La caída de los dioses

19 09 2011

La crítica australiana no se ha tomado nada bien la sorprendente derrota de los Wallabies frente a Irlanda (15-6). No hubo ensayos, pero desde cualquier punto de vista fue un partido memorable, uno de esos episodios que van a perdurar en la historia de la Copa del Mundo. En la prensa wallaby no han ahorrado adjetivos y construcciones hirientes para subrayar el ruidoso cataclismo propiciado por la vieja Irlanda, donde corrió la cerveza negra para celebrar un triunfo inesperado, oculto tras aquellas sabias palabras de Ronan O’Gara antes de la RWC: “Podemos ser patéticos o sublimes”. Ahí abajo (down-under, como dicen los anglosajones), en Australia, lo que corrió fue la sangre. En el campo, primero, porque la batalla fue un crujir de huesos permanente. Y a continuacion centellearon los cuchillos en las salas de redacción. El Sydney Morning Herald: “No hay mayor vergüenza que ésta para el rugby australiano. Los Wallabies quedaron otra vez como un equipo de segunda fila ante uno de los perdedores del rugby mundial”. La inevitable petulancia del juicio (eso de considerar un equipo de perdedores a los irlandeses que te acaban de ganar), casa mal con otra de las acusaciones, individuales y colectivas, que se le han hecho al equipo de Robbie Deans. The Australian: “Quade Cooper quedó como una estrella de andar por casa (…). Los Wallabies afrontaron el partido con demasiada altanería. Desde los tweets sobraditos a la casi arrogancia de las ruedas de prensa, las sonrisas de suficiencia se han convertido en gestos de contrariedad, a la vista de la montaña que van a tener que afrontar”.

Foto: Ryan Pierse / Getty Images

Una imagen hiperrealista de lo que sucede en eso que viene a llamarse ruck: el segunda irlandés Paul O'Connell parece jugar al Enredo con unos cuantos rivales de Australia.

A Quade Cooper, el apagado medio de apertura australiano, no le bastaba con ser el enemigo público número uno en Nueva Zelanda (su país natal); ahora además lo lapidan en casa, allá al otro lado del Mar de Tasmania. Previsible destino de los dioses proclamados antes de hora. Mike Catt, veterano de Inglaterra, ha llegado a escribir: “A Quade Cooper habría que pegarle un tiro por el partido que jugó”. Demasiados riesgos en un escenario poco propicio; y decisiones muy controvertidas, que definen a un medio de apertura capaz de crear magia, pero no de controlar las corrientes diversas de un partido. “Cuanto más importante es el partido, más sencillo hay que jugar”, ha proclamado el entrenador de Inglaterra, Martin Johnson. Hablando de otra cosa, pero en el fondo hablando de lo mismo. Las cositas, sencillas y bien hechas. Al rugby aún se puede jugar de muchas maneras: al ataque, cerrando el juego delante, a la contra, conservador, sucio, sobrio, espectacular… Todo es válido y uno no es demasiado amigo de las discusiones esteticistas (ni en éste ni en otros deportes), ni considera que haya una estatura moral superior en el hecho de jugar al ataque (pongamos Australia) que en la opción de hacerlo apostando por valores que, diríamos, menos espectaculares (queriendo decir… Irlanda). Ahora, dos precisiones: lo que se haga, hay que hacerlo bien, con convicción y rigor. Y otra cosa. Se puede jugar de muchas formas pero, como dijimos otro día, en el rugby algunos factores no son negociables: el entusiasmo, la actitud, la agresividad, el orgullo, la disposición al sufrimiento colectivo. Irlanda ganó porque tuvo todo eso, que en términos de juego significa: explotar las debilidades ajenas (en el set-piece, melé y touches… que son puntos flacos de Australia y potencias evidentes en Irlanda), mantener un plan de juego de desgaste delante, alimentar el juego cerrado, ganar los breakdowns -que se ganan por decisión, iniciativa, velocidad y compromiso a la hora de ir a partirse la cara en un ruck-, defender como animales, con fiereza, saltando al cuerpo del rival, manteniendo el orden para no dejar intervalos por los que se cuelen los velocistas ajenos y, sobre todo, disciplina en las situaciones críticas del juego de delantera, para no conceder golpes al rival. Todo eso lo hizo Irlanda. Australia no supo oponer casi nada ni explotar sus valores.

Por eso ganó Irlanda, a pesar de la irregularidad de Sexton con el pie y en la dirección. El partido lo levantaron por los aires los cinco primeros de los verdes: los tres primeras líneas (Best, Ross, Healy) y la inmortal segunda irlandesa (Paul O’Connell, Doncha O’Callaghan). Y luego, esa tercera que se hartó de placar, de largar percusiones y de contener. En la ITV inglesa, flanqueado por el ex internacional irlandés Girvan Dempsey y François Pieenaar, el capitán de la Sudáfrica campeona en 1995, el inolvidable Michael Lynagh reconoció: “Para ganar un partido así a un equipo como los Wallabies de hoy, hay que tener un plan como lo han tenido los irlandeses… pero sobre todo hay que ejecutarlo como lo han ejecutado los irlandeses”. Dos consideraciones personales, al margen. Faltaba en la primera australiana Stephen Moore, el talonador, al que relevó con muy poca altura Polota Nau. Y David Pocock en la tercera. Dos bajas notables que tal vez habrían reequilibrado la batalla de los rucks. Puede que no lo suficiente, porque Australia también sufre en melé con su número 2 titular. Por otra parte, insistiré: la sustitución del lesionado Digby Ioane es crítica para los Wallabies. Y Deans la solventó, opinaré modestamente, con un error: volver a poner a Adam Ashley-Cooper de ala, para meter en el centro a Fainga’a, que lleva un torneo muy olvidable. Ashley-Cooper es un ariete en el medio campo. Y Drew Mitchell hubiera bastado en el ala. De ese modo, Deans concedió ventaja (al renunciar a potencias propias) en un puesto clave para un partido tan físico. En el horizonte, y si Irlanda sostiene su primera plaza, a Australia le asoma Sudáfrica. Que, por cierto, parece el dinosaurio de Monterroso: cuando te despiertas, ellos siempre siguen allí. Y jugando notablemente mejor, hay que decir, en su nítida victoria sobre Fiji (49-3).

Bennett y Powell, de gales, tratan de contener a Celsto Johnston, uno de los panzer lanzados por Samoa contra las líneas enemigas en el exigente partido del domingo. Foto: Getty Images.

Bennett y Powell, de gales, tratan de contener a Celsto Johnston, uno de los panzer lanzados por Samoa contra las líneas enemigas en el exigente partido del domingo. Foto: Getty Images.

Dándole la vuelta al razonamiento, por lo contrario que Irlanda venció a Australia, no le ganó Samoa a País de Gales (10-17). Aunque el partido resultó escaso a la vista (a veces hay que ganar feo, se repiten en esta Copa del Mundo muchos equipos como un mantra), tuvo la retorcida hermosura de las peleas descarnadas. El resultado lo definió un ensayo postrero de  Shane Williams, pero los samoanos exprimieron sus capacidades para poner contra la pared al equipo de Warren Gatland, uno de los triunfadores morales de la primera semana de torneo. Parece evidente que la segunda fila de equipos aspirantes (en la que podemos considerar a Gales e Irlanda, entre otros) se manejan con mayor comodidad en el rol de underdogs que cuando el partido les reclama tomar la iniciativa. Gales, sublime ante Sudáfrica, sufrió lo indecible para vencer a los polinesios, a los que traicionó su ineficacia ante la zona de marca y la indisciplina y los errores en campo abierto. Al menos un par de veces se personaron a la puerta de los palos galeses y desperdiciaron su ocasión en batallas individuales y equivocaciones de voluntad intachable, pero contumaz ineficacia. Clásicas de los equipos poco trabajados. O midieron mal un pase. O cometieron un exceso en el ruck, una falta de contención que permitió escapar vivo a Gales. El equipo de Gatland se recuperó de la desventaja inicial y tras el descanso con los tiros a palos de Priestland, aún en crecimiento y decisivo con el pie en ausencia del zaguero James Hook. Controlado North en el ala (su duelo con el otro Tuilagi, Alesana, fue brutal en el más amplio sentido de la palabra), la fuerza de choque de Gales fue su primer centro, Jamie Roberts. Él lanzó, con la salida de Halfpenny desde el fondo, la carga que sería definitiva e iba a terminar en el ensayo de Shane Williams. Nadie rehuyó el cuerpo a cuerpo ni la carga con bayoneta. Ni siquiera el falso pequeño llamado Shane. El bailarín hizo lo decisivo: arrancarle primero un ensayo de las manos al samoano George Stowers sobre la misma línea, lo que viene a ser como quitarles una pieza cazada a una manada de lobos; y, después, capturar el balón suelto de un pase desprolijo para cerrar la victoria galesa.





El capitán América y la guerra fría

15 09 2011

Frente a Irlanda, el equipo de Estados Unidos entró al campo afectado por un evidente caso de inflamación patriótica: el partido se jugó el pasado domingo, 11 de septiembre, precedido por un servicio funerario en memoria de las víctimas del atentado del World Trade Center. Bastó ver al capitán de las Águilas americanas, Todd Clever, enjugarse las lágrimas en el homenaje para saber que al seleccionador americano no le haría falta enfatizar en la charla táctica: los muchachos saldrían a entregar su sangre si fuera necesario frente al confundido equipo irlandés. Y así fue: en el rugby la  victoria y la derrota son circunstancias volubles, pero el orgullo no se negocia.

Así de bien placaron los americanos: Todd Clever, de espaldas, interrumpe el avance de Keith Earls con un topetazo al pecho que busca arrancarle la pelota; simultáneamente, otro americano caza al zaguero irlandés abajo. Fue una constante que convirtió en el partido en un espectáculo defensivo casi circense por parte yanqui.

Al frente del arrojado ejercicio de resistencia americano apareció el hombre al que llaman, previsiblemente, Capitán América. Estados Unidos hizo 101 placajes en ese partido: muchos de ellos (15) los protagonizó el granítico Clever. Fue digno de verse: el también tercera Louis Stanfills sumó 14; y el primera línea Shawn Pittman, nada menos que 13. Esto da idea del tipo de escuadra de la que hablamos. La inferioridad de los yanquis en la melé era tan patética que cada golpe de empuje irlandés los arrastraba hacia atrás de forma grosera, como si en lugar de botas calzaran patines. La melé no les interesa gran cosa; su primera línea, su paquete en general, están concebidos para el juego dinámico. Sin embargo,  y de manera bastante incomprensible, Irlanda decidió ignorar ese factor o bien no supo jugar el partido a partir de él, ni sacar rédito a su superioridad insistiendo delante, para erosionar la impresionante energía defensiva de Estados Unidos. Siguió empeñado en ir a jugadas abiertas, obsesionado con imponer su mayor calidad con la pelota a la mano. Jugó con aire de superioridad, pero sin pensar, corriendo en abanico con el balón. La mayoría de las veces acabado estrellando de manera violenta sus tentativas en la maraña de tackles voladores de los americanos, que no hacían prisioneros. Irlanda acabó ganando (10-22), pero los chicos de Todd Clever no se sintieron perdedores.

Estados Unidos juega esta mañana con Rusia, su archinémesis política a lo largo de tantas décadas. El rugby no es una guerra fría; es más bien una batalla acalorada. Y en esta disciplina el encuentro no hubiera tenido jamás el peso de los grandes enfrentamientos entre ambos bloques. Estados Unidos y Rusia son potencias menores, pero emergentes, en el mundo ovalado. Tienen difícil ir más allá de la primera fase y su objetivo aparece tan antagónico como pueda serlo: los dos están en el Mundial para derrotar al otro. Y poco más. Todd Clever, el Capitán América, es el rostro más reconocible de un equipo americano que exhibe una mayoría de jugadores amateurs, llegados de las ciudades más diversas de Estados Unidos. Lugares con muchas y variadas referencias culturales y deportivas, pero difícilmente asociadas al rugby: San Francisco, Nueva York, Denver, Chicago, Boston, Las Vegas… o Idaho. Estados Unidos no celebró concentración previa al Mundial. Diez jugadores abandonaron sus trabajos para reunirse y entrenar en una casa en Denver, pagada por la federación, con los preparadores físicos de la selección. La mayoría de ellos dejarán el rugby después de estas semanas en Nueva Zelanda, para desarrollar su verdadero medio de vida: sus carreras profesionales.

En esas condiciones, sin otra competición en el calendario que la Churchill Cup -que jugaba con Canadá y los England Saxons, una suerte de equipo B inglés, más invitados ocasionales como Italia, Rusia o Tonga- y en un país en el que el deporte está profesionalizado al nivel más alto de todo el planeta y no existen las subvenciones públicas, el rugby norteamericano no sólo ha logrado sobrevivir, sino que progresa y abre sucursales en las primeras plazas del mundo. La Churchill Cup ya no se celebrará más y Estados Unidos será a partir de ahora incluido en el circuito de test matches de la IRB, el cuerpo que gobierna el rugby mundial.

Todd Clever carga con la caballería ligera por encima de O'Driscoll, que inútilmente intenta derribarlo yendo abajo. El Capitán América predica liderazgo con la acción.

Algunos nombres sobresalen en esta selección y han logrado vivir del rugby. Todd Clever, que acaba de fichar por el Suntory Sungoliath japonés, después de jugar en los Golden Lions de Johannesburgo.  El zaguero Chris Wyles, del Saracens inglés. En País de Gales encontramos al medio de melé Mike Petri con los Newport Gwent Dragons, y antes en Inglaterra con Sale Sharks. Y el centro Junior Tolomau Sifa, nacido en la Samoa americana, milita en el Notthingham. Además, el segunda línea Scott Lavalla acaba de dejar la Universidad de Dublín para fichar por el Stade Français. Sin embargo, es el ala Takudzwa Ngwenya, natural de Zimbabwe y conocido por sus compañeros como Zee, el que reclama todos los focos. Uno de esos jugadores que provocan expectación, como si su aparición anticipase algo grande. La culpa la tiene su casco con la bandera americana, sí, pero también una jugada memorable de la Copa del Mundo de hace cuatro años. En ella, Sudáfrica asalta la 22 de Estados Unidos con una carga feroz de sus delanteros. Cuando Fourie du Preez abre juego para buscar un ensayo en la punta derecha, el pase con triple salto lo intercepta Todd Clever. El Capitán América lanza el contraataque de Estados Unidos y por el camino larga un hand-off cuya fiereza derriba al mismísimo Butch James. Tras una veloz combinación de lado a lado del campo, aparece Ngwenya como un cañón, para medirse en carrera con el que hasta ese momento era considerado un velocista inabordable de la banda: Bryan Habana. Y desde ese momento Ngwenya pasó a ser el hombre que mató a Bryan Habana.

Mientras, en la jornada de ayer Escocia ganó a Georgia (15-6) sin posar un ensayo. Los 15 puntos los sumó el apertura Dan Parks, en un equipo escocés con nueve cambios con respecto al debut frente a Rumanía. El calendario le ha permitido al bloque de Andy Robinson estos dos encuentros de calentamiento antes de medirse con los gallos del grupo, Argentina e Inglaterra, con los que se va a jugar la clasificación. Escocia se concentró ayer en no permitir que el poderío de los georgianos en las fases estáticas y el juego de melé y delantera marcase la pauta del choque. Y no le importó “ganar feo”, como dijo su entrenador, con tal de sumar el segundo triunfo del torneo. El encuentro fue pródigo en escenas de cotidiana brutalidad, asperezas tradicionales en el juego pesado. Al punto que un cronista escocés escribió: “Los padres con niños que se portan mal tienen ahora ya una alternativa al hombre del saco para cuando necesiten imponer disciplina en casa. Pueden advertirles: ‘Niños, os portáis bien u os pongo el partido contra Georgia”. Así fue la cosa. En ningún momento tuvo Escocia ni la ligereza, ni el espacio, ni la habilidad para encontrarlo, ni la precisión necesaria para imponer el juego abierto. Así que se conformó con horadar el muro a patadas de Parks (que falló otras tres) y miró adelante: en 11 días afrontará a los Pumas. Ahí ya no valdrá con jugar medio partido.

En el grupo A, Canadá mandó a casa a Tonga con un triunfo (25-20) que corrobora la impresión de crecimiento del rugby norteamericano. Por fin en partido del grupo D, Samoa también abusó de Namibia, el equipo más flojo del torneo por ahora, y le metió los mismos puntos que ya le había hecho Fiji (49-12).





Ochenta minuti in NZ son molto longos

13 09 2011

”]Getty ImagesPor más que el Madrid se piense tan planetario, parece improbable que Fumiaki Tanaka, el resbaladizo medio de melé de Japón, o el rotundo Soane Tonga’uiha (pilar de 193 centímetros y 130 kilos de Tonga) hayan oído hablar jamás del madridista Juanito. Ignoran, sin embargo, que tienen algunas cosas en común: los tres le han pisado la cabeza a un rival en el campo de juego -del madridista lo sabemos seguro y a los otros se les supone, como el valor al soldado-, y todos suscriben aquella célebre advertencia de Juanito, anunciándole al Inter una de aquellas remontadas: “Noventa minuti in Bernabéu son molto longos”. También en el Mundial de Nueva Zelanda (aka RWC de ahora en adelante, para abreviar…) 80 minutos se pueden llegar a hacer muy largos. Lo sabe Martin Johnson, que hizo esta honesta revelación después de que su Inglaterra salvara una victoria sudada con sangre frente a Argentina: “Este partido me ha hecho envejecer diez años”. Lo que se dice un nail biting: el clásico partido no apto para cardíacos. También le dará la razón al finado Juanito el equipo de los banzais de Japón, que llegó a tener a Francia a cuatro puntos (25-21), con veinte minutos por jugar. Y hasta Tonga, que no olisqueó la victoria pero sí aprovechó el despreocupado rugby de los All Blacks en el partido inaugural para meterles un ensayo por delantera: logro que viene a ser como levantarte una noche a la mujer de Brad Pitt. Y desde luego firmará al pie el equipo de Rumanía, que con un rugby armado de rigor, sencillez y ortodoxia retrató a una Escocia que se había quedado hecha piedra frente a la muralla articulada de los rumanos, que los fueron sacando del partido hasta adelantarse 21-24 a 15 minutos de que sonara la sirena del final. Todos ellos perdieron: Japón, Tonga y Rumanía. Inglaterra ganó, después de que Argentina exprimiera su incomensurable honor y su escaso rugby. Los grandes apretaron los dientes y se quitaron el susto (porque fue susto y fue grande) con un arreón definitivo. A esa hora, sin embargo, había quedado claro que en este Mundial nadie se hace el gracioso. Por el camino, los que miramos habíamos visto estupendos partidos, jugados en contraposición de estilos y fenomenalmente competidos. No es que los buenos se relajaran o se dejasen llevar: es que verdaderamente sus contrarios les apretaron las tuercas.

“Sabíamos que eran rápidos… pero no TAN rápidos”, reconoció el seleccionador francés, Marc Lievremont, después de espantar el canguelo que le había dejado el choque con Japón. Los underdogsde la RWC ya no juegan sólo con entusiasmo: tienen un plan, se aferran a sus valores, los explotan, han mejorado defensivamente lo suficiente como para exprimir a rivales mucho mayores y exhiben una riqueza táctica que obsequia al espectador con partidos en los que nadie sale barrido… O al menos, no hasta el tramo final. Los 80 largos minutos… El plan de desarrollo de la competitividad en el rugby entre selecciones empieza a dar frutos materiales. Basta un ejemplo: Rumanía, que juega el 6 Naciones B (una especie de copa de Europa para los países del segundo rango continental), también se cruzó en la RWC 2007 con Escocia en el grupo. Entonces ganaron los británicos por 42-0; el sábado, el partido acabó 32-24 para Escocia. Y hablamos de una Escocia que anuncia lo mejor de su rugby en años, aunque esa impresión ha de corroborarla el torneo. Otro dato, éste sacado a pedal mediante consulta, suma, resta y división de todos los resultados de las primeras fases del torneo en las RWC de 2003 y 2007. En el Mundial de Australia 2003 la media de diferencia de puntos en los 40 partidos de la fase de grupos fue de 34’4; cuatro años más tarde, en Francia 2007, había bajado a 29,6. En los ocho encuentros que se han jugado durante este fin de semana en Nueva Zelanda, la distancia se ha reducido prácticamente a la mitad: 16,7 puntos entre el ganador y el perdedor. Es pronto para hacer afirmaciones categóricas (siempre es pronto para eso), pero los datos parecen corroborar la impresión que a uno, personalmente, le había crecido viendo los encuentros jugados hasta ahora: el rugby se va igualando; y éste es, por ahora, quizá el Mundial más entretenido (en la fase previa, claro) que uno ha visto. Para los suspicaces: los hemos visto todos.

Digby Ioane, el destructor australiano que parte desde el ala, en pleno despegue hacia la línea de marca italiana. Se ha lesionado y a Australia le costará encontrar un recambio con su impacto.

Dicho lo cual, es verdad que, contra los japs, Francia se aburrió de sí misma y nosotros de ella; que Jonny Wilkinson falló hasta cuatro tiros a palos, lo cual viene a ser como la alineación de los nueve planetas; o que Nueva Zelanda no tuvo ni brío ni autoridad frente a Tonga, por más que insista el marcador. Pero eso no quita un ápice de verdad a lo dicho. En el caso de Nueva Zelanda, por ejemplo, el partido resultó decepcionante en casi todos los aspectos para los All Blacks, salvo por la confirmación de que, si él quiere, Sonny Bill Williams puede hacer cierta diferencia en el medio campo. Dio lo mejor en el primer tiempo, como todo el equipo negro. Jugó con seriedad, arrojo para romper por el eje y habilidad para descargar pases que liberasen a sus compañeros más allá de la línea de ventaja. Por lo demás, NZ me impresionó poco. Si acaso las finalizaciones de Israel Dagg desde el fondo, aunque creo que Muliaina aún no tiene rival. Me gustaron Kahui y Toeava como primeras opciones para las alas, pero sin entusiasmos. Tengo dudas entre Conrad Smith y Sonny Bill a la hora de elegir el centro (asumido que Nonu va a seguir ahí). Decepcionante Jimmy Cowan en el medio de melé: Piri Weepu despertó al equipo. Y poco decisivo el trabajo de la tercera. ¿Puede ser Victor Vito, hoy por hoy, el octavo de los All Blacks? Sigue faltando dinamismo. Y si Nueva Zelanda ensayó tanto en ese partido fue porque el rigor táctico de los tonganos a la hora de defender las jugadas abiertas fue más bien lastimoso. Una invitación a perforar intervalos.

.”]Getty ImagesEn el aire neozelandés debe de haber remolinos o un cruce ininterpretable de corrientes y vientos. De otro modo no se explica la insistencia de Jonny Wilkinson en errar penales: dos de seis hizo el Caballero del Imperio, un tipo capaz desde siempre de meter el oval entre los palos aunque se los pongan en el Cabo de Hornos. Eso o Wilco es un caballero: los argentinos perdieron el encuentro con el pie. A él le pareció mal ganarlo. Una vez fallaron el placaje los Pumas y fue el ensayo que resolvió un partido con resultado de otro tiempo (13-12 para Inglaterra). Ni Felipe Contepomi ni Martín Rodríguez encontraron el toque preciso para capitalizar el excelente trabajo del 15 de Phelan en el medio campo y las fases estáticas. Ni Ashton ni Foden pudieron contraatacar. Wigglesworth, el nueve inglés, estuvo desastroso; de hecho fue Ben Youngs, su relevo, quien dinamizó al equipo el tanto por ciento mínimo para comprometer la fatigada defensa argentina. Johnson insiste con Tindall. Inglaterra no enseñó nada. Ni la patita de Wilco bajo la puerta. Pero a los Pumas los atrapó en forma de lesiones el exceso de dramatismo (necesario, claro) que le pusieron al partido. Y tal vez el cansancio psicológico de caminar contra el viento: perdieron sucesivamente por lesión a Felipe Contepomi, con una contusión seria en esa zona blanda que es el costillar; perdieron definitivamente al zaguero Tiesi (que ya ha vuelto para casa) y al talonador Ledesma, percance menor que no frenará a semejante bestia parda. Argentina murió en la orilla: la tópica figura vale para resumir el partido y las prestaciones de su rugby. Jugó muy bien, sobreponiéndose a sus limitaciones y sacando de cacho a Inglaterra. Pero ni pudo convertir en ensayos sus avances hasta los alrededores de la zona de marca (le falta pegada, entonces) ni tiene puntos en los pies para compensarlo. Así, le espera un camino difícil…

Uno de sus oponentes, Escocia, también repartió dudas, interrumpidos su nivel y su idea de juego por la buena defensa rumana. Los rumanos supieron a qué jugar: rugby casi de fundamentos, cositas sencillas, casi todas ahí delante, pero muy bien hechas. Nada de exponerse. Son como la comida casera: fiable, exacta en su simplicidad, sin florituras, adornos ni cocina química. Defensa, severidad máxima en el juego de delantera (cómo ruckea y cómo entra en la melé esa gente… son compactos como un camión) y atrevimiento a la hora de resolver delante. Escocia, por contra, se desconoció a sí misma. Fue sólo la Escocia que quiere Andy Robinson en la carga final, cuando liberaron la esencia del juego a la mano, de apoyo y descarga, que vienen persiguiendo. Danielli posó los ensayos que decidieron.

”]Stu Foster - Getty ImagesDel resto merece la pena destacar que Australia fue el equipo que más se pareció a sí mismo, sofocando una imposible amenaza italiana antes incluso de que Parisse, Masi o el clínico Semenzano (las patadas a la caja del medio de melé azzurroson de libro) tuvieran la posibilidad de idearla. Italia salvó el primer tiempo, pero no generó amenazas que inquietasen a Australia. Los wallabies no entraron en pánico ante la igualdad al descanso y resolvieron en el segundo, cuando al equipo de Mallet se le acabaron las respuestas: habrá que esperar a Italia en cruces menos exigentes, a ver qué nivel da. Estuvo bien su medio melé, la delantera y Masi, que carga desde el fondo con aspiración rocosa. Pero le falta rugby en el apertura y, en consecuencia, en el resto de la línea. Australia no reservó jugadores ni se hizo el despistado, por si acaso. Liberó las esencias de su juego de combinación imprevisible en el medio campo, ángulos de carrera acusadísimos, apoyo permanente, descargas en el contacto, continuidad… Faltó en el equipo inicial James O’Connor, castigado por su indisciplina, pero ya no volverá a ocurrir. O’Connor es imprescindible: corre, defiende, hace de ariete cuando se cruza de lado y carga recto, y además tiene puntos en el pie. De paso, libera a Ashley-Cooper al puesto de centro, donde por cierto Anthony Fainga’a desentonó con el ritmo alegre, la precisión en el movimiento de la pelota de los wallabies. Ahora, los chicos de oro afrontan un problema serio: Digby Ioane, su potentísimo ala izquierdo, se rompió el dedo pulgar, pasará por el quirófano y se va a perder la mayor parte del torneo. Es una baja muy, muy sensible porque no resulta fácil, ni siquiera en un equipo del tamaño de Australia, encontrar alguien con el impacto de Ioane en el juego de ataque.

¿Y Sudáfrica? La familia bien, gracias… O sea, nada que no supiéramos. Sudáfrica no es ni por asomo el equipo del último Mundial y del año siguiente. Por eso la impresión que deja su tradicional juego de contención, sobriedad y vuelo corto es aún mayor si los actores principales (Habana, Jacques Fourie, Fourie du Preez, Morne Steyn, los terceras o Victor Matfield) se encuentra en el estado de bajada o glaciación en el que los vemos ahora. Dicho lo cual, ya advertimos que ganarles cuesta muchísimo, porque saben jugar de maravilla al rugby para no perder. Gales hizo un partido memorable de todo punto, salvo por el resultado. Extraño, por verdadero, este comentario que me hizo un buen amigo galés: “Para romper la norma en el rugby, el mejor perdió”. Fue una derrota dolorosa para el equipo de Warren Gatland, que jugó con entusiasmo medido al milímetro, calidad (excelentes el apertura Priestland y el tercera Warburton, muy bien acompañado por el octavo Faletau y, cómo no, Ryan Jones), con disciplina enorme para no conceder golpes en los breakdowns que alimentasen a Morne Steyn y, sobre todo, con una inteligencia máxima en cada mínimo detalle del juego: los galeses rompían cortito, en los alrededores de cada agrupamiento, aseguraban la pelota con un buen contacto y la caída al suelo inmediata, para propiciar un ruck que garantizase continuidad en la posesión. Se guardaron la pelota con mimo. Sudáfrica debió aplicarse, contra eso, con placajes que mantuvieran en pie al portador de la pelota, para buscar la recuperación o ensuciar los moles siguientes. Lo hizo poco o nada, así que Gales mandó en la dinámica del juego, en la velocidad del partido y en el territorio. Fue un encuentro de libro, para enseñar fundamentos básicos del juego en ataque y en defensa. Si cayeron derrotados fue por errores críticos: un drop de Priestland frente a palos que se combó a un lado y el golpe de castigo errado por Stephen Hook. Más el knock-on del centro Jonathan Davies camino de la marca, después de una carga portentosa de Faletau. Fue el suplente Hougaard quien los castigó al final, cuando Gales concedió el ensayo ganador, al despistar mínimamente el rigor debido en una jugada básica en el rugby de hoy: la defensa de los costados del agrupamiento cerca de la línea de ensayo, un punto débil mínimo pero suficiente para que los Springboks vencieran 17-16 en el mejor partido hasta la fecha.




Grupo D: Campo de minas

10 09 2011

Sudáfrica, País de Gales, Fiji, Samoa y Namibia

John Smit levanta el trofeo Webb Ellis, ganado en el Mundial de 2007, cuando Sudáfrica dominaba el mundo oval. La séptima Copa del Mundo encuentra a una brillantísima generación de Springboks de vuelta de sus mejores días.

Pocos se atreverían a colgarle de la espalda un monigote de papel a, digamos, Victor Matfield. Pero Sudáfrica aparece en este Mundial con una diana subida en los omóplatos, ahí justo donde exhiben los Springboks esos números tan chiquitos, que se pierden en las llanuras de la camiseta. El campeón siempre tiene una diana cuando arranque el siguiente Mundial. En el caso de Sudáfrica, además, no falta quien le ha olisqueado debilidades y piensa que el gigantón del hemisferio sur está listo para ser derribado. ¿Lo está? Uhmmm, veremos… La cuestión no trata de nivel de los jugadores, cosa que no hace falta aclarar, sino de estado de forma. Particularmente, en mi opinión, de tres o cuatro hombre sque definieron el dominio implacable de los Springboks en el periodo que les condujo a levantar en 2007 su última Copa del Mundo: hablamos de Morne Steyn (zaguero o medio de apertura, el pie clínico que ha acostumbrado a poner a Sudáfrica un paso más allá que sus rivales, y al que vimos en un perfil bajo en el Tri Nations), del incomensurable segunda Victor Matfield, la velocidad incontestable de Habana por el ala y la dirección y Fourie du Preez, el que fue considerado en el ciclo inter-mundiales el mejor medio de melé del mundo, pero al que en la última serie del Tri Nations me pareció ver por debajo de aquella versión superlativa, algo recortado ese filo que le hacía mover a todos y ganar la línea de ventaja con constancia. En realidad, los tres estaban entre los 21 jugadores que el técnico Bok, Peter de Villiers, decidió no llevar a la gira por Australia y Nueva Zelanda que abrió el torneo del hemisferio sur. En esa lista de ausentes (reservados por lesión o por encontrarse, se adujo, en periodos de rehabilitación) había tantos pesos pesados del equipo que Sudáfrica fue acusada de adulterar la competición y se investigó si todas las dolencias aducidas verdaderas. Y De Villiers hubo de responder por un supuesto campus secreto de entrenamiento. El resultado fue mucha tinta y palabra gastada, por un lado, y un equipo disminuido, probando jugadores para el Mundial, por el otro. A la vuelta a Sudáfrica, jugaron todos los buenos, aunque gente como Matfield, Bakkies Botha o Bryan Habana aún estaban oxidados: rusty, que se dice en inglés. Ganaron a Nueva Zelanda. Perdieron con Australia. Y quedó poco claro hasta qué punto en Nueva Zelanda podrá más la edad o la sabiduría: ese rugby sobrio, rocoso, defensivo, simplificado y demoledor del que han hecho tradición y escuela. Como Sudáfrica nunca negocia sus principios (tampoco De Villiers, por más ladrillos que le caigan), habrá que esperar para ver al joven Lamby, prometedor pero aún tierno para ser el 15, y suspirar por Bismarck du Plessis en el puesto de talonador: ahí permanece, por ahora, el capitán John Smit, cuya leyenda está bajo bombardeo por el empeño de su técnico en alargarle la vigencia. Propongo un ojo siempre en Heinrich Brüsow, ariete de la tercera que más me gusta en todo el torneo, junto al sanguinario Burger y a Pierre Spies. Otro en Jacques Fourie y el tercero en la bota de Steyn, que en el mejor de los casos dicta el camino, la táctica, el tiempo y los resultados. Pronóstico: si los mencionados se aproximan a sus versiones más reconocibles, Sudáfrica será muy difícil de bajar del torneo. Si no lo hacen, igualmente será complicado sacarlos. Dominarán el grupo, pero sin exhibirse. Los veo en semifinales, donde si todo es normal se cruzarían a muerte con los All Blacks. Y ahí… cualquiera sabe.

George North, asesino con cara de niño, anotador ala: el chico del que todo el mundo habla en Gales y, si las previsiones se cumplen, del que todo el mundo hablará de esta Copa del Mundo en adelante. Cuando Warren Gatland lo llamó, era un desconocido: ahora la expectación lo rodea.

Gales ha acometido una reforma integral, pero sin ir al Ikea. No le ha impresionado lo más mínimo enfrentar a sus jóvenes talentos con la cita máxima. Su partido contra los sudafricanos, que abre la participación de ambos, supone una batalla de las edades en toda regla: la media de edad de los dragones no pasa de 26 años, su capitán Warburton tiene 22, y la escuadra suma algo más de 400 internacionalidades entre los 30 miembros del equipo. Los Springboks doblan esa cifra. John Smit cumplirá 34 en abril. Así que será un choque de opuestos en toda regla, porque Gales, su entrenador Warren Gatland y el mundo entero saben que unos llevarán el partido al enfrentamiento de los delanteros y el dominio posicional del territorio; mientras los otros querrán que la pelota fluya, los hombres vuelen y la juventud baile. Sobre todo la de su medio de apertura, Priestland, en quien Gatland tiene puestas enormes esperanzas. Elegido tras la lesión de Stephen Jones, habrá que ver cómo mezcla con el medio de melé, Mike Philips, quien sí maneja una delantera con conocimiento y causa: ha vuelto el oso Adam Jones, siempre tan necesario, pero echaremos de menos a Gethin Jenkins, lesionado, uno de los primeras líneas que mejor placa abajo, incluso en carrera. Y a Ryan Jones en la tercera: tiene para dos semanas y su participación en el torneo está en el aire. Resisten clásicos como el segunda Alun Wynn-Jones, Lydiate, la reserva del efervescente (no siempre para bien) Andy Powell, Charteris… y aparece con un peinado afro-setentero Toby Faletau, flanker tongano, hijo de un veterano mundialista de 1999 y recién promovido a la

Alesana Tuilagi, con la camiseta del Leicester: el rostro más reconocible de una selección de Samoa que promete más de un disgusto siempre que aparece en un torneo mayor.

primera selección galesa por Gatland en el mes de junio. Entre los tres cuartos, varios clásicos de ayer, hoy y siempre (Jonathan Davies,  Jamie Roberts, James Hook, desde luego Shane Williams…) y un muy serio proyecto de estrella en el ala: George North. Pronóstico: el único norteño en el grupo, afronta un choque monumental contra los sudafricanos y encuentros muy duros con equipos que lo han golpeado en el pasado, Samoa y Fiji. El resultado es incierto, pero anuncian diversión por el modo de jugar de sus estrellas.

Cualquier equipo de Samoa y de Fiji se han hecho difíciles de batir. Gales lo aprendió a base de resbalar en esa misma baldosa en dos mundiales distintos. Los samoanos llegan al Mundial con el viente de cola de una prestigiosísima victoria sobre Australia en julio, una carta de presentación temible para un grupo bastante duro, en el que la segunda plaza está muy en el aire. Eso, si los polinesios no dan su perfil más frívolo en defensa (como enseñó Tonga en el partido con los All Blacks). Samoa tiene poderío, jugadores atléticos, durísimos en el contacto y veloces en campo abierto. Fiji todavía afila más ese perfil: su arquetipo de rugby es el del siete, espacios, contacto y pase, ángulos salvajes de carrera, revoloteos y cambios de dirección. Si uno los deja sueltos, es como perseguir gallinas en un campo de fútbol. En Samoa aparece, reconocible por encima de cualquiera de sus compañeros, Alesana Tuilagi, hermano de Manu (el centro de Inglaterra) y familiar presencia en la Premiership. Es la saga de los Tuilagi, interminable: además de Alesana y Manu, Henry Tuilagi juega en el USAP Perpignan. Luego vienen Fereti ‘Freddie’ Tuilagi, y Anatelia ‘Andy’ Tuilagi. Y, por fin, Sanele Vavae Tuilagi, que milita ahor en el Coventry. Además de Alesana, en Samoa merece la pena atender al veloz David Lemi y al centro Mapusua. En Fiji (que ya dio cuenta en la madrugada del sábado de la bizcochona Namibia), el capitán Deacon Manu y el flanker Akapusi Qera le dan ritmo a la delantera. Los de atrás lo tienen todos. Su choque con Samoa será una exhibición de vuelo sin motor. Pronóstico: Samoa está en condiciones de sacar a Gales del torneo a la primera de cambio; habrá que ver con Fiji, con un juego más singular, menos dispuesto a diferentes tipos de partido. Los dos son una amenaza para cualquiera. El grupo es un campo de minas. Namibia, por fin, está destinada a correr mucho y ganar poco.




Grupo C: Los chicos de oro

9 09 2011

Australia, Irlanda, Italia, Estados Unidos y Rusia

El insumiso James O'Connor, Cooper, Beale y Genia: cuatro de los cinco balines que Australia tiene entre sus backs, y que constituyen el argumento principal para combatir la condición de favoritos de los All Blacks.

La victoria de Australia en el Tri Nations de agosto escenificó los dos perfiles de un equipo en ebullición. Por un lado, hacía tiempo que uno no veía a nadie jugar un rugby tan abierto, tan mortal a la contra, tan veloz a la mano, corriendo ángulos y explotando intervalos entre defensas como el que Australia puso en este reciente torneo. A pesar de que Nueva Zelanda arrancó las series al paso de la oca, como suele, uno tuvo la impresión de que Australia estaba llamada a lo más alto esta vez, por obra y gracia de una reunión de jugadores de los que marcan época. Son, sobre todo, cinco: el medio de melé Will Genia (en mi opinión, el mejor medio de melé del momento en el mundo… o al menos aquél cuyo juego más me gusta), el apertura Quade Cooper, los alas James O’Connor y Digby Ioane, más el zaguero Kurtley Beale. Esos cinco tipos tienen algo diferencial, cada uno a su manera. Su combinación con la pelota sobre el campo (en especial la de Cooper y Beale, que sale al contraataque como una bala de cañón), resulta en un equipo muy difícil, pero muy difícil de parar. Ioanne y O’Connor son finalizadores por afuera, rápidos y duros en la carrera y el contacto. O’Connor, además, tiene un pie privilegiado y da puntos con él. Cooper es un medio apertura heterodoxo, amigo de la frivolidad, un sátiro del pase, un funambulista de la 22, lo que a veces debe controlar (y no hace). En él bulle una creatividad que precisa embridar. Es más brillante que pensador; decide los partidos pero tal vez no siempre los maneja. Un jugador diferente, de los que oponen opiniones. Su perfil oculto (el de todo el equipo) está en la tendencia al pleito (son ya tradición las que sostiene con el All Black Richie McCall),  que parecen extenderse al resto del equipo. O’Connor también es un jovencísimo talento rebelde. Y a todo el equipo lo atrapa un hervor interno que no acaba de apagarse. La testosterona que ha llevado (reconocido estos últimos días por Fainga’a) a más de un puñetazo entre compañeros en los entrenamientos. Más tranquilo parece Will Genia, quien ha salido de la alargadísima sombra del inolvidable Gregan y se ha quedado la número 9 para mucho tiempo. Uno de esos medios de melé que rompen junto al agrupamiento con una aceleración mortal. Que interpreta de maravilla la debilidad defensiva de los hombres pesados que guardan los lados de las montoneras, un ave de rapiña del breakdown… Peligrosísimo si esa jugada se produce cerca de los palos rivales. Un medio de melé que, como Fourie du Preez hace cuatro años, lleva a su equipo adelante constantemente. Esos chicos de oro son el gran poder de Australia. No el único. Estamos ante mi primera línea preferida del torneo, y esto es un parecer muy personal. Es cierto que los australianos no tienen su fuerte en el set-piece, pero el pilar Ben Alexander y el talonador Stephen Jones son de esos pilares que llenan el ojo, dos muchachos pesados con un dinamismo envidiable, integrados en la punta de muchos avances, hábiles en el off-load, ensayadores.  Kepu es el camión que los completa. Entre los de atrás, son clásicos Adam Ashley-Cooper (que arrancará de ala por el castigo a O’Connor en el primer partido, pero al que veo de centro con Anthony Fainga’a o McCabe), clásicos como Rocky Elsom, Pocock o Samo en la tercera, y una segunda que ha de levantar su nivel (Horwill y Vickerman son los titulares) para resistir la comparación con el ya veterano Nathan Sharpe o el recuerdo de un John Eales. Pronóstico: veo a Australia campeona, si consigue mantenerse como equipo frente a la presión del torneo y la hormonal. Y si sabe responder a los periodos de juego en los que su brillantez no constituya el argumento fundamental del partido y haya que batirse en peleas cerradas, sobre todo ahí delante donde la vida no vale nada.

In BOD we trust... han repetido estos años como un mantra los aficionados irlandeses, jugando con la condición 'divina' de su número 13: en este torneo, más que nunca, el de despedida de una generación formidable, O'Driscoll dirigirá a su equipo, rodeado de incertidumbres después de una fase preparatoria de lástima.

A Irlanda la definió el mismo Ronan O’Gara, su veterano número 10, que disputará la última Copa del Mundo: “Podemos ser magníficos o dar pena”. Se trata exactamente de esa disyuntiva. De Irlanda se sabe todo: es un equipo a punto de despedir a una generación portentosa, capitaneada todavía por el centro Brian O’Driscoll, jugador que ha subrayado su presencia para dejarla unida a una época en su país y, por qué no, en el mundo entero. Tras él, los sobresalientes O’Connell y O’Callaghan en la segunda; el mismo O’Gara por detrás, ordenando con la mano y el pie (uno de esos aperturas de aspecto frágil, con toda la potencia táctica en la cabeza). Ahora le ha tomado el relevo Sexton, al que hemos visto algo detenido, quizás, en la excelente evolución que apuntaba. Desde luego aún está también el rotundo Gordon D’Arcy, el brazo derecho de O’Driscoll a la hora de esas rupturas brutales en el medio campo, provocando el efecto manada. En sus partidos de preparación, Irlanda ha dejado una impresión tan plana que uno llega a dudar de su capacidad de pasar el corte del grupo. La acecha Italia. Una primera línea correcta, pero sin alharacas (Best, Court, Healy, Ross, un Flannery que ha visto pasar su mejor día…), una tercera en la que me gusta mucho Ferrys, con Heaslip de ariete para la carga y O’Brien, por ahora, recuperándose de una lesión. Y un problema: el bajo nivel de O’Leary en la preparación lo ha dejado fuera del Mundial, con lo que Declan Kidney le ha abierto la puerta del número 9 a un joven Conor Murray. Atrás, nombres clásicos: Keith Earls y Tommy Bowe por afuera, Geordan Murphy en el fondo. En fin… que lo dijo O’Gara. Para qué decirlo nosotros. Pronóstico: pese a todo, aguardo un último rapto de orgullo verde en la despedida de algunos genios de la última década y los espero en cuartos como segundos de grupo. Y a partir de ahí, so long my friends!!!

Canale, Castrogiovanni y Parise, tres de las columnas de un equipo italiano que se tiene fe: quiere arrancarle el corazón a Irlanda y despedir a Nick Mallet de su puesto con un avance por delantera hasta cuartos de final.

Para el asalto a la segunda plaza del grupo, Italia va a ponerse en manos de la experiencia. En el arranque contra Australia, Nick Mallet alineará el segundo equipo con más internacionalidades que jamás ha armado la azzurra: 677 caps entre los 15 iniciales. Sólo la supera (con 704) la escuadra que Mallett dispuso el día que Italia le ganó a Francia en el último Seis Naciones. Repiten 13 de aquellos 15 jugadores. La evidencia del razonamiento es absoluta: agarrémonos a lo que sabemos. Es decir, la melé (con los incomensurables Castrogiovanni y Lo Cicero en los pilares, con Ghiraldini y Ongaro de talonadores, con el totémico Sergio Parise en el octavo…). Italia tiene en el punto de mira voltear a los irlandeses, a los que pusieron contra las cuerdas no hace mucho, y rebasar la etiqueta de equipo al que cuesta tanto ganarle como a ellos les cuesta ganar. Para eso hace falta velocidad y penetración atrás, donde viven los imprescindibles Bergamasco, Masi, Gonzalo Canale… Más un pie fiable. Por más que se quiera privar el ataque, el rugby aún es manos y pies, táctica y decisión. Veremos si el punto de mira de Mirco Bergamasco ha ganado credibilidad. Pero hay muchas dudas alrededor de sus medios, por inexperiencia y por errores, en el caso de Orquera. Nick Mallet se despide como seleccionador, veremos cómo… Pronóstico: sigo viéndola tercera de grupo, haciendo partidos interesantes y apretando en todas las fases estáticas del juego al rival que se ponga por delante. Pero algún día Italia va a negar su propio arquetipo. ¿Por qué no ahora?

Estados Unidos y Rusia se jugarán su particular final a un partido, el que los enfrente. En cualquier otro deporte, en cualquier otro tiempo, sería un choque mayor; en el Mundial de rugby es una cita pintoresca que tiene algunos puntos de interés para iniciados. Los Eagles son uno de esos equipos con margen de evolución, pero lastrados por la falta de encuentros internacionales que les permitan evolucionar. Unos cuantos jugadores del Pacífico Sur militan en sus filas, su estandarte es el tercer Todd Clever y amenaza por fuera con la sideral velocidad de Ngwenya. En el ranking mundial son el equipo número 18. El 19 es, precisamente, Rusia, que cumple su primera participación en un Mundial y exhibe al jugador más veterano del torneo: Vyacheslav Vachev, de 38 años, que ostenta también el récord de ensayos anotados de un jugador ruso. El choque entre Estados Unidos y Rusia es el primero para ambos, así que los Osos tienen la notable oportunidad de ser el primer equipo debutante que gana el primer encuentro de un Mundial. Demasiado bonito para ser verdad. Pronóstico: Estados Unidos debe ganar su choque contra los rusos, ser cuarto de grupo y aprovechar el resto de partidos para animar evoluciones. El calendario (cuatro partidos en 16 días) no les va a hacer ningún favor.





Grupo B: Juremos con gloria morir

9 09 2011

Argentina, Escocia, Inglaterra, Georgia y Rumanía.

Richie Gray, el muchacho del pelo de paja, es uno de los posibles salvoconductos de Escocia hacia las alturas. Literalmente, su 2.08 dirige las operaciones aéreas del equipo del cardo, pero el ratio de trabajo y aportaciones de Gray va más allá de las excelencias de su físico para el salto.

Para el test match preparatorio en Murrayfield contra Irlanda, la Scottish Union decidió variar su habitual política y poner localidades a la venta en el día del partido. El resultado fue inesperado: hubo que retrasar el inicio del choque porque las filas de entrada al estadio eran demasiado largas como para filtrar a todos los aficionados a tiempo hasta las gradas. Además, una vez dentro hay que visitar el ambigú y llenar una de esas bandejas con ocho huequitos para pintas, que dan al menos para ver la primera media hora de partido. La imagen tal vez sirva para explicar el estado de expectación que rodea a la Escocia de Andy Robinson, una corriente de optimismo notable para una afición a la que le cuesta llenar el estadio, salvo que lo visite Inglatera, y que lleva años anclada en la sensación de haberse quedado atrás con respecto a las otras home nations. Robinson ha ido girando trabajosamente esa etiqueta, como una pesada rueda de molino, convirtiendo al mismo tiempo el fatigoso juego tradicional de Escocia en una variación más alegre, en la que la pelota ha ganado ligereza entre las manos de los jugadores, con asociaciones veloces, contraataque, ejercicio del dominio a través de la posesión… Hay hombres básicos en la aplicación de ese concepto: el segunda Richie Gray, un 2.08 con destreza en las manos, juventud en el pecho, un altísimo ritmo de labor en los lados más sombríos del juego y capaz de llevar la pelota adelante contra los muros ajenos. La primera y la segunda escocesa tal vez estén entre lo más notable del torneo: Jacobsen, Cross y Ford (más el agregado del montañoso Moray Low) conformen un paquete robusto y nada perezoso. En los terceras hay muchas combinaciones: tal vez ningún jugador que resuelva partidos por sí solo, pero sí la aspiración combinatoria, de equilibrios en perfiles y aportaciones, que preside la construcción de las delanteras hoy día. Detrás, algunos clásicos (Blair, Parks, Patterson, los Lamont, los Evans…) y apariciones más o menos recientes que habrá que atender y que pueden definir la estatura del equipo del cardo: Ansbro, un segundo centro rocoso, veloz y hábil para rechazar placajes y descargar la pelota. Y el apertura Ruaridh Jackson,  alumno aventajado de Dan Parks en el Glasgow Warriors. Pronóstico: mejor impresión que resultados. Les cuesta ganar partidos, aun cuando los dominen territorial y dinámicamente. Hasta cuartos los veo, nada más. Se jugarán sus opciones contra Argentina y me partirán el corazón, lo sé…

Felipe Contepomi, uno de los varios eslabones en la cadena de transmisión de los Pumas. La emocional, la que tiene que ver con la experiencia y, también, la del juego: en ausencia del mago Juan Martín Hernández, en las manos y los pies de Felipe va a residir el gatillo de juego de los Pumas.

De esta Argentina se destila una certeza inevitable: no es el equipo de hace cuatro años. Ahora… ¿qué significa eso? Antes de empezar el Mundial, de estos Pumas ignoramos muchos cosas y sabemos algunas ya conocidas: la capacidad, oficio, fiereza y condición compacta de su paquete (Ledesma, Roncero, Figallo, Scelzo…), al que muchos le miran con suspicacia el carnet de identidad; la presencia de algunos de los tótem del último e inolvidable Mundial: el Pato Albacete, soberbio segunda; la tercera con Fernández Lobbe o Leguizamon; la dirección de Felipe Contepomi o la esperanza de un ala como Horacito Agulla, en cuya aparición creímos entrever a un ala de primera línea mundial, a un corredor decisorio. Lo demás son huecos muy grandes que llenar, el tradicional argumento de su falta de partidos internacionales como selección en periodo de entreguerras, la espera de su entrada el año próximo en el Cuatro Naciones con los gigantes del Hemisferio Sur y la reconstrucción del orgullo, el prestigio y el rugby de hace cuatro años. Ya no está quien parecía inspirar desde dentro todo aquello: Pichot, claro. Ahora a los delanteros los pastorea Nico Vergallo, que llegó al Stade Toulosain para ser el relevo futuro de Byron Kelleher y acabó disputándole los minutos al ex All Black. El año lo culmina habiéndole ganado la nueve de los Pumas a Lalanne, la otra opción del seleccionador Santiago Phelan. Los Pumas fueron, seguramente, el equipo más memorable del Mundial de hace cuatro años, si exceptuamos el bienio de incontestable dominio que coronaron en ese periodo los Springboks. Ahora han renovado el plantel y la ausencia por lesión de Juan Martín Hernández, el jugador que eleva su perfil desde el medio de apertura, supone la aparición en ese puesto de Contepomi y el interrogante de hasta dónde podrán rebasar los Pumas las limitaciones que se les suponen. Hay que pensar que el avance del Mundial los mejorará, pero el tiempo no sobra en este torneo: debutan contra Inglaterra y tienen que disputarle la segunda plaza, seguramente, a Escocia. No falta quien habla de un pasaje transitorio y en Nueva Zelanda nadie apuesta por que vayan más allá del primer cruce. Hace cuatro años, sin embargo, nadie hubiera dicho que acabarían siendo terceros. Yo creo que los Pumas siempre tienen más de lo que a todos nos parece. Veremos quién acierta… Pronóstico: yo creo en los Pumas. Los veo incluso por delante de Escocia y avanzando hasta cuartos.

Lawes, dos metros de segunda línea con una estructura de jugador versátil, moderno, capaz de intercambiar la segunda y la tercera líneas: en cierto modo, el anhelo de cualquier entrenador. Dominador en la touche, rotundo llevando la pelota. Como dijo Trecet en el partido de baloncesto de España contra Gran Bretaña, "a partir de 1.95 los jóvenes ingleses eligen el rugby".

Haga lo que haga, el rugby de Inglaterra siempre parece no ser suficiente para interesarnos. Hablamos del periodo de gestión de Martin Johnson. Ésta es una apreciación muy subjetiva que no es preciso compartir. Razonarla parece obligado. Creímos haber apreciado un cambio en el juego inglés, inspirado por Toby Flood, en el arranque del último Seis Naciones, contra País de Gales. Pero la imagen que quedó fue la progresiva caída del apertura, las dudas aquí y allá y aquel último partido en territorio irlandés en el que la pasión verde se desbordó mientras a los ingleses se les quedaba cara de fracaso sin el Grand Slam. En Inglaterra la mayoría de nombres suenan a dèjá vu: los gordos Thompson, Mears y Sheridan; Cueto en el ala (lesionado para el primer partido, lo que hace sitio para Delon Armitage en esa posición), los Moody, Croft, Deacon, Easter, Shaw… todos treintañeros. Y desde luego el par de incombustibles del medio campo: Tindall y el noble Jonny Wilkinson. No usaremos aquí la edad como argumento, no señor. Porque si bien ninguno de estos elementos nos ha fascinado nunca (a excepción de los placajes de Wilkinson y esa ricura de pies que tiene), resulta imposible negar su naturaleza de asombrosos competidores. El último Mundial fue la demostración máxima. Ahora, en Inglaterra también hay un grupito de jugadores a los que hace falta vigilar. Me interesa mucho en la delantera el rendimiento de Corbisiero (pilar italo-americano), Dan Cole (estupendo en el Seis Naciones) y Dylan Hartley. Desde luego James Haskell, seguramente su mejor tercera, tan tribunero como Ashton. Y también el estado del interminable segunda Courtney Lawes, al que le he visto partidos asombrosos con Northampton, pero que arrastra restos de una lesión. Inglaterra tiene que resolver la duda shakesperiana entre Flood y Wilko, aunque diría que está resuelta a favor de Wilko. Y santigüarse en el medio de melé, en ausencia de Danny Care. Por ahora, Wigglesworth por delante de Ben Youngs o el más bisoño Simmons. Otro punto decisivo en la construcción del juego será la resolución de los centros: ahí están, además de Tindall, que ya debería tener un papel secundario de veterano que Johnson se va a resistir a darle, algunos pájaros hechos para la demolición como flutey, el excitante veinteañero Manu Tuilagi y Banahan, al que llaman el Lomu inglés (obviando la evidencia de que a Lomu jamás lo hubieran llamado el Banahan neozelandés)  y que siempre me pareció demasiado robótico para el ala. Quiero verlo en el callejón de los psicópatas que es el primer centro, si eso llega a ocurrir. Y luego, atrás del todo, dos jugadores magníficos, capaces de elevar el listón inglés corriendo el campo con la pelota: el finalizador Ashton, que se da mucho autobombo, pero con motivos; y Ben Foden, que por lo que le he visto me parece uno de los zagueros más interesantes del momento. Pronóstico: primeros de grupo, porque el orgullo inglés no es un lugar común, sino una realidad, también a la hora de jugar al rugby. Y en el cruce (seguramente con Francia) uno de esos partidos imposibles de predecir. Pero lo mejor (o lo poco que a mí me gusta) de lo que Martín Johnson le da a esta Inglaterra es lo que lo hizo a él una leyenda en su país: el liderazgo y su capacidad para competir.

Rumanía y Georgia completan esta zona en la que habrá que jurar morir con gloria, como promete el himno argentino. Es, tal vez y a priori, el grupo más duro, más áspero de todos. Porque los secundarios son equipos que obligan a cualquiera a picar piedra. Fuera del Seis Naciones, los Lelos están reconocidos como el mejor equipo del continente europeo, el decimosexto del mundo. Tiene un buen número de jugadores en Francia, entre ellos su mejor activo, el segunda/tercera Gorgodze, también conocido entre los amigos de la hipérbole como Gorgodzilla. Rumanía exhibe hasta nueve hombres radicados en equipos del Top 14 y la misma actitud rocosa de los equipos del este. Son equipos construidos con jugadores reconocibles, sospechosos habituales. Rumanía ha sufrido demasiadas lesiones en su preparación y aún tiene muchos puestos que decidir. Pronóstico: los Lelos, cuartos, los rumanos quintos. Y honrosas derrotas, cobrándose algún cadáver intermedio si fuera posible, en los partidos contra los principales del grupo.





Grupo A: Los fantasmas visten de azul

8 09 2011

Nueva Zelanda, Francia, Japón, Canadá y Tonga

Sonny Bill Williams, rugbier y boxeador profesional, será el primer centro de Nueva Zelanda en el debut contra Tonga. Una picadora de carne superlativa, no. siempre centrado en las obligaciones requeridas para el rugby

Nueva Zelanda es el favorito por la gracia de Dios y de Dan Carter, su medio de apertura, el número 10 que parece la reunión de todas las esencias destiladas de más de cien años del juego. Juegan con el viento de su público a favor, lo que siempre les inflama, pero con una reunión de obsesiones en contra. Lo que en inglés llaman choking, que viene a significar dar un gatillazo en el momento más inconveniente. ¿Por qué se habla tanto de las debilidades, presuntas, de los All Blacks? Sólo se me ocurre este motivo: por economía narrativa. Es más fácil y rápido (también más prestigioso, vistas las últimas copas del mundo) que glosar sus virtudes. Se habla mucho del peligro de una lesión de Carter porque su recambio, Colin Slade, no alcanza el estándar. Al punto de que en el último Tri Nations Graham Henry llegó a probar al rotundo Piri Weepu de apertura y de pateador, lo que permitió un cierto espectáculo de pintorescas variedades que pudimos soportar porque Weepu es uno de nuestros personajes favoritos. Lo mismo lo podrían haber maquillado con un vestido de noche y que cantase algún aria de Aida. Atrás debutará NZ con un trío sorprendente: Israel Dagg (eléctrico, atendible por lo que yo sé de él), Kahui como zaguero y Toeava en el ala. La gran noticia es la incorporación de Sonny Bill Williams (jugador de rugby y boxeador profesional de los pesos pesados) en el primer centro, desplazando a Nonu al segundo. Cowan será el medio melé. Delante, a los All Blacks les ha faltado algo de dinamismo por lo que yo les he visto: porque Mealamu ya no es aquel dardo que solía, y porque Franks, Woodcock o Hore son pilares de embestida mortal, pero corta. Fenomenales para las fases estáticas, menos dados a retozar al aire libre. Y lentos en la defensa de los relanzamientos, como muy bien sabe el australiano Will Genia. El problema de esa defensa interior, cerca de los agrupamientos, asoma también en la tercera sin el ocho Kieran Read, lesionado. A él y a Thompson (un tercera sobrio en exceso), también roto en la conclusión del Tri Nations, los relevarán para el primer partido Kano y el más bisoño Victor Vito, un muchacho que por aspecto y nombre podría hacerle trabajitos a Tony Soprano o a la organización Spektra. Richie McCaw, mientras, seguirá con su existencia en el mundo subterráneo, en permanente acción mutante sobre los dos lados de la ley. Todo esto para decir que, en realidad, mucho dependerá de su gestión de las ansiedades y de que logren ser el equipo defensor de la primera vuelta del Tri Nations, y no el de la segunda. No todo va a ser alegría. También Brasil tuvo que poner un día a Mazinho y Mauro Silva para reconquistar el mundo. Pronóstico: todo lo que no sea ganar es un fracaso; todo lo que no sea la final será inexplicable.

Dusautoir, Oueadrogo y Picamoles, la tercera más aceptable de la actual Francia, con permiso de Lievremont, retoza en una sesión de entrenamiento previa al Mundial. Como siempre, Francia es un interrogante antes del torneo.

Francia es la archinémesis de los All Blacks. Y no sólo por sus célebres victorias. También por idiosincrasia: los franceses hacen la contraria, pasarse cuatro años dando que hablar y extendiendo prejuicios: el preferido ahora es el de la noria decisoria de su alineador, Marc Lievremont, como antes lo fue la indisciplina. Otra vez, si hay que hablar de lo que tienen, tienen de todo. Y todo bueno. Por tener bueno hasta tienen la ausencia de Chabal, un producto mediático tan opinable. Pero no faltan los hombres que dan miedo. Una primera con tanta veteranía como oficio y, si se da la ocasión, ese punto de brutalidad que ha distinguido de toda la vida a los delanteros franceses: Szarzewksi, la versión salvaje del efébico Tadzio de Muerte en Venecia, los leñadores Mas y Servat o el dionisíaco Barcella, de cuyo estado de forma se duda por una lesión reciente en el tendón de Aquiles… Y luego sus segundas, siempre tan competentes (Nallet, Bonnaire, Pape). Más dudas crea la tercera, donde todo parece estar abierto, salvo por la presencia del arrollador Picamoles. Pero hay variedad y a uno siempre le va a gustar (aun echando de menos a un Betsen, la finura táctica de Dusautoir y la carismática locura competitiva de Harinordoquy.  De ahí hacia atrás, mucha luz y alguna sombra. Los pies y las manos de Morgan Parra y Yachvili, los medios de melé. Hay dudas en el apertura con Trihn-Duc. Pero cualquiera debería guardarse de un equipo con un fondo terrible a la contra, que corre y pasa en ángulos al estilo del hemisferio sur: Palisson y Medard por afuera, Rougerie y Heymans por dentro. Irlanda lo sufrió. Una vez más, los fantasmas (los de Nueva Zelanda) visten de azul. Mejor ahora que en un cruce posterior, claro… Pronóstico: el mayor problema de Francia es… Francia. También su mayor virtud. Capaces de todo, a uno no le extrañaría verlos en semifinales… si Lievremont sostiene unido al grupo. Pero es un disparo al aire.

El enfrentamiento entre Francia y NZ marcará la culminación del grupo. Pero por detrás hay tres equipos interesantes, de los que cabe esperar batalla sostenida y rugby para hombres. Tonga, Canadá y Japón van a jugarse entre sí ese tipo de partidos a cara de perro hechos para iniciados, para psicópatas del juego, en busca descarnada de un tercer puesto. Canadá presenta un equipo con 13 veteranos de la última Copa del Mundo y un chico que juega de ala, Taylor Paris, que a los 18 puede ser el debutante más joven en la historia del Mundial de rugby. Sobre la base de la experiencia y dos victorias recientes contra Estados Unidos en casa y a domicilio, Canadá se siente capaz de imponerse al campeón asiático, Japón, y disputarse el tercer puesto de esta zona A con Tonga. Japón llega de la mano de una leyenda como John Kirwan, cuyo objetivo es toda una declaración de intenciones: “Queremos ganar dos partidos”. En sus seis apariciones anteriores en la Copa del Mundo sólo han logrado un triunfo y un empate. De los tonganos, mientras, se puede esperar espectáculo, para bien o para mal. Si Tonga parece ir algo por delante (hasta en apoyo, porque 4.000 incondicionales les recibieron a su llegada  a Nueva Zelanda) es por su aproximación deliberadamente física al juego. A los tonganos les gusta jugar al rugby como animales. Lo suyo es el contacto físico, los placajes severos, la colisión de trenes. Y algo de punching si se tercia: tienen el récord disciplinario de haber visto tres tarjetas rojas en un partido del Mundial. Y hasta siete amarillas en un choque contra Francia… Dicen haber dejado atrás la vida peligrosa, pero no tanto: avisan de que no van hacerse los simpáticos contra los All Blacks (el primer partido del torneo) y que no aspiran a ganarles jugando al rugby como Sudáfrica o Australia. Son un equipo pintoresco: el entrenador, Isitolo Maka, es hermano del capitán, Finau Maka. Y la IRB tiene a su federación en el punto de mira después de que el presidente fuera destituido este pasado verano desde el parlamento de la nación, en una bananera iniciativa capitaneada por un presidente anterior, que lo acusaba de llevárselas crudas. Como se ve, Tonga es un equipo que promete diversión. Pronóstico: dolor articular y hematomas musculares.Refriegas intestinas en melés y otras fases cerradas del juego. Guerra de guerrillas y caza mayor. Canadá tercera de grupo, Tonga cuarta, Japón quinta. O en cualquier otro orden…

Próximos partidos

Viernes 9 de septiembre
Grupo A – Nueva Zelanda-Tonga (10:30 hora española, Canal+ Deportes)





La Haka contra el mundo

8 09 2011

En su prematuro lecho de muerte, Bobby Deans aseguraba a quien aún quisiera oírle: “Fue ensayo”. No era un delirio, sino la honesta declaración postrera referida a una de las jugadas más célebres de la historia del rugby: el ensayo jamás concedido a los All Blacks Originals, como aún se conoce a aquel equipo que disputó 35 partidos en una gira de cinco meses por Gran Bretaña y Estados Unidos. La decisión supuso la primera derrota de su historia en suelo europeo. Fue en el Arms Park de Cardiff, el 16 de diciembre de 1905. El colegiado John Dallas -que vestía de calle como era costumbre entonces- llegó con retraso a la culminación de la jugada y desautorizó la supuesta marca de Deans, al considerar que el placaje final lo había frenado antes de alcanzar la línea galesa. Deans, muchos testigos, el vehemente Daily Mail y varios jugadores galeses reconocerían después que Deans había pasado por lo menos 15 centímetros la línea de marca, y que fue arrastrado hacia atrás posteriormente. Dallas dio melé, Gales ganó 3-0 y Bobby Deans se murió a los 24 años, dramáticamente joven, víctima de las complicaciones de una operación de apéndice. De él se cuenta que era un hombre sano. No fumaba, no bebía, era un trescuartos con planta de duque. Jugaba con honestidad y no mentía. Aún hoy, para muchos kiwis el viejo estadio de Arms Park sigue siendo, ante todo, aquel lugar en el mundo en el que Deans nunca marcó su ensayo.

Piri Weepu, el medio de melé de los All Blacks, agitador habitual en los últimos tiempos de la Haka maorí con la que Nueva Zelanda desafía a sus contendientes: esta vez Weepu llama a una carga enérgica contra el mundo entero, los enemigos exteriores y, sobre todo, los muy juguetones e irreverentes fantasmas íntimos.

Sólo cinco selecciones han logrado vencerle un partido a los All Blacks en todos los tiempos: Australia, desde luego, Sudáfrica, Francia, Inglaterra y… Gales, ese día. Desde aquellos partidos asombrosos de 1905 que descubrieron al hemisferio norte la histriónica danza maorí llamada Haka y el rugby de ataque global de los chicos de negro, los All Blacks son generalmente considerados el mejor equipo de rugby del mundo. Pero esa convención anda en entredicho desde que en 1991 Australia la apartó de la final de la Copa del Mundo y abrió una sonora retahíla de decepciones cuatrienales: perdieron la final del 95 con Lomu de su lado, contra el hoy ya legendario y cinematográfico equipo de Mandela, Pienaar y Joel Stransky; protagonizaron una gloriosa semifinal frente a Francia en 1999, gloriosa porque aquél fue uno de los partidos más subyugantes de toda la historia de este deporte; pero terrible por la inasumible dimensión de la derrota contra los bleus (31-43); Australia les apartó en 2003 de la final que convertiría el pie derecho (y el izquierdo) de Jonny Wilkinson en reliquias modernas de la iglesia anglicana, a su diez en un héroe de leyenda y al rugby en deporte planetario. Y Francia volvió a eliminarlos, esta vez en cuartos, en el último Mundial, con un endiablado ejercicio defensivo que mezclaba el boxeo con las matemáticas, que hizo de cada placaje y cobertura una incuestionable operación de álgebra, y que permitió a los galos remontar un 13-0 y poner a los All Blacks “a jugar al ping-pong”, tal y como lo definió más tarde el capitán Richie McCaw.

La noticia histórica subraya, por si hiciera falta, la dimensión del imperativo que soportan los All Blacks en la Copa del Mundo que mañana, 24 años más tarde, regresa a Nueva Zelanda. Como siempre, esto trata de si los All Blacks ganan o no ganan. Hay otros subtextos, desde luego, y  en el análisis que viene en los próximos días los iremos desgranando, tal vez con más humor e intuiciones que rigor académico. Pero el titular se levanta por sí solo como un cartelón: esto es la Haka contra el mundo. Y en casa, en suelo neozelandés, en ese país donde los hombres llegaron a declarar en una vieja encuesta que preferirían ganarle un partido a Australia antes que pasar una noche con Elle McPherson. Así que la ocasión conlleva un elevado tanto por ciento de drama anticipatorio, lo que le agrega relieve escenográfico a un torneo de cinco semanas, que ya de por sí resulta fascinante, una explosión en supernova del deporte de nuestras vidas. Este mes y medio se va a llevar por delante unas cuantas madrugadas y varios amaneceres. Es de ley. Cuando uno duda si el fútbol le gustará tanto como se ha acostumbrado o bien obligado a pensar, ha de recurrir al baremo indispensable del rugby para poner las cosas en su sitio. Ahí se distingue el tamaño exacto de cada pasión, incomparable de todo punto. Resulta imposible dejar de jugar al rugby como resulta imposible dejar de ir de cuando en cuando a tumbar pintas con los amigos. El rugby es una noche feliz, una lifara de risotadas, una juerga hasta que se hace de día, una desparramada resaca juvenil. Es así siempre y cada vez. Por eso se trata de un placer irrenunciable, del que no resulta natural despedirse. No hay que hacerlo. No es necesario. No debe ocurrir y nadie puede exigirlo. Puede que nosotros no fuéramos tan gallardos de renunciar a una velada haciéndole cosquillas a la señorita McPherson, pero sí nos alcanza para proclamar que sólo hay una cosa que nos pueda gustar (casi) tanto como jugar al rugby: ver la Copa del Mundo de rugby.





El Largo adiós

30 06 2011

El Lobo Diarte, parado en el medio de La Romareda, inmune al tiempo con su vestimenta del Real Zaragoza. Descanse en paz, ídolo y legendario.

Si no escribí ayer de la muerte del Lobo fue porque andaba apurando los agotadores ensayos de mi primera actuación en público a la batería, y me bullían en la cabeza corcheas de manos cruzadas con negras de pies. Un puré que a duras penas logré ordenar a la hora de subir al escenario. Parafraseando aquel chiste de Eugenio sobre el juego del poker: me encanta tocar mal la batería. ¿Y tocarla bien? Bueno, tocarla bien debe de ser la hostia… Así que andaba emulando con torpeza a Doug Cosmo Clifford, el baterista de Creedence Clearwater Revival, y peleándome con ocho compases del Time Is Running Out de Muse, cuando el Pele me dio noticia del fallecimiento de Diarte. Durante estos últimos días me han impresionado algunos episodios diversos. A saber… el violento descenso de River Plate, que me hizo acordarme de una fría tarde en el Monumental de Núñez en que los Borrachos del Tablón (la barra brava de River ahora acusada de amenazar de muerte al árbitro de su último encuentro), le cantaban a Nueva Chicago, que iba camino de bajar, este tema: “De la mano de Giunta / se van a la B / De la mano de Giunta / se van a la B  / Para nunca… para nunca más volveeeeer…”. Giunta, entonces técnico de Chicago, era el objeto de su chanza por su pasado en Boca. Hoy River está en la B, nada menos que con Passarella de presidente. En un orden muy distinto (o no), quedé asombrado por el discurso tabernario y pendenciero de Belloch a la hora de valorar la elección de San Sebastián como Capital Europea de la Cultura 2016. Su pestilente razonamiento de perdedor etílico y tramposo en una taberna del oeste, cuando a la vista de su derrota voltea la mesa y saca los revólveres acusándo de trilero al de enfrente, me dio ganas de gritarle aquélla de Amanece que no es poco: “¡Viva el Munícipe por antonomasiaaaa!”. Como el personaje de Cuerda que hacía Rafael Alonso, por lo visto en Zaragoza todos somos contingentes, pero Belloch es necesario. O al menos eso han pensado los muchachotes enrocados en el ménage-à-trois consistorial para mantenerlo de aquello para lo que la ciudad ya lo había rechazado: de alcalde. Hablando de hombres desastrados, se murió Peter Colombo Falk… y nos quedan Los Misterios de Laura y Chávez resistiéndose al cáncer bolivariano de la mano de Fidel. Confirmación doble de mi teoría de la involución. Pero es la muerte del Lobo Diarte la que me cruzó el ánimo de forma más rotunda. Carlos Diarte, el paraguayo al que la memoria siempre ha identificado como el primer ídolo que tuve en el fútbol zaragocista. Creo haber dicho ya que apenas recuerdo a Arrúa, proclamado seguramente el mejor futbolista del club en todos los tiempos. Guardo imágenes desleídas del Nino, más tocadas de leyenda que de recuerdos. Con el Lobo me ocurre lo contrario: después de tantos años aún perdura en mí su corte alargado de una pieza, consistente, imborrable. El tranco de caballo al galope con el que entraba en el área, esa forma de correr en la que cada zancada parecía el paso de una valla. Con el tiempo he pensado que en aquellos días yo sólo veía a Diarte, que me tapaba a todos los demás incluido al soberano Arrúa. A tal punto que su marcha me dolió de una forma rabiosa, y me enfermaba verlo vestido con la camiseta del Valencia y también con la del Betis. Esa historia de los 60 millones de pesetas que pagaron por el “formidable delantero centro paraguayo” está entre otras muchas en la semblanza que hoy le dedicó Pedro Luis Ferrer en el AS al Lobo Diarte. Un largo adiós para el Largo, como lo apodaban en su casa. Un perfil recortado contra el tiempo, sólo al alcance del periodista que podría pasar el resto de sus días relatando de un tirón -con caracterización precisa, anecdótica, fáctica y legendaria- la historia del Real Zaragoza y sus personajes. Así…

El cáncer se lleva al Lobo Diarte con 57 años

 El zaragocismo llora la muerte del formidable delantero centro paraguayo

 Carlos ‘Lobo’ Diarte falleció ayer, a los 57 años, en Valencia víctima de un cáncer que le venía devorando desde hace once meses. Se marcha probablemente el delantero centro más completo de la historia del Zaragoza, un ‘9’ que marcó una época enLa Romaredajunto a Nino Arrúa.

Pedro Luis Ferrer

El cáncer que lo consumía desde hace once meses se llevó ayer a Carlos Diarte, gloria del Real Zaragoza y figura estelar, junto al excepcional Nino Arrúa, del mítico equipo de los Zaraguayos. El Lobo tenía sólo 57 años y luchaba a brazo partido contra la muerte en el hospital Doctor Peset de Valencia: “Soy un guerrero guaraní. El Lobo nunca se rinde”, no se cansaba de repetir en los últimos días. Al final la enfermedad pudo con él, pero el fútbol lo hará eterno. Diarte, el Lobo Diarte, fue un delantero centro completísimo: valiente, veloz y goleador, con una zancada larga y sostenida, dotado de una buena técnica y con un portentoso golpeo de balón con las dos piernas. En el Zaragoza cantó 39 goles en  87 partidos oficiales, logró un subcampeonato de Liga (1974-75) y otro de Copa (1976), y fue un gran ídolo.

Carlos Diarte Martínez nació en Asunción (Paraguay) el 26 de enero de 1954. Fue el último de ocho hermanos de un matrimonio que se divorció cuando el Largo o el Lobo —apelativo que le puso su compañero en el Olimpia Mario Rivarola— tenía sólo dos años de edad. Con 16 debutaría con el Olimpia de Asunción en la primera división paraguaya. Un año después, en 1971, lo haría con la selección absoluta de Paraguay en Maracaná y frente al Brasil de Pelé, Rivelinho, Jairzinho y Tostao. Diarte fue internacional con la albirroja en 18 partidos, además de otros 27 como juvenil.

Su fichaje por el Real Zaragoza se empezó a gestar en julio de 1973 cuando el gran Avelino Chaves acudió a Asunción para cerrar la contratación de Saturnino Arrúa. Éste lo recomendó insistentemente y el secretario técnico del Zaragoza, tras verlo jugar en un partido con su selección, lo dejó atado con una opción de compra válida para tres meses. Todo quedó a expensas de que el Lobo consiguiese la documentación de oriundo, ya que el Zaragoza tenía cubiertas las dos plazas de extranjero con el propio Arrúa y el uruguayo Cacho Blanco. Cinco meses después y ante el declinar de Felipe Ocampos en el eje de la delantera, Chaves regresó el 12 de diciembre de1973 aParaguay para concretarla Operación Diarte, pese a que la opción ya había caducado. Diarte firmó por tres años y medio y el Zaragoza abonó al Olimpia 5.796.000 pesetas (unos 35.000 euros), a la espera, eso sí, de quela Federación Españolavalidara su condición de oriundo, circunstancia que se consiguió en un mes, después de que en Asunción se le falsificara su partida de nacimiento. Aquí llegó como Carlos Martínez Diarte y como hijo de un emigrante bilbaíno en Paraguay.

A Zaragoza llegó el 9 de enero de 1974, todavía con 19 años, para completar el célebre equipo de los Zaraguayos, junto a grandes compañeros como Violeta, González, Blanco, Planas, García Castany, Ocampos, Arrúa… Su llegada a la ciudad fue todo un acontecimiento. Se presentó con su larga cabellera negra, un traje color mostaza, camisa negra y zapatos rojizos. “Lo que más me gusta es entrar en el área con el balón controlado y definir contra el portero. Pese a mi altura, no hago muchos goles de cabeza”, anunció en sus primeras declaraciones.

Carriega lo hizo debutar el 17 de febrero de 1974 en Castalia (Castellón-Zaragoza, 2-1). Diarte estuvo bullidor y valiente, pero le faltó acierto en sus tres remates. El grifo de sus goles en el Zaragoza lo abrió una semana después frente al Granada, con una jugada de bandera que todavía recuerdan los aficionados veteranos deLa Romareday que condensó toda su categoría. A los 18 minutos, recibió un pase en profundidad de Arrúa y, tras una portentosa cabalgada desde el centro del campo y un regate en seco a su compatriota Fernández, que venía empujándole, batió a Izcoa de un formidable zurdazo sin ángulo en la portería del gol de Jerusalén.

Luego vendrían 38 dianas más, algunas tan famosos como el gol 1.000 del Real Zaragoza en Primera División, el 20 de abril de 1975, frente al Elche enLa Romareda(3-3). A los veinte segundos de la segunda parte, Rubial avanzó por la banda izquierda, pasó a Arrúa, quien, ya dentro del área, envió de cuchara a Diarte, que avanzó unos pasos con el balón y de remate raso lo introdujo en las mallas.

Pero sus mejores goles y su mejor partido se condensaron el 4 de enero de 1976 frente al Barcelona, en un espectacular 4-4 que dio la vuelta al mundo. Diarte, con tres goles, le trató aquella tarde de tú al mismísimo Cruyff. Fue la mayor exhibición del Lobo, que se despediría del Zaragoza seis meses después en la fatídica final de Copa frente al Atlético de Madrid, la del robo de Segrelles. El 27 de junio de 1976 se hacía oficial su traspaso al Valencia por 60 millones de pesetas (360.000 euros), una cifra récord entre clubes españoles.

Sólo muere quien cae en el olvido. Y los que vieron jugar a Diarte no lo olvidarán nunca. Descanse en paz el Lobo, probablemente el mejor delantero centro de la historia del Real Zaragoza.





Augurios

21 04 2011

Va a hacer cuatro años que en el viejo Somniloquios arriesgamos una conjetura.  Lo escribimos así, como sigue:

Todos los caballos son del Barça

“Tengo dicho hace tiempo que si verdaderamente el Real Madrid quiere desmontar el garito azulgrana durante unos años, al modo en que lo hizo Florentino con el fichaje de Luiz Figo, debería fichar a Mourinho. Otra cosa es si la crítica soportaría la colección de tractores que el portugués despliega en cada partido, al menos en el Chelsea, donde unos jugadores se parecen mucho a otros y todos se hacen borrosos en el conjunto de un equipo que suele comportarse como un agujero negro: se traga todo el fútbol del contrario y lo reduce a polvo cósmico. No sé si eso funcionaría en un lugar en el que Capello ya es anatema; ignoro si Mou

(AP Photo/Manu Fernandez)

Mourinho, entrenador de títulos, le palmea la espalda condescendiente a Guardiola, entrenador de fútbol (con títulos).

tiene más registros como entrenador. Pero su mezcla de agitación, enfrentamiento, denuncia, sospecha, psicología, ansiedad, competitividad, ambición y talento convertiría la rivalidad de estos cien últimos años entre Madrid y Barcelona en un juego de niños. Yo creo que el Barcelona no podría superar el martillo que supone Mourinho y se derrumbaría a la mínima. Pese al evidente dominio de las dos últimas décadas, de Cruyff aquí, a la imposición de un estilo que ha mejorado el fútbol español, a las victorias y a los jugadores, el Barcelona aún se siente menor, vulnerable, agraviado y, por qué no decirlo, perdedor. Es el peso de la historia. ¿Por qué los caballos son desconfiados y tienen los ojos en los lados de la cabeza? Porque durante miles de años de evolución natural fueron presa de otros bichos nada equitativos (precisamente), y permanece en ellos ese acollono atávico tan barcelonista. Conclusión: todos los caballos son del Barça”.

[Somniloquios original, 2 de mayo de 2007]

No, no aplaudan todavía. Como cualquier magia, la adivinación tiene truco, una explicación de lo más racional: primero, el fútbol es un deporte en el que, al final, todo el mundo acaba teniendo la razón alguna vez, de modo que no hace falta entusiasmarse por un acierto; y, además, los muchachos que dirigen el fútbol español en su versión ‘los dos grandes’ son previsibles al máximo. Que el Madrid fichase a Mourinho sólo era cuestión de tiempo: le bastó eliminar al Barcelona de las semifinales del año pasado, con el Inter, para ser declarado la gran esperanza blanca. Para el madridismo, nada posee el valor místico de la conquista de una Copa de Europa. Antes, cuando Mourinho lloriqueaba semifinales de Champions contra el Barcelona (o contra el Liverpool o el Manchester United) no le hicieron tanto caso. No digamos, desde luego, cuando hizo campeón al Oporto. Y sin embargo ya estaban ahí todas sus virtudes, entremezcladas con el sabor a falacia de muchos de sus razonamientos, sostenidos aquí como antes lo fue allá. Su habilidad para introducir a los futbolistas, y al entorno, en un estado de excepción cuando llega la hora de disputar los títulos constituye una amenaza muy severa, porque queda licuado en un fútbol pelado de concesiones, sin otra estética que la de la victoria y sus pasos intermedios. Los analistas (los pocos que quedan decentes, en el más amplio sentido de la palabra, atropellados por el baboseo gritón del puntopelota y su sucedánea caverna de hurones forofos en el papel de periodistas) se preguntan si viene un cambio de ciclo. La Copa no da para proclamar tanto -la Liga refleja mucho mejor una tendencia-, pero si el Mou sacude también la Champions van sonar las trompetas del Apocalipsis. Por lo demás, uno vive aferrado al augurio de otro visionario, el doctor Reyes, que hace días apuntó en román paladino: “Están el Barcelona y el Madrid mirándose a ver quién la tiene más larga, y la Champions la va a ganar el Manchester United”. Y sí, ojalá. Mi desarraigo ha crecido hasta tales niveles que el otro día me encontré pensando si no sería mejor que el Zaragoza dejara de ser el Zaragoza para llamarse Team Dubai, de forma que pudiéramos despreciarlo a gusto y sin remordimientos sentimentales (que es lo que se ha ganado). Y de tal desarraigo provienen adhesiones inquebrantables que son puros monstruos de la razón. Éste es otro ejemplo: hasta el día en que el muchacho se vaya a su casa a hacer calceta, para lo cual no debe quedar ya mucho, suspendo cualquier otra militancia y me hago sólo del equipo en el que juegue el señor Ryan Giggs. Se llame Man United o Glentoran…