El país llamado rugby

6 03 2011

El rugby es un país, una nación inconsciente. De Tarazona a Christchurch, de las campas inglesas a la Tierra de Fuego,

Una imagen de la UE Santboiana en su campo del Baldiri Aleu frente al Gernika, en partido de esta temporada. Foto: Jordi Elias

de Cape Town a Fadura, del Parque de los Príncipes al viejo estadio de Colombes, de Arms Park al Pepe Rojo, al Velódromo de Zaragoza, a la Albericia, al Baldiri Aleu. Todos los lugares, el mismo lugar. Los otros días vi de nuevo Salvar Al Soldado Ryan y ese plano en que el hombre agotado recoge en un tarrito la arena normanda al final del sangriento desembarco en Omaha Beach me hizo acordar del rugby. El rugby es el territorio mítico, la nación común e indistinta de todos los que alguna vez pisamos el pasto desigual de los campos y escuchamos desde dentro el crujido sordo de los cuerpos. Compramos camisetas de equipos pero igual podríamos guardar un pedazo del piso maltrecho que asesinamos en la pelea del partido, y ponerlo en un frasco de cristal rotulado con identificación geográfica, para que quienes miran los anaqueles seapan que allá y allá y también allá estuvimos luchando. En lugar de guardar la tierra, compramos camisetas y tenemos camisetas y cambiamos camisetas y hasta robamos camisetas, de todos los lados, de cualquier lugar, también del nuestro, de los equipos viejos, de todos. Y las metemos a un cajón y ese cajón es nuestro patio de banderas.

Qué hermoso haber pasado este domingo por Sant Boi, ahora que se cumplen cien años de rugby en España, y ver a la Unió Esportiva Santboiana, el primer club de la historia de este deporte en España (1921), derramar rugby y vida por la permanencia en la División de Honor. Partido de tremenda emotividad contra el Ciencias de Sevilla, jugado con el peso de la amenaza en una mañana gloriosa de sol y de grada rebosante, entusiasmada, de la que formamos parte. Qué hermoso haber pisado al final la tierra magullada del Baldiri Aleu, el campo bautizado en memoria del hombre, hijo de Sant Boi, que partió a Toulouse a estudiar Veterinaria y regresó, de forma literal, con un balón ovalado bajo el brazo. Así entró el rugby en este cachito del mundo, y por extensión en nosotros; un hito festejado de manera permanente por la plaza con la escultura de un enorme balón que preside la entrada a la localidad, bajo esta orgullosa leyenda: Sant Boi, bressol del rugby. La cuna del rugby.

El hombre Somniloquio, a la sombra del tótem: gigante contra cabezudo.

Viendo a la Santboiana con el Ciencias constaté la única pertenencia inequívoca: la del oval. Si lo entendió todo bien, nadie es jamás de un solo equipo de rugby, sino de todos al mismo tiempo. Por eso lo mismo aplaudimos con aparente incoherencia los rutilantes ensayos locales que la carga de infantería que los andaluces armaron en la segunda parte, cuando su delantera apabulló en las fases estáticas (hasta forzar un ensayo de castigo en una melé a cinco) y creció en las dinámicas (creo recordar al menos dos marcas por obra y gracia de los gordos). El partido acabó 35-29 del lado de los catalanes, que seguirán en División de Honor, pero antes proporcionó para su final una escena culminante: un scrum de la UES a las puertas de su propia zona de marca, después de que el Ciencias extraviase en un balón caído el ensayo ganador. Lo había trabajado delante con el destructivo mimo con el que los gordos hacen estas cosas; lo tuvo hecho y lo perdió en el pase resolutorio, al final de la línea. Ese leve error permitió a la UES aguantar la posesión en la interminable melé, último episodio de resistencia, que clausuró el partido. En esos minutos uno quiso estar allá dentro, mezclado en la primera línea, en cualquiera de los dos lados o tal vez en los dos, absorber el empuje, tensar el abdomen, agotar las dorsales, luchar con una sola mano por no ir abajo y por no ir atrás. Saborear otra vez más la colosal gloria, irrenunciable, de estar en el único lugar al que uno en verdad pertenece. Y luego ir al pasillo, aunque sea vestido de espectador, y decirles a los muchachos uno a uno: oigan, yo voy con ustedes, yo soy de los suyos, yo también juego al rugby. Todos los que estuvimos ahí sabemos que no representamos sólo una camiseta, a un equipo, un club o una ciudad. El rugby es el país sin colores.

Y sí: después compramos una camiseta y nos hicimos unas fotos bajo palos con el gigante de la Santboiana. Ver rugby es como ir de turismo a un universo paralelo. Nadie está solo en esta galaxia. ¿Ciudadanos del mundo? No. Somos turistas de la vaselina en las orejas.  Habitantes de la melé. Entusiasmados patriotas del planeta oval.

Anuncios