El Día Mundial del Zaragocismo

14 06 2009
  
Copyright: Alfonso Reyes Luna

Copyright: Alfonso Reyes Luna

El prodigio inexplicable de la fotografía tiene que ver no sólo con la fijación de un instante, sino con la captura de la esencia última de ese momento. En el fondo, fotografiar (cualquier cosa, en general) siempre es fotografiar hadas: la aspiración de materializar algo etéreo. Por eso me fascina, me parece. Con Alfonso Reyes (fotógrafo de AS y de sí mismo, sobre todo) nos pasamos el tiempo y las distancias recorriendo el mundo en busca de la esencia del fútbol, proyecto de naturaleza interminable que nosotros vamos alargando con una u otra excusa: algún día será un libro, y será un libro hermoso, pero no sé si tanto como el viaje…

 Todas esas inquietudes quedan reflejadas en esta foto de Leo Ponzio, que para mí resume, explica, cuenta, sintetiza y relata el partido del sábado y, en realidad, un año entero. Por la escena y por su protagonista, jugador fun-da-men-tal en la transformación que ha conducido al Zaragoza de vuelta a Primera. Modestamente, opinaré que la imagen es exacta por ejecución y por su inagotable poder evocador: Ponzio viene gritando su gol, el segundo del Real Zaragoza al Córdoba, los brazos extendidos y las manos abiertas, como gritan los argentinos siempre sus pasiones futboleras; las manos abiertas para entregarse y recibir a la gente que está en las tribunas gritando ese mismo gol, haciéndolo suyo para siempre. Esa fusión que tan bien y de modo tan perdurable representó otro argentino, Juan Esnáider, con su gesto tras el gol en la final de la Recopa: el abrazo con la gente. El íntimo abrazo imposible con el fervor de los que están afuera. Los brazos de Ponzio están justamente levantados y componen una simetría casi perfecta que Reyes debió rastrear, entiendo, al revisar la secuencia, la ráfaga de imágenes que dispararía con la precisa inconsciencia de los fotógrafos. La sonrisa abierta, el vuelo hermoso de la camiseta y el cabello, y el fondo moteado de blanco del zaragocismo que está triunfando. Sobre todos los demás elementos destaca la leyenda de la camiseta: “¡Gracias!”. El homenaje agradecido del equipo a su hinchada.

Hacia el minuto 40 del partido, con este gol de Leo, rompí a llorar junto a mi amigo Gori Silva, con quien vi el partido en medio de la grada. Ya no pude dejar de hacerlo cada tanto hasta el final. Llevé toda la tarde, desde la Plaza San Francisco, la camiseta que Charlie Cuartero me regaló la mañana de la infausta final contra el Espanyol.  Esta crónica la escribí con esa camiseta aún puesta, literalmente. Y si a alguien le parece que un periodista no debe vestir la camiseta de un equipo, sepa esto: para mí es más importante el zaragocismo que mi profesión. Y más íntimo. Y más verdadero. Por mil páginas que yo hubiera escrito, jamás me aproximaría a lo que Reyes dice con una sola imagen. Si esta crónica reúne algún mérito será el de haber intentado aislar las incontenibles emociones de todo el día para armar un artículo coherente, libre de exageraciones pasionales, pero justo en el retrato de su significado. Lo más difícil del periodismo zaragocista es olvidarte de las lágrimas y las alegrías para escribir sereno.  Cuando por la noche llegué a casa me sentía libre, casi liviano, como si hubiera emergido de una catacumba emocional o un cirujano me hubiese retirado de la espalda el bulto de cuatrocientos kilos con el que he caminado durante los últimos doce meses: los que van del descenso en Mallorca a este Día Mundial del Zaragocismo que ayer vivimos. Sentí que me liberaba de una larga pesadilla y por eso titulé así..

Dime que sólo fue un sueño…

El Real Zaragoza se despidió con una cómoda goleada de Segunda División, de la angustia de un año entero, de todas las frustraciones intermedias, de la preocupación multiplicada en muchas tardes, de la irreparable tristeza que provoca un descenso a quien siente el equipo como algo irracionalmente propio. Un ascenso, en un club como el Zaragoza, significa una liberación, un reajuste de cuentas con la historia,  la restauración del orgullo, el respeto a las tradiciones orales, la ordenación coherente de las vidas de todos aquéllos para los que el centro de esta ciudad, y acaso el centro mismo del mundo, se encuentra en el rectángulo esmeralda de La Romareda. Un título permite la exposición rutilante del orgullo, pero jamás alcanzará el dolor íntimo de un ascenso. No se trata de que valga más o menos. No es eso. Pero un zaragocista que ve a su equipo de vuelta a Primera, como lo vieron ayer los cientos de miles que estaban allí o miraban allí, es un hombre que puede mirarse feliz al espejo, y reconocerse humano y completo en la profunda debilidad de los vencedores. Un zaragocista puede, por fin, levantarse esta mañana y pedirle a su imagen en el cristal silencioso: “Díme que sólo fue un sueño, una pesadilla, un engaño”. Y sí, ahora parece que sólo fue eso. Eso y nada más…

Ésta es la hora de gritar que el Zaragoza ha vuelto. Y de reafirmar que ninguna obligación impide la legitimidad del festejo; lo justifica el sufrimiento. Sobre todo para los jugadores, redimidos como colectivo. En el fondo, ésta ha sido una temporada redonda, pero con muchas esquinas. Hubo algo innegablemente dramático en el descenso del pasado año, hacía ayer 391 días. Algo que lo hizo diferente a descensos precedentes, a los de los años setenta o al de 2002. Pudo ser la abrupta  y muy temprana quiebra de las ilusiones que había despertado el cambio de propiedad en el club; o el pensamiento de que fichajes como los de Ayala, Aimar, D’Alessandro, Diogo, Diego Milito, Matuzalem u Oliveira le daban forma a un nuevo Zaragoza, listo para quitarse el polvo de una falsa mediocridad, para resituarse en el fútbol español. Aquello empezó con una UEFA y terminó en descenso, en poco más de un año. Y puede, desde luego, que la problemática financiera en la que el descenso sumergía a la sociedad produjese un efecto depresor incalculable. La gente del Zaragoza no pensaba sólo en la pérdida de categoría; directamente temía por la pervivencia del club.

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