¡Soy un Puma, soy un Puma, soy un Puma!

7 10 2011

En Argentina siempre hubo grandes jugadores de rugby (Hugo Porta fue, acaso, el más excelso de todos). Aún los hay. Y hasta hace bien poco un medio de melé, Agustín Pichot, que le agregó a su estupenda carrera el corolario de aquel tercer puesto en el último Mundial. Esa inolvidable hazaña arrancó con un triunfo sobre Francia en la fase de grupos, el ensayo de Corleto y la arenga de Pichot al final del encuentro, en el medio del eufórico círculo de los Pumas: “Eh, eh… -les gritó autoritario el capitán-. Recién empieza. No quiero ver a nadie saltar. Esto es una Copa del Mundo y vamos hasta el final”. El documental, hermosísimo, titulado Pumas de Bronce, Corazón de Oro, rememora el trayecto de los Pumas desde la preparación hasta el cierre por el tercer puesto contra Francia, en la Copa del Mundo que iba a cambiar para siempre el rugby argentino y, de manera previsible, el juego en el inaccesible Hemisferio Sur. La inspiradora ascendencia del capitán Pichot se advierte de manera emocionante en los últimos minutos de este vídeo de highlights del estreno puma en la RWC 2007. Y, por supuesto, en esta racial charla de Pichot en el vestuario antes del último encuentro.

La capacidad de inspiración de los Pumas en esas semanas de competición provocó y ha mantenido, desde entonces, una amplísima producción publicitaria a su alrededor, que extiende la idea de valor irreductible del equipo argentino. Anuncios como el célebre “Soy un puma” para Adidas; o los de la firma Medicus de este año, insisten en la capacidad inspiradora del modelo que representa el equipo de rugby; y, por supuesto, aquel emotivo “No hay razón para jugar al rugby”, de Quilmes, que expresa de forma exacta la bendita locura que significa abrazar este juego hasta sus últimas consecuencias. Amor propio, esa es la marca registrada de los Pumas, que se enfrentan este domingo al mayor obstáculo que cabe imaginar: los All Blacks. Esos tipos de negro. Esos 15 hombres sin piedad. Y en su campo, en Eden Park, ante su gente, resueltos como siempre, altivos y retadores, sostenidos por el apoyo innegociado de un país. ¿Un desafío excesivo incluso para los indómitos argentinos? Probablemente. Pero, como recuerda otro anuncio de estos días, a otros equipos los motivan poniéndoles vídeos de gladiadores; a los Pumas los motivan con vídeos de los Pumas…

Nueva Zelanda fue, por números, el incontestable mejor equipo de la primera fase (aunque no el que más nos gustó): ganó todos los partidos y todos con el punto bonus (más de cuatro anotaciones), posó 36 ensayos en total y anotó 270 puntos. Sólo fue por detrás en el marcador apenas unos minutos, como ya contamos, cuando Canadá se puso 3-0. Todos los peros que queramos ponerle al equipo de Graham Henry vienen con una advertencia previa: hablamos de los All Blacks. Es decir… que aun sin alcanzar su mejor versión, están en un nivel de excelencia inabordable para la mayoría de los equipos del mundo. Ahora, pueden perder. Y las copas del Mundo lo demostraron. Sabemos que Argentina puede competir con cualquiera, defender a cualquiera, ganarle las fases estáticas a cualquiera, competir convirtiendo el partido en una batalla de deseos. Sí. Pero la pregunta es: ¿Pueden los All Blacks perder contra Argentina? O sea, ¿puede la argentina de Santiago Phelan comprometer, interrumpir, quebrar, obturar el torrencial juego de Nueva Zelanda, la prodigalidad de sus carreras de ruptura, ese modo inigualable de meterse contra la defensa rival y soltar una descarga del balón para el apoyo, y otra y otra, hasta pasar a a la espalda y reventar todos los espacios? ¿Puede Argentina ser táctica hasta la locura, como lo fue Francia hace cuatro años, cuando mandó a los All Blacks a jugar al ping-pong con la pelota, sin permitirles un solo hueco por el que penetrar? ¿Puede cortarle la corriente de juego durante 80 minutos a un equipo que hace un rugby de ataque con la participación de los quince que están en el campo? Y, después, claro: ¿Puede golpearle, hacerle ensayos, provocarle carreras defensivas en sus zonas descuidadas, preocuparlos con la pelota, comprometer la a veces insuficiente defensa negra, ganarle líneas de ventaja con frecuencia, amenazarla al contraataque, obligarla a cometer errores, castigarlos con el pie? Es verdad que al rugby se juega con el corazón. Pero no conviene confundir un eslogan publicitario con la realidad en el campo de juego: el corazón es básico. Pero lo demás es inteligencia, físico, táctica, ejecución, habilidad y competición. Los Pumas no hicieron lo que hicieron hace cuatro años sólo con el corazón. Pusieron rugby, mucho juego, mucha calidad, muchísimo conocimiento, una vastísima experiencia y un deseo incomensurable. A Hugo Porta le hicieron esas mismas preguntas, de uno u otro modo, en memoria del Pumas-All Blacks de 1985, aquel 21-21 en la cancha de Ferrocarril Oeste, donde Porta anotó todos los puntos argentinos. Su respuesta: “Y bueno… todos los partidos hay que jugarlos”. Para qué responder si el mismo Huguito no lo hizo. Jueguen, entonces…

    • Slade, el 10: Henry deshojó a favor de Corin Slade la margarita del relevo de Dan Carter en la posición de medio de apertura. Cruden queda fuera (fue el último en llegar y era impensable que lo hiciera titular, saltándose su propia jerarquía a la hora de hacer la lista de los 30 que llevó a la RWC), y Piri Weepu comienza como medio de melé. Una elección interesante porque Weepu tiene puntos en el pie por si a Slade le da el baile de San Vito y, sobre todo, carácter y oficio suficientes para un partido que se anticipa muy perro ahí delante, con la gente como Roncero, Ledesma, el Pato Albacete o Leguizamón (añoranza de Fernández-Lobbe), enfrentados a perros de presa como Franks, Woodcock, Mealamu, Brad Thorn, Kieran Read y, last but not least, el señor Richie McCaw.

      Colin Slade, a la izquierda, e Israel Dagg hacen el berraco durante un entrenamiento de los All Blacks: el número 10 jugará hoy, otra vez y el resto del torneo, bajo la oscura y alargada sombra del ausente Dan Carter. Foto: AAP / Patrick Hamilton.

    • González Amorosino no, Muliaina sí: Phelan se decidió por Martín Rodríguez Gurruchaga como zaguero, dejando otra vez fuera al héroe de la victoria contra Escocia: Lucas González Amorosino. Este último tiene más amenaza en ataque con la pelota en la mano, pero por algún motivo Phelan prefiere al zaguero del Stade Français, cuyas dificultades para precisar patadas a palos durante el Mundial le ha ganado muchos recelos en Argentina. Uno no los vio lo suficiente a los dos como para inclinarse con argumentos, pero en estas semanas le llamó mucho más la atención González Amorosino: si alguien tiene un juicio más ajustado, bienvenido sea. La continuidad de Mils Muliaina en el puesto de 15 puede deberse a la baja de Israel Dagg, que no está siquiera en el banquillo. Un jugador con muchos adeptos, magnífico en su mejor versión al contraataque, seguro en el fondo. A mí, sinceramente, Dagg me había impresionado.
    • Sonny Bill Williams: a pesar de los cuatro ensayos de Zac Guildford frente a Canadá, Henry mete más madera a la locomotora negra con la aparición de Sonny Bill Williams en el ala izquierda. La adición del púgil y rugbier compone una línea demoledora, capaz de un rugby de gran potencia física y lleno, también, de sutilezas: en línea a partir de Colin Slade estarán Ma’a Nonu, Conrad Smith y Sonny Bill Williams. Al otro lado, Cory Jane, que también ha desplazado al muy potente Richard Kahui. Veremos como funciona Sonny Bill por afuera (no desconoce el puesto, ni mucho menos): suena a amenaza adicional para los Pumas. Y si se cruza para jugar por dentro, un tercer centro oculto. Por ahí tiene sentido el regreso de Felipe Contepomi al puesto de primer centro, porque en ese medio campo van a hacer falta hombres que no le tengan miedo a nada.
    • Woodcock / Figallo: en la excelente primera línea argentina entró, con perfil bajo dada la personalidad y trayectoria de Roncero y Ledesma, un número 3 de libro: 1,87 y 115 kilogramos. Hasta ahora hizo un torneo excelente. Un joven de 23 años al que este domingo le toca medirse cara a cara con el fiero Tony Woodcock (30). La próxima evolución del rugby televisado deberían ser cámaras personalizadas en la melé, que nos permitieran seguir en detalle la historia subterránea de encuentros como éste. Puede que convenga que no sea así, para tranquilidad general de la población y por el buen nombre del rugby… Pero algunos tendremos un ojo puesto ahí, en el punto exacto del morrillo en el que Juan Figallo impacte en cada scrum con Tony Woodcock.

Figallo, segundo por la derecha, en un momento relajado de entrenamiento de la melé junto a Creevy, Scelzo y Maxi Bustos. La fuerza argentina está delante: hasta tres primeras líneas hay entre los suplentes. Foto: AP Photo / Natacha Pisarenko

Nueva Zelanda: 1 Woodcock, 2 Mealamu, 3 Owen Franks; 4 Brad Thorn, 5 Whitelock; 6 Kaino, 7 McCaw, 8 Read; 9 Weepu, 10 Slade, 11 Sonny Bill Williams, 12 Nonu, 13 Conrad Smith, 14 Cory Jane, 15 Muliaina. Subs: 16 Hore, 17 Ben Franks, 18 Ali Williams, 19 Victor Vito, 20 Jimmy Cowan, 21 Cruden, 22 Toeava.

Argentina: 1 Roncero, 2 Ledesma, 3 Figallo; 4 Carizza, 5 Albacete, 6 Farías Cabello, 7 Leguizamón, 8 Senatore; 9 Vergallo, 10 Santiago Fernández, 11 Agulla, 12 Contepomi, 13 Bosch, 14 Camacho, 15 Rodríguez Gurruchaga. Subs: 16 Creevy, 17 Scelzo, 18 Ayerza, 19 Campos, 20 Lalanne, 21 González Amorosino, 22 Imhoff.

Hora: Domingo, 9 de octubre, 9:30 horas (Canal+ Deportes).

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El Mundial, de espaldas

14 06 2010

El Diego y su barba encanecida hacen un busto interesante. Un consejo: guárdese al Pipita y ponga a Milito de una pinche vez.

Después de veinte años de ejercicio profesional y cuarenta de existencia, uno casi ha vencido el tormento por la naturaleza elusiva de los Mundiales. Durante años resolví consolarme con una ley de proporcionalidades convenientemente arbitraria: yo tenía las mismas opciones de ir como enviado especial a un Mundial que España de ganarlo. No hace falta decir que pervivía bajo tal formulación una fina rabia de ambición traicionada. Casi infantil, como demuestra esta pataleta. Estamos de acuerdo. Pero no vengamos ahora con objeciones: muchos de ustedes acostumbran a afearme la ausencia de una ilusión concreta, de ambiciones vitales definidas, la consabida meta existencial. Ahí va ésta, ya confesa en alguna comparecencia anterior: el único interés que me fue quedando por el periodismo con el paso de los años fue el de contar unos Mundiales o unos Juegos Olímpicos. No ha ocurrido. Acepto que no no ocurra nunca, ahora ya sí. Y para completar la derrota, si hemos de ponernos dramáticos con el término, a esta hora parece haberse operado una modificación decisiva:  pasan los campeonatos y yo sigo del mismo lado del televisor, mientras que España cobra verdadera naturaleza de candidata al triunfo. Lo cual indica que nuestra amargura podría, por primera vez desde que yo empecé a ver copas del mundo en 1978, presentar una concluyente divergencia.

Tal cosa habrá de confirmarse en estas próximas semanas. En lo que se refiere a mí, vuelvo a parapetarme y disparar con espuma de jabón desde el Somniloquios mundialista, ahora que los diarios arden con bitácoras de cualquier tenor referidas al campeonato. Al Mundial ya va cualquiera, así que el día que me llamen no pienso acudir; y del Mundial habla hasta el gato, de modo que aquí no vamos a ser menos. Como ya ocurrió en la anterior edición, advierto de que la incoherencia y heterogeneidad (ésta muy mal entendida, por cierto) animarán los comentarios que aquí dejemos. Conviene también avisar de que la serie empieza hoy y podría acabar también hoy mismo: todo dependerá de la capacidad de apelación y divertimento que sea capaz de generar el campeonato en alguien de atenciones tan dispersas como el hombre somniloquio. Del primer fin de semana puedo inferir ya una conclusión que he de compartir: el fútbol cada día me aburre más. ¿Soy yo o de verdad los partidos, todos los partidos que he mirado -muy de soslayo por cierto- han resultado una severa castaña? Debo de ser yo. Antes de nada, declaro en honor a la verdad que he pasado semanas de radical desintoxicación de fútbol, desde que terminó la Liga esa que juega el Zaragoza. No vi ni uno solo de los encuentros de preparación de la España, porque terminé el campeonato doméstico harto, abatido, desinteresado por la suerte de unos y otros, con un rampante hastío de balón y portería. Todo cruzado por la nítida impresión de que no sería capaz de mirar un partido del Mundial hasta, al menos, los cuartos de final. Y la verdad, no se puede decir que haya visto ninguno. Así que éste bien podría ser el primer blog sobre el Mundial en el que el autor no ve el Mundial. En otros lo parece. En éste será verdad: el Mundial, de espaldas.

Ese señor de rojo que señala con muy poca educación es el seleccionador de Alemania: hasta que no leí hoy el nombre en los diarios, fui incapaz de saberlo. En cuanto no se llaman Vöeller, Klinsmann, Vogts o Beckenbauer, me pierdo... Lo mismo con los futbolistas.

Hagamos números. Me dormí antes de que empezara el partido inaugural y luego bajé a montar la flamante batería acústica que me he hecho instalar en el búnker del trastero, por si viene una guerra mundial y puedo hacer ruido sin que nadie se preocupe de mis patadas al bombo. Cuando regresé a casa, México y Sudáfrica seguían en lo suyo. La taba esa que metió Thasabalala me agarró mirando a otro lado, desde luego; para el de Márquez ya me había ido a hacer algo más interesante, que desde luego no era trabajar. Lo de la noche, que fue Francia con no sé quién, me dejó de interesar en cuanto cantaron La Marsellesa, lo que más me llama la atención del hecho francés. Perdonen ustedes pero yo no puedo interesarme por un equipo que, a estas alturas del siglo, presenta a Anelka por delantero. El sábado andaba este cronista resfriado, a resultas de lo cual visité la farmacia y le dije a la chica del otro lado del mostrador: “Dame el producto más potente que haya en el mercado para un catarro bien común”. Sin decir palabra, la muchacha ingresó en esos cristalinos pasillos interiores de la botica y salió con una caja de apariencia mundana. Pero anunció: “Prueba esto, lleva doble de todo”. El doble de todo hizo su trabajo: me tomé el ácido sobrecito después de comer y sólo me desperté a diez minutos del final del partido de Argentina contra Nigeria, que agarré (y ahora hablaremos de eso) por un stream de internet en el que lo mismo relataban en lunfardo que en metálico alemán. Disculpen que no emita aún juicios de valor sobre la Argentina. Sólo advierto esto: si el Diego hace algo grande con Samuel, Heinze, Higuaín y Verón en el equipo titular, doy la vuelta olímpica al Obelisco de la 9 de julio este mismo verano. Respecto a Inglaterra, lo sé todo. La tengo por una selección mediocre con un futbolista por encima de la media pero físicamente tocado (Rooney),  jugadores en franca caída respecto a sus mejores días (Gerrard, Lampard, Terry), y un prestigio indefendible. Conjunto del que sólo podría animarme un milagro Capello. Yo no soy nada del entrenador Capello, pero sí mucho del personaje Capello, que me parece fantástico. Visto lo poco que vi, creo que ni siquiera Fabio puede hacer andar tal armatoste: no tiene portero (hace siglos), no tiene centrales, no tiene centrojás ni delantero respetable. A estas horas uno no puede ir a ningún lado con Heskey y Crouch: Lineker en pantuflas les da cien vueltas a esos dos…

El domingo, a la hora de los serbios y los ghaneses me fui de vermú; no ver a Eslovenia me pareció una cuestión de principios; para cuando llegué a Alemania, ya ganaban 3-0. Yo quería verlos, lo prometo, pero me fui a dar un paseo crepuscular y cuando me di cuenta me había quedado dormido al borde del Ebro, sobre la fresca hierba ribereña, en alegre estampa dominical de una implacable decadencia. Leo crónicas muy entusiastas acerca de la transformación alemana, posibilidad que me intriga bastante: ¿Pueden transformarse los alemanes? A simple vista valdría la presencia del moreno Cacau o el filoturco Mesut Özil para sancionar la conjetura, pero con los germanos las apariencias nunca fueron

Ya sabemos que el Jabulani es un experimento científico, no un balón, pero basta ya con el verso de la pelotita en cada Mundial, siempre lo mismo. El porterito inglés se hubiera comido igual un Tango del 78, que era el balón perfecto.

un indicador fiable. Suele decirse de manera muy ligera que los equipos alemanes son eficaces pero mediocres. Los ha habido de ese tipo, por supuesto, pero la mediocridad alemana (como la brasileña, aun de otro modo) tiene muy poco que ver con la mediocridad del resto. La eficacia, también. Entre la mediocridad alemana y el brillo holandés (que fue Cruyff y sus alrededores, nada más, por más que se empeñen), prefiero lo germano. Por ahí alguien ha subrayado que su mejor equipo fue el del 74, excluyendo todo lo demás. Pero no olvidemos el del 82, que me parece bastante formidable, ni desde luego los del 86 y el 90, por nombrar alguno. Y de paso, recordemos que golearon a Australia, y tal: o sea que, por ahora, lo que ha logrado Alemania es parecerse a España en eso de golear en la primera fase. No me culpen de la ironía: son muchos años de costumbre como para incurrir ahora en el entusiasmo. Y sin embargo, estamos rodeados…

Por lo demás, el verso del balón de playa que detestan los porteros por su engañoso vuelo ya ha hecho tradición en estas competiciones. Es parte del paisaje, de la rutina, de la liturgia. Ahora se llama Jabulani como antes tuvo otros nombres. Desde que murió el Tango, sobre todo la versión original, no ha habido otra pelota igual. De hecho, esto último no son pelotas, son artificios ideados para jugar con ellos al fútbol, pero no balones de fútbol. Yo tuve uno de esos Jabulani en la mano hace no mucho tiempo, cuando fui a comprarle a mi sobrino un balón de reglamento, y juro que tocarlo me produjo la misma aprensión que acariciar una serpiente. No tenía el tacto de una pelota. Ni siquiera el de una pelota moderna, porque hace años que las pelotas ya no observan el tacto del que guardan memoria nuestros dedos: el cuero, los pentágonos, los cosidos y demás… No sé, son livianas, sin costuras, perfectamente redondas, no presentan errores ni discontinuidades geométricas. Son esferas científicas, ideadas por ingenieros y matemáticos. Yo me pregunto: si ponen uno de estos balones en el Mundial del 70, ¿cuántos goles hubiera hecho Rivelino? No menos de veinte, me atrevo a calcular…

Por lo demás, sabido es que los Mundiales sólo sirven de verdad para hacer avanzar la ciencia en dos campos vitales para la supervivencia de la especie: el de la elaboración de pelotas de fútbol, ya glosado, y el de los aparatos de televisión. Puede que en Argentina, Alemania o Italia recuerden cada Copa del Mundo por sus equipos, pero en España cada edición tiene que ver con un televisor, o casi. Ahora que la única alternativa son las 3D y la Alta Definición, yo no tengo ni siquiera canal de pago. Cuando los gurús de la Comunicación anunciaban hace años que los Mundiales acabarían emitiéndose en canales pay per view, me parecía una monstruosidad, un sacrilegio, desde luego un drama del que habría que huir abonándose a lo que fuera, a cualquier precio. Ha ocurrido y aquí estamos, tranquilamente. Sin imágenes. Cuando las hay, sin sonido, no sea que nos azote el trompeteo sudafricano o los comentarios de JJ Carbonero. Y así nos pilla el Mundial, mirando para otro lado. Por lógica inversa no sería raro que, mientras aquí miramos hacia otro lado, España saliera campeona. Confirmaría que no estoy hecho para esto, se pongan como se pongan.