El espíritu de David Sole

30 09 2011

David Sole se recortaba a  menudo la manga izquierda de su pesada camiseta de algodón azul marino, con un cardo bordado en el pecho. Pilar del lado abierto y capitán de Escocia, Sole conocía por experiencia la importancia de las escenografías. La asimetría de su camiseta tenía una razón práctica: evitar que el pilar derecho contrario se aferrara cómodamente a su brazo en la melé y le tirara para abajo, evitando su empuje por hundimiento. También cumplía un efecto disuasorio: un primera línea ha de tener un aspecto amenazador desde el mismo instante de su salida al campo. A ello contribuye su fisonomía, evidente, pero hay que multiplicar el impacto del conjunto. Un primera línea ha de ser temido no sólo por lo que es, sino por lo que está dispuesto a hacer. Por su bravura, porque tanto más responderá cuanto más se le castigue; por su trapío, porque nadie quiere que le caiga encima; por su casta, por fiereza, por su inquebrantable entrega a la causa.

Sole sabía todo eso. Se cortaba la manga de la camiseta, aquella camiseta que aún no producía beneficios a las unions, porque ni siquiera estaban comercializadas por las marcas que las manufacturaban. Cualquiera podía hacer una copia y venderla. Y aquel día de 1990, el día en que Escocia le ganó el Grand Slam a Inglaterra en un partido memorable en el viejo Murrayfield, Sole hizo algo más: sacar a su equipo al campo en fila con una estudiada lentitud, donde todo el mundo aguardaba que entrasen al campo al galope, mientras en el estadio tronaba el entusiasmo. La puesta en escena provocó una respuesta enfervorizada del público, cuyo griterío creció desproporcionadamente mientras los escoceses avanzaban hasta el centro del campo y se disponían a entonar por primera vez el himno estrenado ese día: Flower of Scotland. La inflamación duró los 80 minutos y Escocia obtuvo una de las victorias más sonadas de su historia (13-7) con un ensayo del imberbe Tony Stanger. Y, jugando y defendiendo al ritmo de tambores de guerra, mandó a los ingleses a pensárselo otra vez, como reza el himno.

David Sole, con su ancha cinta, al frente del equipo escocés que ganaría el Grand Slam de 1990 a los ingleses: una imagen inspiradora de fiereza y determinación -escritas en la cara de los protagonistas-, y que enmarca el espíritu que presidirá el partido de este sábado.

Algo así necesitará esta vez. Pasión desatada, licuada en rugby. El espíritu de Bannockburn, el espíritu del capitán Sole. Inglaterra y Escocia han sostenido su rivalidad durante los últimos 140 años y la han reeditado en 124 partidos, desde que en 1871 jugaron el primer test internacional de la historia del rugby en Raeburn Place, Edimburgo. El registro indica superioridad para los ingleses: 66 victorias contra 41, más 17 empates. Y sólo en una ocasión anterior se han medido en la Copa del Mundo: la semifinal de 1991 en Murrayfield, resuelta a favor de los ingleses (9-6) en una ventosa tarde, gracias a un drop repleto de frialdad de Rob Andrew. El partido del sábado presenta una novedad: es la primera vez que los dos viejos enemigos se miden en territorio neutral.

El equipo de Martin Johnson ha ganado sus tres partidos en este Mundial y, así y todo, no tiene matemáticamente asegurada su clasificación para cuartos. Nadie duda de que la conseguirá, sin embargo, porque asegurar un punto bonus, incluso perdiendo, le daría la clasificación. Pero enfrente está su Auld Enemy, una Escocia que desconoce los complejos a pesar de las evidencias que ha dejado su rugby durante las últimas semanas. Tal vez, claro, desde hace años. Si Escocia convierte Eden Park en territorio escocés, el partido entrará de inmediato en los anales de la historia, porque su repercusión es incomparable a cualquier otro enfrentamiento.  Escocia necesita ganar por al menos ocho puntos (cosa que no ocurre desde los ochenta) y hacerlo con punto bonus (cuatro ensayos anotados, cosa difícil porque le cuesta muchísimo hacer uno, como se demostró ante Argentina); Inglaterra, para no quedar fuera, ha de perder por menos de siete puntos (lo que le daría el bonus perdedor).

Andy Robinson (ex técnico en el equipo de Clive Woodward que dirigió a la Inglaterra campeona del mundo en 2003… y luego seleccionador inglés durante un breve periodo de 15 meses) quiere que, si Escocia ha de volver a casa -algo muy probable tras su descorazonadora derrota contra los argentinos- lo haga con el discutible honor de haber jugado a lo que han querido jugar. Para ello ha convocado un equipo ligero (seis cambios con respecto al choque con Argentina, Vernon y Kellock en la tercera; Mike Blair de medio de melé; Danielli y Evans en las alas, con Ansbro en el segundo centro). Un equipo dispuesto a hacer correr a los pesados ingleses, armar un partido en campo abierto y tratar de ganar en los breakdowns, los agrupamientos, por velocidad, fiereza y disciplina. Ahí es donde el equipo de Johnson ha mostrado una despreocupada tendencia a cometer golpes de castigo. Prefieren una infracción a que les ganen la espalda. Así que el pie de Patterson y compañía puede tener mucho que ver en la decisión del choque. En Inglaterra casi nada cambia, lo que viene a ser una forma muy inglesa de afrontar las cosas. Wilkinson es inamovible, a pesar de su rara inseguridad con el pie y del asunto del cambio de los balones en un partido anterior, que ha resultado en la sanción de dos de los asistentes de Martin Johnson. Vuelve en la segunda el interminable Courtney Lawes, tras dos partidos de suspensión por intentar aplastar con un codo a un rival argentino. Y Cueto se queda fuera para ceder el carril de los velocistas a Delon Armitage.

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El capitán América y la guerra fría

15 09 2011

Frente a Irlanda, el equipo de Estados Unidos entró al campo afectado por un evidente caso de inflamación patriótica: el partido se jugó el pasado domingo, 11 de septiembre, precedido por un servicio funerario en memoria de las víctimas del atentado del World Trade Center. Bastó ver al capitán de las Águilas americanas, Todd Clever, enjugarse las lágrimas en el homenaje para saber que al seleccionador americano no le haría falta enfatizar en la charla táctica: los muchachos saldrían a entregar su sangre si fuera necesario frente al confundido equipo irlandés. Y así fue: en el rugby la  victoria y la derrota son circunstancias volubles, pero el orgullo no se negocia.

Así de bien placaron los americanos: Todd Clever, de espaldas, interrumpe el avance de Keith Earls con un topetazo al pecho que busca arrancarle la pelota; simultáneamente, otro americano caza al zaguero irlandés abajo. Fue una constante que convirtió en el partido en un espectáculo defensivo casi circense por parte yanqui.

Al frente del arrojado ejercicio de resistencia americano apareció el hombre al que llaman, previsiblemente, Capitán América. Estados Unidos hizo 101 placajes en ese partido: muchos de ellos (15) los protagonizó el granítico Clever. Fue digno de verse: el también tercera Louis Stanfills sumó 14; y el primera línea Shawn Pittman, nada menos que 13. Esto da idea del tipo de escuadra de la que hablamos. La inferioridad de los yanquis en la melé era tan patética que cada golpe de empuje irlandés los arrastraba hacia atrás de forma grosera, como si en lugar de botas calzaran patines. La melé no les interesa gran cosa; su primera línea, su paquete en general, están concebidos para el juego dinámico. Sin embargo,  y de manera bastante incomprensible, Irlanda decidió ignorar ese factor o bien no supo jugar el partido a partir de él, ni sacar rédito a su superioridad insistiendo delante, para erosionar la impresionante energía defensiva de Estados Unidos. Siguió empeñado en ir a jugadas abiertas, obsesionado con imponer su mayor calidad con la pelota a la mano. Jugó con aire de superioridad, pero sin pensar, corriendo en abanico con el balón. La mayoría de las veces acabado estrellando de manera violenta sus tentativas en la maraña de tackles voladores de los americanos, que no hacían prisioneros. Irlanda acabó ganando (10-22), pero los chicos de Todd Clever no se sintieron perdedores.

Estados Unidos juega esta mañana con Rusia, su archinémesis política a lo largo de tantas décadas. El rugby no es una guerra fría; es más bien una batalla acalorada. Y en esta disciplina el encuentro no hubiera tenido jamás el peso de los grandes enfrentamientos entre ambos bloques. Estados Unidos y Rusia son potencias menores, pero emergentes, en el mundo ovalado. Tienen difícil ir más allá de la primera fase y su objetivo aparece tan antagónico como pueda serlo: los dos están en el Mundial para derrotar al otro. Y poco más. Todd Clever, el Capitán América, es el rostro más reconocible de un equipo americano que exhibe una mayoría de jugadores amateurs, llegados de las ciudades más diversas de Estados Unidos. Lugares con muchas y variadas referencias culturales y deportivas, pero difícilmente asociadas al rugby: San Francisco, Nueva York, Denver, Chicago, Boston, Las Vegas… o Idaho. Estados Unidos no celebró concentración previa al Mundial. Diez jugadores abandonaron sus trabajos para reunirse y entrenar en una casa en Denver, pagada por la federación, con los preparadores físicos de la selección. La mayoría de ellos dejarán el rugby después de estas semanas en Nueva Zelanda, para desarrollar su verdadero medio de vida: sus carreras profesionales.

En esas condiciones, sin otra competición en el calendario que la Churchill Cup -que jugaba con Canadá y los England Saxons, una suerte de equipo B inglés, más invitados ocasionales como Italia, Rusia o Tonga- y en un país en el que el deporte está profesionalizado al nivel más alto de todo el planeta y no existen las subvenciones públicas, el rugby norteamericano no sólo ha logrado sobrevivir, sino que progresa y abre sucursales en las primeras plazas del mundo. La Churchill Cup ya no se celebrará más y Estados Unidos será a partir de ahora incluido en el circuito de test matches de la IRB, el cuerpo que gobierna el rugby mundial.

Todd Clever carga con la caballería ligera por encima de O'Driscoll, que inútilmente intenta derribarlo yendo abajo. El Capitán América predica liderazgo con la acción.

Algunos nombres sobresalen en esta selección y han logrado vivir del rugby. Todd Clever, que acaba de fichar por el Suntory Sungoliath japonés, después de jugar en los Golden Lions de Johannesburgo.  El zaguero Chris Wyles, del Saracens inglés. En País de Gales encontramos al medio de melé Mike Petri con los Newport Gwent Dragons, y antes en Inglaterra con Sale Sharks. Y el centro Junior Tolomau Sifa, nacido en la Samoa americana, milita en el Notthingham. Además, el segunda línea Scott Lavalla acaba de dejar la Universidad de Dublín para fichar por el Stade Français. Sin embargo, es el ala Takudzwa Ngwenya, natural de Zimbabwe y conocido por sus compañeros como Zee, el que reclama todos los focos. Uno de esos jugadores que provocan expectación, como si su aparición anticipase algo grande. La culpa la tiene su casco con la bandera americana, sí, pero también una jugada memorable de la Copa del Mundo de hace cuatro años. En ella, Sudáfrica asalta la 22 de Estados Unidos con una carga feroz de sus delanteros. Cuando Fourie du Preez abre juego para buscar un ensayo en la punta derecha, el pase con triple salto lo intercepta Todd Clever. El Capitán América lanza el contraataque de Estados Unidos y por el camino larga un hand-off cuya fiereza derriba al mismísimo Butch James. Tras una veloz combinación de lado a lado del campo, aparece Ngwenya como un cañón, para medirse en carrera con el que hasta ese momento era considerado un velocista inabordable de la banda: Bryan Habana. Y desde ese momento Ngwenya pasó a ser el hombre que mató a Bryan Habana.

Mientras, en la jornada de ayer Escocia ganó a Georgia (15-6) sin posar un ensayo. Los 15 puntos los sumó el apertura Dan Parks, en un equipo escocés con nueve cambios con respecto al debut frente a Rumanía. El calendario le ha permitido al bloque de Andy Robinson estos dos encuentros de calentamiento antes de medirse con los gallos del grupo, Argentina e Inglaterra, con los que se va a jugar la clasificación. Escocia se concentró ayer en no permitir que el poderío de los georgianos en las fases estáticas y el juego de melé y delantera marcase la pauta del choque. Y no le importó “ganar feo”, como dijo su entrenador, con tal de sumar el segundo triunfo del torneo. El encuentro fue pródigo en escenas de cotidiana brutalidad, asperezas tradicionales en el juego pesado. Al punto que un cronista escocés escribió: “Los padres con niños que se portan mal tienen ahora ya una alternativa al hombre del saco para cuando necesiten imponer disciplina en casa. Pueden advertirles: ‘Niños, os portáis bien u os pongo el partido contra Georgia”. Así fue la cosa. En ningún momento tuvo Escocia ni la ligereza, ni el espacio, ni la habilidad para encontrarlo, ni la precisión necesaria para imponer el juego abierto. Así que se conformó con horadar el muro a patadas de Parks (que falló otras tres) y miró adelante: en 11 días afrontará a los Pumas. Ahí ya no valdrá con jugar medio partido.

En el grupo A, Canadá mandó a casa a Tonga con un triunfo (25-20) que corrobora la impresión de crecimiento del rugby norteamericano. Por fin en partido del grupo D, Samoa también abusó de Namibia, el equipo más flojo del torneo por ahora, y le metió los mismos puntos que ya le había hecho Fiji (49-12).