El afilador y otras bestias

8 06 2011

A pesar de haberse afeitado su acometedor bigote en herradura, la conclusión no cambia: Nick Cave es un hombre. Los demás apenas lo intentamos. Podemos pasar desapercibidos, entreverarnos en el grupo y adoptar las actitudes comunes de la especie. Está bien. Incluso ellas nos aceptarán como cambiantes modelos, posibles versiones, una variación aceptable… Tales circunstancias no autorizan el orgullo. Digámoslo claro: el gusto femenino para los hombres está sobrevalorado, presenta una volatilidad que es preciso deplorar y no se atiene a cánones razonados. Basta con mirarse al espejo. Yo lo hago. En el fondo, todos sabemos la verdad: cuando uno ve al afilador en el escenario, ha de admitirlo. He ahí un macho con todas los atributos: rockero, poeta, salvaje, descarado, sensible y brutal. Alguien capaz de cantar así: “Estamos hartos ya / de su tan conveniente lloriqueo / Sólo queríamos un poco de violación consensuada por la mañana / y otro poco más por la noche… / Ve a decirle a las mujeres que nos largamos”. En el PS’11, Grinderman hicieron cosas como este áspero Get It On, subrayado por el indisimulado gamberrismo de Warren Ellis con las maracas (nótese el control de diestra que hace de una de ellas en un momento dado, habilidad que le facultaría para actuar como defensa central en el Zaragoza y sacar el balón jugado desde atrás) y el abuso de jefatura que practica el bully Cave.

Grinderman nacieron como una mera distorsión de la realidad, una confesada tentativa de escapada. Nick Cave trasteaba con escasa destreza la guitarra en el intermedio de un ensayo con los Bad Seeds y su ineptitud para matizar acordes en el instrumento produjo un desorden melódico que llamó la atención de los otros, Ellis y el baterista Jim Sclavunos. Cansados de la exigencia de la calidad del proyecto Nick Cave & The Bad Seeds, se entregaron a jugar con la deformación abierta por Cave. Así, como un mero error, surgió Grinderman. Para darle forma, despojaron a la banda de todas las imposiciones de la celebridad que implicaba su otro proyecto y se dispusieron a afilar las guitarras, practicar la travesura sonora y promover el alboroto de las letras. O sea, hacer lo que les viniera en gana. Ni siquiera titularon los discos: fueron Grinderman y Grinderman 2. La versión desvergonzada del sensible crooner tenebrista que siempre ha sido Nick Cave.

Así, el afilador le hace el amor a la mujer a la que desea (y no tiene) diciendo cosas como éstas: “¿Qué es lo que te ha dado ese marido tuyo? / ¿A Oprah Winfrey en una pantalla de plasma? / ¿Una camada de imbéciles con dientes de conejo? /Los putos niños más feos que he visto en mi vida… / Oh, nena, te quiero / Quiero que seas mi novia”. Y una vez escritas declaraciones de amor tan disfuncionales, el hombre de la cuchilla sale al escenario vestido con el traje de raya diplomática, la camisa abierta hasta la depresión del vientre y una medalla dorada en triángulo sobre el pecho. Por otro lado, ya dije una vez que yo de mayor quería ser Jim Sclavunos, batería de Grinderman. Me refería al tipo barbado de antaño. Pero Sclavunos apareció en el PS’11 con aspecto de adulto reformado, el pelo contenido en un flequillo muy chic, apenas una sombra de barba sobre los pómulos y un apetitoso terno rosa a juego con la batería, también rosa. Mezclados con el estilo de hippie trasnochado, de ángel del infierno de Warren Ellis, el combinado resulta en un trallazo de desafiante energía. Fue un concierto descarnado, poderoso al principio, algo decadente más tarde. Instantes lúcidos y hasta hermosos en su radicalidad, como en The Palaces of Moctezuma. Con pasajes llameantes y otros con debilidades en las que no incurrirían los Bad Seeds. La arrebatadora presencia de Nick Cave en el escenario tiene el empuje suficiente para electrificar un vallado de varias hectáreas. No será exagerado decir que Grinderman eran mi primera motivación para asistir al festival. Tampoco lo es objetar que me dejaron una satisfacción matizada.

Un rato antes vi a Public Image Limited (PIL), la banda que lidera John Lydon, aka Johnny Rotten, el que fuera cantante de los Sex Pistols. Fue, como el encuentro con Mr. Cocker, un rapto de mitomanía de los que me son tan comunes. Sólo que el estudiado dandismo de Jarvis contrasta (o tal vez no) con la gastada vulgaridad que rezuma Lydon, que escupe sobre la tarima, se suena los mocos por oclusión de uno de los caños, como los deportistas, y entretanto recita poesía desestabilizadora. La visita al abuelo protopunk fue un movimiento exigente, por cuanto hube de viajar en solitario, arrastrando mi tendón de Aquiles como la bola de acero de un condenado, hasta el escenario más alejado del meollo. En el PS uno ha de estar dispuesto a estos penosos peregrinajes, cuyo peso decae con la relativa anestesia que van procurando las horas y las barras. Sin embargo, ese primer día ocurrió la tragicomedia de los iPads, encargados del cobro electrónico de las consumiciones en todas las barras mediante escáner visual de una camarita ad hoc. Demasiado tecnología para el prosaico alcohol. No se puede dejar la cerveza en manos del 2.0. Hubo un largo suspenso sin servicio que provocó tensión indisimulada en el ambiente, aunque el pueblo es algo más que pacífico. Durante varias horas regresó la ley seca. El sistema digitalizado no se recuperaría del todo en los tres días y acabó rigiendo el papel moneda, como en la antigüedad previa al miserable invento de los ticket. Lo hizo a tiempo para que no se constituyeran mafias en los barrios oscuros del festival y acabara la cosa en tableteo de ametralladoras Thompson desde el estribo de los autos. Nosotros habíamos colado Jaggermeister de estraperlo y manejábamos las contraseñas de algunas puertas en callejones oscuros, de modo que la noche duró lo suficiente como para lamentarlo. Me cuentan que acabamos viendo a Interpol, un grupo que siempre me gustó, pero de los que recuerdo haber pensado en su carencia de emoción y negarles cualquier legitimidad para ser comparados con mis untouchables Joy Division. Se ve que luego pasamos a saludar a los Flaming Lips, de los que si ustedes me disculpan no daré razón por incomparecencia de la conciencia, bonito sintagma. Horas antes había mirado con cierta atención a Of Montreal, unos chicos de Athens (Georgia) con melodías vodevilescas y esas escenografías desmesuradas de los grupos filogays. Me gustó, por contraste, la sencillez de The Fresh&Onlys, lo que me ratificó en que uno puede confiar en casi todo lo que venga de la ciudad de San Francisco. No pude consignar la visita de The Walkmen por coincidencia con otros asuntos, y confirmé desde la embarrada ladera que asoma sobre el escenario principal que Belle & Sebastian hacen muy bien de Belle & Sebastian: un grupo siempre necesario, que no precisa de entusiasmos para agradar. Es el discreto encanto de la burguesía indie: y si te sientes siniestro, vas y visitas a un pastor.





La gent normal

6 06 2011

A la una y media de la tarde del sábado 28 de mayo, acompañado por una sonriente pelirroja, Jarvis Cocker observaba rigurosa fila en perpendicular a la puerta de Cal Pep. Enseñoreada la cara por la excesiva pasta negra de sus gafas, él mismo se levantaba escurrido y vertical como un silbido contra el embaldosado gris. Anónimo en medio de la Plaza de las Ollas, su hidalguía canalla lo revelaba con parquedad de gnomon despeinado de un reloj de sol. Nadie le prestaba la menor atención al desaliño indumentario, a las evidencias del tiempo en la barbita encanecida, a la prestancia liviana del quijote diletante metido a estrella del pop. Tampoco nadie lo diría el hombre que, doce horas antes, había incendiado la conciencia colectiva del Primavera Sound con una sensual apelación a la memoria de los instantes perdidos. Peor aún, los nunca atrapados. Una frase como una espoleta y el reventón cósmico. Algo así como: “Dices que tienes que irte a casa… / Porque esta noche se ha quedado otra vez solo”.

La reunión de Pulp tantos años después comportaba, para quienes nos pusimos delante de semejante aplanadora emocional, el serio peligro de que la energética elevación tribal del arranque nos aplastara vivos, en todos los sentidos y también en el físico. El recuento visual expresa el inmoderado pandemónium que se armó cuando cayó ese telón de gasa: “¿Te acuerdas de la primera vez? / Yo no puedo pensar en una peor…”. Estábamos ante el grupo que más alto llevó la corriente múltiple del pop británico de los noventa, el que definió lo más perdurable de una idea con muchas aproximaciones, el que más allá de los gustos alcanzó a entrever y dibujar el perfil de la generación que escuchaba, tal vez sin discernir del todo hasta qué punto ese flaco de ahí arriba y sus muchachos les estaban dibujando un retrato al natural, contra el que habríamos de enfrentarnos con el paso de los años: nosotros, un Dorian Gray multitudinario. En estas imágenes arrebatadas al caos se intuye exactamente lo que cualquiera vivió ahí adentro, en la ceremonia incruenta de arrancamiento general del alma y venta a cambio de dos horas de música. Arriba, la delgada silueta en contraluz de Jarvis aparecía y desaparecía, resplandeciente pero incierta como una centella, y sólo la música conocida servía para sujetarse en medio del tumulto. La única posibilidad consistía en aferrarse unos a otros, en la necesidad ineludible de no caer al suelo, que era un abismo. El milagro del rock, también abajo del escenario, consiste en la mera supervivencia.

Parado en medio de la plaza, sin embargo, el ladrón de almas Jarvis comunicaba una calma engañosa. Precisamente él, aguardando la apertura de la puerta del restaurante, en medio del alambique de callejuelas del Borne, confundido, nada sobresaliente… mezclado con el mediodía, a la espera de que se levantara la persiana para pasar a esa barra en la que alinean las tapas. Jugando a no ser nadie, jugando a los bolsillos vacíos, jugando a mirar las cucarachas subir por la pared. Jugando a lo que juega la gente normal.

El encuentro de la gente normal, pero menos... Como los torpes e insatisfactorios amantes de sus canciones, yo temblaba y él sonreía forzadamente.

Yo había almorzado el día anterior en Cal Pep. Yo había hecho, aunque no demasiado, esa misma fila. Pasado a la espalda de quienes se afanaban en sus butacas contra la barra, hasta el fondo, donde el mínimo cubículo de mesas conforma uno de los comedores más apetecidos de Barcelona. Cortesía, esta vez, de Ortiga. Afectado por un adolescente temblor, enfrenté a Jarvis para que le quedase claro que ahí, en esa plaza, al menos uno tenía la deferencia de conocerlo y aun molestarlo con la petición de una foto. Me sentí culpable de antemano, como aquella vez que reparé en Ricardo Darín comiéndose un bocadillo en el Museo del Jamón de la Gran Vía de Madrid, y me dije que ese hombre, ocupado en destazar con los molares la media barra con pernil, no merecía ser incomodado. Jarvis culebreó igual que en el escenario, aunque fue un cimbreo verbal y poco convincente, subrayado por la obviedad: “Estamos haciendo fila y vamos a entrar ahora a comer…”. Muy bien. Pude haberle recomendado no perderse los chipirones con garbanzos, el rape Cal Pep, considerar con cierta distancia el steak tartar, pero sobre todo no perderse la tortilla trampera, con chorizo y una fina capa de alioli sobre el lomo. En lugar de hacer eso, retrocedí en una disculpa. Fue un gran concierto, eso sí podía decirlo. Y lo ablandé lo suficiente. Me abstuve de pasarle la mano por atrás mientras aguardábamos el silencioso disparo smartphónico. Ahí pude obtener otra ventaja, o tal vez no, tal vez hubiera constituido el peor error: no se le pregunta a un autor por el significado de su obra. Pero era mi ocasión de plantearle el diverso punto de vista que un íntimo amigo y yo tenemos acerca de la historia que cuenta Common People: esa chica snob que viene de cuna pudiente y quiere acabar en cama barrial con un bohemio estudiante de arte. Al señor T. la canción le sugiere un polvo de una noche con una niña pija; a mí, sin embargo, me produce la dulce amargura de la desesperanza generacional, el desarraigo que me acechaba en aquellas madrugadas cuando descendía la prosaica arquitectura urbana de Harrow Road para salir al paso del 52. Pero no le expliqué a Jarvis nuestras teorías. Apelmazado, sólo subrayé, como saboreando el momento,  una torpe interjección admirativa, declamada como si alguien me escuchara: “El gran Jarvis…”. Y la pelirroja soltó una carcajada que rebotó contra la plaza. Porque todo el mundo detesta a un turista, aunque sea un turista que quiere fotos con las estatuas vivientes del rock. Uno de esos que se creen que todo es muy gracioso…