C’est la France…

8 10 2011

Cualquiera de los que pensamos cinco minutos acerca del partido entre Inglaterra y Francia, antes de que se jugara, consideramos los antecedentes de los dos equipos, su camino hasta los cuartos de final y la multitud de señales emitidas en estas últimas semanas. Anticipar un pronóstico significaba tirar un disparo al aire: todos los signos eran contradictorios. Inglaterra había ganado sin ningún elemento de convicción en su rugby, salvo las apariciones individuales de Cueto, Ashton, Tuilagi o Wilkinson. Y Francia… bueno, Francia lleva tiempo negando un día sí y otro también cualquier conciliación entre la evidente calidad de sus jugadores, su inmenso potencial como equipo y la acumulación de tensiones alrededor del entrenador Lievremont y su plantilla. A veces los grandes equipos pueden sobreponerse a todos esos rigores íntimos, pero es que además Francia no había podido: durante la primera fase ganó con palidez dos de sus partidos, no presentó ninguna batalla real a los All Blacks y, para finalizar, despidió el grupo con una deshonrosa silbatina de su gente tras perder con Tonga. Ahora es sencillo decir que Inglaterra también había avisado del vuelo cortísimo que le aguardaba en el Mundial. Hay un razonamiento para eso: escapó vivo contra Argentina y Escocia, partidos que seguramente nunca debió ganar. Pero Francia tiene más pólvora que los Pumas y los escoceses. Tiene jugadores que pueden golpear, que hacen daño en carrera, que ganan líneas, que rompen defensas y acaban. Sí, todo eso es verdad. Pero ninguno de los comentaristas que consulté en los prolegómenos del encuentro (gente como Dallaglio, Frans Pienaar o Sean Fitzpatrick en la televisión inglesa, o el recordado Diego Domínguez en la italiana…) ninguno manifestó ninguna confianza en que Francia fuera a convertir todos esos problemas que la venían acosando en munición para el choque con Inglaterra. Yo mismo fui consultado levemente desde el otro lado del planeta por un amigo y, a pesar de la aprensión que me daba arriesgarme, también insistí: “Inglaterra tiene finalizadores y puntos con el pie: con eso le debería valer. Salvo que los franceses descorchen el champagne de forma inopinada… pero creo que esta vez se lo han dejado en casa”.

Yachvili ondea la bandera de Francia, victoriosa contra el viejo enemigo inglés: los galos no le dieron opción al equipo de Martin Johnson y se fabricaron una victoria con la forma de la redención.

Y bien… Todos equivocados, porque Francia lo hizo de nuevo. Siempre puede ocurrir. De hecho, ocurre con una frecuencia en cierto modo molesta, porque la repetición de un tópico siempre resulta algo fastidioso. Francia descorchó la botella, espumeó su rugby durante un buen rato y, sin alardes excesivos, pero con ese relativo flair que todavía la puede adornar, sacó del partido y del Mundial a Inglaterra en media hora: en ese tiempo, Yachvili anotó dos golpes de castigo (la vieja historia de siempre con Inglaterra, su cacareada indisciplina en los agrupamientos), antes de que Vincent Clercq y Maxime Medard, dos de los genios dormidos del equipo francés, posaran dos ensayos que dejaron al equipo de Martin Johnson mirando a Londres (0-16). Si los agentes de su Majestad no habían hecho las compras familiares, les tocará hacerlas en el aeropuerto de vuelta a casa. Por más que intentaron un largo regreso durante la segunda mitad (ensayo de Ben Foden, en una de sus escasísimas apariciones ofensivas en este Mundial, y otro de Cueto cuando ya no había tiempo para nada), Francia no tuvo gran problema en sujetar la victoria. Tiene oficio y jugadores para hacerlo. Lo expresó el narrador de ITV con una de esas frases que describió el control del tiempo y del partido que, en la fase definitiva del choque, estaban ejerciendo los azules: “Los jugadores de Francia se están comportando ya como el personal de un restaurante de París: no se dan ninguna prisa en venir a tu mesa”. Ahora, cuando van merece la pena. El postre lo sirvió Trihn-Duc, recuperado durante la segunda mitad en el puesto de un Yachvili fallón con el pie. El medio apertura represaliado por Lievremont después del primer encuentro de la Copa del Mundo cruzó entre los palos un drop que pasó los postes con el sonido sordo de un clavo que cierra el cajón del muerto. Una vez establecida su ventaja de la primera parte, Francia ya no había enseñado gran cosa, pero sí la suficiente compostura para contener el confuso ataque inglés. La melé se le oscureció también a los chicos de Martin Johnson y tanto Dan Cole como Stephen Thompson pasaron una mala tarde en brazos de ese cinco implacable que pueden llegar a conformar Servat, Poux, Mas, Pape y Nallet.

What time is it in London? Martin Johnson consulta su reloj durante el partido contra Francia, para descubrir que es la hora de volver a casa. Una escasa Inglaterra en la fase de grupos se quedó definitivamente seca y eliminada contra Francia.

Ahora, el partido le perteneció de principio a fin al incombustible Imanol Harinordoqy. Instalado en el puesto de ocho, el Vasco ofreció una de sus ya clásicas exhibiciones de racial juego de tercera línea frente a los ingleses, el enemigo que más detesta. Lo secundaron Bonnaire, poderoso allá donde apareció, y el siempre fiable Dusatoir. Enfrente, Inglaterra opuso poco. Nick Easter había aparecido en el fondo de la delantera inglesa para ponerle experiencia y oficio a la línea, pero no hubo más remedio que echar de menos a Haskell ahí atrás. Para cuando apareció sobre el campo, a Inglaterra le quedaban pocas esperanzas. Si tuvo alguna, consistió en una elevación del ritmo de juego que no logró nunca, salvo en el ensayo de Foden. Subir el diapasón, reciclar balones veloces y mover a los franceses llevando la pelota a las esquinas, donde siempre aguardan hambrientos Ashton y Cueto. Pero justo cuando Ben Youngs advirtió esa necesidad y la puso en práctica para el primer ensayo inglés, con un cuarto de hora de vida por delante, Martin Johnson decidió relevarlo por Wigglesworth. No es que Youngs hubiera podido cambiar la suerte del choque, que estaba tácitamente resuelto desde la primera media hora, pero el cambio aportó entre poco o nada y la Rosa se fue desolando entre los viciosos dedos franceses. La victoria tiene todo el aire de las revanchas: contra el entorno, contra las críticas, una suerte de redención que lleva a Francia a semifinales, ronda de la que fue apartada en la última RWC por, precisamente, los ingleses. Ahora espera Gales, con su rugby límpido; Warren Gatland no es un entrenador que se deje llevar por falsas confianzas. Francia siempre guarda una última advertencia y una palabra final. Inglaterra deja el Mundial con pena y gloria. Y la Copa del Mundo despide a uno de los grandes protagonistas de su historia, Jonny Wilkinson, autor de episodios para la memoria antes de este agrio epílogo que el número 10 ha tenido en Nueva Zelanda. Y, con toda lógica, seguramente será también el último día de Martin Johnson: el hombre que nunca sonrió y cuyo equipo de rugby casi nunca hizo sonreír. C’est la vie… C’est la France.

Inglaterra, 12
Ensayos: Ben Foden, Mark Cueto
Conversiones: Jonny Wilkinson

Francia, 19
Ensayos: Vincent Clercq, Maxime Medard
Golpes de castigo: Dmitri Yachvili (2)
Drop: François Trihn-Duc

Vídeo-resumen del partido





Gales, rugby de alta escuela

8 10 2011

Lo que Italia o Australia no consiguieron hacer en 80 minutos (meterle un ensayo a Irlanda) lo hizo Gales en apenas dos. Posó Shane Williams en la esquina, pero en esos 120 segundos Gales expuso toda la esencia de su actual rugby: la acción se inició con una captura fantástica de Jamie Roberts, tras uno de esos pelotazos verticales al cielo que aquí conocemos como up-and-under, pero que los celtas siempre llamaron garryowen, en honor al club que lo popularizó: el Garryowen Football Club. Roberts, uno de los hombres del partido como preveíamos, lanzó la carga (lo hizo tantas y tantas veces…), y sobre esa base Gales acumuló fase tras fase con sus delanteros, aseguró la posesión en cada contacto, recicló con limpieza y a la velocidad deseada, relanzó, jugó, ganó metros con una sensación de inevitabilidad que sorprendió a los mismos irlandeses. Conquistada la 22 rival, su medio de melé, Mike Phillips, soltó a los perros: dos cargas sucesivas de Warburton y Faletau detuvieron los irlandeses a apenas un metro de su línea de marca. En la siguiente, con el incomensurable Halfpenny incorporado para la puntilla, el bailarín Shane Williams acabó ensayando junto a la bandera. El árbitro llamó al juez de televisión para preguntarle si pudo haber tocado con su pie la raya de banda o la bandera… No había caso: lo único que logró con esa consulta fue darle al TMO la generosa posibilidad de ver repetido varias veces un ensayo construido de manera maravillosa por el joven equipo galés.

Los galeses, frente al mundo: un equipo con clase, que está en semifinales y contra el que parece difícil apostar si sostiene el nivel de juego que ha construido en estas semanas y que reventó ayer.

Irlanda respondió con la determinación con la que, en la fase de grupos, había volteado el Mundial ganándole a Australia. Con la que se devoró cruda a la potentísima melé italiana. Irlanda encerró durante la primera mitad a los Dragones en los alrededores de sus palos. Irlanda empujó con todo lo que tenía. Irlanda acumuló hasta el descanso un 65% de dominio territorial y un 57% de la posesión de la pelota. Irlanda desestimó un par de golpes a palos para jugar pateando a touch y tratar de imponer después su captura arriba (intratable en esa fase del juego) y el empuje posterior. Pero no lo logró: nada menos que el mismo Shane Williams contuvo al demoledor O’Brien sobre la línea para evitar su ensayo, en una de esas jugadas. Irlanda no lo iba a lograr. Gales fue un equipo completo con todas las de la ley. En ese periodo defendió atrás con una fiereza descomunal, contuvo todas las acometidas, interrumpió el juego irlandés, recolocó su defensa de la línea veloz e inteligentemente en cada uno de los relanzamientos verdes y cerró así cualquier posibilidad de acceso. Warburton, Faletau, Lydiate, Adam Jones (qué día tan duro le dio el Oso galés al magnífico Cian Healy, su opuesto en la melé), los centros Jonathan Davis y Jamie Roberts, y al fondo Halfpenny, magnífico de zaguero, impetuoso en las salidas desde atrás, durísimo en el contacto y profundo con la pelota. Al final, O’Gara redujo el margen con un golpe de castigo frente a los palos. Y el mismo Halfpenny volvió a alargarlo antes del intermedio (10-3).

Mike Phillips se lanza a por el ensayo que tumbó definitivamente a los irlandeses, después de rajar el lado cerrado con una acción inesperada.

Gales es un equipo con clase y con un rigor táctico notable. Todo lo ejecutó bien con la mano. Cada movimiento de ataque desvelaba la insultante seguridad, la confianza de un grupo que se sabe bueno, capaz de ir hasta el último día en esta Copa del Mundo. Irlanda largó todo lo que tenía en el arranque de la segunda mitad y posó un ensayo de Keith Earls en la única desatención defensiva de los galeses. Fue un ensayo raro, porque la pelota salió desordenada en un relanzamiento del medio de melé Murray. Botó a la espalda del esperado receptor y se quedó sin dueño en la 22 de Gales. La recuperó el ala Tommy Bowe, continuó para Keith Earls y, frente al desesperado último placaje de Phillips, Earls se deslizo sobre la hierba para dejar la marca en la esquina. O’Gara transformó y el partido se igualó (10-10). Por poco tiempo. Los equipos superiores hacen con relativa naturalidad lo que los inferiores se ganan a base de esfuerzo, sudor y sangre. A Irlanda le había costado 50 minutos traspasar la línea de marca galesa. A Gales le tomó sólo cinco más contestar: en una jugada de medio de melé clásico, el muy poco clásico Phillips levantó un balón de los pies de un ruck, sobre el flanco izquierdo de la 22 irlandesa, y se coló por el lado cerrado frente a la estupefacción general. Para asegurar su ensayo contra el placaje y su previsible toque sobre la línea o la bandera de la esquina, Phillips se lanzó para posar en una hermosísima plancha, y entró al ingoal limpiamente, como entran en el agua los saltadores de trampolín perfectos cuando largan un picado de esos que levantan los dieces en el cartelón de los jueces.

Sin perder ya jamás el control de las operaciones, obligando a Declan Kidney a probar toda la combinatoria que le permite su plantilla (Sexton enseguida por O’Gara, que ahora echaba de menos esos dos o tres golpes que no quiso tirar a palos en la primera mitad), Gales aumentó su ventaja con otro ensayo de Jamie Roberts (22-10 en el minuto 64′) y aún pudo elevar la renta si Priestland (en otro partidazo, auténtico director de la joven orquesta galesa) no hubiera pegado dos veces a los postes en dos tentativas a palos. Poco importaban, como supo Irlanda, los detalles estadísticos. Aún con poco balón, aún con el partido equilibrado, Gales siempre repartió una nítida sensación de superioridad. Con ella se va a las semifinales, en este territorio neozelandés que puede considerar proclive: también en el Mundial de 1987 llegó a esa altura. Irlanda despidió con sabor amargo a un equipo memorable, una generación para la historia, que no pudo completar el iluminado camino que se abrió ante ellos después de ganar su grupo en la primera fase. Para los números, O’Gara dejó su golpe de castigo número 200 en el día de la despedida. Para el adiós, el capitán Brian O’Driscoll cedió un momento de sincero reconocimiento para el equipo que llega: “Fueron mejores, ganaron y se merecen estar en semifinales. Les deseo buena suerte”. La prolífica escuela galesa saluda a sus últimas maravillas…

Gales, 22
Ensayos: Shane Williams, Mike Phillips, Jamie Roberts
Conversiones: Jason Priestland (2)
Golpes de castigo: Leigh Halfpenny

Irlanda, 10
Ensayos: Keith Earls
Cons: Ronan O’Gara
Golpes: Ronan O’Gara

Vídeo resumen del partido





¡Soy un Puma, soy un Puma, soy un Puma!

7 10 2011

En Argentina siempre hubo grandes jugadores de rugby (Hugo Porta fue, acaso, el más excelso de todos). Aún los hay. Y hasta hace bien poco un medio de melé, Agustín Pichot, que le agregó a su estupenda carrera el corolario de aquel tercer puesto en el último Mundial. Esa inolvidable hazaña arrancó con un triunfo sobre Francia en la fase de grupos, el ensayo de Corleto y la arenga de Pichot al final del encuentro, en el medio del eufórico círculo de los Pumas: “Eh, eh… -les gritó autoritario el capitán-. Recién empieza. No quiero ver a nadie saltar. Esto es una Copa del Mundo y vamos hasta el final”. El documental, hermosísimo, titulado Pumas de Bronce, Corazón de Oro, rememora el trayecto de los Pumas desde la preparación hasta el cierre por el tercer puesto contra Francia, en la Copa del Mundo que iba a cambiar para siempre el rugby argentino y, de manera previsible, el juego en el inaccesible Hemisferio Sur. La inspiradora ascendencia del capitán Pichot se advierte de manera emocionante en los últimos minutos de este vídeo de highlights del estreno puma en la RWC 2007. Y, por supuesto, en esta racial charla de Pichot en el vestuario antes del último encuentro.

La capacidad de inspiración de los Pumas en esas semanas de competición provocó y ha mantenido, desde entonces, una amplísima producción publicitaria a su alrededor, que extiende la idea de valor irreductible del equipo argentino. Anuncios como el célebre “Soy un puma” para Adidas; o los de la firma Medicus de este año, insisten en la capacidad inspiradora del modelo que representa el equipo de rugby; y, por supuesto, aquel emotivo “No hay razón para jugar al rugby”, de Quilmes, que expresa de forma exacta la bendita locura que significa abrazar este juego hasta sus últimas consecuencias. Amor propio, esa es la marca registrada de los Pumas, que se enfrentan este domingo al mayor obstáculo que cabe imaginar: los All Blacks. Esos tipos de negro. Esos 15 hombres sin piedad. Y en su campo, en Eden Park, ante su gente, resueltos como siempre, altivos y retadores, sostenidos por el apoyo innegociado de un país. ¿Un desafío excesivo incluso para los indómitos argentinos? Probablemente. Pero, como recuerda otro anuncio de estos días, a otros equipos los motivan poniéndoles vídeos de gladiadores; a los Pumas los motivan con vídeos de los Pumas…

Nueva Zelanda fue, por números, el incontestable mejor equipo de la primera fase (aunque no el que más nos gustó): ganó todos los partidos y todos con el punto bonus (más de cuatro anotaciones), posó 36 ensayos en total y anotó 270 puntos. Sólo fue por detrás en el marcador apenas unos minutos, como ya contamos, cuando Canadá se puso 3-0. Todos los peros que queramos ponerle al equipo de Graham Henry vienen con una advertencia previa: hablamos de los All Blacks. Es decir… que aun sin alcanzar su mejor versión, están en un nivel de excelencia inabordable para la mayoría de los equipos del mundo. Ahora, pueden perder. Y las copas del Mundo lo demostraron. Sabemos que Argentina puede competir con cualquiera, defender a cualquiera, ganarle las fases estáticas a cualquiera, competir convirtiendo el partido en una batalla de deseos. Sí. Pero la pregunta es: ¿Pueden los All Blacks perder contra Argentina? O sea, ¿puede la argentina de Santiago Phelan comprometer, interrumpir, quebrar, obturar el torrencial juego de Nueva Zelanda, la prodigalidad de sus carreras de ruptura, ese modo inigualable de meterse contra la defensa rival y soltar una descarga del balón para el apoyo, y otra y otra, hasta pasar a a la espalda y reventar todos los espacios? ¿Puede Argentina ser táctica hasta la locura, como lo fue Francia hace cuatro años, cuando mandó a los All Blacks a jugar al ping-pong con la pelota, sin permitirles un solo hueco por el que penetrar? ¿Puede cortarle la corriente de juego durante 80 minutos a un equipo que hace un rugby de ataque con la participación de los quince que están en el campo? Y, después, claro: ¿Puede golpearle, hacerle ensayos, provocarle carreras defensivas en sus zonas descuidadas, preocuparlos con la pelota, comprometer la a veces insuficiente defensa negra, ganarle líneas de ventaja con frecuencia, amenazarla al contraataque, obligarla a cometer errores, castigarlos con el pie? Es verdad que al rugby se juega con el corazón. Pero no conviene confundir un eslogan publicitario con la realidad en el campo de juego: el corazón es básico. Pero lo demás es inteligencia, físico, táctica, ejecución, habilidad y competición. Los Pumas no hicieron lo que hicieron hace cuatro años sólo con el corazón. Pusieron rugby, mucho juego, mucha calidad, muchísimo conocimiento, una vastísima experiencia y un deseo incomensurable. A Hugo Porta le hicieron esas mismas preguntas, de uno u otro modo, en memoria del Pumas-All Blacks de 1985, aquel 21-21 en la cancha de Ferrocarril Oeste, donde Porta anotó todos los puntos argentinos. Su respuesta: “Y bueno… todos los partidos hay que jugarlos”. Para qué responder si el mismo Huguito no lo hizo. Jueguen, entonces…

    • Slade, el 10: Henry deshojó a favor de Corin Slade la margarita del relevo de Dan Carter en la posición de medio de apertura. Cruden queda fuera (fue el último en llegar y era impensable que lo hiciera titular, saltándose su propia jerarquía a la hora de hacer la lista de los 30 que llevó a la RWC), y Piri Weepu comienza como medio de melé. Una elección interesante porque Weepu tiene puntos en el pie por si a Slade le da el baile de San Vito y, sobre todo, carácter y oficio suficientes para un partido que se anticipa muy perro ahí delante, con la gente como Roncero, Ledesma, el Pato Albacete o Leguizamón (añoranza de Fernández-Lobbe), enfrentados a perros de presa como Franks, Woodcock, Mealamu, Brad Thorn, Kieran Read y, last but not least, el señor Richie McCaw.

      Colin Slade, a la izquierda, e Israel Dagg hacen el berraco durante un entrenamiento de los All Blacks: el número 10 jugará hoy, otra vez y el resto del torneo, bajo la oscura y alargada sombra del ausente Dan Carter. Foto: AAP / Patrick Hamilton.

    • González Amorosino no, Muliaina sí: Phelan se decidió por Martín Rodríguez Gurruchaga como zaguero, dejando otra vez fuera al héroe de la victoria contra Escocia: Lucas González Amorosino. Este último tiene más amenaza en ataque con la pelota en la mano, pero por algún motivo Phelan prefiere al zaguero del Stade Français, cuyas dificultades para precisar patadas a palos durante el Mundial le ha ganado muchos recelos en Argentina. Uno no los vio lo suficiente a los dos como para inclinarse con argumentos, pero en estas semanas le llamó mucho más la atención González Amorosino: si alguien tiene un juicio más ajustado, bienvenido sea. La continuidad de Mils Muliaina en el puesto de 15 puede deberse a la baja de Israel Dagg, que no está siquiera en el banquillo. Un jugador con muchos adeptos, magnífico en su mejor versión al contraataque, seguro en el fondo. A mí, sinceramente, Dagg me había impresionado.
    • Sonny Bill Williams: a pesar de los cuatro ensayos de Zac Guildford frente a Canadá, Henry mete más madera a la locomotora negra con la aparición de Sonny Bill Williams en el ala izquierda. La adición del púgil y rugbier compone una línea demoledora, capaz de un rugby de gran potencia física y lleno, también, de sutilezas: en línea a partir de Colin Slade estarán Ma’a Nonu, Conrad Smith y Sonny Bill Williams. Al otro lado, Cory Jane, que también ha desplazado al muy potente Richard Kahui. Veremos como funciona Sonny Bill por afuera (no desconoce el puesto, ni mucho menos): suena a amenaza adicional para los Pumas. Y si se cruza para jugar por dentro, un tercer centro oculto. Por ahí tiene sentido el regreso de Felipe Contepomi al puesto de primer centro, porque en ese medio campo van a hacer falta hombres que no le tengan miedo a nada.
    • Woodcock / Figallo: en la excelente primera línea argentina entró, con perfil bajo dada la personalidad y trayectoria de Roncero y Ledesma, un número 3 de libro: 1,87 y 115 kilogramos. Hasta ahora hizo un torneo excelente. Un joven de 23 años al que este domingo le toca medirse cara a cara con el fiero Tony Woodcock (30). La próxima evolución del rugby televisado deberían ser cámaras personalizadas en la melé, que nos permitieran seguir en detalle la historia subterránea de encuentros como éste. Puede que convenga que no sea así, para tranquilidad general de la población y por el buen nombre del rugby… Pero algunos tendremos un ojo puesto ahí, en el punto exacto del morrillo en el que Juan Figallo impacte en cada scrum con Tony Woodcock.

Figallo, segundo por la derecha, en un momento relajado de entrenamiento de la melé junto a Creevy, Scelzo y Maxi Bustos. La fuerza argentina está delante: hasta tres primeras líneas hay entre los suplentes. Foto: AP Photo / Natacha Pisarenko

Nueva Zelanda: 1 Woodcock, 2 Mealamu, 3 Owen Franks; 4 Brad Thorn, 5 Whitelock; 6 Kaino, 7 McCaw, 8 Read; 9 Weepu, 10 Slade, 11 Sonny Bill Williams, 12 Nonu, 13 Conrad Smith, 14 Cory Jane, 15 Muliaina. Subs: 16 Hore, 17 Ben Franks, 18 Ali Williams, 19 Victor Vito, 20 Jimmy Cowan, 21 Cruden, 22 Toeava.

Argentina: 1 Roncero, 2 Ledesma, 3 Figallo; 4 Carizza, 5 Albacete, 6 Farías Cabello, 7 Leguizamón, 8 Senatore; 9 Vergallo, 10 Santiago Fernández, 11 Agulla, 12 Contepomi, 13 Bosch, 14 Camacho, 15 Rodríguez Gurruchaga. Subs: 16 Creevy, 17 Scelzo, 18 Ayerza, 19 Campos, 20 Lalanne, 21 González Amorosino, 22 Imhoff.

Hora: Domingo, 9 de octubre, 9:30 horas (Canal+ Deportes).





El ejército de papá

7 10 2011

Ya se ha dicho que la derrota de Australia frente a Irlanda en su grupo varió todas las previsiones en los cruces. Tuvo otro efecto. O, en realidad, el mismo efecto sólo que con una lectura diferente: dividir el Mundial por la línea del Ecuador, de forma que los equipos del Hemisferio Norte se eliminan entre sí, mientras por el otro lado del cuadro los del Hemisferio Sur hacen lo propio. Así que la habitual dialéctica mundial entre las dos mitades del planeta habrá de resolverse en la final. El resultado es, para la jornada del domingo, estos cuartos de final que inauguran de facto lo que será a partir del próximo verano el torneo de las Cuatro Naciones (las del Tri Nations, más la incorporada Argentina), sólo que en el escenario superior de una Copa del Mundo. Australia frente a Sudáfrica; Nueva Zelanda contra Argentina.

El síndrome del dinosaurio. Cuando Australia se enfrentó con Inglaterra como anfitrión en la final de la RWC 2003, los medios aussies hicieron longanizas con la edad del equipo que entonces capitaneaba Martin Johnson, para lo que usaron la referencia de una vieja y divertidísima serie de la televisión británica, Dad’s Army: en ella se retrataba con enorme humor los días de la Home Guard en la II Guerra Mundial; voluntarios que ya no eran elegibles para servir en el frente, sobre todo por razón de edad, y que se encargaron de la retaguardia. Aquel equipo inglés tenía ente como Jason Leonard, 35, Neil Back, 34, o Johnson, 33… Pero su media de edad quedaba establecida en 28 años y 288 días. En 2007 llegaron a la final (perdida contra Sudáfrica) con una media de 31 años. Y en 1991 también sucumbieron en el partido por el título, contra Australia, con un equipo por encima de la treintena…  A tal punto que el Sydney Morning Herald, una vez derrotados los australianos en la final de 2003, tuvo que disculparse: “Hemos de admitir lo siguiente: No estábais tan viejos (aunque esperábamos que lo estuviéseis cuando el partido se fue a la prórroga). No érais tan lentos. Metísteis tantos ensayos como nosotros”. El asunto de la edad es muy común cuando se habla de Sudáfrica y sus delanteros, sobre todo. Pero vuelve a ser engañoso, pese a las edades de John Smit (33), Matfield (34), Rossouw (33) o Botha (32). Lo que sí impresiona es la continuidad de los seleccionados: hasta 18 de los 30 jugaron, y ganaron, el último Mundial. Ahora 16, porque el segunda Bakkies Botha y el zaguero Frans Steyn se han tenido que volver a Sudáfrica lesionados. He ahí uno de los puntos calientes de este partido. Rossouw es un relevo natural y experimentado en la segunda. Lambie está a punto de cumplir 21. Australia es lo contrario, un equipo joven, enérgico y de rugby expansivo. La derrota con Irlanda y una interminable serie de lesiones recortaron su vuelo en la primera fase. Ahora ha recuperado a la mayoría a tiempo y falta saber qué queda de su exuberancia en el Tri Nations de hace dos meses, donde presentaron su muy seria candidatura a arrancarles a los All Blacks su número 1 en el ránking global y, de paso, gobernar el mundo con la Copa Webb Ellis en sus manos. Aquí ya ha quedado advertido que los wallabies se enfrentan al síndrome Monterroso, que se formularía así: “Cuando despertaron, el dinosaurio seguía allí”. Hay que añadir: el bicho tenía la cara de Victor Matfield… Con casco y todo. Puntos de encuentro:

  • El señor Johh Smit: el talonador springbok representa la escasa regeneración del equipo de Peter de Villiers. Buena parte de la afición, y la crítica, sudafricana pedía la titularidad para Bismarck du Plessis, pero Smit no ha soltado el puesto. Cumplirá su 17º partido en una Copa del Mundo y dirigirá a un pelotón de desarrapados en el que Victor Matfield ya no tiene la preeminencia de hace cuatro años en la segunda línea, donde faltará su inseparable Bakkies Botha y en la que el otrora sanguinario Burger se mezcla en la tercera con un formidable Brossouw, uno de los argumentos principales de la delantera verde, y el siempre atendible Spies.

    Genia, en un 'plongeon' durante la preparación de lo wallabies: su estado de forma afecta enormemente el juego de ataque de los australianos. Foto: Cameron Spencer / Getty Images.

  • Du Preez / Genya: Fouriez du Preez era uno de los motores de explosión que disparaba al equipo campeón de hace cuatro años. Ha perdido gran parte de aquel impulso mortal que tenía para escaparse por el lado débil de los breakdowns, entre los grandotes rivales que guardaban los lados del agrupamiento, y poner a su equipo a jugar por detrás de la defensa contraria, ahí donde se crean los huecos, las superioridades y, como consecuencia, los ensayos. En ese punto que Du Preez exhibió en el pasado Mundial es en el que encontramos hoy a Genya, fundamento básico en el juego ofensivo de Australia. Su capacidad para reciclar balones rápidos o dispararse hacia delante para ganar la línea de ventaja, e incluso ensayar si se da el caso, constituyen activos básicos en la ofensiva wallabie. Va a necesitar, eso sí, que sus delanteros ganen a los sudafricanos en el contacto o bien sean hábiles como lo fue Gales para no exponer la pelota y liberar con velocidad.
  • Fourie / Ashley-Cooper. Duelo monumental en el puesto de los números 13, los segundos centros, donde el ruido de cacharrería se anuncia ensordecedor. Dos topadoras frente a frente, capaces de fracturar defensas por impacto, de esos psicópatas para los que chocar es la primera y fundamental posibilidad del juego del rugby. Más en serio: dos elementos capaces de colarse por los intervalos defensivos como misiles incendiarios. Grandísimos jugadores -por fin Ashley-Cooper de centro en los partidos decisivos, dándonos la razón tal vez-; grandísimo enfrentamiento.
  • Habana / Ioane: El jugador de mayor impacto en el último Mundial (más de 70 internacionalidades a sus 28 años) y el más excitante del último curso. Habana no atraviesa un momento fino (ha posado dos ensayos en la primera fase) pero su capacidad ofensiva es demasiado conocida como para precisar adjetivos. Ioane vuelve de la fractura del dedo que cercenó su primera fase. Es de esperar que su brutal aceleración no se haya visto afectada, aunque tal vez sí el ritmo de partidos. Explosivo por naturaleza, es un finalizador de primera magnitud. El gran James O’Connor estará al otro lado. Pietersen por Sudáfrica. Por afuera, siendo un magnífico duelo, los wallabies son hoy por hoy superiores.

    Morne Steyn, uno de los mejores pateadores a palos del mundo, y quizás el más fiable en este Mundial neozelandés: su acierto define gran parte de las posibilidades de avanzar de un equipo Springbok que ha mejorado con las semanas de juego. Stu Forster / Getty Images.

  • Morney Steyn / Quade Cooper: Una contraposición espectacular de estilos. El juego flemático, de patada milimétrica de Steyn, contra la habilidad natural y las conductas de riesgo de Cooper en el campo. Sudáfrica tiene en su número 10, como cualquier equipo de juego sobrio, un granero de puntos siempre a mano. No le han afectado ni los balones, ni el viento, ni la lluvia: Steyn se mantiene por encima del 60% en golpes a palos y por encima del 93% en conversiones. Y acredita una media de ocho placajes. Cooper, como siempre, constituye una bonita incógnita. Es un genio y un villano. Los cruces determinarán cuál de esas dos consideraciones prevalece.

Sudáfrica: 1 Steenkamp, 2 John Smit, 3 J. du Plessis; 4 Roussouw, 5 Matfield; 6 Brüsow, 7 Burger, 8 Spies; 9 Du Preez, 10 M. Steyn, 11 Habana, 12 De Villiers, 13 J. Fouriee, 14 Pietersen, 15 Lambie. Subs: 16 B. du Plessis, 17 Van der Linde, 18 Alberts, 19 Louw, 20 Hougaard, 21 Butch James, 22 Aplon.

Australia: 1 Kepu, 2 S. Moore, 3 Ben Alexander; 4 Vickerman, 5 Horwill; 6 Elsom, 7 Pocock, 8 Samo; 9 Genia, 10 Q. Cooper, 11 Ioane, 12 McCabe, 13 Ashley-Cooper, 14 James O’Connor, 15 Beale. Subs: 16 Polota-Nau, 17 Slipper, 18 N. Sharpe, 19 McCalman, 20 Burgess, 21 Berrick Barnes, 22 Anthony Faingaa.

Hora: Domingo, 9 de octubre. 7:00 horas (Canal+ Deportes).





El combate de los jefes

7 10 2011

La primera fase de este larguísimo Mundial no ha dejado satisfecho a casi nadie: a la IRB, la fifa del rugby, la balean desde todas las posiciones. Por los balones -un clásico de cualquier Copa del Mundo, como la meteorología, los alojamientos y otros aspectos organ6izativos-, las desigualdades del calendario -los equipos pequeños jugaban, a veces, cada cuatro días; mientras los grandes, por ineludible imperativo televisivo, sólo lo hacían de fin de semana en fin de semana-, las designaciones arbitrales y los arbitrajes en sí; para culminar con la amenaza de Steve Tew, el jefe de la federación de Nueva Zelanda, quien amenazó con que los All Blacks podrían no asistir al próximo Mundial (que se celebrará en Inglaterra), si la IRB no diseña otro plan de negocio con un reparto más ventajoso de dividendos para los participantes. O sea, que al equipo comercialmente más rentable del mundo, y deportivamente más atrayente, pierde millones de euros yendo a la Copa del Mundo. La IRB se ha apresurado a argumentar contra el boicot All Black con una perogrullada de fondo escaso: “Si no va Nueva Zelanda, la Copa del Mundo se seguirá jugando igual y habrá otros 20 equipos”. Richard Kahui, ala neozelandés, replicó: “Si los mejores no están, eso no será un Mundial, será otra cosa”. La pérdida de credibilidad del torneo y de legitimidad del hipotético campeón, venía a decir Kahui en un directo de izquierda muy bien cruzado…

A pesar de tan inquietante murmullo y de que da la impresión de que la RWC 2011 comenzó “hace 37 semanas”, como decía una hastiada columnista del Guardian londinense, aquí unos cuantos seguimos dispuestos a inyectarnos en vena todos los partidos que se crucen ante nuestros ojos. Somos, como el Alex de La Naranja Mecánica, enfermos sociales; y ni siquiera la sobreexposición oval de estas cuatro últimas semanas puede corregir esta desviación tan evidente. Además, lo bueno empieza ahora: tres fines de semana en los que los grandes del Hemisferio Norte y el Hemisferio Sur van a celebrar su largo combate de jefes, una fase marcada de forma decisiva por la victoria de Irlanda sobre Australia en su grupo, resultado que varió la previsión de los cruces y dejó para los cuartos de final un cuarteto de partidos de esos que los angloparlantes llaman mouth-watering. Para que se nos caiga la baba, en fin…

La rebelión de los celtas. En un torneo en el que ningún equipo ha bailado sobre la tumba del resto, en el que la brillantez ha trabajado a tiempo parcial, en el que todos han dejado preguntas en el aire, incógnitas que se van a resolver ahora que vienen los duelos a un solo disparo, en ese panorama, decimos, tal vez País de Gales e Irlanda sean los únicos en condiciones de reclamar haber sido los mejores hasta ahora; o, por ajustar algo mejor el término, los que han elevado su rendimiento no sólo al nivel esperado sino, de hecho, notablemente más alto. Si exceptuamos la victoria de Tonga sobre Francia, los dos resultados más notables de la fase de grupos fueron la ajustadísima derrota de Gales contra los Springboks (17-16) en un partido memorable del Grupo D; y, por supuesto, la histórica victoria de la inmarchitable Irlanda contra Australia (15-6), en el Grupo C. Esos dos encuentros establecieron las bases de lo que, en retrospectiva, podemos llamar La Rebelión Celta. Ambos protagonistas se miden el sábado en un clásico del 6 Naciones que adquiere aquí la forma de un partido que marcará a una generación: ninguno de los dos rivales estuvo jamás en unas semifinales de la Copa del Mundo. Para Irlanda supondría la coronación definitiva de una hornada de jugadores que le ha dado a Irlanda algunos de los momentos más gloriosos de su extenso rugby, cuando todo el mundo pensaba que su día ya había pasado. Hay que insistir en que Irlanda mostró su lado más lastimoso en los tests preparatorios, de los cuales no ganó ninguno. Su transformación en el torneo ha sido casi faustiana, como si los O’Gara (34 años), O’Connell (a punto de los 32), Flannery (casi 33), Gordon Darcy (31), Murphy (33), O’Callaghan (32), O’Driscoll (32) o Ross (32)… hubieran vendido su alma al demonio a cambio de una última gran campaña. Para Gales, equipo preñado de joven talento, un triunfo supondría el aldabonazo que anunciaba la enésima regeneración de ese paisito de menos de 4 millones de habitantes, en el que los grandes jugadores de rugby crecen en la tierra con el mismo vigor que las sandías en Alfamén. El partido está lleno de duelos interesantísimos.

Cian Healy, el poderoso pilar irlandés, que se merendó crudos a los barbudos italianos. Foto: ©INPHO/Dan Sheridan

  • Cian Healy/Adam Jones: Healy, el número 1 irlandés, jugó un partido memorable contra Italia, dominando a rivales de la talla de los primeras italianos. “Tenemos la mejor delantera del Mundial”, habia dicho en un exceso verbal el entrenador azzurro, Mallett. A continuación, los irlandeses se comieron crudos a los fieros transalpinos en las melés. Buena culpa la tuvo Healy. Rory Best, si su hombro no se lo impide, estará a su lado talonando. Al otro lado, el Oso Jones y Gethin Jenkins, felizmente recuperado, para armar un duelo terrible de primeras líneas.
  • O’Brien / Warburton: dos jóvenes sensaciones en las terceras. O’Brien se ha convertido (bien secundado por Ferris) en uno de los valores decisivos del penetrante juego irlandés. Su impacto en todos los órdenes del juego de un flanker lo subraya en cada partido. Al otro lado, el capitán de Gales, símbolo del espíritu renovador de Warren Gatland a la hora de montar su equipo. El duelo de los flankers anuncia la belleza destructiva de las grandes batallas aéreas, en medio de un partido en el que todos van a salir con las bayonetas caladas, por si acaso.
  • O’Gara / Priestland: nadie encarna mejor el estado evolutivo de ambos equipos que sus números 10. Dos medios de apertura en lados opuestos del camino. Ronan O’Gara, el frío pateador, cerebro de juego trasladado al pie, elegido por Declan Kidney para las fases decisivas por delante sdel joven y más enérgico Jonathan Sexton. Kidney podría seguir un patrón: manejar el tiempo del partido con la sabiduría y la precisión de O’Gara, para en la fase decisiva soltar a un creador de juego más imaginativo, más dispuesto a la sorpresa, la ruptura y el ataque con el balón a la mano. Priestland afronta el primer gran test de su carrera. Ya triunfó contra los sudafricanos, una pieza mayor, pero en las fases de muerte súbita la presión se multiplica. Una de las grandes apuestas de Gatland en este Mundial. Uno de sus grandes aciertos.

    Jamie Roberts, segundo centro galés, ariete fundamental del ataque de los Dragones en el medio campo: su duelo con O'Driscoll reclama uno de los focos del partido.

  • O’Driscoll / Jamie Roberts: el irlandés Brian O’Driscoll representa el ideal de un segundo centro, por su dureza en el placaje y el contacto ofensivo, por su capacidad de finalizar jugadas en ensayo y por la lectura preclara de los movimientos de ataque. Su duelo con el poderosísimo Jamie Roberts, una fuerza de la naturaleza, una bola de cañón disparada medio campo abajo, promete estar entre lo mejor (y lo más decisivo) de este imprevisible encuentro. Roberts, siempre durísimo, ha agregado sutilezas a su rugby, lo que le va haciendo cada día mejor. No lo decimos nosotros, lo ha dicho el propio O’Driscoll, compañero suyo en los British Lions. ¿Cómo pararle? “Hay que ponerse delante de él y chocar, no hay más posibilidad…”. También lo dijo O’Driscoll. Sea, pues…

Irlanda: 1 Healy, 2 Best, 3 Ross; 4 O’Callaghan, 5 O’Connell; 6 Ferries, 7 O’Brien, 8 Heaslip; 9 Murray, 10 O’Gara, 11 Earls, 12 D’Arcy, 13 O’Driscoll, 14 Bowe, 15 Kearney. Subs: 16 Cronin, 17 Court, 18 Ryan, 19 Leamy, 20 Reddan, 21 Sexton, 22 Trimble.

Gales: 1 G. Jenkins, 2 Bennett, 3 Adam Jones; 4 Charteris, 5 Alun Wynn-Jones; 6 Lydiate, 7 Warburton, 8 Faletau; M. Phillips, 10 Priestland, 11 Shane Williams, 12 Jonathan Davies, 13 J. Roberts, 14 North, 15 Halfpenny. Subs: 16 Burns, 17 Paul James, 18 Bradley Davies, 19 Ryan Jones, 20 Lloyd Williams, 21 Hook, 22 Scott Williams.

Hora: Sábado, 8 de octubre, a las 7:00 horas de España (Canal+ Deportes).

 

Le Big Crunch. A los Inglaterra-Francia siempre se les ha conocido, sobre todo desde el lado insular, como Le Crunch. Según lo definió Phil Blakeway, “el partido entre los inventores de la isla y los advenedizos del continente. Pocas naciones se han guardado un mayor recelo histórico que estas dos. Basta recordar aquel célebre titular (tal vez apócrifo, pero tan bien inventado…) en un diario inglés: “Niebla en el Canal de la Mancha: el Continente queda aislado”. O la declaración, esta sí leída por uno mismo, de un ciudadano inglés a propósito de la construcción del túnel bajo el canal: “No me parece buena idea: por ahí pueden llegar muchas enfermedades”. A lo que un francés respondió: “Yo tampoco lo hubiera hecho: no nos fiamos de los obreros ingleses”. A día de hoy, en esta RWC 2011, Inglaterra y Francia vienen unidos por las enormes suspicacias y críticas que ha despertado su juego. Son los dos equipos más atacados del Mundial. La combustión interna del equipo francés ha provocado un incendio casi diario en la concentración, con el entrenador Lievremont en permanente esgrima dialéctica con la prensa, ex internacionales que se quedaron en casa, como Chabal, criticando su forma de airear trapos sucios del vestuario; y otros como el apertura Trihn-Duc reconociendo que está desconcertado, hundido y superado por el modo en que Lievremont lo ha apartado del número 10 para dárselo a un medio de melé como Morgan Parra. Cosa que, el sábado, va a ocurrir de nuevo. En Inglaterra todo ha sido aún más público: la noche de juerga en el bar de los enanos, la rubia misteriosa que cruzó la noche colgada del cuello del capitán Tindall, la incipiente cornamenta con la que viajó a NZ su esposa Zara Phillips, a la sazón nieta de la reina; más el lío de los balones con Wilkinson de fondo y la ya clásica acusación de abusos verbales o lenguaje inapropiado de una camarera del hotel contra varios jóvenes jugadores del equipo inglés. A Martin Johnson, el entrenador, se le ha quedado ya para siempre el ceño fruncido que define su expresión más habitual. No se le recuerda una sonrisa pública. Su equipo no le ha dado motivos: en ningún partido ha estado convincente… pero los ha ganado los cuatro. Francia, por el contrario, ha perdido dos en su grupo: el segundo equipo en la historia de los Mundiales de rugby en acceder a la segunda fase con dos derrotas. Frente a Nueva Zelanda su resistencia duró apenas 10 minutos: “Gracias por la lección”, tituló con mucha mala baba L’Equipe. Frente a Tonga, la hecatombe. Y ahora, Inglaterra. Hay quien sigue apelando al carácter mercurial de los franceses, a su genio oculto para el rugby. Todo eso es cierto, pero esta vez más irreal que nunca… Inglaterra ya ganó este mismo cruce en 2007. Si vuelve a hacerlo, el denostado equipo de Martin Johnson firmará su tercera semifinal consecutiva en las RWC. Las otras fueron finales. Aquí ya advertimos de su inquebrantable capacidad para competir en los grandes escenarios. Algunos nombres:

  • Maxime Medard: el talentoso francés de las patillas setentonas pasa del ala al puesto de zaguero en relevo de Cedric Heymans. Lievremont quiere afilar su contraataque, esa capacidad de progresar por callejones estrechos que ha definido siempre a Medard. Pero el francés encarna, hasta ahora, el recortado nivel de todo su equipo. Sus estadísticas reflejan su discreto paso por el Mundial: apenas una ruptura, ningún ensayo, escasos metros… Un Medard menor. La ocasión lo llama.

    Toby Flood y Jonny Wilkinson dialogan durante un entrenamiento: ambos harán una prueba de pateo a puerta cerrada antes del choque para decidir quién será la primera opcion contra Francia. Foto: David Rogers / Getty Images

  • Jonny Wilkinson: Julian Bonnaire, el flanker galo, ha dicho: “Wilkinson sufre bajo presión: vamos a ir a por él”. Esa frase, dicha por un tercera, es una amenaza de mayor dimensión de la ya evidente. E identifica hasta qué punto Wilko aún personifica el biorritmo del equipo inglés, pese a su ya mil veces comentada ausencia de precisión con el pie en este Mundial. El 10 de Inglaterra, desde luego, no va a rehuir los contactos, aunque su juego no está tanto en la mano como en el reparto de balones con el pie por las zonas muertas del campo. Y, desde luego, su maravilloso placaje en defensa.
  • Morgan Parra: otra vez bajo el escrutinio general. Igual que Piri Weepu en Nueva Zelanda, aunque éste de forma ocasional, un medio de melé haciendo de apertura. A Lievremont le ha convencido lo suficiente para cargarse a Trihn-Duc a la primera de cambio. Parra, hasta ahora, no ha estado mejor ni peor que el resto de su equipo. Quizás haya sido de lo más defendible en medio de un desierto. Su equipo necesita mover a los ingleses y eso depende, casi siempre, del apertura. Con él más Yachvili en el campo, Francia asegura un altisimo porcentaje de acierto a palos en golpes de castigo y conversiones. En previsión de un partido de marcador bajo y apretado, supone un factor esencial.
  • Toby Flood: Martin Johnson ha resuelto la constante duda del medio de apertura juntando finalmente a los dos en el campo. Wilkinson será el 10 y Flood, el primer centro. La alternativa la posibilita la baja de Mike Tindall por lesion, pero a Martin Johnson le viene bien porque, juntando a esos dos, más el excelente Manu Tuilagi en el segundo centro, Inglaterra suma defensa con Wilko y Tuilagi, creatividad con Flood, y amenaza directa en las continuaciones con el anterior. Un medio campo al que atender. Y dos pateadores de primera línea, por si hace falta rotar…
  • Cueto / Ashton: el primero vuelve tras su ausencia contra Escocia y lo hace para afilar todavía más unas alas en las que reside el mayor peligro de ataque de los ingleses. El equipo de Martin Johnson expone poco en la fase ofensiva, pero cuando se trata de acabar las jugadas (y muy a menudo los partidos) estos dos jugadores suelen estar al final del hilo, para poner la puntilla. No tienen enemigos menores (Pallison y Clercq), pero en esta RWC el estilete de la Rosa han sido, a menudo, sus dos exteriores.

    Maxime Medard, ala y zaguero francés, con un saco de percusión. Su presencia en el fondo puede mejorar a los franceses... y a sí mismo. Foto: REUTERS/Jacky Naegelen

  • Haskell / Picamoles: dos ausencias notables en las terceras líneas de cada equipo. Ambos empezarán en el banquillo. Dado el nivel de ambas escuadras hasta ahora, al que se queda fuera se le pone cara de culpable. Perfeccionando su marcadísima tendencia de apostar por la experiencia, lo seguro y hasta lo rácano cuando se trata de jugarse los cuartos (metafórica y literalmente hablando), Martin Johnson ha llamado a filas al veterano Nick Easter para ocupar el número 8. Enfrente, como en un espejo, Lievremont ha puesto a otro ilustre, Harinordoquy. Bonnaire, Dusatoir y Lewis Moody completan el refrán: no te acuestes con niños si no quieres… En fin.

Inglaterra: 1 Stevens, 2 Thompson, 3 Cole; 4 Deacon, 5 Palmer; 6 Croft, 7 Moody, 8 Easter; 9 Youngs, 10 Wilkinson, 11 Cueto, 12 Flood, 13 Manu Tuilagi, 14 Ashton, 15 Fodden. Subs: 16 Hartley, 17 Corbisiero, 18 Lawes, 19 Shaw, 20 Haskell, 21 Wigglesworth, 22 Banahan.

Francia: 1 Poux, 2 Servat, 3 Mas; 4 Pape, 5 Nallet, 6 Dusatoir, 7 Bonnaire, 8 Harinordoquy; 9 Yachvili, 10 Parra, 11 Pallison, 12 Mermoz, 13 Rougerie, 14 Clercq, 15 Medard. Subs: 16 Szarzewski, 17 Barcella, 18 Pierre, 19 Picamoles, 20 Trihn-Duc, 21 Marty, 22 Heymans.

Hora: Sábado, 8 de octubre, a las 9:30 horas de España (Canal+ Deportes).





La vida sin Dan Carter

3 10 2011

Nueva Zelanda ha ingresado en la pesadilla nacional: antes de enfrentar a Canadá, en el último Captain’s Run (el entrenamiento que dirige el capitán del equipo antes de cada partido), Dan Carter se desgarró un aductor y ha quedado fuera de la Copa del Mundo. La noticia provocó una crisis de ansiedad de proporciones monumentales entre los seguidores de los All Blacks, que son un país entero, y una desoladora sensación de orfandad que su relevo, Colin Slade, va a tener difícil enjugar. El miedo a una lesión de Carter lleva tiempo instaurado en el cerebro colectivo neozelandés. Y la desconfianza en la posibilidad de sustituirlo ha llegado a apoderarse de su entrenador, Graham Henry, quien en más de una ocasión últimamente ha usado a Piri Weepu, un medio melé de velocidad recortada, aunque mucho oficio, como medio de apertura de urgencia. Slade ya jugó con Canadá, tuvo un comienzo prometedor y una tarde opinable con el pie. La presión se va a amontonar a su alrededor. Y muchos analistas creen que la lesión de Carter (el inventor, el creador, el inspirador de casi todo el juego de ataque All Black, además de un pateador fantástico) pone en cuarentena cualquier pronóstico acerca de las candidaturas al título. Y en cierto modo, es verdad.

Dan Carter cae fulminado en el entrenamiento del capitán McCaw: una rotura en las aductores lo ha dejado fuera del Mundial, provocando la histeria nacional en NZ, donde ya se temen que el título se les escape otra vez sin la magia, el control y la eficiencia de Carter en su medio campo. Foto: Phil Walter / Getty Images

Para compensar, siempre nos quedará la historia. En la primera RWC, la de 1987, los All Blacks sufrieron la lesión —también en un entrenamiento— de su talonador y capitán, Andy Dalton, uno de los motores emocionales y deportivos de aquel equipo. Sin Dalton, pero con Fitzpatrick como número 2 en su relevo, aquel equipo levantaría finalmente el trofeo contra la Francia del recordado Sèrge Blanco: honor que le correspondió a un sensacional David Kirk, su medio de melé. Un doctor en medicina que protagonizó el plante a una gira de los Cavaliers por Sudáfrica en 1986, apelando a su objeción de conciencia contra el régimen del apartheid. Después, Fitzpatrick acabaría siendo también una leyenda All Black, capitán en 1992 hasta su retirada en 1997, y uno de los jugadores más reconocibles de la última era. Así que la lesión de Carter cierra una puerta pero abre otra. El equipo (sin Carter y sin McCaw, Nonu o Mealamu, actores principales, pero con Muliaina reinstaurado de zaguero) no albergó dudas contra los canadienses, a los que se sacó de encima 79-15. Para la memoria quedará, sin embargo, este dato: Nueva Zelanda fue por detrás en el marcador por primera vez en todo el torneo, después del 0-3 inicial. Era el único equipo que mantenía en pie ese orgullo de haber sido siempre quien iba ganando. El honor de poner momentáneamente bajo su bota a los Blacks le correspondió a Ander Monro, que pasó entre los palos un golpe ganado después de que Colin Slade viera bloqueada su primera patada a seguir. Al final, NZ metió doce ensayos (Zac Guildford, elegido esta vez para el ala, firmó cuatro) y Slade se retiró cojeando en la segunda mitad. Entró Weepu para jugar de apertura, otra vez, anotó con el pie y pareció recordarle a su entrenador y a todo el mundo que hay alternativas. Opinables, pero alternativas. ¿Es posible vivir sin Dan Carter? Por ahora, todos los signos son demasiado contradictorios como para impedir el nerviosismo nacional. Aguarda Argentina, ese equipo que tiene la forma de una trampa…

Mientras, Escocia volvió a casa, cumpliendo el pronóstico que —a pesar de nuestro cariño por el equipo del Cardo— le habíamos diseñado antes del torneo: irse pronto dejando un aroma agradable. Inglaterra la derrotó en el encuentro decisivo con esa forma que tiene Inglaterra de ganar, consistente en no dejar contento ni a los suyos ni a los ajenos. Escocia hizo todo lo que sabe hacer y aplicó con rigor el plan de juego: fue agresivo delante, saltó a los placajes con fiereza sin permitir pensar a los ingleses, discutió las touches, estuvo dura en los contactos y complicó los breakdowns a los ingleses, que durante todo el primer tiempo estuvieron fuera de sitio y al cuarto de hora llevaban ocho golpes cometidos. El equipo de Andy Robinson mostró una buena cantidad de movimientos preconcebidos y bien ejecutados, como esa rueda de pick and go de los delanteros en la 22 rival, que concluyó con el esperado pasecito a Parks, que aguardaba subido en su baldosa para anotar el drop. Sumados todos esos valores, Escocia capitalizó su esfuerzo con el pie gracias a Patterson primero y a su medio de apertura después. Se había lesionado el titular, Ruaridh Jackson, y nos pareció que su ausencia dificultaba el juego abierto que quería Escocia. Parks, sin embargo, movió bien al equipo con el pie y llegó a estar 12-3 (necesitaba ocho puntos de distancia para clasificarse) a la hora de juego.

Ruaridh Jackson se retira, lesionado, y deja el puesto a Dan Parks en el partido contra Inglaterra: el emocionado abrazo explica la decepción del joven apertura, que más tarde se extendería a todo el equipo escocés tras una durísima derrota que los envía a casa. Foto: Sandra Mu / Getty Images

Pero Inglaterra regresó del descanso algo más compuesta y erosionó las ventajas escocesas gracias a Wilkinson, quien en el peor de los casos (y el primer periodo fue uno de esos casos) siempre vuelve a tiempo. Afinó las miras y se arregló para poner el partido hasta 12-9 con su insondable pie izquierdo, templando con los minutos su cada vez más irregular patada. A Escocia empezaron a faltarle todas las cosas necesaria: puntos, tiempo, energía y, sobre todo, claridad en el juego. Insistieron en romper casi siempre por dentro, con el tercera Richie Vernon y Sean Lamont cargando la mayor parte de las veces por el eje de los ataques. Hubieran necesitado más variedad, ir por afuera alguna vez… pero al equipo de Robinson le falta lo decisivo: jugadores capaces de ganar la línea de ventaja con la pelota, de quebrar la defensa con pasos a los lados o abriendo ángulos en las carreras. Inglaterra, tan decepcionante como es su juego colectivo, los tiene. Delon Armitage estuvo a punto de ensayar en una esquina, primero. Y luego, cuando se retiró Wilko con un hombro dañado, apareció Toby Flood para ser el número 10. Escocia no tiene a alguien como Flood, siquiera: alguien capaz de dar ese pase que dio Flood para que Chris Ashton, velocista incontenible, posara ya en los minutos finales el ensayo que le dio a Inglaterra una victoria tan inmerecida como frente a Argentina, o tan inmerecida como la de Argentina contra Escocia… La diferencia está en el talento. Escocia llegó donde podía llegar, nada más. Y, una vez más, vuelve a casa a pensárselo todo de nuevo.





El espíritu de David Sole

30 09 2011

David Sole se recortaba a  menudo la manga izquierda de su pesada camiseta de algodón azul marino, con un cardo bordado en el pecho. Pilar del lado abierto y capitán de Escocia, Sole conocía por experiencia la importancia de las escenografías. La asimetría de su camiseta tenía una razón práctica: evitar que el pilar derecho contrario se aferrara cómodamente a su brazo en la melé y le tirara para abajo, evitando su empuje por hundimiento. También cumplía un efecto disuasorio: un primera línea ha de tener un aspecto amenazador desde el mismo instante de su salida al campo. A ello contribuye su fisonomía, evidente, pero hay que multiplicar el impacto del conjunto. Un primera línea ha de ser temido no sólo por lo que es, sino por lo que está dispuesto a hacer. Por su bravura, porque tanto más responderá cuanto más se le castigue; por su trapío, porque nadie quiere que le caiga encima; por su casta, por fiereza, por su inquebrantable entrega a la causa.

Sole sabía todo eso. Se cortaba la manga de la camiseta, aquella camiseta que aún no producía beneficios a las unions, porque ni siquiera estaban comercializadas por las marcas que las manufacturaban. Cualquiera podía hacer una copia y venderla. Y aquel día de 1990, el día en que Escocia le ganó el Grand Slam a Inglaterra en un partido memorable en el viejo Murrayfield, Sole hizo algo más: sacar a su equipo al campo en fila con una estudiada lentitud, donde todo el mundo aguardaba que entrasen al campo al galope, mientras en el estadio tronaba el entusiasmo. La puesta en escena provocó una respuesta enfervorizada del público, cuyo griterío creció desproporcionadamente mientras los escoceses avanzaban hasta el centro del campo y se disponían a entonar por primera vez el himno estrenado ese día: Flower of Scotland. La inflamación duró los 80 minutos y Escocia obtuvo una de las victorias más sonadas de su historia (13-7) con un ensayo del imberbe Tony Stanger. Y, jugando y defendiendo al ritmo de tambores de guerra, mandó a los ingleses a pensárselo otra vez, como reza el himno.

David Sole, con su ancha cinta, al frente del equipo escocés que ganaría el Grand Slam de 1990 a los ingleses: una imagen inspiradora de fiereza y determinación -escritas en la cara de los protagonistas-, y que enmarca el espíritu que presidirá el partido de este sábado.

Algo así necesitará esta vez. Pasión desatada, licuada en rugby. El espíritu de Bannockburn, el espíritu del capitán Sole. Inglaterra y Escocia han sostenido su rivalidad durante los últimos 140 años y la han reeditado en 124 partidos, desde que en 1871 jugaron el primer test internacional de la historia del rugby en Raeburn Place, Edimburgo. El registro indica superioridad para los ingleses: 66 victorias contra 41, más 17 empates. Y sólo en una ocasión anterior se han medido en la Copa del Mundo: la semifinal de 1991 en Murrayfield, resuelta a favor de los ingleses (9-6) en una ventosa tarde, gracias a un drop repleto de frialdad de Rob Andrew. El partido del sábado presenta una novedad: es la primera vez que los dos viejos enemigos se miden en territorio neutral.

El equipo de Martin Johnson ha ganado sus tres partidos en este Mundial y, así y todo, no tiene matemáticamente asegurada su clasificación para cuartos. Nadie duda de que la conseguirá, sin embargo, porque asegurar un punto bonus, incluso perdiendo, le daría la clasificación. Pero enfrente está su Auld Enemy, una Escocia que desconoce los complejos a pesar de las evidencias que ha dejado su rugby durante las últimas semanas. Tal vez, claro, desde hace años. Si Escocia convierte Eden Park en territorio escocés, el partido entrará de inmediato en los anales de la historia, porque su repercusión es incomparable a cualquier otro enfrentamiento.  Escocia necesita ganar por al menos ocho puntos (cosa que no ocurre desde los ochenta) y hacerlo con punto bonus (cuatro ensayos anotados, cosa difícil porque le cuesta muchísimo hacer uno, como se demostró ante Argentina); Inglaterra, para no quedar fuera, ha de perder por menos de siete puntos (lo que le daría el bonus perdedor).

Andy Robinson (ex técnico en el equipo de Clive Woodward que dirigió a la Inglaterra campeona del mundo en 2003… y luego seleccionador inglés durante un breve periodo de 15 meses) quiere que, si Escocia ha de volver a casa -algo muy probable tras su descorazonadora derrota contra los argentinos- lo haga con el discutible honor de haber jugado a lo que han querido jugar. Para ello ha convocado un equipo ligero (seis cambios con respecto al choque con Argentina, Vernon y Kellock en la tercera; Mike Blair de medio de melé; Danielli y Evans en las alas, con Ansbro en el segundo centro). Un equipo dispuesto a hacer correr a los pesados ingleses, armar un partido en campo abierto y tratar de ganar en los breakdowns, los agrupamientos, por velocidad, fiereza y disciplina. Ahí es donde el equipo de Johnson ha mostrado una despreocupada tendencia a cometer golpes de castigo. Prefieren una infracción a que les ganen la espalda. Así que el pie de Patterson y compañía puede tener mucho que ver en la decisión del choque. En Inglaterra casi nada cambia, lo que viene a ser una forma muy inglesa de afrontar las cosas. Wilkinson es inamovible, a pesar de su rara inseguridad con el pie y del asunto del cambio de los balones en un partido anterior, que ha resultado en la sanción de dos de los asistentes de Martin Johnson. Vuelve en la segunda el interminable Courtney Lawes, tras dos partidos de suspensión por intentar aplastar con un codo a un rival argentino. Y Cueto se queda fuera para ceder el carril de los velocistas a Delon Armitage.

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