Radio Valbaara

28 04 2020

El domingo uno debería haber estado viendo a Nick Cave en Barcelona. Y después en mayo, o tal vez en junio, pensábamos en Iggy Pop. Y John Fogerty. Es verdad que ya apenas hacíamos planes. Ni siquiera por el conocido gusto de, al final, incumplirlos. Ahora ni siquiera aspiramos a la evasión. En otros días solíamos excavar túneles en la tierra porosa de las madrugadas, pero eso ya quedó atrás como casi todo lo demás. Han volado las coordenadas y el horizonte ha tomado el aspecto de una habitación oscura que no podemos cartografiar. La peste nos ha arrastrado a estos días de análoga indiferencia. Han desaparecido de nuestros ojos los lugares y todos los tiempos son ninguno.

Todo esto también pasará.

Pero mientras…

Every day is like Sunday… Every day is silent and grey.

Habíamos hecho esos planes, de la forma inconclusa que tan bien se nos da. Improvisando sobre el borde exterior de los tiempos, conscientes de que todo se hace fugaz. Y que a menudo uno no alcanza lo que busca, cuando sabe lo que busca. Ahora todo cuesta más. Hacerlo, desde luego. Pensarlo incluso. Ya no reconocemos el mundo que con tanta suficiencia creímos gobernar. Y no sabemos lo que quedará de él, o en qué medida nos admitirá, una vez que levantemos el veto de este silencio en las calles, y de nuevo la algarabía social y el griterío absurdo y el ruido de los incendios fatuos hagan que, como siempre, no escuchemos nada ni a nadie: sólo el ruido de nuestras cabezas, que tan majestuoso juzgamos, y el rebote metálico de las ideas podridas en la puta concavidad del yo. Entonces podrá de nuevo la muerte aproximarse a gritos, con el estruendo multiplicado de una lejana tormenta, levantarse sobre el horizonte y abrir las fauces ávidas para devorarnos. No la oiremos. O preferiremos no escucharla. O confundiremos la curva atroz de sus colmillos ensangrentados con un hermoso crepúsculo encarnado, que preferiremos fotografiar, con nosotros delante por supuesto, para prenderlo en nuestros perfiles y atribuirnos algún peregrino mérito de su belleza.

El recital de Nick Cave se ha aplazado al mismo día del año próximo, o a un día parecido… poco importa la fecha en esta inconcreción de ahora. Eso creo. Lo importante ya no está en lo que no hicimos sino en lo que todavía podemos hacer. En la expedición al horizonte que no vemos. Por eso, para aplacar la lástima por las músicas perdidas, pero sobre todo para sostener un inevitable vitalismo desesperado, inicié una reunión de canciones. Esta no es una actividad extraña. De hecho, puede estar entre las más cotidianas porque si a alguna actividad le dedicamos de forma habitual la consciencia y la inconsciencia es a la interminable tarea de domesticar el tiempo en palabras y en canciones. Las palabras quieren refutarlo todo, el reloj, el calendario y sus cronologías diversas. Las canciones, mientras, construyen apenas una hipótesis torpe acerca de la forma de ese tiempo, de todos los tiempos, su oculta intención y la forma en que nos lleva y nos modela. Es más un esfuerzo de imposible recreación que otra cosa. Como imaginar que una vez el mar remoto cubrió estas montañas. O como evocar todo aquello que la erosión se llevó de las piedras, y que ya no vemos.

Siempre busco canciones. Siempre hay canciones que me encuentran. En esa estación intermedia aguardo cada día, para ver adónde me llevan. Ahora que estamos parados, busco canciones no figurativas, si es que decirlo así tiene sentido. Para entendernos, composiciones electrónicas, que tienen más que ver con la impresión de sensaciones que con una intención narrativa. Si acaso, un relato sensorial. Experiencias indecibles, una poética de abstracciones sónicas. En general, las llamaremos electrónica, como les decimos quienes desconocemos sus códigos. Músicas avanzadas, apuntan otros; por momentos experimentales. Aunque, me pregunto, qué otra cosa es la música, cualquier música, sino una experimentación, una alquimia, el anhelo de una fórmula desconocida de la armonía y la belleza.

Busco, decía, músicas sin referencia. No conozco artistas, no retengo nombres, desconozco estilos, líneas, vanguardias o colectivos. No aspiro a hacerlo, aunque algún nombre siempre se eleva por encima de los demás. Puedo subrayar, si los consulto en este mismo momento mientras la interminable cola de reproducción va desgranando sonidos, a John Tejada, a Isolée, Autechre o Andy Stott… Pero son nombres aleatorios y hay muchos otros. En realidad, todo es aleatorio, modo shuffle. Dejar que fluyan y, entrevista la hermosura, retener, guardar y ordenar aquellas a las que les entregaríamos unos minutos de nuestra salvación. En verdad lo que me atrae es el ambiente, el magma tibio en el que me mecen esas músicas. La cambiante sonoridad rítmica, que me hace sentir bien, que me despierta el ánimo y, sobre todo, que me transporta. O me traslada. O me sitúa más allá o tal vez más aquí de la realidad. No sé donde es ni qué nombre tiene. Se parece a un tren que me lleva y no sé adónde. Sólo quiero ese viaje a ninguna parte. Ahora que no podemos salir. La soledad del viaje. Un lugar que no es ningún lugar, sino el mismo viaje. El viaje es el destino que no precisa destino.

Da igual adónde llegues. No importan los lugares ni sus nombres. En realidad, no importan los nombres ni de los lugares ni de las cosas, ni de los sentimientos ni de aquellas ideas que encarnan personas. No importan más allá de su aceptada convención: me parecen todos incompletos frente a la inabarcable complejidad. No importa siquiera esta digresión, porque la digresión supone un cierto automatismo del pensamiento, una fluidez sonora, que encaja bien con el ejercicio de vaivén que pretendo describir en estos párrafos. Necesito algunos automatismos que me dirijan y me lleven. Hay tantas preguntas que no alcanzan las respuestas y tantas variaciones de lo aparente que pretender designarlas todas parece un empeño ridículo. Por eso las respuestas las fabricamos o lo hacen por nosotros, antes incluso de escuchar las preguntas. Por eso hay tantos sentimientos inclasificables… Y por eso los empaquetamos, para poder señalarnos los unos a los otros, llevarlos en una bolsa como una sonda por la que evacuar los complejos. Frente a la extraordinaria diversidad, los nombres representan apenas fútiles tentativas de apresar en una definición posibilidades que en realidad sabemos ajenas a cualquier medida. Todo lo que se nombra responde apenas a un consenso, necesario pero no imprescindible; un meeting point al que puedes regresar si quieres, si lo necesitas, si lo consideras preciso… porque te reafirma o porque crees en ello o porque coincides con los demás o porque tu impulso natural consiste en acordar. Tan legítimo como el derecho a la disidencia.

¿Quién sabe lo que significa en realidad te quiero? ¿Quién?

Qué importa entonces si a estos sonidos inorgánicos que ando reuniendo los llamamos canciones, temas, tracks o cualquier otra cosa. Son ordenamientos de sonidos, o son versificaciones electrónicas, o son derivas que riman con la lógica juguetona de una secuencia de ordenador. Son repeticiones ondulantes, suaves líneas melódicas que serpentean en torno a un ritmo o lo definen. Probablemente no sean ninguna de estas cosas. Abstracciones sensoriales que no relatan ni afirman, que no predican ni definen, ahora que todo el mundo quiere contarte, y cantarte, su verdad. Son música, una poética inasible. La voz acariciadora de las máquinas, con su monstruoso punto de advertencia: “Thank you for an enjoyable game”.

Es este tipo de sonido en mi cerebro lo que necesito cuando aspiro, como ahora, a trasponer los espacios y los tiempos; a reposar en un plácido limbo armónico, como una habitación impermeable al ruido de los días. A su insaciable tramoya. Un medio para flotar en los espacios, no apoyar demasiado en la realidad, pisar sin huellas y ondularme sobre la superficie afilada de los días, para ser el contorsionista que atraviesa indemne un espacio mortal, modulando con su cuerpo una ligera danza salvadora, de movimientos precisos. Quiero la ingravidez exacta que impedirá que me arrastre el viento; quiero la trémula fisonomía de un holograma, para que no me hieran las armas, para ser líquido cambiante que adopta la forma de los recipientes. Uno de esos magos animales de la mímesis. Quiero apoyarme en la pared y no ser visto. Irisarme de transparencias. Hacerme invisible al dolor. Y moverme ligero en los días y las tardes, liberado del peso de una letra y su música.

Sólo vibración sonora. Sólo emoción estética. Nada más que impulsos electrónicos que colonizan el cerebro y lo inmunizan contra la realidad. Colores. Sonidos. Ambientes. Ensoñación. Pensamientos envolventes como lámparas de lava. Noches que vuelan hacia los días. Espirales astronómicas. Tránsitos de luz. Círculos de tiempo.

Lapsos.

An accidental or temporary decline or deviation from an expected or accepted condition or state. Un declive o desviación, temporal o accidental, de un estado o una condición esperados o aceptados.

Construir pieza a pieza un universo paralelo e ir subiendo los escalones que miren a su horizonte. Lo llamaremos, por ejemplo, Radio Valbaara. Pero en realidad no importará nada cómo se llame. Sólo importará lo que es.





Aquí estamos…

1 04 2020

Ahora creemos haber entendido que la felicidad era aquello. Los días. Cualquier día. La naturalidad de las cosas que ocurren por sí mismas, cuando nadie las mira. Cuando nadie nos mira. Nos ahoga ahora el espanto repentino de esta verdad: basta ensayar un mínimo desajuste en la maquinaria, variar el orden de los diálogos en la escena, adelantar una hora el reloj o mover un personaje de sitio, para que la secuencia nos arrebate toda la seguridad que pensábamos ganada. Para que todo adquiera otro significado y quedemos inermes frente al silencio, tantas veces anhelado, que ahora rebela con toda crudeza su consabida naturaleza opresiva. Es el ruido, como la furia y la sangre, lo que nos define. Es la repetición de las calles, y nuestros pasos por ellas, lo que nos protege. Sin la dosis adecuada de rutina -de la que siempre prometemos escapar- perdemos enseguida el equilibrio. Dejamos de poder dormir. Se altera la forma de las horas y las paredes angostan el espacio.

Sí. Miramos atrás y queremos convencernos de que aquello era felicidad sin anticipar que, un día, esto de ahora también lo será. Y ambas cosas pasarán por verdaderas como podrían resultar falsas. Donde hoy gobierna la atrocidad, quedarán las huellas de quien sobreviva, intactas bajo el profundo aguijón de dolor, de incomprensión, de dignidad asaltada que no se apacigua. Por encima de la fatalidad, del escándalo ahogado de la muerte invisible, prevalecerá lo que cada día hicimos para salvarnos: los juegos, los abrazos, las generosas falsedades sobre las que sostuvimos la vida, el teatro en los espejos, las fiestas con amigos invisibles, los globos que hinchamos para que jugaras, los partidos que dividen los días y las habitaciones conquistadas por el ruido, donde antes, cada mañana, nos envolvíamos en silencio. Hasta las noches más ominosas las llenaremos de luz, porque nos diremos que peleamos. Y hasta los abandonos y lás pérdidas y lo irreparable, todo, lo habremos conquistado para nuestra causa.

Seremos inefablemente mejores. Seremos otros. Porque nos pensamos impecables en la construcción de la felicidad retrospectiva, y en la certeza de un futuro dichoso. Todo en el fondo tuvo una falsa hermosura. Todo en la forma ocultaba apenas las mentiras. No temo a este aislamiento ni a los adioses. Se me dan bien las ceremonias de interior. Temo más lo que venga después. Ahora anhelo el final, pero anticipo ya las trampas que entonces me tenderá la melancolía. Y querré volver. De algún modo incomprensible, me parecerá que quiero volver. Igual que ansío regresar a los veranos. Cuando todo esto haya pasado.

Get busy living… or get busy dying.

Y mientras tanto, aquí estamos. Rodeados de arena.

Si el hombre no es una isla
Entonces yo no soy un hombre
Estoy perdido en un océano
Rodeado de arena

Mira lo que has logrado
Has ido demasiado lejos
No te lo podías imaginar
Pero aquí estamos

Aquí estamos, con nosotros mismos
Aquí estamos, con nuestros amigos
Otra vez, aquí estamos

Hay un aroma en el aire
Y ese brillo del cielo
Que susurra con dulzura
Y se abate con maldad

Hundirnos juntos
Despertarnos separados
No te lo vas a creer
Pero aquí estamos

Aquí estamos, con nosotros mismos
Aquí estamos, con nuestros amigos
Otra vez, aquí estamos

Una vez fui un vagabundo
Ahora estoy solo, sin más
Raramente sobrio, pero aun así
Seco como un hueso

¿Por qué pasaste de mí?
En mi puerta no queda sangre
Salvo la que tú dejaste
Así que aquí estamos

[Here We Are, de The Cynics].




Música para una cuarentena

21 03 2020

Esta canción, Strange, comenzó a sonar justo mientras me ponía unos guantes para recolectar en el supermercado. Como todo lo demás, la tienda estaba casi vacía, y los pocos que recorríamos a esa hora los pasillos nos evitábamos sin disimulo, cambiando de dirección en cuanto advertíamos a alguien que venía de frente. Aunque apenas éramos tres o cuatro, el establecimiento es pequeño, así que llegó un momento en que los frenazos y giros, las revueltas para escapar del otro, se hicieron cómicos y patéticos, todo a la vez. Parecíamos los fantasmitas azules de un comecocos humano.

Por fin el papel había regresado a los estantes. La última vez que fui a comprar pañuelos, una mañana cualquiera antes de que el mundo se terminara, lo aplacé por un pudor que ahora me parece muy irónico: iba para allí pero advertí que a la puerta de la tienda había una persona ofreciendo paquetitos de pañuelos de papel para ganarse unas monedas. Sentí que no podía entrar y salir delante de sus narices con un pack de doce. Sentí que tampoco comprarle uno a él, como hago otras veces, resolvía mi necesidad. Era pronto y ya tenía prisa, como suele ocurrir, así que postpuse para otro momento la resolución del dilema moral -y la compra del producto- y me volví para casa. Cuando regresé, no sé si esa tarde u otra, la paranoia de la celulosa ya había estallado. Los estantes quedaron vacíos de papel; y el mundo, de lógica.

Esta vez había de todo, en abundancia, y pude comprar lo que necesitaba. Al hacerlo sentí un estúpido orgullo y pensé en el hombre primitivo que abandona la seguridad de la cueva para salir de caza por montañas y bosques amenazadores; y que al fin regresa con una pieza con la que alimentará los próximos días a su familia. Ese pensamiento era una burla contra mí mismo, consciente, pero la realidad es que cuando uno sale de casa estos días no sabe bien a qué se enfrenta. Estos son días extraños, no hace falta decirlo. Vivimos una distopía en directo. Y, como ocurre en sus formas narrativas literarias o cinematográficas, resulta al mismo tiempo fascinante y aterradora. Sonó Strange en el supermercado, y la voz de Dean Wareham me hizo sentir parte de una realidad asfixiante en la que se hace complicado reconocerse. En la que uno se aviene a participar… pero contra la que cada tanto no puede evitar rebelarse.

Galaxie 500 (el nombre del grupo es el de un modelo de coche de la marca Ford que tenía un amigo de sus tres componentes) fueron una banda fugaz, que duraron cuatro años y tres elepés. Entre 1987 y 1991 dejaron un puñado de canciones que suenan a baja fidelidad y alto extrañamiento. A menudo suenan desoladoras y, quizás por eso, en cierto modo luminosas. En Strange, la voz de Wareham me parece tomar esa cualidad angustiada de algunas pinturas de vanguardia. El grito más o menos ahogado de un hombre que se agita despacio en el vacío de una existencia de la que no hay gran cosa que esperar. Salvo la asquerosa repetición de los días, apenas desordenados, que se encarna en una estrofa y un estribillo repetidos en un bucle que dura unos minutos pero podría prolongarse varias horas.

Cuando acabó, volví a ponerla. Y lo hice otra vez y otra y otra. Guardé una breve fila, con la distancia adecuada. Y salí a la calle con la misma canción otra vez repetida. Y así caminé despacio de vuelta a casa, escuchando la voz del joven desubicado que fluctúa entre la impresión de no pertenencia (¿Por qué todo el mundo es tan extraño y qué me importa a mí todo esto?) y la inevitable conformación del grupo, estabulado en rutinas y convenciones: ir, volver, hacer fila, esperar… Y mañana lo mismo. Y después, igual. Strange. Estos días.

¿Por qué se comporta todo el mundo de forma tan rara?
¿Por qué todo el mundo parece tan raro?
¿Por qué todo el mundo tiene un aspecto tan desagradable?
¿Qué me importa a mí todo esto?
Me bajé solo a la farmacia.
Regresé a casa y me tomé una cocacola.
Me puse en fila y me comé mis Twinkies.
Me puse en fila… y tuve que esperar.
[Strange, de Galaxie 500].




Canción de amor en una habitación llena

14 03 2020

Yo la tengo llevan tantísimo tiempo entre nosotros que han hecho de su propia vigencia una certeza enmascarada. Son una de esas formas de belleza que se nos vuelve transparente en la falsa apariencia menor de lo cotidiano. En realidad, sus canciones aguardan siempre medio escondidas, como el muchacho taimado que trata de pasar desapercibido en una habitación llena de gente. Buscan nuestros ojos y cuando perciben que se nos va a desbordar el mar en las pupilas, conforman una media sonrisa torpe que nos intenta consolar. Una adorable escena lastimosa, como la que describe la propia Autumn Sweater, intepretada sin querer por personajes que querrían estar siempre en otro lado. Reconocibles en su pura sencillez, pero con un trazo nítido, de impresión permanente. Autumn Sweater nos suena así. Es una prenda de abrigo en medio de la insensatez de los días. Un (in)cierto refugio. Y cada tanto, cada poco, la buscamos para que nos haga de escudo emocional. Y vemos llover afuera -incluso aunque afuera reine un sol implacable-, arropados en su feliz combinación de tiempos y contratiempos; el diálogo permanente y el cuidadoso subrayado de las percusiones; y, sobre todo, la voz de Ira Kaplan, que desgrana frases morosas de inseguridad, a punto de quebrarse, como una disculpa: “Lo intentaré, siempre lo intentaré… pero es una pérdida de tiempo”.

Desde sus mismos nombres, desde su propio aspecto, su actitud y la música, Yo la tengo recuerdan a los personajes de una película independiente que subrayara el contraste realista entre la estilizada Nueva York y una modesta Nueva Jersey. Tal vez porque son en realidad eso, salvo por la ficción y las cámaras. Georgia Hubley e Ira Kaplan se conocieron y empezaron a salir juntos en un concierto de música de un grupo local en Nueva Jersey. Él era crítico y vivía en un suburbio al norte de NY. Georgia estudiaba en la Escuela de Arte, inclinación que sin duda debería mucho a sus padres: John Hubley y Faith Elliott fueron animadores cinematográficos. John trabajó con Disney en los años 30 y participó en sus grandes clásicos, antes de fichar por United Productions of America (UPA) y acabar en las listas negras por no acusar a compañeros ante el Comité de Actividades Antiamericanas. Ira y Georgia formaron Yo la tengo en 1984 y algún tiempo después incorporaron a James McNew, que había sido DJ en la Universidad de Virginia. Se suele decir que fue esa adición la que conformó y cerró el trío en toda la gran dimensión que podría ofrecer su música. Desde ese momento, salieron de la sombra de la Velvet Underground sin abandonarla, y desde ese lugar llamado Hoboken -de fonética tan extrañamente evocadora- comenzaron a hilar música distintiva y a licuarla en trabajos a los que uno, la verdad, les encuentra poquísimas grietas. No hace mucho hice el ejercicio de escuchar la discografía de Yo la tengo completa, disco a disco desde Fakebook (profético título). Son casi una veintena, aún no he terminado, pero aproximadamente hacia la mitad ya me di cuenta de que no había un solo álbum ni siquiera remotamente menor; vista con la perspectiva de la evolución y el tiempo, su trayectoria revela hasta qué punto la heterogeneidad de los sonidos es un perfecto antónimo para la homogénea solvencia de todas y cada una de las propuestas. Si alguien me pidiera nombrar una canción, una sola, sólo una, que me molestara al escucharla, o que considerase mala, menor, impropia… no sería capaz. Hasta Nuclear War, tan juguetona con sus coros reiterativos y su equívoca ‘naivety’, lejos de incomodarme me lleva subido en la desnudez de la percusión y la salmodia de voces en esos casi ocho minutos de ‘spoken word’ obsesivo, con un punto de humor inequívoco: “It’s a motherfucker / don’t you know / if they push that button / your ass got to go – They gonna blast you high / up in the sky / you can kiss your ass”.. / Goodbye ass”. Aún tengo que encontrarles una canción que no me guste. Y esto, ojo, no lo puedo decir ni siquiera de mis grupos más queridos.

Y además, siempre he adorado la historia del nombre de la banda y su referencia a un divertido episodio de los New York Mets, el equipo de béisbol de la ciudad. En la temporada del 62, los Mets contaban en sus filas con un venezolano llamado Elio Chacón, que sólo hablaba español. Su compañero Richie Ashburn siempre le avisaba cuando iba a por una pelota en campo abierto, con un grito lógico: “I got it, I got!” (“¡la tengo!”). Pero como Chacón no le entendía, acababan chocando con frecuencia al ir a capturar ambos la misma pelota. Así que Ashburn aprendió a lanzar la señal de aviso en español y pasó a gritar “¡Yo la tengo!”. Avisado, Chacón ya no acudió y el problema pareció resuelto. Pero por desgracia, otro compañero angloparlante, Frank Thomas, se había perdido la reunión en la que acordaron la frase de advertencia. Así que esta vez fue Thomas el que chocó con Ashburn. Al incorporarse, le preguntó: “¿Pero qué narices es un Yellow Tango?”. Y así fue como Ira y Georgia decidieron llamar a su grupo Yo la tengo. Y el motivo por el cual, si algún día fundo una banda, la llamaré Yellow Tango (así suena la frase en inglés), que me parece un nombre fantástico y sólo comparable al que tendría mi otro gran proyecto musical: Hoboken.

Yo la tengo dieron hace algunos meses en Zaragoza un formidable concierto en el que mezclaron, en dos partes bien diferenciadas, sus sonidos más contenidos e intimistas (gloriosamente intimistas), y ese otro tipo de temas ruidosos, que parecen girar en gozosos círculos concéntricos, preñados de una energía que invita al extravío. En muchos momentos de ese recital cerré los ojos para envolverme en la maraña sónica y que me llevara con dulzura. Lejos, muy lejos. En algún lado leí que las canciones de Yo la tengo resultan raramente acogedoras, a pesar de la ocasional aspereza de sus sonidos y sus letras. La definición me parece tan acertada que, sin querer, la había formulado hacía tiempo, de otra manera: hay canciones que son lugares; hay otras que son momentos; hay muchas que son personas; y, casi todas, versiones superpuestas de nosotros mismos, en ese espacio inasible en el que somos todos los tiempos al tiempo.

Hay canciones de esta banda en las que uno se quedaría a vivir; o en las que, en realidad, llevamos muchos días viviendo. Porque son todas esas cosas a la vez. Un mundo perfecto.

Entre todas, ninguna más confortable que esta Autumn Sweater, arrebatadora para los sentidos y en todos los sentidos. Una tarde se me reveló en un paseo arbolado y desde entonces me he construido con ella una habitación a la que me escabullo a menudo. Cierro la puerta y, cuando se apaga el incesante ruido de afuera y ya sólo escucho mi propia voz, murmuro: “Me with nothing to say / and you in your autumn sweater”. Y estoy en Hoboken.

Cuando oí llamar a la puerta / me faltaba la respiración
¿Es ya tarde para suspender esto?
Podríamos escabullirnos… ¿acaso no sería mejor?
Yo, sin nada que decir… y tú con tu jersey de otoño
Intenté esconderme lo mejor que pude
En una habitación repleta, es casi posible
Y esperarte a ti, ay, con toda mi paciencia
Podríamos escabullirnos… ¿acaso no sería mejor?
Yo, sin nada que decir… y tú con tu jersey de otoño
Así que busqué tus ojos
Y parecía que las olas estaban a punto de derramarse de ellos
Lo intentaré con todas mis fuerzas, siempre lo intentaré
Pero es una pérdida de tiempo…
Es una perdida de tiempo, porque no me sale sonreír
como lo hacía al principio
Al principio
Podríamos escabullirnos… ¿acaso no sería mejor?
Yo, sin nada que decir… y tú con tu jersey de otoño

Tú, con tu jersey de otoño

Tú, con tu jersey de otoño
Tú, con tu jersey de otoño

[Autumn Sweater, de Yo la tengo]





Viaje a Pepperland

10 03 2016

Los últimos días escuchaba yo retazos desordenados del George Fest, aquel concierto heterogéneo en el que un buen número de amigos y admiradores del buen George Harrison habían reelaborado la música del guitarrista de los Beatles.  A la cabeza del homenaje su hijo Dhani, asomado al juguetón falsete de Savoy Truffle. De cuando en cuando redescubro aquellos sonidos, interpretados desde otro punto de vista. Y me pregunto cuánto pueden llegar a gustarme, otra vez, I, me, mineOld Brown Shoe, Let it Down Beware of Darkness. Porque las oigo y es como si todo volviera a empezar. Valdrían éstas y mil más, de uno y otro. Así llevamos años. Instalados en ese sortilegio circular hecho de canciones en bucle y días recuperados de las fauces de la nada. Un conveniente simulacro de eternidad. Pero de pronto, un día cualquiera en la vida, se muere un Beatle. Y recordamos que nos estamos yendo.

Geprge Martin, el quinto Beatle.

George Martin, el quinto Beatle.

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Canción de cuna

24 08 2015

Tocan a muerte las campanas allá fuera, y aquí dentro nos hemos refugiado contra el peligro nuclear de la vida ambiciosa escuchando a Elizabeth deslizar una nana de palabras gruesas y timbres muy leves. Y nos sentimos seguros como si nos cubriera una campana de hormigón, aunque temo decirte, en susurros, que estamos más solos y más extraviados que nunca. Pero tú no tienes aún ninguna necesidad de saberlo. Y yo no tengo derecho alguno a imponer la frialdad de este día soleado sobre el juego enorme que acabas de comenzar, y que nunca sabremos cuando acaba.

A veces me fío de ti. A veces creo que vas a ser capaz de responder todas las preguntas que te haga, sin ninguna duda, y sonriente, como deben responderse las preguntas, con el punto de displicencia justo para la ocasión. Tú no te dejas tocar. Tú no necesitas un ángel de la guarda. Y menos aún esta minuciosa, torpe vigilancia que hemos montado entre ella y yo. Ella pendiente de los felinos al otro lado del cristal, como si los felinos tuvieran otra cosa de la que preocuparse que no fuera la siesta de mediodía, el sol en su vientre y contra los costados, y dormitar ajenos a todo como tú. Y yo pendiente de los lobos que aúllan en las noches heladas, cuando el frío de los montes los descuelga por las laderas de mi conciencia y vienen a hostigar mis valles, a los pequeños animales de los que me alimento, no digamos a esta entretela de pensamientos sombríos en la que me envuelvo yo como una oruga que quiere ser crisálida.

Habrá que quebrar esta cáscara sedosa y salir al mundo de una vez. Habrá que mirar a los ojos grises de los lobos y desollar su atractivo pelaje y arrancarles de las fauces la carne que he mimado. Habrá que salir a la tormenta y enarbolar una espada y cruzarla con los truenos y dejar que suene una guitarra. A ver si tenemos cojones.

Y frente a las campanas que nos olvidan, estas músicas que otros compusieron y que yo reuní como leña para el fuego, con cuidadoso criterio, para que tu primer sueño fuera tranquilo y poder acunarte en las voces que me salvaron. Que cada canción se revele como las oraciones que nunca digo, que mientras los otros elevan plegarias yo entremuerda las letras y te las enseñe y la melodía sea nuestro único dios. Que el silencio jamás nos incluya. Que los días sean música. Y que estas voces que te rinden las escuches como la única verdad.





Canción de amor con pregunta capciosa

20 10 2014

Este domingo oí en el impagable programa ‘Sonideros’, de Radio 3, esta canción, que recordaba muy bien de la película The Darjeeling Limited, de Wes Anderson. No era la versión original la que programó el Dr. Soul en ‘Sonideros’, pero sí lo es ésta que traigo aquí para rememorar, y recuperar, que en algún momento de nuestra larga vida juntos -Somniloquios y ustedes, se quiere decir-, yo les proponía requiebros de amor a base de músicas diversas. He repasado el vasto fondo documental (me encanta esa expresión) de este espacio y encuentro con horror que hace más de tres años que abandoné estas ‘canciones de amor’, que tanto me gustaba y me gusta revisitar. Así que, tal vez, es hora de recuperar esta vieja costumbre, como otras. A menudo uno recorre laberintos para, al final, acabar en el mismo lugar en el que había empezado. Es verdad que toda cambia, incluidos nosotros; pero tal vez no cambie tanto. El tema con el que regresamos -este ‘Where do you go to, my lovely?’, de Peter Sarstedt, habla precisamente de cambios; de la tentativa común de escapar de nosotros mismos para ser otros, o tal vez para desearlo; de la (im)posibilidad de hacerlo. Y tal vez de cómo extraviamos a las personas cuando las vemos ser otra cosa que la que nosotros quisimos o creímos ver en ellas. Hay un indisimulado rencor en estos reproches, pero todos sabemos que muy a menudo el reproche nace del amor. Creo también que Sarstedt habla precisamente de eso. Y que la inspiración de ‘chanson’ afrancesada del tema (poblado de referentes sociales y culturales del Hexágono y de la ‘bling bling crew’ de aquellos días), junto con el indefinido acento del intérprete, ayudan a concretar la suave impresión de dulzura de fondo. Sarstedt, aquí en una actuación en Top of the Pops en 1969 (año de la canción y de nuestro nacimiento, dicho sea de paso), no era francés, sino un indio de Nueva Delhi, nacionalizado británico, que con su pop de aires folkies hizo alguna fortuna en aquellos años tan revueltos. Traten de pasar por encima de la sensación de que ese cabello suyo es una peluca que se le ha caído encima desde el primer piso; o tal vez un casco de guardia británico repeinado. La canción es lánguida, hermosa, fugaz y melancólica como la chica sencilla, reconvertida al brillo vano de la jet-set europea, de la que habla… Peter Sarstedt preguntaba sabiendo todas las respuestas. Eso era lo más doloroso para ambos: la chica y, desde luego, él.

Hablas como Marlene Dietrich / y bailas como Zizi Jeanmaire
Toda tu ropa es de Balmain / y llevas diamantes y perlas en el pelo
sí que los llevas…

Vives en un coqueto apartamento / a la vuelta del Boulevard Saint Michel
en el que guardas tus discos de los Rollin Stones / y a un amigo de Sacha Distel
sí, sí que lo guardas

Vas a las fiestas de las embajadas / hablas en ruso y en griego
y los hombres jóvenes que se mueven en tu círculo / se quedan colgados de cada palabra que dices
sí que lo hacen, sí

Pero… a dónde vas cariño / cuando te quedas sola en la cama
Confiésame los pensamientos que te asaltan / quiero mirar dentro de tu cabeza
Eso es lo que quiero, sí

Ya he visto todas las notas / que sacaste en la Sorbona
y el cuadro de Picasso que robaste / Eres cada vez más adorable
Sí, cada vez más

Y cuando te marchas de vacaciones / vas a Juan-les-Pines
Con esa bañador sin la parte de arriba tan cuidadosamente diseñado
y hasta te pones morena, en la espalda y en las piernas

Para cuando llega la nieve, ya estás en St. Moritz / con el resto de la jet-set
Les das sorbitos a tu brandy Napoleón… / pero tú nunca te mojas los labios
No, nunca lo haces

Pero… a dónde vas cariño / cuando te quedas sola en la cama
Confiésame los pensamientos que te asaltan / quiero mirar dentro de tu cabeza
Eso es lo que quiero, sí

Estás entre los 20 y los 30 / una edad muy, pero que muy deseable
tienes un cuerpo firme y seductor / pero te empeñas en pasarte la vida en un brillante escenario
eso es lo que haces, sí, eso haces

Tu nombre se oye en las altas esferas / y conoces al Aga Khan
Para Navidad te mandó un caballo de carreras / y ahí lo guardas… sólo por diversión
por echar unas risas… jajaja

Dicen que, cuanto te cases / será con un millonario
pero no se dan cuenta de dónde vienes / y creo que ni siquiera les importa
no les importa una mierda

Pero… a dónde vas cariño / cuando te quedas sola en la cama
Confiésame los pensamientos que te asaltan / quiero mirar dentro de tu cabeza
Eso es lo que quiero, sí

Recuerdo esas callejuelas de Nápoles / aquellos dos niños que pedían envueltos en harapos
los dos tocados por la encendida ambición / de deshacerse de sus etiquetas de clase baja
Eso es lo que intentan

Así que, mírame a los ojos, Marie Claire / y acuérdate de quién eres
luego sigue tu camino y olvídame para siempre / Pero sé que aún llevas metida dentro
la cicatriz / bien adentro, sí… ahí la llevas

Ya sé dónde vas cuando estás sola en tu cama
Ya sé qué pensamientos te acosan porque…
yo sí que puedo ver dentro de tu cabeza.

[Where do you go to, my lovely?, de Peter Sarstedt]





No me vengas con que es vicio

10 05 2014

Naturalmente, me pasé buena parte de mi feliz estancia en Berlín, hace algunas semanas, tarareando este tema de El Columpio Asesino. Berlín da para todo. Apenas nos asomamos, pero uno intuye en un rápido vistazo que esa ciudad está compuesta de sucesivos poliedros que se engastan unos sobre otros; y que hay una multitud de perspectivas desde las cuales mirar, admirar y vaciar la ciudad de sus vísceras. Sólo fatigamos algunas, las más evidentes, pero quedan pendientes mil posibilidades y la felicidad de descubrir un lugar al que uno puede regresar por mil caminos distintos. Sí, eso haremos. En el mientras tanto, esta noche escucharemos en la sala López a El Columpio Asesino, formación que nos estimuló de manera enorme con su anterior álbum, Diamantes, y que llega ahora con otro, Ballenas Muertas en San Sebastián, del que aún nos estamos haciendo observadores. Cualquier ocasión es buena para cruzar el puente y perderse en el bigote de dandy del señor López.

Siempre te gustaron largas…





I’d like to rest…

22 04 2014

Esta noche me gustaría reposar mi pesada cabeza
en un lecho de estrellas de California
Desearía esparcir mis huesos cansados, esta noche,
sobre un lecho de estrellas de California

Ojalá pudiera sentir
tu mano acariciar la mía
y que me dijeras por qué
he de seguir adelante

La verdad, daría la vida entera
por apoyar mi cabeza sobre una cama
hecha de las estrellas de California
Y soñar que todos mis problemas
se desvanecen sobre ese lecho
de estrellas de California

Saltar después de mi cama celestial
y construir un día diferente
bajo las estrellas de California,
que cuelgan del cielo como uvas
suspendidas de sus luminosas parras
y dan calor a la copa de los amantes
como los vinos amigables

Así entregaría el mundo entero
por un sueño compartido:
Tú y yo, en un lecho de estrellas de California.

 

[Siento admitir que sólo me reconozco completo en el viaje, como acabo de hacerlo. Cuando me pierdo y te encuentro, en calles desconocidas, cuando alcanzo a vislumbrar lo que me era desconocido, las voces extrañas, el rincón ignorado, y en silencio voy dejando que mi pesada cabeza construya el prodigio de los recuerdos que habrán de ser. Y que yo trataré de forma inútil, mas emocionada, de levantar en canciones que los hagan brotar. Hay tantas cosas que ya no puedo contarte… Y tantas veces he preguntado, te he preguntado, por qué he de seguir. En el mientras tanto, me refugio en esta pequeña habitación cuadrada, mi infantil castillo de libros, el único lugar que es todos los lugares y todas las personas y todos los momentos y todos los veranos y los inviernos, noches y días al mismo tiempo; el único al que puedo volver para vislumbrar todo lo que me fue desconocido, las voces extrañas, el rincón ignorado. Y callado, o imbuido de estas músicas, convocar el inagotable prodigio de mis recuerdos, donde nada ocurre en el orden prefijado de los relojes o el calendario].





Matar al padre

19 03 2014

Suena edípico, edípico y freudiano, pero nos lo vamos a tomar con mucha mayor ligereza. Aunque en cierta ocasión ensayé un relato acerca de la muerte del padre, y la imposible redención de aquella locura en la noche previa al castigo, esta vez le daremos la vuelta al mito para encararlo desde una comprensiva violencia, el necesario desdén y la claridad última de la mutua comprensión. Habrá una búsqueda incesante de la venganza; habrá insultos y la implícita violencia del desprecio carnal; habrá alcohol, abandono, pobreza y desesperanza. Y, sobre el final, una pelea en la que no han de faltar la hoja liberada de un cuchillo y un par de armas de fuego que resuelvan el duelo. Habrá, por fin, la palabra.

Johnny Cash interpretó este fabuloso tema, acaso uno de mis preferidos de los muchos que prefiero del hombre de negro, en su concierto en el penal de San Quintín. Se llama ‘Un chico llamado Sue’. Y trata acerca de la febril búsqueda que el hijo abandonado hace de un padre que se marchó, dejándole apenas una botella vacía y un nombre de chica, que lo forzó a pelear allí donde fue y donde los hombres quisieron reírse de él. Así de pesada es la acusación del muchacho. Indudable la condena: debe matar al padre, que así mismo lo condenó en vida a la indignidad de un nombre hilarante. Las risotadas que la fantástica historia despierta en los presos, los aullidos que claman en favor del muchacho Sue y de la lucha a muerte frente a su padre, la muda nostalgia que despierta el imprevisto desenlace constituyen, en mi modesta opinión, la trayectoria de comprensión vital que nos acompaña a todos en el camino de hijos a hombres (incluso a padres). Desde luego, Cash consigue el milagro no sólo de representar en la letra las dos miradas, sino incluso de ser él mismo, con sus gestos irónicos, condescendientes, comprensivos, integradores, al mismo tiempo el hijo y el padre enfrentados de la historia que está cantando. El gran Cash es, ahí, hijo y padre al tiempo. Al mío yo le debo muchas cosas, pero entre ellas desde luego un catálogo de enseñanzas silenciosas (como la que aprende Sue), a las que siempre aludo. Las sinteticé en una ahogada dedicatoria que rasgué en un libro regalado en cierta ocasión, tal día como hoy: el agradecimiento por haberme enseñado a ser lo único que se puede ser en la vida, un hombre imperfecto. La canción se la dedico a David, quien me confesó haber entendido y reconciliado muchos de sus desacuerdos, a tiempo para poder celebrarlos el resto de los días con un buen trago.

Mi padre se fue cuando yo tenía tres años /  y no nos dejó casi nada a mamá y a mí
Apenas esta vieja guitarra y una botella vacía / Pero en verdad, no lo culpo  por largarse y no aparecer jamás
Lo peor que hizo, en realidad / fue que, antes de irse, agarró y me llamó ‘Sue’.

No sé, debió de pensar “menuda broma tan buena” / y la verdad es que  un montón de tíos se rieron bastante
Por lo visto iba a tener que pelearme toda mi vida / Una chica sonreiría a mi costa
y yo me pondría rojo / otro se reiría y yo tendría que arrancarle la cabeza
Os lo juro: la vida no es fácil si te llamas ‘Sue’.

Y bien, crecí y me hice rápido con el revólver / y me hice malo también
Mis puños se endurecieron, mi ingenio se afiló / Rodé de ciudad en ciudad, ocultando mi vergüenza
Pero le hice un juramento a la Luna y las estrellas: / Que iba a recorrer todos los garitos y bares
hasta acabar con el tipo que me había puesto / ese horrible nombre.

Y bueno, fue en Gatlinburg, a mediados de julio / llegué a la ciudad y tenía la garganta seca
así que pensé en pararme y tomar algo / en un viejo ‘saloon’, en una calle embarrada
Y ahí, sentado a la mesa, repartiendo cartas / estaba el perro miserable que me llamó ‘Sue’.

Supe que aquella sabandija era mi dulce papá / por una foto vieja que guardaba mi madre
y reconocí la cicatriz en la mejilla y su mirada cruel / Era grande, estaba encorvado, canoso y viejo
Lo miré, se me heló la sangre y le dije:/ “¡Me llamo Sue!
¿Cómo está usted, señor?… / Y ahora… va usted a morir!!!!”

Le pegué bien fuerte entre los ojos / Se fue al suelo pero, para mi sorpresa
se levantó blandiendo un cuchillo / y me cortó un trozo de oreja
ASí que le metí una silla en la cabeza / Atravesamos la pared hasta la calle enganchados
Pateándonos y estrangulándonos, / mezclados en el barro, la sangre y la cerveza.

Os digo una cosa: me he peleado con tipos más duros / pero no puedo recordar a uno solo
Éste animal pateaba como una mula / y mordía igual que un cocodrilo
Lo oí reírse, lo oí maldecir / Tiró de su revolver… y yo saqué antes el mío
Se quedó parado, mirándome, / y vi cómo sonreía.

Y dijo: “Hijo, éste es un mundo muy desagradable /
y si un hombre quiere salir adelante, tiene que ser duro
Sabía que yo no estaría junto a ti para ayudarte /
Así que te puse ese nombre y me largué /
Y fue el nombre lo que te hizo fuerte”

Y añadió: “Has peleado como Dios manda. / Sé que me odias, y tienes todo el derecho a acabar conmigo
Pero deberías darme las gracias, / antes de que muera
por haberte dado esas agallas y ese desprecio en la mirada /
Porque yo soy el hijo de perra que te llamó ‘Sue’.

Me vine abajo y tiré mi arma al suelo / Lo llamé padre y el me llamó hijo
Y acabé viéndolo todo desde otro punto de vista /Ahora, de vez en cuando pienso en él
Cada vez que intento algo, cada vez que lo consigo / Y si alguna vez tengo un hijo, creo que lo llamaré…
¡¡¡Bill o George!!!! ¡¡¡Cualquier cosa menos Sue!!! / ¡¡¡Aún odio ese maldito nombre!!!