión que dejaron los backs argentinos frente a Inglaterra, esta vez su rugby pareció mucho menos limitado. Buena parte de culpa la tuvieron el apertura Santiago Fernández, mucho mejor, el pie más limpio de Martín Rodríguez (seis de nueve en ausencia de Contepomi) y, sobre todo, Lucas González Amorosino, un zaguero talentoso para ocupar la ancha camiseta de Gonzalo Tiesi y que dejó algunas acciones para esperar mucho de él. Los rumanos perdieron pronto el resuello frente al ritmo de su contrario y apenas pudieron preocupar la victoria de los Pumas, que les pasaron por encima (43-8). En algunos casos, como en este ensayo de Juan Manuel Leguizamón, literalmente. Merece la pena verse: el Legui llega a la puerta del ensayo hecho una aplanadora. Le apareció un jugador y se lo llevó puesto con un topetazo salvaje. Si en un lugar de un hombre llega a ser un muro, igualmente lo hubiera derribado. Al tercera argentino, por lo visto, no le haría falta encontrar las puertas de papel en el muro de Humor Amarillo

Para abundar en la idea, agrego esta promo de la RWC 2011. De forma gráfica, el montaje explica que en el rugby el hombre es un lobo para el hombre. A cada lado hay 15 tipos, con camisetas antagonistas, que literalmente salen al campo de juego a cazar una victoria, desde luego; pero, si se puede y sobre todo, también a cobrarse alguna pieza por el camino. A quién no lo va a entretener un espectáculo de bajezas tan generosas…





La caída de los dioses

19 09 2011

La crítica australiana no se ha tomado nada bien la sorprendente derrota de los Wallabies frente a Irlanda (15-6). No hubo ensayos, pero desde cualquier punto de vista fue un partido memorable, uno de esos episodios que van a perdurar en la historia de la Copa del Mundo. En la prensa wallaby no han ahorrado adjetivos y construcciones hirientes para subrayar el ruidoso cataclismo propiciado por la vieja Irlanda, donde corrió la cerveza negra para celebrar un triunfo inesperado, oculto tras aquellas sabias palabras de Ronan O’Gara antes de la RWC: “Podemos ser patéticos o sublimes”. Ahí abajo (down-under, como dicen los anglosajones), en Australia, lo que corrió fue la sangre. En el campo, primero, porque la batalla fue un crujir de huesos permanente. Y a continuacion centellearon los cuchillos en las salas de redacción. El Sydney Morning Herald: “No hay mayor vergüenza que ésta para el rugby australiano. Los Wallabies quedaron otra vez como un equipo de segunda fila ante uno de los perdedores del rugby mundial”. La inevitable petulancia del juicio (eso de considerar un equipo de perdedores a los irlandeses que te acaban de ganar), casa mal con otra de las acusaciones, individuales y colectivas, que se le han hecho al equipo de Robbie Deans. The Australian: “Quade Cooper quedó como una estrella de andar por casa (…). Los Wallabies afrontaron el partido con demasiada altanería. Desde los tweets sobraditos a la casi arrogancia de las ruedas de prensa, las sonrisas de suficiencia se han convertido en gestos de contrariedad, a la vista de la montaña que van a tener que afrontar”.

Foto: Ryan Pierse / Getty Images

Una imagen hiperrealista de lo que sucede en eso que viene a llamarse ruck: el segunda irlandés Paul O'Connell parece jugar al Enredo con unos cuantos rivales de Australia.

A Quade Cooper, el apagado medio de apertura australiano, no le bastaba con ser el enemigo público número uno en Nueva Zelanda (su país natal); ahora además lo lapidan en casa, allá al otro lado del Mar de Tasmania. Previsible destino de los dioses proclamados antes de hora. Mike Catt, veterano de Inglaterra, ha llegado a escribir: “A Quade Cooper habría que pegarle un tiro por el partido que jugó”. Demasiados riesgos en un escenario poco propicio; y decisiones muy controvertidas, que definen a un medio de apertura capaz de crear magia, pero no de controlar las corrientes diversas de un partido. “Cuanto más importante es el partido, más sencillo hay que jugar”, ha proclamado el entrenador de Inglaterra, Martin Johnson. Hablando de otra cosa, pero en el fondo hablando de lo mismo. Las cositas, sencillas y bien hechas. Al rugby aún se puede jugar de muchas maneras: al ataque, cerrando el juego delante, a la contra, conservador, sucio, sobrio, espectacular… Todo es válido y uno no es demasiado amigo de las discusiones esteticistas (ni en éste ni en otros deportes), ni considera que haya una estatura moral superior en el hecho de jugar al ataque (pongamos Australia) que en la opción de hacerlo apostando por valores que, diríamos, menos espectaculares (queriendo decir… Irlanda). Ahora, dos precisiones: lo que se haga, hay que hacerlo bien, con convicción y rigor. Y otra cosa. Se puede jugar de muchas formas pero, como dijimos otro día, en el rugby algunos factores no son negociables: el entusiasmo, la actitud, la agresividad, el orgullo, la disposición al sufrimiento colectivo. Irlanda ganó porque tuvo todo eso, que en términos de juego significa: explotar las debilidades ajenas (en el set-piece, melé y touches… que son puntos flacos de Australia y potencias evidentes en Irlanda), mantener un plan de juego de desgaste delante, alimentar el juego cerrado, ganar los breakdowns -que se ganan por decisión, iniciativa, velocidad y compromiso a la hora de ir a partirse la cara en un ruck-, defender como animales, con fiereza, saltando al cuerpo del rival, manteniendo el orden para no dejar intervalos por los que se cuelen los velocistas ajenos y, sobre todo, disciplina en las situaciones críticas del juego de delantera, para no conceder golpes al rival. Todo eso lo hizo Irlanda. Australia no supo oponer casi nada ni explotar sus valores.

Por eso ganó Irlanda, a pesar de la irregularidad de Sexton con el pie y en la dirección. El partido lo levantaron por los aires los cinco primeros de los verdes: los tres primeras líneas (Best, Ross, Healy) y la inmortal segunda irlandesa (Paul O’Connell, Doncha O’Callaghan). Y luego, esa tercera que se hartó de placar, de largar percusiones y de contener. En la ITV inglesa, flanqueado por el ex internacional irlandés Girvan Dempsey y François Pieenaar, el capitán de la Sudáfrica campeona en 1995, el inolvidable Michael Lynagh reconoció: “Para ganar un partido así a un equipo como los Wallabies de hoy, hay que tener un plan como lo han tenido los irlandeses… pero sobre todo hay que ejecutarlo como lo han ejecutado los irlandeses”. Dos consideraciones personales, al margen. Faltaba en la primera australiana Stephen Moore, el talonador, al que relevó con muy poca altura Polota Nau. Y David Pocock en la tercera. Dos bajas notables que tal vez habrían reequilibrado la batalla de los rucks. Puede que no lo suficiente, porque Australia también sufre en melé con su número 2 titular. Por otra parte, insistiré: la sustitución del lesionado Digby Ioane es crítica para los Wallabies. Y Deans la solventó, opinaré modestamente, con un error: volver a poner a Adam Ashley-Cooper de ala, para meter en el centro a Fainga’a, que lleva un torneo muy olvidable. Ashley-Cooper es un ariete en el medio campo. Y Drew Mitchell hubiera bastado en el ala. De ese modo, Deans concedió ventaja (al renunciar a potencias propias) en un puesto clave para un partido tan físico. En el horizonte, y si Irlanda sostiene su primera plaza, a Australia le asoma Sudáfrica. Que, por cierto, parece el dinosaurio de Monterroso: cuando te despiertas, ellos siempre siguen allí. Y jugando notablemente mejor, hay que decir, en su nítida victoria sobre Fiji (49-3).

Bennett y Powell, de gales, tratan de contener a Celsto Johnston, uno de los panzer lanzados por Samoa contra las líneas enemigas en el exigente partido del domingo. Foto: Getty Images.

Bennett y Powell, de gales, tratan de contener a Celsto Johnston, uno de los panzer lanzados por Samoa contra las líneas enemigas en el exigente partido del domingo. Foto: Getty Images.

Dándole la vuelta al razonamiento, por lo contrario que Irlanda venció a Australia, no le ganó Samoa a País de Gales (10-17). Aunque el partido resultó escaso a la vista (a veces hay que ganar feo, se repiten en esta Copa del Mundo muchos equipos como un mantra), tuvo la retorcida hermosura de las peleas descarnadas. El resultado lo definió un ensayo postrero de  Shane Williams, pero los samoanos exprimieron sus capacidades para poner contra la pared al equipo de Warren Gatland, uno de los triunfadores morales de la primera semana de torneo. Parece evidente que la segunda fila de equipos aspirantes (en la que podemos considerar a Gales e Irlanda, entre otros) se manejan con mayor comodidad en el rol de underdogs que cuando el partido les reclama tomar la iniciativa. Gales, sublime ante Sudáfrica, sufrió lo indecible para vencer a los polinesios, a los que traicionó su ineficacia ante la zona de marca y la indisciplina y los errores en campo abierto. Al menos un par de veces se personaron a la puerta de los palos galeses y desperdiciaron su ocasión en batallas individuales y equivocaciones de voluntad intachable, pero contumaz ineficacia. Clásicas de los equipos poco trabajados. O midieron mal un pase. O cometieron un exceso en el ruck, una falta de contención que permitió escapar vivo a Gales. El equipo de Gatland se recuperó de la desventaja inicial y tras el descanso con los tiros a palos de Priestland, aún en crecimiento y decisivo con el pie en ausencia del zaguero James Hook. Controlado North en el ala (su duelo con el otro Tuilagi, Alesana, fue brutal en el más amplio sentido de la palabra), la fuerza de choque de Gales fue su primer centro, Jamie Roberts. Él lanzó, con la salida de Halfpenny desde el fondo, la carga que sería definitiva e iba a terminar en el ensayo de Shane Williams. Nadie rehuyó el cuerpo a cuerpo ni la carga con bayoneta. Ni siquiera el falso pequeño llamado Shane. El bailarín hizo lo decisivo: arrancarle primero un ensayo de las manos al samoano George Stowers sobre la misma línea, lo que viene a ser como quitarles una pieza cazada a una manada de lobos; y, después, capturar el balón suelto de un pase desprolijo para cerrar la victoria galesa.





El capitán América y la guerra fría

15 09 2011

Frente a Irlanda, el equipo de Estados Unidos entró al campo afectado por un evidente caso de inflamación patriótica: el partido se jugó el pasado domingo, 11 de septiembre, precedido por un servicio funerario en memoria de las víctimas del atentado del World Trade Center. Bastó ver al capitán de las Águilas americanas, Todd Clever, enjugarse las lágrimas en el homenaje para saber que al seleccionador americano no le haría falta enfatizar en la charla táctica: los muchachos saldrían a entregar su sangre si fuera necesario frente al confundido equipo irlandés. Y así fue: en el rugby la  victoria y la derrota son circunstancias volubles, pero el orgullo no se negocia.

Así de bien placaron los americanos: Todd Clever, de espaldas, interrumpe el avance de Keith Earls con un topetazo al pecho que busca arrancarle la pelota; simultáneamente, otro americano caza al zaguero irlandés abajo. Fue una constante que convirtió en el partido en un espectáculo defensivo casi circense por parte yanqui.

Al frente del arrojado ejercicio de resistencia americano apareció el hombre al que llaman, previsiblemente, Capitán América. Estados Unidos hizo 101 placajes en ese partido: muchos de ellos (15) los protagonizó el granítico Clever. Fue digno de verse: el también tercera Louis Stanfills sumó 14; y el primera línea Shawn Pittman, nada menos que 13. Esto da idea del tipo de escuadra de la que hablamos. La inferioridad de los yanquis en la melé era tan patética que cada golpe de empuje irlandés los arrastraba hacia atrás de forma grosera, como si en lugar de botas calzaran patines. La melé no les interesa gran cosa; su primera línea, su paquete en general, están concebidos para el juego dinámico. Sin embargo,  y de manera bastante incomprensible, Irlanda decidió ignorar ese factor o bien no supo jugar el partido a partir de él, ni sacar rédito a su superioridad insistiendo delante, para erosionar la impresionante energía defensiva de Estados Unidos. Siguió empeñado en ir a jugadas abiertas, obsesionado con imponer su mayor calidad con la pelota a la mano. Jugó con aire de superioridad, pero sin pensar, corriendo en abanico con el balón. La mayoría de las veces acabado estrellando de manera violenta sus tentativas en la maraña de tackles voladores de los americanos, que no hacían prisioneros. Irlanda acabó ganando (10-22), pero los chicos de Todd Clever no se sintieron perdedores.

Estados Unidos juega esta mañana con Rusia, su archinémesis política a lo largo de tantas décadas. El rugby no es una guerra fría; es más bien una batalla acalorada. Y en esta disciplina el encuentro no hubiera tenido jamás el peso de los grandes enfrentamientos entre ambos bloques. Estados Unidos y Rusia son potencias menores, pero emergentes, en el mundo ovalado. Tienen difícil ir más allá de la primera fase y su objetivo aparece tan antagónico como pueda serlo: los dos están en el Mundial para derrotar al otro. Y poco más. Todd Clever, el Capitán América, es el rostro más reconocible de un equipo americano que exhibe una mayoría de jugadores amateurs, llegados de las ciudades más diversas de Estados Unidos. Lugares con muchas y variadas referencias culturales y deportivas, pero difícilmente asociadas al rugby: San Francisco, Nueva York, Denver, Chicago, Boston, Las Vegas… o Idaho. Estados Unidos no celebró concentración previa al Mundial. Diez jugadores abandonaron sus trabajos para reunirse y entrenar en una casa en Denver, pagada por la federación, con los preparadores físicos de la selección. La mayoría de ellos dejarán el rugby después de estas semanas en Nueva Zelanda, para desarrollar su verdadero medio de vida: sus carreras profesionales.

En esas condiciones, sin otra competición en el calendario que la Churchill Cup -que jugaba con Canadá y los England Saxons, una suerte de equipo B inglés, más invitados ocasionales como Italia, Rusia o Tonga- y en un país en el que el deporte está profesionalizado al nivel más alto de todo el planeta y no existen las subvenciones públicas, el rugby norteamericano no sólo ha logrado sobrevivir, sino que progresa y abre sucursales en las primeras plazas del mundo. La Churchill Cup ya no se celebrará más y Estados Unidos será a partir de ahora incluido en el circuito de test matches de la IRB, el cuerpo que gobierna el rugby mundial.

Todd Clever carga con la caballería ligera por encima de O'Driscoll, que inútilmente intenta derribarlo yendo abajo. El Capitán América predica liderazgo con la acción.

Algunos nombres sobresalen en esta selección y han logrado vivir del rugby. Todd Clever, que acaba de fichar por el Suntory Sungoliath japonés, después de jugar en los Golden Lions de Johannesburgo.  El zaguero Chris Wyles, del Saracens inglés. En País de Gales encontramos al medio de melé Mike Petri con los Newport Gwent Dragons, y antes en Inglaterra con Sale Sharks. Y el centro Junior Tolomau Sifa, nacido en la Samoa americana, milita en el Notthingham. Además, el segunda línea Scott Lavalla acaba de dejar la Universidad de Dublín para fichar por el Stade Français. Sin embargo, es el ala Takudzwa Ngwenya, natural de Zimbabwe y conocido por sus compañeros como Zee, el que reclama todos los focos. Uno de esos jugadores que provocan expectación, como si su aparición anticipase algo grande. La culpa la tiene su casco con la bandera americana, sí, pero también una jugada memorable de la Copa del Mundo de hace cuatro años. En ella, Sudáfrica asalta la 22 de Estados Unidos con una carga feroz de sus delanteros. Cuando Fourie du Preez abre juego para buscar un ensayo en la punta derecha, el pase con triple salto lo intercepta Todd Clever. El Capitán América lanza el contraataque de Estados Unidos y por el camino larga un hand-off cuya fiereza derriba al mismísimo Butch James. Tras una veloz combinación de lado a lado del campo, aparece Ngwenya como un cañón, para medirse en carrera con el que hasta ese momento era considerado un velocista inabordable de la banda: Bryan Habana. Y desde ese momento Ngwenya pasó a ser el hombre que mató a Bryan Habana.

Mientras, en la jornada de ayer Escocia ganó a Georgia (15-6) sin posar un ensayo. Los 15 puntos los sumó el apertura Dan Parks, en un equipo escocés con nueve cambios con respecto al debut frente a Rumanía. El calendario le ha permitido al bloque de Andy Robinson estos dos encuentros de calentamiento antes de medirse con los gallos del grupo, Argentina e Inglaterra, con los que se va a jugar la clasificación. Escocia se concentró ayer en no permitir que el poderío de los georgianos en las fases estáticas y el juego de melé y delantera marcase la pauta del choque. Y no le importó “ganar feo”, como dijo su entrenador, con tal de sumar el segundo triunfo del torneo. El encuentro fue pródigo en escenas de cotidiana brutalidad, asperezas tradicionales en el juego pesado. Al punto que un cronista escocés escribió: “Los padres con niños que se portan mal tienen ahora ya una alternativa al hombre del saco para cuando necesiten imponer disciplina en casa. Pueden advertirles: ‘Niños, os portáis bien u os pongo el partido contra Georgia”. Así fue la cosa. En ningún momento tuvo Escocia ni la ligereza, ni el espacio, ni la habilidad para encontrarlo, ni la precisión necesaria para imponer el juego abierto. Así que se conformó con horadar el muro a patadas de Parks (que falló otras tres) y miró adelante: en 11 días afrontará a los Pumas. Ahí ya no valdrá con jugar medio partido.

En el grupo A, Canadá mandó a casa a Tonga con un triunfo (25-20) que corrobora la impresión de crecimiento del rugby norteamericano. Por fin en partido del grupo D, Samoa también abusó de Namibia, el equipo más flojo del torneo por ahora, y le metió los mismos puntos que ya le había hecho Fiji (49-12).





Ochenta minuti in NZ son molto longos

13 09 2011

”]Getty ImagesPor más que el Madrid se piense tan planetario, parece improbable que Fumiaki Tanaka, el resbaladizo medio de melé de Japón, o el rotundo Soane Tonga’uiha (pilar de 193 centímetros y 130 kilos de Tonga) hayan oído hablar jamás del madridista Juanito. Ignoran, sin embargo, que tienen algunas cosas en común: los tres le han pisado la cabeza a un rival en el campo de juego -del madridista lo sabemos seguro y a los otros se les supone, como el valor al soldado-, y todos suscriben aquella célebre advertencia de Juanito, anunciándole al Inter una de aquellas remontadas: “Noventa minuti in Bernabéu son molto longos”. También en el Mundial de Nueva Zelanda (aka RWC de ahora en adelante, para abreviar…) 80 minutos se pueden llegar a hacer muy largos. Lo sabe Martin Johnson, que hizo esta honesta revelación después de que su Inglaterra salvara una victoria sudada con sangre frente a Argentina: “Este partido me ha hecho envejecer diez años”. Lo que se dice un nail biting: el clásico partido no apto para cardíacos. También le dará la razón al finado Juanito el equipo de los banzais de Japón, que llegó a tener a Francia a cuatro puntos (25-21), con veinte minutos por jugar. Y hasta Tonga, que no olisqueó la victoria pero sí aprovechó el despreocupado rugby de los All Blacks en el partido inaugural para meterles un ensayo por delantera: logro que viene a ser como levantarte una noche a la mujer de Brad Pitt. Y desde luego firmará al pie el equipo de Rumanía, que con un rugby armado de rigor, sencillez y ortodoxia retrató a una Escocia que se había quedado hecha piedra frente a la muralla articulada de los rumanos, que los fueron sacando del partido hasta adelantarse 21-24 a 15 minutos de que sonara la sirena del final. Todos ellos perdieron: Japón, Tonga y Rumanía. Inglaterra ganó, después de que Argentina exprimiera su incomensurable honor y su escaso rugby. Los grandes apretaron los dientes y se quitaron el susto (porque fue susto y fue grande) con un arreón definitivo. A esa hora, sin embargo, había quedado claro que en este Mundial nadie se hace el gracioso. Por el camino, los que miramos habíamos visto estupendos partidos, jugados en contraposición de estilos y fenomenalmente competidos. No es que los buenos se relajaran o se dejasen llevar: es que verdaderamente sus contrarios les apretaron las tuercas.

“Sabíamos que eran rápidos… pero no TAN rápidos”, reconoció el seleccionador francés, Marc Lievremont, después de espantar el canguelo que le había dejado el choque con Japón. Los underdogsde la RWC ya no juegan sólo con entusiasmo: tienen un plan, se aferran a sus valores, los explotan, han mejorado defensivamente lo suficiente como para exprimir a rivales mucho mayores y exhiben una riqueza táctica que obsequia al espectador con partidos en los que nadie sale barrido… O al menos, no hasta el tramo final. Los 80 largos minutos… El plan de desarrollo de la competitividad en el rugby entre selecciones empieza a dar frutos materiales. Basta un ejemplo: Rumanía, que juega el 6 Naciones B (una especie de copa de Europa para los países del segundo rango continental), también se cruzó en la RWC 2007 con Escocia en el grupo. Entonces ganaron los británicos por 42-0; el sábado, el partido acabó 32-24 para Escocia. Y hablamos de una Escocia que anuncia lo mejor de su rugby en años, aunque esa impresión ha de corroborarla el torneo. Otro dato, éste sacado a pedal mediante consulta, suma, resta y división de todos los resultados de las primeras fases del torneo en las RWC de 2003 y 2007. En el Mundial de Australia 2003 la media de diferencia de puntos en los 40 partidos de la fase de grupos fue de 34’4; cuatro años más tarde, en Francia 2007, había bajado a 29,6. En los ocho encuentros que se han jugado durante este fin de semana en Nueva Zelanda, la distancia se ha reducido prácticamente a la mitad: 16,7 puntos entre el ganador y el perdedor. Es pronto para hacer afirmaciones categóricas (siempre es pronto para eso), pero los datos parecen corroborar la impresión que a uno, personalmente, le había crecido viendo los encuentros jugados hasta ahora: el rugby se va igualando; y éste es, por ahora, quizá el Mundial más entretenido (en la fase previa, claro) que uno ha visto. Para los suspicaces: los hemos visto todos.

Digby Ioane, el destructor australiano que parte desde el ala, en pleno despegue hacia la línea de marca italiana. Se ha lesionado y a Australia le costará encontrar un recambio con su impacto.

Dicho lo cual, es verdad que, contra los japs, Francia se aburrió de sí misma y nosotros de ella; que Jonny Wilkinson falló hasta cuatro tiros a palos, lo cual viene a ser como la alineación de los nueve planetas; o que Nueva Zelanda no tuvo ni brío ni autoridad frente a Tonga, por más que insista el marcador. Pero eso no quita un ápice de verdad a lo dicho. En el caso de Nueva Zelanda, por ejemplo, el partido resultó decepcionante en casi todos los aspectos para los All Blacks, salvo por la confirmación de que, si él quiere, Sonny Bill Williams puede hacer cierta diferencia en el medio campo. Dio lo mejor en el primer tiempo, como todo el equipo negro. Jugó con seriedad, arrojo para romper por el eje y habilidad para descargar pases que liberasen a sus compañeros más allá de la línea de ventaja. Por lo demás, NZ me impresionó poco. Si acaso las finalizaciones de Israel Dagg desde el fondo, aunque creo que Muliaina aún no tiene rival. Me gustaron Kahui y Toeava como primeras opciones para las alas, pero sin entusiasmos. Tengo dudas entre Conrad Smith y Sonny Bill a la hora de elegir el centro (asumido que Nonu va a seguir ahí). Decepcionante Jimmy Cowan en el medio de melé: Piri Weepu despertó al equipo. Y poco decisivo el trabajo de la tercera. ¿Puede ser Victor Vito, hoy por hoy, el octavo de los All Blacks? Sigue faltando dinamismo. Y si Nueva Zelanda ensayó tanto en ese partido fue porque el rigor táctico de los tonganos a la hora de defender las jugadas abiertas fue más bien lastimoso. Una invitación a perforar intervalos.

.”]Getty ImagesEn el aire neozelandés debe de haber remolinos o un cruce ininterpretable de corrientes y vientos. De otro modo no se explica la insistencia de Jonny Wilkinson en errar penales: dos de seis hizo el Caballero del Imperio, un tipo capaz desde siempre de meter el oval entre los palos aunque se los pongan en el Cabo de Hornos. Eso o Wilco es un caballero: los argentinos perdieron el encuentro con el pie. A él le pareció mal ganarlo. Una vez fallaron el placaje los Pumas y fue el ensayo que resolvió un partido con resultado de otro tiempo (13-12 para Inglaterra). Ni Felipe Contepomi ni Martín Rodríguez encontraron el toque preciso para capitalizar el excelente trabajo del 15 de Phelan en el medio campo y las fases estáticas. Ni Ashton ni Foden pudieron contraatacar. Wigglesworth, el nueve inglés, estuvo desastroso; de hecho fue Ben Youngs, su relevo, quien dinamizó al equipo el tanto por ciento mínimo para comprometer la fatigada defensa argentina. Johnson insiste con Tindall. Inglaterra no enseñó nada. Ni la patita de Wilco bajo la puerta. Pero a los Pumas los atrapó en forma de lesiones el exceso de dramatismo (necesario, claro) que le pusieron al partido. Y tal vez el cansancio psicológico de caminar contra el viento: perdieron sucesivamente por lesión a Felipe Contepomi, con una contusión seria en esa zona blanda que es el costillar; perdieron definitivamente al zaguero Tiesi (que ya ha vuelto para casa) y al talonador Ledesma, percance menor que no frenará a semejante bestia parda. Argentina murió en la orilla: la tópica figura vale para resumir el partido y las prestaciones de su rugby. Jugó muy bien, sobreponiéndose a sus limitaciones y sacando de cacho a Inglaterra. Pero ni pudo convertir en ensayos sus avances hasta los alrededores de la zona de marca (le falta pegada, entonces) ni tiene puntos en los pies para compensarlo. Así, le espera un camino difícil…

Uno de sus oponentes, Escocia, también repartió dudas, interrumpidos su nivel y su idea de juego por la buena defensa rumana. Los rumanos supieron a qué jugar: rugby casi de fundamentos, cositas sencillas, casi todas ahí delante, pero muy bien hechas. Nada de exponerse. Son como la comida casera: fiable, exacta en su simplicidad, sin florituras, adornos ni cocina química. Defensa, severidad máxima en el juego de delantera (cómo ruckea y cómo entra en la melé esa gente… son compactos como un camión) y atrevimiento a la hora de resolver delante. Escocia, por contra, se desconoció a sí misma. Fue sólo la Escocia que quiere Andy Robinson en la carga final, cuando liberaron la esencia del juego a la mano, de apoyo y descarga, que vienen persiguiendo. Danielli posó los ensayos que decidieron.

”]Stu Foster - Getty ImagesDel resto merece la pena destacar que Australia fue el equipo que más se pareció a sí mismo, sofocando una imposible amenaza italiana antes incluso de que Parisse, Masi o el clínico Semenzano (las patadas a la caja del medio de melé azzurroson de libro) tuvieran la posibilidad de idearla. Italia salvó el primer tiempo, pero no generó amenazas que inquietasen a Australia. Los wallabies no entraron en pánico ante la igualdad al descanso y resolvieron en el segundo, cuando al equipo de Mallet se le acabaron las respuestas: habrá que esperar a Italia en cruces menos exigentes, a ver qué nivel da. Estuvo bien su medio melé, la delantera y Masi, que carga desde el fondo con aspiración rocosa. Pero le falta rugby en el apertura y, en consecuencia, en el resto de la línea. Australia no reservó jugadores ni se hizo el despistado, por si acaso. Liberó las esencias de su juego de combinación imprevisible en el medio campo, ángulos de carrera acusadísimos, apoyo permanente, descargas en el contacto, continuidad… Faltó en el equipo inicial James O’Connor, castigado por su indisciplina, pero ya no volverá a ocurrir. O’Connor es imprescindible: corre, defiende, hace de ariete cuando se cruza de lado y carga recto, y además tiene puntos en el pie. De paso, libera a Ashley-Cooper al puesto de centro, donde por cierto Anthony Fainga’a desentonó con el ritmo alegre, la precisión en el movimiento de la pelota de los wallabies. Ahora, los chicos de oro afrontan un problema serio: Digby Ioane, su potentísimo ala izquierdo, se rompió el dedo pulgar, pasará por el quirófano y se va a perder la mayor parte del torneo. Es una baja muy, muy sensible porque no resulta fácil, ni siquiera en un equipo del tamaño de Australia, encontrar alguien con el impacto de Ioane en el juego de ataque.

¿Y Sudáfrica? La familia bien, gracias… O sea, nada que no supiéramos. Sudáfrica no es ni por asomo el equipo del último Mundial y del año siguiente. Por eso la impresión que deja su tradicional juego de contención, sobriedad y vuelo corto es aún mayor si los actores principales (Habana, Jacques Fourie, Fourie du Preez, Morne Steyn, los terceras o Victor Matfield) se encuentra en el estado de bajada o glaciación en el que los vemos ahora. Dicho lo cual, ya advertimos que ganarles cuesta muchísimo, porque saben jugar de maravilla al rugby para no perder. Gales hizo un partido memorable de todo punto, salvo por el resultado. Extraño, por verdadero, este comentario que me hizo un buen amigo galés: “Para romper la norma en el rugby, el mejor perdió”. Fue una derrota dolorosa para el equipo de Warren Gatland, que jugó con entusiasmo medido al milímetro, calidad (excelentes el apertura Priestland y el tercera Warburton, muy bien acompañado por el octavo Faletau y, cómo no, Ryan Jones), con disciplina enorme para no conceder golpes en los breakdowns que alimentasen a Morne Steyn y, sobre todo, con una inteligencia máxima en cada mínimo detalle del juego: los galeses rompían cortito, en los alrededores de cada agrupamiento, aseguraban la pelota con un buen contacto y la caída al suelo inmediata, para propiciar un ruck que garantizase continuidad en la posesión. Se guardaron la pelota con mimo. Sudáfrica debió aplicarse, contra eso, con placajes que mantuvieran en pie al portador de la pelota, para buscar la recuperación o ensuciar los moles siguientes. Lo hizo poco o nada, así que Gales mandó en la dinámica del juego, en la velocidad del partido y en el territorio. Fue un encuentro de libro, para enseñar fundamentos básicos del juego en ataque y en defensa. Si cayeron derrotados fue por errores críticos: un drop de Priestland frente a palos que se combó a un lado y el golpe de castigo errado por Stephen Hook. Más el knock-on del centro Jonathan Davies camino de la marca, después de una carga portentosa de Faletau. Fue el suplente Hougaard quien los castigó al final, cuando Gales concedió el ensayo ganador, al despistar mínimamente el rigor debido en una jugada básica en el rugby de hoy: la defensa de los costados del agrupamiento cerca de la línea de ensayo, un punto débil mínimo pero suficiente para que los Springboks vencieran 17-16 en el mejor partido hasta la fecha.




Grupo D: Campo de minas

10 09 2011

Sudáfrica, País de Gales, Fiji, Samoa y Namibia

John Smit levanta el trofeo Webb Ellis, ganado en el Mundial de 2007, cuando Sudáfrica dominaba el mundo oval. La séptima Copa del Mundo encuentra a una brillantísima generación de Springboks de vuelta de sus mejores días.

Pocos se atreverían a colgarle de la espalda un monigote de papel a, digamos, Victor Matfield. Pero Sudáfrica aparece en este Mundial con una diana subida en los omóplatos, ahí justo donde exhiben los Springboks esos números tan chiquitos, que se pierden en las llanuras de la camiseta. El campeón siempre tiene una diana cuando arranque el siguiente Mundial. En el caso de Sudáfrica, además, no falta quien le ha olisqueado debilidades y piensa que el gigantón del hemisferio sur está listo para ser derribado. ¿Lo está? Uhmmm, veremos… La cuestión no trata de nivel de los jugadores, cosa que no hace falta aclarar, sino de estado de forma. Particularmente, en mi opinión, de tres o cuatro hombre sque definieron el dominio implacable de los Springboks en el periodo que les condujo a levantar en 2007 su última Copa del Mundo: hablamos de Morne Steyn (zaguero o medio de apertura, el pie clínico que ha acostumbrado a poner a Sudáfrica un paso más allá que sus rivales, y al que vimos en un perfil bajo en el Tri Nations), del incomensurable segunda Victor Matfield, la velocidad incontestable de Habana por el ala y la dirección y Fourie du Preez, el que fue considerado en el ciclo inter-mundiales el mejor medio de melé del mundo, pero al que en la última serie del Tri Nations me pareció ver por debajo de aquella versión superlativa, algo recortado ese filo que le hacía mover a todos y ganar la línea de ventaja con constancia. En realidad, los tres estaban entre los 21 jugadores que el técnico Bok, Peter de Villiers, decidió no llevar a la gira por Australia y Nueva Zelanda que abrió el torneo del hemisferio sur. En esa lista de ausentes (reservados por lesión o por encontrarse, se adujo, en periodos de rehabilitación) había tantos pesos pesados del equipo que Sudáfrica fue acusada de adulterar la competición y se investigó si todas las dolencias aducidas verdaderas. Y De Villiers hubo de responder por un supuesto campus secreto de entrenamiento. El resultado fue mucha tinta y palabra gastada, por un lado, y un equipo disminuido, probando jugadores para el Mundial, por el otro. A la vuelta a Sudáfrica, jugaron todos los buenos, aunque gente como Matfield, Bakkies Botha o Bryan Habana aún estaban oxidados: rusty, que se dice en inglés. Ganaron a Nueva Zelanda. Perdieron con Australia. Y quedó poco claro hasta qué punto en Nueva Zelanda podrá más la edad o la sabiduría: ese rugby sobrio, rocoso, defensivo, simplificado y demoledor del que han hecho tradición y escuela. Como Sudáfrica nunca negocia sus principios (tampoco De Villiers, por más ladrillos que le caigan), habrá que esperar para ver al joven Lamby, prometedor pero aún tierno para ser el 15, y suspirar por Bismarck du Plessis en el puesto de talonador: ahí permanece, por ahora, el capitán John Smit, cuya leyenda está bajo bombardeo por el empeño de su técnico en alargarle la vigencia. Propongo un ojo siempre en Heinrich Brüsow, ariete de la tercera que más me gusta en todo el torneo, junto al sanguinario Burger y a Pierre Spies. Otro en Jacques Fourie y el tercero en la bota de Steyn, que en el mejor de los casos dicta el camino, la táctica, el tiempo y los resultados. Pronóstico: si los mencionados se aproximan a sus versiones más reconocibles, Sudáfrica será muy difícil de bajar del torneo. Si no lo hacen, igualmente será complicado sacarlos. Dominarán el grupo, pero sin exhibirse. Los veo en semifinales, donde si todo es normal se cruzarían a muerte con los All Blacks. Y ahí… cualquiera sabe.

George North, asesino con cara de niño, anotador ala: el chico del que todo el mundo habla en Gales y, si las previsiones se cumplen, del que todo el mundo hablará de esta Copa del Mundo en adelante. Cuando Warren Gatland lo llamó, era un desconocido: ahora la expectación lo rodea.

Gales ha acometido una reforma integral, pero sin ir al Ikea. No le ha impresionado lo más mínimo enfrentar a sus jóvenes talentos con la cita máxima. Su partido contra los sudafricanos, que abre la participación de ambos, supone una batalla de las edades en toda regla: la media de edad de los dragones no pasa de 26 años, su capitán Warburton tiene 22, y la escuadra suma algo más de 400 internacionalidades entre los 30 miembros del equipo. Los Springboks doblan esa cifra. John Smit cumplirá 34 en abril. Así que será un choque de opuestos en toda regla, porque Gales, su entrenador Warren Gatland y el mundo entero saben que unos llevarán el partido al enfrentamiento de los delanteros y el dominio posicional del territorio; mientras los otros querrán que la pelota fluya, los hombres vuelen y la juventud baile. Sobre todo la de su medio de apertura, Priestland, en quien Gatland tiene puestas enormes esperanzas. Elegido tras la lesión de Stephen Jones, habrá que ver cómo mezcla con el medio de melé, Mike Philips, quien sí maneja una delantera con conocimiento y causa: ha vuelto el oso Adam Jones, siempre tan necesario, pero echaremos de menos a Gethin Jenkins, lesionado, uno de los primeras líneas que mejor placa abajo, incluso en carrera. Y a Ryan Jones en la tercera: tiene para dos semanas y su participación en el torneo está en el aire. Resisten clásicos como el segunda Alun Wynn-Jones, Lydiate, la reserva del efervescente (no siempre para bien) Andy Powell, Charteris… y aparece con un peinado afro-setentero Toby Faletau, flanker tongano, hijo de un veterano mundialista de 1999 y recién promovido a la

Alesana Tuilagi, con la camiseta del Leicester: el rostro más reconocible de una selección de Samoa que promete más de un disgusto siempre que aparece en un torneo mayor.

primera selección galesa por Gatland en el mes de junio. Entre los tres cuartos, varios clásicos de ayer, hoy y siempre (Jonathan Davies,  Jamie Roberts, James Hook, desde luego Shane Williams…) y un muy serio proyecto de estrella en el ala: George North. Pronóstico: el único norteño en el grupo, afronta un choque monumental contra los sudafricanos y encuentros muy duros con equipos que lo han golpeado en el pasado, Samoa y Fiji. El resultado es incierto, pero anuncian diversión por el modo de jugar de sus estrellas.

Cualquier equipo de Samoa y de Fiji se han hecho difíciles de batir. Gales lo aprendió a base de resbalar en esa misma baldosa en dos mundiales distintos. Los samoanos llegan al Mundial con el viente de cola de una prestigiosísima victoria sobre Australia en julio, una carta de presentación temible para un grupo bastante duro, en el que la segunda plaza está muy en el aire. Eso, si los polinesios no dan su perfil más frívolo en defensa (como enseñó Tonga en el partido con los All Blacks). Samoa tiene poderío, jugadores atléticos, durísimos en el contacto y veloces en campo abierto. Fiji todavía afila más ese perfil: su arquetipo de rugby es el del siete, espacios, contacto y pase, ángulos salvajes de carrera, revoloteos y cambios de dirección. Si uno los deja sueltos, es como perseguir gallinas en un campo de fútbol. En Samoa aparece, reconocible por encima de cualquiera de sus compañeros, Alesana Tuilagi, hermano de Manu (el centro de Inglaterra) y familiar presencia en la Premiership. Es la saga de los Tuilagi, interminable: además de Alesana y Manu, Henry Tuilagi juega en el USAP Perpignan. Luego vienen Fereti ‘Freddie’ Tuilagi, y Anatelia ‘Andy’ Tuilagi. Y, por fin, Sanele Vavae Tuilagi, que milita ahor en el Coventry. Además de Alesana, en Samoa merece la pena atender al veloz David Lemi y al centro Mapusua. En Fiji (que ya dio cuenta en la madrugada del sábado de la bizcochona Namibia), el capitán Deacon Manu y el flanker Akapusi Qera le dan ritmo a la delantera. Los de atrás lo tienen todos. Su choque con Samoa será una exhibición de vuelo sin motor. Pronóstico: Samoa está en condiciones de sacar a Gales del torneo a la primera de cambio; habrá que ver con Fiji, con un juego más singular, menos dispuesto a diferentes tipos de partido. Los dos son una amenaza para cualquiera. El grupo es un campo de minas. Namibia, por fin, está destinada a correr mucho y ganar poco.