Relámpago negro

17 10 2011

En varios partidos de los All Blacks se ha visto a alguien entre el público que levantaba un cartelón: “Don’t Choke!”. Funcionaba a modo de solicitud nacional de ese estadio de cuatro millones de espectadores que ha sido Nueva Zelanda durante estas semanas; y también, desde luego, como recordatorio de fracasos repetidos en la Copa del Mundo. Ha sido una forma, por lo demás innecesaria, de refrescarle a los All Blacks la idea cortazariana de que allá al fondo siempre estuvo la muerte. La amenaza. O sea, la posibilidad de un fracaso que sumiría al país entero en una aguda depresión generacional. Pero los neozelandeses pasaron a Australia con un resultado contundente (20-6), en un partido que articuló el discurso principal del deseo, el corazón, la resolución y la importancia de las ocasiones. Los All Blacks van a jugar la final. Allá al fondo está la gloria…

El temor de los hinchas neozelandeses, expreso en la frase de la pancarta, está casi ya conjurado: los All Blacks pasaron sobre el cadáver de Australia para reclamar su lugar en la final de la Copa del Mundo, el domingo próximo frente a Francia.

Aquí hemos sido debidamente exigentes con los All Blacks a lo largo del torneo. Nunca hemos tenido bastante. Les seguimos pidiendo más que a nadie quizás porque los admiramos más que a nadie y porque inconsciente queremos de ellos lo que ningún equipo consigue: la perfección en todos los aspectos. Porque en la psique colectiva de este juego, los All Blacks representan la imagen más aproximada de lo que la mayoría querríamos que fuera el rugby: esa exuberancia, esa implacable fiereza, ese manejo tan extraordinario de los símbolos, ese uniforme negro, esa haka, esos jugadores cuyos nombres enlazan unas generaciones de genios con otras, con la misma continuidad fascinante con la que el balón se mantiene en juego. Ese país donde primero es el rugby y después el resto de la vida… Hasta cierto punto y salvo mejor opinión, resulta imposible no desear que los All Blacks ganen este título.

El contexto de exigencia, que siempre fue la idea central de este torneo, como ya contamos desde el primer día, ayuda a explicar el estado de exageración anímica sobre el que los All Blacks construyeron su victoria sobre Australia. Un torrente de motivación canalizado en todo su beneficioso potencial, negando al mismo tiempo (con convicción, con clase, con conocimiento, con estrategia y ejecución) todos y cada uno de los posibles perjuicios. Se diría que los All Blacks han asimilado las lecciones del pasado, extrayendo de ellas una lima con la que redondear las aristas de su rugby. El resultado de esa operación psico-deportiva es que seguramente no estamos viendo al equipo más preciosista, pero sí a uno que ha aprendido cómo hacer lo que otros equipos precedentes no supieron: ganar la Copa del Mundo. La diferencia con Australia quedó resumida en el primer minuto de juego. Casi en los primeros segundos. Inició de bote pronto Quade Cooper el partido y su patada fue directamente a la banda, en un error más significativo en términos anímicos que de juego. Los All Blacks empujaron la consiguiente melé en medio campo con un esfuerzo diagonal que hizo retroceder por primera vez a los australianos, pasó bien la pelota entre los canales y, al otro lado, Piri Weepu aguardó para meter una patada cruzada que Cooper, aún confundido, acompañó mansamente hasta la línea de touch sobre la esquina. Instalados en la 22 de los Wallabies, los siguientes minutos se jugaron de acuerdo a las reglas neozelandesas: rucks brutales, una agresividad patológica, despliegues veloces con la pelota… Parecían los bárbaros arrasando a uña de caballo el poblado enemigo.

Israel Dagg, el eléctrico zaguero de los All Blacks, rebasa el último tackle de Quade Cooper justo antes de liberar un pase formidable en caída a Ma'a Nonu, para el ensayo de los All Blacks: la creatividad, rapidez y finalización de Dagg, Cruden y Jane han afilado el juego de Nueva Zelanda.

Y así hicieron a los seis minutos el ensayo, en una arrancada portentosa de Israel Dagg a la vuelta de una pelota reciclada con inteligente velocidad por parte de Piri Weepu. Dagg surgió en la línea, apartó a Elsom con un sello que anticipaba la marca y fue pasando rivales hasta generar contra la banda, sobre el último placaje de Cooper, uno de los offloads más portentosos que se hayan visto en años: de caída y aplastado sobre el lateral del campo, ya a la espalda del defensor australiano, Dagg levantó un pase que liberó a Nonu, que llegaba en el apoyo. Y el centro maorí, uno de esos hombres  siempre dispuestos a continuar las jugadas, acabó posando sobre el rincón derecho del campo. Aunque Weepu erró la transformación y un golpe temprano de Pocock -otra vez infractor frecuente con Craig Joubert de árbitro-, el medio de los All Blacks acabó metiendo el tercero y la secuencia definió la dinámica del encuentro. Australia dejó a su enemigo ponerse al volante. Y los All Blacks jugaron siempre con una o varias velocidades más, anticipando cada contacto, discutiendo cada balón en los breakdowns, entorpeciendo con maestría la torpe aspiración australiana de elevar el ritmo de juego y mover la pelota.

El partido agarró ahí una línea y ya no se movería. Nunca dio la impresión de poder variar la dirección en la que ocurrieron las cosas, a pesar de una escapada de Digby Ioane en la que el ala australiano llegó hasta el umbral del ensayo acumulando hombres agarrados a su espalda, sin que ninguno pudiera detener la poderosísima tracción de su carrera. Cuando ya avistaba la meta, Kaino lo agarró y lo levantó del suelo para, literalmente en brazos, echarlo atrás y a tierra. Fue una de esas jugadas defensivas que explican a un jugador como Kaino. Australia ya no tuvo muchas más ocasiones de visitar la cocina rival. Ahora los All Blacks también defienden con un rigor sin concesiones. Los Wallabies necesitaban puntos con los que armar una amenaza, pero para eso necesitaban primero la iniciativa: balones, ritmo. Lo que no alcanzaron. O’Connor acortó a 8-3 al amortizar uno de los pocos golpes concedidos por los All Blacks en posiciones desde las que los australianos pudieran ir a palos. Pero muy pronto Aaron Cruden, otra vez excelente en su campaña para la recuperación de la dignidad de la camiseta negra número 10, alargó la goma en favor de los kiwis con un drop desde cerca de 40 metros que reveló el lado más inteligente del apasionado rugby de los All Blacks. Quade Cooper le contestaría después con una jugada similar y Weepu dejó el 14-6 para el descanso. No era una ventaja que hablara de gran superioridad de los locales. En el fondo, Australia ha sido uno de los mejores equipos defensivos del campeonato. Ha concedido pocos ensayos y eso fue así también contra su enemigo del otro lado del Mar de Tasmania.

Los All Blacks ganaron con el pie (dos golpes más de Weepu en la segunda parte) lo que supieron construir con el sacrificio del cuerpo y la convicción de la mente. Jugaron el partido de acuerdo a sus reglas, que son las reglas de Richie McCaw, el indudable autor intelectual, y ejecutor material, de un partido llevado a los límites del físico, con la posibilidad cercana de la sangre. Australia siempre bailó la canción que le tocaron los desconsiderados delanteros negros, pero sobre todo el trío formado por los efervescentes Dagg, Cruden y Cory Jane, más el espíritu irrefrenable de Nonu, ariete de todas las ofensivas. Las batallas intermedias las ganaron los negros. También las individuales: Jane contra Ioane, Kahui frente a O’Connor, McCaw frente a Pocock, desde luego la de la primera línea, desde luego la de los zagueros. Y, sobre todo, la de los número diez: Cruden, estrella sobrevenida de este equipo, frente a Quade Cooper, un jugador cuyo crédito sale muy tocado de este Mundial.

En general, los aussies han venido en franco descenso de prestaciones desde sus primeros partidos. Se han parecido poco al equipo de rugby expansivo que nos maravilló en el Tri-Nations, al punto de llevarnos a apostar por ellos. Desde la derrota con Irlanda en la primera fase y con una plaga de lesiones mortal, los australianos han ido perdiendo convicción en su juego y, salvo por Pocock y algún desempeño individual aislado, en todo momento dieron la impresión de ir colina abajo con el avance del torneo. Su triunfo contra Sudáfrica, aguardando el error del contrario para capitalizar el contraataque y la sorpresa, resume esa transformación. Nueva Zelanda, que regala pocos balones y roba unos cuantos más, no le permitió esas alegrías. Todo el júbilo estaba reservado para su victoria.

En un Eden Park exultante, las cámaras reflejaron esta vez a un aficionado con un cartelón en las manos. Ya no advertía la sombra acechante del fracaso. Decía, usando una frase de tres monosílabos que lo dicen todo: “Yes We Can!”.

Nueva Zelanda, 20
Ensayo: Ma’a Nonu
Golpes de castigo: Piri Weepu (4)
Drops: Aaron Cruden

Australia, 6
Golpes de castigo: James O’Connor
Drops: Quade Cooper

Vídeo-resumen del partido

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Huguito Weepu

9 10 2011

Los Pumas cazan en grupo: Ledesma, Leguizamón, Santiago Fernández y Contepomi emboscan al fenomenal Piri Weepu, en una imagen que resume el armazón defensivo que tantísimo le costó superar a los All Blacks.

En algún momento, el partido se hizo un interminable bucle de fases repetidas. Los All Blacks tenían la pelota, Piri Weepu lanzaba por dentro a sus terceras o -poco al principio, algo más frecuentemente al final- a Ma’a Nonu, los Pumas frenaban esa penetración de inmediato. El equipo negro intentaba la salida abriendo el campo, Argentina reorganizaba su defensa con un rigor cartesiano, ocupaba todo el ancho del terreno de juego y obligaba a los All Blacks a entrar otra vez por los mismos callejones. Allá esperaban, como compadritos en la esquina, una tupida malla de camisetas albicelestes. Otra vez el choque, otra vez el consiguiente ruck, más o menos limpio, otra vez la habilidad argentina para que Weepu no tuviera una pelota rápida con la que jugar afuera… Y vuelta a empezar. Adentro, choque, parada, reciclaje, defensa. Así hasta que el árbitro descubría alguna infracción. La primera vez hubo duda: ¿Irían a palos los Blacks o jugarían a la mano? A palos. Bien. Un dato notable: querían asegurar puntos desde el arranque. Y otra pregunta… ¿patea Slade? No, patea Weepu. Y la clava dentro como si disparara con ballesta y mira telescópica. Así siete veces de ocho. Los argentinos recuerdan siempre los 25 puntos de Huguito Porta a Nueva Zelanda en el 85. Enfrente tenían esta vez a Huguito Weepu.

Piri Weepu, sexy y barrigón que cantaría Calamaro. Veterano, corto de forma, lento si se quiere y de vuelta de la colina de la hamburguesa. Sí, todo verdad. Pero también esto: el mejor de los All Blacks, de lejos. Por inteligencia, por liderazgo y, desde luego, por esos 21 puntos con el pie que establecieron la diferencia entre NZ y Argentina, cuando no había más diferencia. Los Pumas obligaron al anfitrión a ganarle el partido con el pie. A puro golpe de castigo. Cuando los All Blacks están enfrente, ese logro es superlativo. Lo retuvieron sin anotar más que cualquier otro contrario a lo largo de esta Copa del Mundo. No sólo eso: lo pusieron por debajo en el marcador cuando, a la media hora, Farías Cabello acabó posando en apoyo una escapada fantástica del número 8, Senatore. El octavo argentino se levantó de una melé en la mitad negra de la cancha y, a la vista del despiste de Kieran Read en el cierre de los canales defensivos a los lados del agrupamiento, se mandó una carrera de gigante que lo llevó al territorio de los sueños. Placado ya en la 22 all black, Martín Rodríguez relanzó la continuidad y Farías Cabello, que venía siguiendo la jugada, levantó el oval por última vez para meterse en la zona de marca neozelandesa. Felipe Contepomi puso la conversión en la cocina y, de pronto, los Pumas ganaban 6-7.

Farías Cabello posa el sorpresivo ensayo de Argentina, dejando en nada la defensa final de Sonny Bill Williams y Piri Weepu.

Su ejercicio defensivo ya había recordado a la famosa tarde en que Francia redujo a fosfatina el torrencial ataque negro, en el Mundial de 2007. Los Pumas estaban haciendo exactamente lo mismo, en una exhibición de entrega, pero no sólo eso: sobre todo de severidad táctica. Pero habían ido más allá con la exitosa escapada de su tercera línea, porque en esas posiciones suelen definirse las dinámicas de los grandes partidos. Una vez más, hay que repetir, incluso contra el primer equipo del mundo: cuando los Pumas se baten en duelo, son ellos quienes imponen el arma que se utilizará. Siempre a cuchillo. Pero el reglamento contempla el rifle de distancia para casos así: ese lo llevaba Weepu.

El partido se llevó por delante a Colin Slade, en todos los sentidos de la expresión. Cegado por los focos, impresionado por el tamaño de su camiseta número 10, apenas a los siete minutos Slade estuvo a punto de provocar un primer ensayo argentino, cuando desatendió un pase sencillo que le rebotó en el pecho en el medio del campo. Los Pumas, que cazaron toda la tarde en grupo, igual que leones, lanzaron una patada a seguir que cruzó el campo montaña abajo para la carrera de Marcelo Bosch y su homólogo en el campo, Conrad Smith. El centro neozelandés llegó primero apenas por media falange, recuperó la pelota a tiempo de evitar el ensayo y la defendió con tanto esmero, calidad y fuerza que permitió la llegada de sus compañeros en apoyo, salvando a su equipo. En esa primera parte, en la que Weepu anotó dos golpes más después de otra falta en el ruck y un placaje alto de Contepomi (12-7), sólo el anotador All Black y el propio Smith parecieron a la altura de las circunstancias. El resto se pasaron la noche neozelandesa chocando contra las puertas.

A esas horas, Slade se había ido lesionado, para culminar su ruina. Y apareció en el campo Cruden, el último en llegar a la concentración mundialista tras la lesión de Dan Carter. En el tiempo que jugó, Cruden hizo lo suficiente para justificar que Graham Henry se plantee darle el número 10 en la semifinal con Australia. Mucho más dinámico, vivo y confiado que Slade, Cruden participó en la fase del encuentro en la que los All Blacks pudieron, por fin, encontrar algún espacio que les permitiera reconocerse en su juego. No ocurrió hasta pasada la hora de partido. Hasta entonces, Weepu seguía haciendo dianas (sólo falló un tiro en toda la tarde) y Marcelo Bosch le dio la réplica anotando un golpe de castigo desde el centro de la ciudad, con una patada verdaderamente monstruosa (15-10). A esa hora uno empezó a pensar que, o los Blacks metían un ensayo, o iba a salir Lucas González Amorosino a hacer la de Escocia. Y se lo imaginó al muchacho, danzando como un maldito entre los tackles rivales, hasta meterse en el ingoalneozelandés… Algo así hubiera sido diabólicamente hermoso, pero no se iba a dar. Primero porque Santiago Phelan no convocó esta vez al joven zaguero al rescate. Segundo, porque hacia el 67′ Kieran Read acabó con la resistencia Puma y metió sobre la esquina un balón construido por Jerome Kaino. Weepu pateó fuera la conversión, su único error en 80 minutos. Algo más tarde, Weepu metería sus últimos tres puntos y Brad Thorn finalizó otra avanzada negra hasta el ensayo, convertido esta vez por Cruden…

Cada ruck del partido fue un duelo a cuchillo en el que uno sólo podía entrar si tenía suscrito en un cajón de casa un seguro de vida: Richie McCaw, insaciable siempre en esta fase del juego, se lo pasó en grande tirándose a esa piscina de carne.

Como repetía un personaje del Gordo Soriano en Una Sombra Ya Pronto Serás: “L’avventura è finita“. En ese intervalo, Argentina despidió del campo a uno de los grandes de esta generación y de varias más: el talonador Mario Ledesma dejó su puesto a Agustín Creevy, y el hooker argentino recorrió el espacio hasta la banda plenamente consciente de que era la última vez que pisaba un terreno de juego vestido con la ancha camiseta de los Pumas. Ledesma dijo una plegaria íntima y se fue hacia el recuerdo. Argentina cerraba ahí una etapa individual, pero el partido inaugura un futuro rutilante para un equipo que se ha ganado en los últimos años su consideración entre los grandes del Hemisferio Sur y del mundo entero. Lo espera el duelo anual (durante cuatro años al menos, ese es el acuerdo por ahora con la SANZAR), cada verano austral, con los tres gigantes del Sur en lo que, por lo que oímos, dejará de llamarse Tri-Nations para convertirse en el Rugby Championship. La mirada de Nueva Zelanda es más cercana: Australia, en semifinales. Y el título, ansiado, al fondo. Al fondo pero aún lejos… Los All Blacks aún no han hecho un gran partido, un encuentro verdaderamente digno de su estatura; y sus victorias, pese a la sensación de inevitabilidad, no están construidas con ingredientes que basten para extender una plena convicción. Así que, como dijo Pichot una vez: esto recién empieza.

Nueva Zelanda, 33
Ensayos: Kieran Read, Brad Thorn
Conversiones: Aaron Cruden
Golpes de castigo: Piri Weepu (7)

Argentina, 10
Ensayos: Farías Cabello
Cons: Felipe Contepomi
Golpes de castigo: Marcelo Bosch

Vídeo-resumen del partido