Bajo la montaña

10 06 2016

Paso los días aplastado bajo una montaña cada vez más alta. La conforman todas aquellas cosas que no me caben en los días, que cada vez son más cortos para todo lo que quiero, querría hacer, y aún más estrechos con aquello que deseo, y todavía menos flexibles para lo que anhelo, lo que preciso, lo irrenunciable. Es verdad que todo lo inmaterial se acumula también como si tuviera forma, peso y dimensión. Que va haciendo montañas en el cerebro, o bien paredes o montones de ladrillos que te bloquean un poco los procesos mentales, o los espesan.

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Todos los lugares

26 05 2016

“Espero que haya un día en que se pueda vivir sin tener la obligación de trabajar. Gracias a mi suerte he podido pasar a través de las gotas. En un cierto momento comprendí que no debía cargarse a la vida con demasiado peso, con demasiadas cosas por hacer, con aquello a lo que se llama una mujer, niños, una casa en el campo, un coche, etcétera. Y lo comprendí felizmente muy pronto”.

Conversaciones con Marcel Duchamp

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Espero que un día se pueda vivir sin hacer otra cosa que leer libros. Pensar en los libros. Recordar los libros. Aproximarte a ese precipicio ingrato del final de la historia -o de la no historia- y reproducir la liturgia: dejar que corra el agua y preparar un baño caliente, de los que bajan la tensión y te adormecen hasta rendirte. Entrar ahí adentro, hundir la cabeza para escuchar los ruidos magnificados en la mínima inmersión, y luego ascender y quedar con el agua al cuello. Y así leer hasta que se acaben las letras. Que se acabe el libro y quieras acabarte tú. No salir de ahí.

Ojalá los días fueran una alfombra de palabras, como una cinta transportadora; un par de líneas paralelas de frases apretadas, que tendieran a una imposible convergencia en el horizonte. Y leer de abajo arriba, persiguiendo esa línea inalcanzable que, como la cinta borrosa del fin del mundo, no se alcanza jamás. Que allá sobre el borde de las páginas, al norte de los libros, el sol nunca terminara de ponerse. Libros interminables, enlazados unos con otros; páginas siamesas que no hiciera falta separar. Finales que desembocaran en principios. Personajes que saltaran de un título a otro para leerse mutuamente, como nos leemos nosotros las palabras en los labios o la interrogación de las miradas.

Vivir en una biblioteca circular, como un continuo espacio tiempo. Una cinta de Moebius que gira en una curva infinita, sobre sí misma, y nos lleva y nos trae de un autor a otro. Como esa dimensión que no comprendo pero en la que nada empieza ni acaba. Solo es. Y allí dejarme arrastrar como un chico. Como en un tobogán en el parque. Bajar y subir y subir y bajar. Otra vez, papá.

No salir de esta habitación. Jamás. Aquí dentro estoy en todos los lugares.

 





Escritores malísimos y otros escritores

29 04 2016

Dice Vila-Matas que España no hace más que premiar a escritores malísimos. Bueno, no lo ha dicho. Lo escribió en uno de los artículos reunidos en Una vida absolutamente maravillosa, que picoteo estos días. Estos meses, debería decir… porque por el medio se me ha colado Beigbeder, un tanto así del Wilde encarcelado, y esa paródica descripción que hizo Umberto Eco del mundo del periodismo en Número cero. La sonora afirmación de Vila-Matas me ha venido cruzada el mismo día -singulares coincidencias procura la realidad- que en los diarios venían reseñas, anuncios, entrevistas o comentarios acerca de dos exitosos autores de nuestro tiempo: los presentadores Christian Gálvez Raquel Sánchez Silva. Christian lanza el segundo volumen de su trilogía del Renacimiento, cosa que suena muy patricia y así debe ser: primero noveló a Leonardo da Vinci y ahora a Miguel Ángel. Ya prepara la culminación con Rafael. Lo de Raquel -perdonen que los tutee con impostada familiaridad- no sé de qué va.

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Como parece natural e inevitable, al leer después en el duermevela de la siesta a Vila-Matas, he asociado las dos ideas. Puede que de forma injusta. No haré juicios porque serían, en el sentido literal del término, pre-juicios. Además, qué importa lo que yo piense al respecto. Me resulta más agradable declarar que, en mi opinión, Vila-Matas es el mejor escritor español de este tiempo. Pero no trataré de imponer tal parecer en ninguna discusión. No por falta de convencimiento, sino por pura pereza. Yo soy muy Bartleby cuando me pongo: la mayoría de las cosas preferiría no hacerlas. Vivo adscrito al lema de aquel chiste de Eugenio cuyo protagonista decía mantenerse joven porque nunca discutía. Cuando su interlocutor le refutaba (“hombre, no será por eso”), el otro se dejaba llevar: “Bueno, pues no será por eso”.

Así que yo digo que Vila-Matas es el mejor igual que él dice que se premia a escritores malísimos. Y lo dice así, o lo escribe así, como entre dientes. Igual que si escapara del peso rotundo y frontal de la propia afirmación con una falta de énfasis algo miedosa. Esta sensación no es aislada. En la escritura de Vila-Matas las afirmaciones siempre me parece que están dichas así, como en fuga; como tapándose la boca con la mano para que no sean oídas del todo; igual que si cuchicheara con temor de ser oído. Yo digo que Vila-Matas tiene razón y que es el mejor. Pero lo digo sabiendo que ni siquiera se puede afirmar si hoy hace frío o hace calor. Porque tú puedes estar sudando y otro venir destemplado de una mañana a la intemperie. Y nada será verdad o lo será todo. Tu transpiración acalorada y su helado temblor.

Hablando de escritores malísimos, el otro sábado me fui al Día del libro a ver si en toda Zaragoza había alguien que quisiese mi dedicatoria en un ejemplar de Mister Loach. Yo tenía severas dudas. Y si digo severas lo digo porque yo, cuando dudo, lo hago con gran empeño. Pero la jornada me hacía ilusión. Cómo no iba a hacerme ilusión: de la misma forma que cuando en mi biblioteca me cruzo con esos volúmenes encarnados en los que aparece mi nombre en el lomo (no digamos si el encuentro ocurre en anaquel ajeno), pasarme al otro lado del mostrador en una feria librera viene a ser para mí como atravesar el espejo. Yo tiendo a sentirme un farsante en todos los lados. Y también aquí.


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Para empezar llegué tarde a mi turno de firmas. Diez minutos tarde, que es lo que yo llego tarde a todas partes por principio. Diez minutos no son tanto, no me jodas. El caso es que llegué tarde pero nadie lo notó. La patulea política ya había pasado a saludar e interesarse, con esas caras con las que te hablan, mientras te pintan con la sonrisa un trampantojo. Y, aunque todavía eran las once de la mañana y en los soportales de sombra del paseo corría un viento otoñal, en nuestro lado la temperatura picaba varios grados, porque estábamos cara al sol, de forma literal. Nos pegaba de frente y a todo meter. Así que, como yo había llegado un tanto apurado de pedaleo, pronto entendí que, más que de protagonizar una jornada histórica de venta de libros, estaba en peligro de caer largo por una lipotimia. Tuve la tentación de que no me importase. Porque, como han sabido muchos futbolistas y toreros, también yo entreví que tal vez la única gloria posible consiste en irte de los sitios en camilla. Pero algo me decía que no. Que no podía estar bien que me sacaran de mi primer 23 de abril con los pies por delante, abrazado a unos facultativos. Así que me atusé la barba y me recogí bajo la sombrilla como una dama decimonónica. loached

A mi lado hacía garita Javier Fernández, que triunfa estos últimos meses con su novela La amante del general, ambientada en el 23-F en Aragón. Javier no le tenía miedo al sol. A mí no me importa estar al sol, subrayó. Y se mantuvo ahí, marcial en la conversación y la postura, mientras iba firmando algunos volúmenes de su libro a un público cada vez más abundante. A mí la sombrilla no acababa de rebajarme de la insolación, que crecía por momentos. El ángulo de ataque de Lorenzo a esa hora todavía no venía muy perpendicular, así que me daba de lleno. Javier vio que me subía a la cara un rubor encarnado como de campesino y ratificó: “Sí que te está pegando, sí”. Los rubicundos es lo que tenemos.

Como viera que mi concurso en primera línea de firma resultaba del todo prescindible -fácilmente llevaríamos media hora larga sin asomo de clientes de Loach- me hice así para el fondo a un lado y me oculté a medias tras una de las imponentes columnas del paseo. Pedí agua y me recompuse a tiempo para la consabida visita familiar. ¿No tienes calor con la chaqueta?, insistieron. Para qué iba a decir que no. Si me pongo una americana no me la quito ni así ataquen los hunos. Es un mero instinto de protección. Siempre me atrapa la idea de que los demás visten tranquilamente la americana y que a mí, sin embargo, se me ha caído encima. Y se nota.

Un rato después, seguía en blanco. En la trasera, eso sí, crecían los visitantes conocidos que me querían llevar a tomar una cerveza. Oigan, que yo estoy aquí a lo que estoy, quería yo ponerme digno. Los dejé que se fueran y seguí mirando a la gente que pasaba. Pasaba de largo. Uno se paró: un tipo que venía haciendo la ruta de los puestos, uno a uno (y debía de haber cientos) y en todos se llevaba no un libro, sino el marcapáginas personalizado de cada título. Cuando nos alcanzó, en el fajo que portaba en la mano apretaba decenas y decenas de ellos. Con cuidado, fue añadiendo a su paquetito todos y cada uno de los libros del catálogo de Doce Robles. Lo vimos con un afán tan completista, tan tiernamente obsesionado, que alguien le advirtió: “Te has dejado el de Jazz de película“. Ah, sí, masculló. Y se hizo con un marcapáginas del delicioso libro de Roberto Sánchez. Lo vi alejarse camino del siguiente stand y pensé que, en efecto, sabemos muy poco acerca de eso que llamamos el hombre.

En el mientras tanto había llegado al puesto Joan Rosell, acompañado de sus hadas, brujas, supercherías, magias y diabólicos sortilegios. La magia lo enmarcaba porque, antes de que nos diéramos cuenta, Joan tenía una desordenada fila de lectores ansiosos de su firma en el flamante y recién estrenado Leyendas del Aragón demonio. Casi ni le dieron tiempo a tomar asiento y una señora le largó ya tres o cuatro que había comprado de golpe: “¡Y me han encargado más, pero todos no puedo a la vez!”, gritó bien alto, como advirtiéndonos de que si hacíamos un gesto en falso arramblaba con todos los aragones demonios de la mesa.Y a continuación desparramó la fila de libros ante el bolígrafo de Joan.

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Joan Rosell es homónimo del presidente de la CEOE, pero usted no podría imaginar dos personas más disímiles: éste es cocinero de encantamientos y escritor de sortilegios cocidos. Para nuestra suerte. Porque si ese triunfo nos lo pasa por el morro un tipo atildado como el otro Rosell, lo echamos a la Huerva sin miramientos. Este otro Rosell es de los nuestros. Su éxito fue torrencial, como si hubiera convocado el encadenado de los astros. Empezó a firmar dedicatorias a un ritmo que parecía Cristiano Ronaldo, pero en guapo y heavy, que es otro nivel. El trajín adquirió tal velocidad que Javier Fernández también dio un paso atrás, ventilados todos por el molinete enloquecido que era la mano de Rosell.

Se hizo presente Agustín Martín, que venía a defender su Libertarios de Aragón. Le dio conversación a Javier Fernández. Y aún tenía que llegar José Luis Corral, que para estas cosas debe de usar estilográficas con motor. A esa hora yo me dedicaba ya a labores de intendencia: con un fino sentido del trabajo en equipo, tomaba bolsas de la cajita y metía los libros que vendía Rosell con amoroso cuidado, para que otro se los pasara al cliente. ¿Quiere un clavel, señora? Dame, hijo mío, dame… ¿Rojo o blanco? Y enseguida alguien me reclamaba: “¿Éste cuánto vale?”. Lo que marca, lo que marca. “¡Teeeeengo libroooos, teeeeeeengo librooooos, señooooraaa!”. Venga, niño, échate un poquito para atrás, guapo…. Cómo me hubiera gustado hacer el charlatán como Manolo Morán en las películas.

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Joan Rosell, firmando ejemplares de su exitoso Leyendas del Aragón demonio

Me acordé de otro chiste de Eugenio: coño Manolo, cuánto tiempo… ¿Sabes que ya publiqué mi libro? Sí, hombre, ya lo compré… ¡Ah, entonces fuiste tú! Y tal. Yo me sentía como las fieras del zoo cuando los chicos vienen a tirarles cacahuetes a la jaula. Me salí de nuevo (a esa hora llevaba más rato fuera que dentro). Saludé a Roberto Pardos, que andaba de paseíllo por el lado de sombra y también contó una vez su historia de amor con los periódicos en Doce Robles. Y a Rafa Rojas, el autor de Magníficos, que rumia como mejor puede su próximo Zaraguayos. Pasé al frente del puesto, por el lado del público, y le hice una foto a Joan Rosell mientras firmaba. Pero no hubo forma de sacarle la cara, porque no la podía levantar de la solapa de sus demonios.

Medio en broma, pero muy en serio, me ofrecí a firmar libros ajenos, por si hiciera falta. Un “chicos, yo estoy aquí para lo que necesitéis”. Para no mentir, confieso que firmé un par de libros: fue a dos amigos bien íntimos, a los que debí de darles lástima… Bueno, y un chico desconocido con su chica, muy sonrientes, que se lo llevaron sin que yo tuviera necesidad de convencerlos: “Es que a él le encanta Ken Loach“, me informó ella. Me pregunté si no los habría mandado la organización, presta a evitar suicidios de escritores sin público. O mi madre, que siempre se preocupa mucho.

Luego ya di un paso atrás y resolví que había que salir de allí antes de que mi alegre ironía girase hacia el autodesprecio. Estuve a punto de meterme al C&A, por ver si tuvieran algo de rebajas que me pudiera encajar. Cosa de salvar el día. Pero estaba cerrado y casi me doy contra la puerta. Unos minutos después me comí una gamba con gabardina para celebrar una gran jornada de éxitos literarios (ajenos).





Wilderness

15 03 2016

Todas las mañanas me levanto de la cama y parto a la búsqueda de un hombre. Nunca hasta ahora había sentido la necesidad de completar semejante misión, que no me fue encomendada por nadie, salvo por mí mismo. Pero opera al modo de las imposiciones: no hay forma de eludirla aun cuando trate de jugar a que lo hago. Por eso a menudo demoro el momento de dejar las sábanas y afrontar ese agotador trabajo que aguarda. Esto me produce una debilidad que me aturde y equivoca mis juicios. Desde que madrugo siento que soy otra persona: mucho peor, por supuesto. Es otro de los síntomas de una sensación que me acosa desde hace algún tiempo: que ya no me reconozco. Siento que estoy mágicamente viviendo la vida de otro. Es una magia bastante inquietante.

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Desde que me hice adulto, yo jamás tuve que levantarme temprano, salvo para cumplir alguna incómoda convocatoria con el lado más pragmático de la realidad: una cita de rutina con el médico o el llamado de alguna instancia legal, a las que nunca presté demasiada atención. Disfruté durante años del privilegio de la calma y, en este piso en el que nos instalamos, también del olvido relativo del mundo exterior y sus laboriosos ritmos en la mañana. Mientras la gente se atropellaba por las calles, durante años yo me hacía vencedor del sosiego en lentas amanecidas, enmarcadas en el conveniente silencio blanquecino de una amplia manzana interior. Ahora sé que estamos hechos de mínimos fragmentos de felicidad, y que esos días eran un pedazo de dicha. Una gracia concedida, que yo agoté con una creciente aprensión que intuía su final. Aquello no podía durar. Bueno, sí… duró mucho tiempo. Pero siempre entreví que la canonjía en que nos habíamos acomodado traería implícita una condena existencial, tal vez conjeturada por CS Lewis cuando anotó: “El dolor de ahora es parte de la felicidad de entonces… ese es el trato”. Mientras se cumplía el plazo, yo seguí despertando a diario con el único reloj del silencio de segunda hora. Sí, el silencio también te puede llegar a sacar del sueño.

Mi retrato matinal era una lenta secuencia de costumbres, tan mínimas como las de cualquier otro. Primero saboreaba el instante, librado de urgencias en mi confortable aislamiento de luz tenue, que apenas matizaría el hueco de las persianas. Después, confirmada la dichosa vigencia de mi prerrogativa, me incorporaba sin ninguna prisa. Entraba en el día con cuidado. Nunca lo hice con pereza, pero sí con ese lento deleite con el que uno se mete al agua en una piscina helada, bajo el sol. En mi cómodo aplazamiento matinal, el cuerpo y la mente enseguida se comportaban con diligencia. Y pronto el café se diluía en las músicas y las palabras que se iban formando en la cabeza, y que a menudo acababan escritas como lo hacen éstas. La diferencia es que ahora todo alrededor sucede más deprisa y a mí se me exige que llegue a tiempo. Sin embargo, yo camino más despacio que nunca. Las circunstancias de hoy me exigen algunas disciplinas horarias que me hacen sentir ajeno. Por qué he de correr… si éste nunca fui yo. Así que siempre ando llegando tarde, desde el mismo momento de despertar. Cuando interrumpo la mecánica melodía que me avisa de que es la hora, en lugar de levantarme me entrego a una desidia que antes me era desconocida. No me apetece levantarme. Es físico, claro, un cierto aviso de las decadencias que procura el tiempo. Pero sobre todo yo creo que tiene que ver con la falta de un propósito. ¿Para qué me levanto hoy? Esa pregunta encierra una impertinencia mortal.

Torpemente quiero imaginar que tan mínima rebeldía -no hacer caso al calabozo de aire del reloj- me permitirá eludir las obligaciones sin que nadie me lo demande. Que a nadie le interesará demasiado si me levanto o no lo hago. La realidad es que muchas de las obligaciones que tuve ya no existen. Y si alguien abriga la tentación de envidiarlo -no faltó quien incluso lo confesara- le diré que tal privilegio funciona con el peso metálico de una condena. No, el caso es que no acierto a responder para qué exactamente me pongo en pie. Y ya puedo oír, de antemano, cuáles van a ser las razones que otros me darán para ello. Estoy de acuerdo, pero no lo consigo. De un tiempo a esta parte siento que todo el propósito consiste en eso mismo: mantenerme en pie. Apenas eso, que en realidad es mucho. Mantenerme en pie para seguir siendo otro. Un extraño. Cada día arrastro las zapatillas camino del baño y entro con desgana en ese corredor de los días que son los espejos, consciente de que mi único propósito consiste en buscar al hombre que fui. Enseguida convengo que se trata de un juego absurdo para el que me faltan esperanzas. De algún modo ese hombre sabe que yo lo busco. Y porque lo sabe me elude.

 





Viaje a Pepperland

10 03 2016

Los últimos días escuchaba yo retazos desordenados del George Fest, aquel concierto heterogéneo en el que un buen número de amigos y admiradores del buen George Harrison habían reelaborado la música del guitarrista de los Beatles.  A la cabeza del homenaje su hijo Dhani, asomado al juguetón falsete de Savoy Truffle. De cuando en cuando redescubro aquellos sonidos, interpretados desde otro punto de vista. Y me pregunto cuánto pueden llegar a gustarme, otra vez, I, me, mineOld Brown Shoe, Let it Down Beware of Darkness. Porque las oigo y es como si todo volviera a empezar. Valdrían éstas y mil más, de uno y otro. Así llevamos años. Instalados en ese sortilegio circular hecho de canciones en bucle y días recuperados de las fauces de la nada. Un conveniente simulacro de eternidad. Pero de pronto, un día cualquiera en la vida, se muere un Beatle. Y recordamos que nos estamos yendo.

Geprge Martin, el quinto Beatle.

George Martin, el quinto Beatle.

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All things move…

5 01 2016

De todas las imágenes que guardo de la noche de Reyes, algunas son intercambiables. Las reconocerá cualquiera. Nos acostábamos con la puerta entornada. Yo me mantenía despierto mientras podía e interrogaba con inevitable confusión el juego de luminosidades y sombras movedizas bajo la rendija de la puerta. Las voces apagadas que podían ser o no las de mis padres. El zumbido familiar de los pies arrastrados por el piso. Y ese crepitar suave, demasiado fugaz para interpretarlo, que parecía papel de envoltorios pero tal vez fuera cualquier otra cosa. No lograba distinguir los matices precisos para una certeza. No logro saber aún si lo intentaba siquiera. Sabía que nada ocurriría mientras yo no durmiera. Que el prodigio exigía el sueño. De toda esa construcción sensorial queda sin embargo, por encima de todas, una escena que nunca vi, pero que siempre me relataron. La de mi padre tirado en el suelo del cuarto de estar, donde abríamos los regalos por la mañana, montando el Scalextric y jugando de madrugada con uno de los hermanos Montal, mientras nosotros dormíamos.

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La magia de todo aquello se acabó pronto y de la manera habitual. La ilusión no se me ha curado nunca. Supe aún demasiado niño la verdad y, sin embargo, no perdí ni un ápice de las emociones infantiles que toda aquella liturgia me procuraba. Las he traído hasta hoy. Casi. Ahora ya, como de tantas otras cosas, no puedo estar seguro. Intento reconstruir el milagro con mis propias manos, como un mensajero obligado a transportar viva la llama en este largo trayecto. Intento reconstruir tantas cosas perdidas que no sé ni por dónde empezar. Creo que si miro atrás voy a encontrar el vacío; y si voy adelante, caeré en un precipicio porque el camino ha terminado. Así que solo miro a los lados y a menudo encuentro poco más que angustia.

A veces pienso que seré capaz de construir un palacio entero para él, con su laberinto de estancias y habitaciones, repleto de juegos y enseñanzas, de torres y almenas, de misterios con respuestas; que lo recorreremos juntos, cogidos de la mano, y a cada uno de sus miedos yo responderé con una verdad; y a cada una de sus dudas yo opondré una certeza; que tendré todas las contestaciones a todas las preguntas. Y que, al final de cada paseo, nos asomaremos por las aberturas más altas del muro a un cielo coronado de centellas, asombros que le hagan sentir el inevitable deseo de volar, que es anhelo sin renuncia posible para el hombre. Y yo lo dejaré ir de mi mano y él se suspenderá en el tiempo y los espacios, y atravesará la vida sin volver la vista atrás; y yo lo miraré sin perder ni por un momento de mis ojos su cuerpo delgado y rubio, esa piel construida de leche de oro, cuyo primer tacto de terciopelo no me abandonará nunca.

A veces siento que no seré capaz de ninguna de estas cosas. Que intuirá en mi mirada la extrañeza herida del hombre que se extraña a sí mismo. Que no acertaré a salir de mí para llevarlo por los corredores inciertos de este castillo. Que cuando me pregunte, yo estaré buscando explicación a mis propias obsesiones, sin atender las suyas. Que aprenderá a ignorarme, a no contar conmigo, a encontrar en otro lado lo que no tenga en éste. Aprenderá que debe volar y lo hará para no volver. Admitiré no haberle dado ningún motivo para regresar, salvo quizás la piedad. Y tal vez ni eso.

Eso que mi padre hizo tan bien: entregarme tantas cosas, de un modo tan sutil, que me dejó impregnado para siempre de la necesidad de regresar a él, casi a diario. Sí, tal vez una noche de Reyes la pasó tirado en el suelo, con un amigo, montando tramos de una pista por la que correrían mis coches. Pero no fue jamás un modelador de artificios. O yo no lo percibí así. Le dio forma a mi necesidad de un modo implícito, prosaico. Tal vez en su pura ausencia de viajante que cada lunes salía de casa para volver a finales de semana. Quizá en esas partidas rutinarias modeló mi imposible marcha. En la maleta dispuesta sobre la cama y el método para no olvidar nada, que me transmitió cuando yo me hice viajero inverso a su costumbre: hay que llenar la maleta, me dijo, en el mismo orden en el que uno se viste. Y así la inconsciente rutina deviene en una disciplina acerada, que construye un hábito.

Mi padre nos dejó un día de Reyes, por la tarde. Esa mañana yo había comprado dos roscones, preso del mismo entusiasmo confuso con el que me acostaba de niño y auscultaba las voces y los ruidos al otro lado de la puerta de nuestra habitación. Uno era para quienes le atendían desde hacía meses, en el goteo de días cuenta atrás hasta el final. Otro para nosotros, que nos reunimos a comer en el lugar de siempre, en una celebración imposible, pero que debíamos imponernos para conjurar todos los temores. Y que solo mi hermano y yo sabíamos que iba a ser póstuma. La última antes de.

Hacia el mediodía, mientras le guardábamos el costado de la cama, su agitación creciente obligó a llamar a las enfermeras. Desde hacía unos días (casi) todo estaba en nuestras manos. En la decisión de comenzar a administrarle morfina cuando el desasosiego físico, que lo apresaba en una inconsciencia que ya se había prolongado durante días, hiciera evidente la proximidad del dolor último. En ese instante activaríamos el monstruoso engranaje del desenlace. Y así ocurrió: su vida quedó resuelta en horas.

La idea de la partida se impone hoy al despojo que la escena tuvo de verdad. A partir del segundo final, todo ha sido literatura. Fue esa idea, construida en mi cabeza para imponerla al silencio descarnado del momento, lo que trajo a mi memoria otra despedida: una vieja tarde de Reyes en que debió salir a uno de sus viajes de trabajo, muchos años antes. Nosotros nos quedamos agotando los regalos, la inquebrantable alegría de una jornada como esa. Nada me pareció más triste entonces que aquel contraste. Nada más cruel. Y no para el niño que era yo, sino para el padre que era él. Hoy me pregunto si en verdad sería así, si tomaba el hecho de tener que dejarnos con naturalidad profesional o si incluso le liberaba cambiar el escenario. Ser otra vez el hombre de mediana edad, con sus indecisiones, en lugar del padre al que no se le permite vacilar. Si tal vez necesitaba alejarse con sus propias memorias de otros tiempos, de sus días de niño. Si tan irrevocables me parecen aún a mí todas esas cosas hoy por hoy, si a veces quiero salir de casa e irme por tiempo indeterminado, o esconderme en esta oscura soledad escrita… ¿por qué no iba a sucederle lo mismo a él?

Me asomé a la ventana y lo vi abajo, en la calle. Camino del automóvil y la ruta. Cruzaba la ventolera con paso decidido. Con su metódica bolsa en una mano, con ropa y documentos; y el saco para los trajes colgado sobre el hombro de la otra. Lo vi quitarse el abrigo y extenderlo con cuidado en el maletero, sobre los bultos. El aire le revoleaba el cabello.

No puedo atribuirle esta última enseñanza: que la existencia lo arrebata todo. Se arrebata incluso a sí misma. Niega todas sus doctrinas y las releva por otras, a menudo en rotunda contradicción. Corrige incluso el significado de una fecha, aprendido durante años y años. Como si una voz macabra dijera en off: tu gastada alegría de niño la sustituirá desde hoy esta Epifanía de adulto, corrupta de aflicción. Y así, ignorando estas cosas o sabiendo otras, nos sentaremos de nuevo a la mesa este Día de Reyes con el roscón y los regalos de quienes vienen por detrás. Otra vez, ya para siempre, obligados a imponernos esta celebración, para conjurar todos los temores. A veces la vida te quiere enseñar lecciones que son imposibles de aprender.

 

 





El horizonte aguarda

7 12 2015

Está bien que deseemos la felicidad, pero no queráis además alcanzarla. La felicidad viene a ser una orilla hacia la que nadar. Un braceo interminable. En el momento en que saquemos la cabeza del agua y queramos tocarla, comenzará su incesante proceso de transformación. Se convertirá en otra cosa. No exactamente la que ansiábamos, sino una distinta. Tal vez contraria. En el mejor de los casos, un complemento a nuestra construcción precedente. La felicidad es un efecto especial de última generación, una ilusión digital que, como el cuerpo del terminator, resiste nuestros desesperados embates con una persistente fugacidad material: formas que nos parecen estar ahí y que, al interrogarlas con nuestros dedos, zozobran como un fuego y desaparecen. Después se reúnen en el piso al modo de un charco viscoso de mercurios; y ante el asombro de nuestros ojos elevan formas en el espacio hasta reconvertirse en otra figura. La felicidad es la materia de la que están hechos los sueños. Al despertar, lo real impone sus enigmas y nunca sabremos si estuvimos o no estuvimos de pie en el suelo firme de la orilla. No hacemos sino gritar tierra, tierra, tierra al fin… como si en viaje constante circunvaláramos el orbe siguiendo la línea del Ecuador, como hacían los aventureros en los tiempos de la peste. Enseguida descubrimos que la realidad nos deja apenas el insigne desasosiego de la pérdida.

A veces yo he mirado las fotografías de Hunter S. Thompson en Big Sur, sentado al sol entre las montañas de California, vestido apenas con un bañador y las gafas de sol: teclea en su máquina con una pipa en la boca y al fondo, abajo, vemos un mar de espejos azulados en blanco y negro. Y he pensado sin asomo de duda que esa era la imagen del hombre feliz que tal vez hubiera pretendido ser. Sin embargo, yo pasé el último verano en mi particular Big Sur. Apuraba cafés helados a la sombra. Vestía acaso un bañador o pantalones cortos. Alternaba los palmetazos a los mosquitos con el tamborileo del editor de textos. Leía en voz alta las frases que ya había hilado en los meses anteriores, y hacía rimar su música con el sonido de las últimas. Papeles, anotaciones, números de teléfono y voces extrañas. Precisiones acerca de un pasado sobre cuyos bordes caminé durante meses que volaron. Aquel cuento había envejecido más de veinte años, pero yo tenía el compromiso de invocarlo en el presente de mi narración y que las esquinas de los dos lados coincidieran de manera perfecta, como cuando se dobla un folio.

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Mientras, a mi alrededor la vida se sucedía en una floración maravillosa. Esas horas me hacían perderme otras y el solapamiento me parecía, por momentos, trágico. No era fácil despejar el pensamiento de las fugacidades, otra vez. Que esas horas no volverían. Que las estaba superponiendo con cierta torpeza. Que una vida no era suficiente. Que se hacía perentorio el desdoblamiento del tiempo y aun de la existencia. Que había que ordenar todo aquello: vivir durante el día, escribir por las noches, exprimir las luces de la primera mañana en un sueño. No me era posible. En mi estado, yo juzgaba aquellos gritos, aquellas rutinas, aquel llanto agudo como una impertinencia cuyo único objeto consistía en imponerse. Una intromisión. El cuchillo de la realidad que venía a rasgarme las páginas escritas. De cuando en cuando, sin embargo, yo mismo levantaba la cabeza de las palabras con un cornetazo y anunciaba a gritos la rendición del fuerte. Apenas unos segundos después, habíamos saltado juntos en la piscina soleada.

Escribir un libro, bañarnos en verano. Son construcciones felices que nunca, durante todos aquellos días, estuve seguro de reconocer. Uno no puede recrearse jamás en el paisaje. Habrá de evocarlo después de la mejor manera posible. Tal vez por eso me gustan los trenes. Y aún más que los trenes, los ventanales de los trenes. Y aún más que los ventanales de los trenes, la lejanía que transcurre despacio por el espacio rectangular de los cristales. Yo pienso ahora en aquellos días en que escribía un punto y aparte para saltar al agua. Y me parece que por fin comprendo. Entonces lo único que sabía es lo que nos enseñaron a todos. Que no puedes cruzar al otro lado sin mirar quién viene. Que no se puede retirar la vista del volante ni de la interminable sucesión de rayas en la cinta de la carretera. Que el horizonte aguarda. Y que al otro lado tal vez está Big Sur.