Viaje a Pepperland

10 03 2016

Los últimos días escuchaba yo retazos desordenados del George Fest, aquel concierto heterogéneo en el que un buen número de amigos y admiradores del buen George Harrison habían reelaborado la música del guitarrista de los Beatles.  A la cabeza del homenaje su hijo Dhani, asomado al juguetón falsete de Savoy Truffle. De cuando en cuando redescubro aquellos sonidos, interpretados desde otro punto de vista. Y me pregunto cuánto pueden llegar a gustarme, otra vez, I, me, mineOld Brown Shoe, Let it Down Beware of Darkness. Porque las oigo y es como si todo volviera a empezar. Valdrían éstas y mil más, de uno y otro. Así llevamos años. Instalados en ese sortilegio circular hecho de canciones en bucle y días recuperados de las fauces de la nada. Un conveniente simulacro de eternidad. Pero de pronto, un día cualquiera en la vida, se muere un Beatle. Y recordamos que nos estamos yendo.

Geprge Martin, el quinto Beatle.

George Martin, el quinto Beatle.

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Canción de cuna

24 08 2015

Tocan a muerte las campanas allá fuera, y aquí dentro nos hemos refugiado contra el peligro nuclear de la vida ambiciosa escuchando a Elizabeth deslizar una nana de palabras gruesas y timbres muy leves. Y nos sentimos seguros como si nos cubriera una campana de hormigón, aunque temo decirte, en susurros, que estamos más solos y más extraviados que nunca. Pero tú no tienes aún ninguna necesidad de saberlo. Y yo no tengo derecho alguno a imponer la frialdad de este día soleado sobre el juego enorme que acabas de comenzar, y que nunca sabremos cuando acaba.

A veces me fío de ti. A veces creo que vas a ser capaz de responder todas las preguntas que te haga, sin ninguna duda, y sonriente, como deben responderse las preguntas, con el punto de displicencia justo para la ocasión. Tú no te dejas tocar. Tú no necesitas un ángel de la guarda. Y menos aún esta minuciosa, torpe vigilancia que hemos montado entre ella y yo. Ella pendiente de los felinos al otro lado del cristal, como si los felinos tuvieran otra cosa de la que preocuparse que no fuera la siesta de mediodía, el sol en su vientre y contra los costados, y dormitar ajenos a todo como tú. Y yo pendiente de los lobos que aúllan en las noches heladas, cuando el frío de los montes los descuelga por las laderas de mi conciencia y vienen a hostigar mis valles, a los pequeños animales de los que me alimento, no digamos a esta entretela de pensamientos sombríos en la que me envuelvo yo como una oruga que quiere ser crisálida.

Habrá que quebrar esta cáscara sedosa y salir al mundo de una vez. Habrá que mirar a los ojos grises de los lobos y desollar su atractivo pelaje y arrancarles de las fauces la carne que he mimado. Habrá que salir a la tormenta y enarbolar una espada y cruzarla con los truenos y dejar que suene una guitarra. A ver si tenemos cojones.

Y frente a las campanas que nos olvidan, estas músicas que otros compusieron y que yo reuní como leña para el fuego, con cuidadoso criterio, para que tu primer sueño fuera tranquilo y poder acunarte en las voces que me salvaron. Que cada canción se revele como las oraciones que nunca digo, que mientras los otros elevan plegarias yo entremuerda las letras y te las enseñe y la melodía sea nuestro único dios. Que el silencio jamás nos incluya. Que los días sean música. Y que estas voces que te rinden las escuches como la única verdad.





Canción de amor con pregunta capciosa

20 10 2014

Este domingo oí en el impagable programa ‘Sonideros’, de Radio 3, esta canción, que recordaba muy bien de la película The Darjeeling Limited, de Wes Anderson. No era la versión original la que programó el Dr. Soul en ‘Sonideros’, pero sí lo es ésta que traigo aquí para rememorar, y recuperar, que en algún momento de nuestra larga vida juntos -Somniloquios y ustedes, se quiere decir-, yo les proponía requiebros de amor a base de músicas diversas. He repasado el vasto fondo documental (me encanta esa expresión) de este espacio y encuentro con horror que hace más de tres años que abandoné estas ‘canciones de amor’, que tanto me gustaba y me gusta revisitar. Así que, tal vez, es hora de recuperar esta vieja costumbre, como otras. A menudo uno recorre laberintos para, al final, acabar en el mismo lugar en el que había empezado. Es verdad que toda cambia, incluidos nosotros; pero tal vez no cambie tanto. El tema con el que regresamos -este ‘Where do you go to, my lovely?’, de Peter Sarstedt, habla precisamente de cambios; de la tentativa común de escapar de nosotros mismos para ser otros, o tal vez para desearlo; de la (im)posibilidad de hacerlo. Y tal vez de cómo extraviamos a las personas cuando las vemos ser otra cosa que la que nosotros quisimos o creímos ver en ellas. Hay un indisimulado rencor en estos reproches, pero todos sabemos que muy a menudo el reproche nace del amor. Creo también que Sarstedt habla precisamente de eso. Y que la inspiración de ‘chanson’ afrancesada del tema (poblado de referentes sociales y culturales del Hexágono y de la ‘bling bling crew’ de aquellos días), junto con el indefinido acento del intérprete, ayudan a concretar la suave impresión de dulzura de fondo. Sarstedt, aquí en una actuación en Top of the Pops en 1969 (año de la canción y de nuestro nacimiento, dicho sea de paso), no era francés, sino un indio de Nueva Delhi, nacionalizado británico, que con su pop de aires folkies hizo alguna fortuna en aquellos años tan revueltos. Traten de pasar por encima de la sensación de que ese cabello suyo es una peluca que se le ha caído encima desde el primer piso; o tal vez un casco de guardia británico repeinado. La canción es lánguida, hermosa, fugaz y melancólica como la chica sencilla, reconvertida al brillo vano de la jet-set europea, de la que habla… Peter Sarstedt preguntaba sabiendo todas las respuestas. Eso era lo más doloroso para ambos: la chica y, desde luego, él.

Hablas como Marlene Dietrich / y bailas como Zizi Jeanmaire
Toda tu ropa es de Balmain / y llevas diamantes y perlas en el pelo
sí que los llevas…

Vives en un coqueto apartamento / a la vuelta del Boulevard Saint Michel
en el que guardas tus discos de los Rollin Stones / y a un amigo de Sacha Distel
sí, sí que lo guardas

Vas a las fiestas de las embajadas / hablas en ruso y en griego
y los hombres jóvenes que se mueven en tu círculo / se quedan colgados de cada palabra que dices
sí que lo hacen, sí

Pero… a dónde vas cariño / cuando te quedas sola en la cama
Confiésame los pensamientos que te asaltan / quiero mirar dentro de tu cabeza
Eso es lo que quiero, sí

Ya he visto todas las notas / que sacaste en la Sorbona
y el cuadro de Picasso que robaste / Eres cada vez más adorable
Sí, cada vez más

Y cuando te marchas de vacaciones / vas a Juan-les-Pines
Con esa bañador sin la parte de arriba tan cuidadosamente diseñado
y hasta te pones morena, en la espalda y en las piernas

Para cuando llega la nieve, ya estás en St. Moritz / con el resto de la jet-set
Les das sorbitos a tu brandy Napoleón… / pero tú nunca te mojas los labios
No, nunca lo haces

Pero… a dónde vas cariño / cuando te quedas sola en la cama
Confiésame los pensamientos que te asaltan / quiero mirar dentro de tu cabeza
Eso es lo que quiero, sí

Estás entre los 20 y los 30 / una edad muy, pero que muy deseable
tienes un cuerpo firme y seductor / pero te empeñas en pasarte la vida en un brillante escenario
eso es lo que haces, sí, eso haces

Tu nombre se oye en las altas esferas / y conoces al Aga Khan
Para Navidad te mandó un caballo de carreras / y ahí lo guardas… sólo por diversión
por echar unas risas… jajaja

Dicen que, cuanto te cases / será con un millonario
pero no se dan cuenta de dónde vienes / y creo que ni siquiera les importa
no les importa una mierda

Pero… a dónde vas cariño / cuando te quedas sola en la cama
Confiésame los pensamientos que te asaltan / quiero mirar dentro de tu cabeza
Eso es lo que quiero, sí

Recuerdo esas callejuelas de Nápoles / aquellos dos niños que pedían envueltos en harapos
los dos tocados por la encendida ambición / de deshacerse de sus etiquetas de clase baja
Eso es lo que intentan

Así que, mírame a los ojos, Marie Claire / y acuérdate de quién eres
luego sigue tu camino y olvídame para siempre / Pero sé que aún llevas metida dentro
la cicatriz / bien adentro, sí… ahí la llevas

Ya sé dónde vas cuando estás sola en tu cama
Ya sé qué pensamientos te acosan porque…
yo sí que puedo ver dentro de tu cabeza.

[Where do you go to, my lovely?, de Peter Sarstedt]





No me vengas con que es vicio

10 05 2014

Naturalmente, me pasé buena parte de mi feliz estancia en Berlín, hace algunas semanas, tarareando este tema de El Columpio Asesino. Berlín da para todo. Apenas nos asomamos, pero uno intuye en un rápido vistazo que esa ciudad está compuesta de sucesivos poliedros que se engastan unos sobre otros; y que hay una multitud de perspectivas desde las cuales mirar, admirar y vaciar la ciudad de sus vísceras. Sólo fatigamos algunas, las más evidentes, pero quedan pendientes mil posibilidades y la felicidad de descubrir un lugar al que uno puede regresar por mil caminos distintos. Sí, eso haremos. En el mientras tanto, esta noche escucharemos en la sala López a El Columpio Asesino, formación que nos estimuló de manera enorme con su anterior álbum, Diamantes, y que llega ahora con otro, Ballenas Muertas en San Sebastián, del que aún nos estamos haciendo observadores. Cualquier ocasión es buena para cruzar el puente y perderse en el bigote de dandy del señor López.

Siempre te gustaron largas…





I’d like to rest…

22 04 2014

Esta noche me gustaría reposar mi pesada cabeza
en un lecho de estrellas de California
Desearía esparcir mis huesos cansados, esta noche,
sobre un lecho de estrellas de California

Ojalá pudiera sentir
tu mano acariciar la mía
y que me dijeras por qué
he de seguir adelante

La verdad, daría la vida entera
por apoyar mi cabeza sobre una cama
hecha de las estrellas de California
Y soñar que todos mis problemas
se desvanecen sobre ese lecho
de estrellas de California

Saltar después de mi cama celestial
y construir un día diferente
bajo las estrellas de California,
que cuelgan del cielo como uvas
suspendidas de sus luminosas parras
y dan calor a la copa de los amantes
como los vinos amigables

Así entregaría el mundo entero
por un sueño compartido:
Tú y yo, en un lecho de estrellas de California.

 

[Siento admitir que sólo me reconozco completo en el viaje, como acabo de hacerlo. Cuando me pierdo y te encuentro, en calles desconocidas, cuando alcanzo a vislumbrar lo que me era desconocido, las voces extrañas, el rincón ignorado, y en silencio voy dejando que mi pesada cabeza construya el prodigio de los recuerdos que habrán de ser. Y que yo trataré de forma inútil, mas emocionada, de levantar en canciones que los hagan brotar. Hay tantas cosas que ya no puedo contarte… Y tantas veces he preguntado, te he preguntado, por qué he de seguir. En el mientras tanto, me refugio en esta pequeña habitación cuadrada, mi infantil castillo de libros, el único lugar que es todos los lugares y todas las personas y todos los momentos y todos los veranos y los inviernos, noches y días al mismo tiempo; el único al que puedo volver para vislumbrar todo lo que me fue desconocido, las voces extrañas, el rincón ignorado. Y callado, o imbuido de estas músicas, convocar el inagotable prodigio de mis recuerdos, donde nada ocurre en el orden prefijado de los relojes o el calendario].





Matar al padre

19 03 2014

Suena edípico, edípico y freudiano, pero nos lo vamos a tomar con mucha mayor ligereza. Aunque en cierta ocasión ensayé un relato acerca de la muerte del padre, y la imposible redención de aquella locura en la noche previa al castigo, esta vez le daremos la vuelta al mito para encararlo desde una comprensiva violencia, el necesario desdén y la claridad última de la mutua comprensión. Habrá una búsqueda incesante de la venganza; habrá insultos y la implícita violencia del desprecio carnal; habrá alcohol, abandono, pobreza y desesperanza. Y, sobre el final, una pelea en la que no han de faltar la hoja liberada de un cuchillo y un par de armas de fuego que resuelvan el duelo. Habrá, por fin, la palabra.

Johnny Cash interpretó este fabuloso tema, acaso uno de mis preferidos de los muchos que prefiero del hombre de negro, en su concierto en el penal de San Quintín. Se llama ‘Un chico llamado Sue’. Y trata acerca de la febril búsqueda que el hijo abandonado hace de un padre que se marchó, dejándole apenas una botella vacía y un nombre de chica, que lo forzó a pelear allí donde fue y donde los hombres quisieron reírse de él. Así de pesada es la acusación del muchacho. Indudable la condena: debe matar al padre, que así mismo lo condenó en vida a la indignidad de un nombre hilarante. Las risotadas que la fantástica historia despierta en los presos, los aullidos que claman en favor del muchacho Sue y de la lucha a muerte frente a su padre, la muda nostalgia que despierta el imprevisto desenlace constituyen, en mi modesta opinión, la trayectoria de comprensión vital que nos acompaña a todos en el camino de hijos a hombres (incluso a padres). Desde luego, Cash consigue el milagro no sólo de representar en la letra las dos miradas, sino incluso de ser él mismo, con sus gestos irónicos, condescendientes, comprensivos, integradores, al mismo tiempo el hijo y el padre enfrentados de la historia que está cantando. El gran Cash es, ahí, hijo y padre al tiempo. Al mío yo le debo muchas cosas, pero entre ellas desde luego un catálogo de enseñanzas silenciosas (como la que aprende Sue), a las que siempre aludo. Las sinteticé en una ahogada dedicatoria que rasgué en un libro regalado en cierta ocasión, tal día como hoy: el agradecimiento por haberme enseñado a ser lo único que se puede ser en la vida, un hombre imperfecto. La canción se la dedico a David, quien me confesó haber entendido y reconciliado muchos de sus desacuerdos, a tiempo para poder celebrarlos el resto de los días con un buen trago.

Mi padre se fue cuando yo tenía tres años /  y no nos dejó casi nada a mamá y a mí
Apenas esta vieja guitarra y una botella vacía / Pero en verdad, no lo culpo  por largarse y no aparecer jamás
Lo peor que hizo, en realidad / fue que, antes de irse, agarró y me llamó ‘Sue’.

No sé, debió de pensar “menuda broma tan buena” / y la verdad es que  un montón de tíos se rieron bastante
Por lo visto iba a tener que pelearme toda mi vida / Una chica sonreiría a mi costa
y yo me pondría rojo / otro se reiría y yo tendría que arrancarle la cabeza
Os lo juro: la vida no es fácil si te llamas ‘Sue’.

Y bien, crecí y me hice rápido con el revólver / y me hice malo también
Mis puños se endurecieron, mi ingenio se afiló / Rodé de ciudad en ciudad, ocultando mi vergüenza
Pero le hice un juramento a la Luna y las estrellas: / Que iba a recorrer todos los garitos y bares
hasta acabar con el tipo que me había puesto / ese horrible nombre.

Y bueno, fue en Gatlinburg, a mediados de julio / llegué a la ciudad y tenía la garganta seca
así que pensé en pararme y tomar algo / en un viejo ‘saloon’, en una calle embarrada
Y ahí, sentado a la mesa, repartiendo cartas / estaba el perro miserable que me llamó ‘Sue’.

Supe que aquella sabandija era mi dulce papá / por una foto vieja que guardaba mi madre
y reconocí la cicatriz en la mejilla y su mirada cruel / Era grande, estaba encorvado, canoso y viejo
Lo miré, se me heló la sangre y le dije:/ “¡Me llamo Sue!
¿Cómo está usted, señor?… / Y ahora… va usted a morir!!!!”

Le pegué bien fuerte entre los ojos / Se fue al suelo pero, para mi sorpresa
se levantó blandiendo un cuchillo / y me cortó un trozo de oreja
ASí que le metí una silla en la cabeza / Atravesamos la pared hasta la calle enganchados
Pateándonos y estrangulándonos, / mezclados en el barro, la sangre y la cerveza.

Os digo una cosa: me he peleado con tipos más duros / pero no puedo recordar a uno solo
Éste animal pateaba como una mula / y mordía igual que un cocodrilo
Lo oí reírse, lo oí maldecir / Tiró de su revolver… y yo saqué antes el mío
Se quedó parado, mirándome, / y vi cómo sonreía.

Y dijo: “Hijo, éste es un mundo muy desagradable /
y si un hombre quiere salir adelante, tiene que ser duro
Sabía que yo no estaría junto a ti para ayudarte /
Así que te puse ese nombre y me largué /
Y fue el nombre lo que te hizo fuerte”

Y añadió: “Has peleado como Dios manda. / Sé que me odias, y tienes todo el derecho a acabar conmigo
Pero deberías darme las gracias, / antes de que muera
por haberte dado esas agallas y ese desprecio en la mirada /
Porque yo soy el hijo de perra que te llamó ‘Sue’.

Me vine abajo y tiré mi arma al suelo / Lo llamé padre y el me llamó hijo
Y acabé viéndolo todo desde otro punto de vista /Ahora, de vez en cuando pienso en él
Cada vez que intento algo, cada vez que lo consigo / Y si alguna vez tengo un hijo, creo que lo llamaré…
¡¡¡Bill o George!!!! ¡¡¡Cualquier cosa menos Sue!!! / ¡¡¡Aún odio ese maldito nombre!!!





Me cago en el amor

14 02 2014

Desde mi escéptico punto de vista me pareció mentira, pero debe de ser verdad que lo del tema de San Valentín funciona: alguien me dijo el otro día que hoy no podíamos quedar porque, y cito, “es San Valentín y me cortan los huevos”. He ahí el amor en toda su contradictoria naturaleza, pensé. Hay unos cuantos santos sueltos por el calendario a los que yo arrojaría desde el Balcón de San Lázaro al río, como le pasó a Dominguito de Val (también santo). De entre todos (no los voy a nombrar para no herir susceptibilidades) creo que (el puto) San Valentín va al frente. Yo a San Valentín le dispararía en las rodillas, como hacen los malos de las películas cuando quieren prolongar el sufrimiento. Desconozco de dónde procede la tradición, si la hubiera, y no me importa. Nunca he pensado que los enamorados necesitaran un día. Nunca he considerado que el amor necesitara canciones, aunque yo también he colado versos y algunas líneas de aquí y allá, como un Cyrano menor, cuando ha hecho falta. Eso se llama estrategia. En el fondo el amor no precisa nada, se basta por sí solo. Lo único que precisa el amor, si acaso, es la dolorosa conciencia de su fugacidad. Como casi todo en la existencia, como la misma existencia, el amor es susceptible de acabarse. De que se te termine o te lo terminen. Así de simple. Preferimos olvidarlo… Vivir es fácil con los ojos cerrados. Eso lo dijo Lennon, aunque ahora habrá quien se lo atribuya a David Trueba. Ese mismo tipo de gente que al morir Mandela afirmó: “Se nos ha ido un gran actor”, en referencia a Morgan Freeman. O aquella madre que un día, acompañada de sus niñas, me preguntó cómo se llamaba mi perra. Y cuando le dije que se llama Anastasia, con impulso docente y educador se dirigió a las pequeñas y les aclaró: “¿Veis? Se llama Anastasia… como la de la película”. Yo creo firmemente que estas cositas, que parecen tan nimias, contribuyen en gran forma al derrumbe al que se encamina la sociedad. Pero es cosa mía.

valentinA David Trueba, precisamente, alguien le preguntaba ayer, en una entrevista digital, cómo combatía el desamor. Y dijo esto que uno puede compartir o no, porque es muy personal, pero que me pareció refrescante: “El desamor es el estado natural. El amor es la medicina”. Así que lo que necesita canciones, y muchas otras cosas, es el desamor. Hace algunos años le receté a un amigo un amplio catálogo de canciones descarnadas de Los Planetas. ‘Pesadilla en el parque de atracciones’ y cosas así. Eran todos temas pensados contra el abandono y la pena… a la manera de J y su banda. “Quiero que sepas que me he acostumbrado / a tus putas escenas de “ahora me largo”. /  Lárgate ya de verdad que sería una suerte / si no vuelvo a verte en los próximos años”. Deseos cariñosos expresos sin rodeos: “Y quiero que sepas que espero que acabes colgando de un pino / cuando veas lo imbécil que has sido, / cuando veas que lo has hecho fatal”. Líneas de rabia vitriólica para hacerle frente (con indisimulable debilidad) a una pérdida que va a costar reparar. Naturalmente, no tuvieron ningún efecto. Pero a mí me sigue gustando creer en su poder curativo por oposición: para dejar de querer lo mejor es empezar a odiar.

Hace muchos años yo ahogaba mis frustraciones sentimentales en los Sex Pistols, con un silencioso afán autodestructivo al que le sentaban muy bien el ruido, la mugre y la furia. Tiempo después, aún en estos últimos tiempos, las oculto bajo las líneas oscuras de Joy Division: ‘Love will tear us apart’ sigue siendo mi canción de (des)amor favorita, y creo que lo va a ser siempre. Porque expresa la pérdida como un vacío insondable de silencios huecos que se van imponiendo, como un callado ejército; porque habla de ese gran enemigo que es la costumbre de lo deseado; de la rendición de nuestras ambiciones; de dormitorios helados y lados de la cama… Y, sobre todo, de la rotunda incomprensión que se apodera de las cosas, un sinsentido cruel: “¿Cómo puede algo ser tan bueno / al punto de que simplemente no funcione?”.

Para que la cosa no quede muy recargada, compensaremos con las visiones satíricas de Los Punsetes acerca de las amistades de tu pareja, con otra frase gruesa que uno puede enarbolar en más de una ocasión: “Que le den por culo a tus amigos”; más la canónica letra de Tonino Carotone que titula esta entrada. Carotone pasó hace poco por Zaragoza. Con un amigo antiguo siempre recordamos macarrónicas sentencias, alguna apoyada en textos dolientes como ‘Una pena en observación’, de CS Lewis: “Felicità momenti è futuro incerto”, cantaba Tonino. No hará falta traducir. Y después ya, voces algo más cuidadosas, canciones con tanta seda que pueden engañar como mantis religiosa; crooners intemporales del tipo de Chet Baker: “Me arreglo muy bien sin ti / claro que lo hago / excepto cuando…”,  y sigue un amplio catálogo de salvedades a la afirmación principal. Mi querido Richard Hawley y Joe Cocker, al que le he encargado una versión carraspeante del Everybody Hurts de REM, que contiene algunas otras verdades: que todo el mundo llora, que todos hacemos daño. Que todo se termina. A veces.