Rumbo a la Antártida

24 01 2017

cubierta

La publicación de Siempre nos quedará la Antártida (Anorak Ediciones) supone, en palabras que le tomaremos prestadas al hidalgo Adolfo Bioy Casares, “una primera y misteriosa culminación”. Así debo considerar el hecho ya inevitable de que Somniloquios, creado en un tiempo que ahora me parece extinto, en sucesivas noches sin fondo en las que buscábamos superficies a las que agarrarnos, haya licuado en un libro de apariencia exterior tan hermosa. Un libro que a uno le gustaría tener. Y que en cierto modo no puede siquiera imaginar haber escrito.

Es así porque, para ser honestos, uno no está seguro de ser ya el hombre al que comúnmente llamaremos autor de todas esas entradas (un total de 60 de las alrededor de 600 que tenemos registradas aquí). Entradas de un dietario voluble (Vila-Matas) que hoy, reunidas bajo un orden que quiere ser virtuoso, puestas en página, corregidas y diseñadas, logran esta belleza de hielo azulado y se aparecen como capítulos de una historia incierta; y por momentos, incluso, relatos de cierta vida, tan ajena como embustera. Ha pasado el tiempo y han pasado muchas cosas. Dentro y fuera de esa especie que entonces escribía con generosa, casi ansiosa frecuencia, y que ahora adopta un tono más lánguido y espaciado, menos mordaz que entonces. Esa especie que reúne todos los diferentes yoes que habitan en el Yo. “Ese ‘yo’ repentino que abre el libro” (escribe Roberto Miranda en el prólogo). Y su cacofonía de voces. Una infusión borrosa de personalidades titubeantes, a cuyo conjunto siempre conocimos así: el hombre somniloquio.

Este campo de batalla helado que nos queda fue alguna vez un oasis de preguntas y respuestas; de lectores generosos hasta la emoción, que pedían que alguna vez Somniloquios fuera un libro. Bueno, ahora ya lo es… aunque no sé cuántos de aquellos fieles han resistido el ingrato abandono que les procuré. De entre todos, Sergio Anorak nos ha permitido completar el viaje. A él y a todos los que alguna vez pasaron por aquí. A todos ellos, los que vinieron a dialogar conmigo en la altura insondable de las madrugadas, está dedicado Siempre nos quedará la Antártida. A los que me han leído o se disponen a hacerlo o alguna vez lo harán. A mi padre, que no se perdía uno y que cuando le gustaban, con entusiasmo contenido, me decía: “Me lo he leído dos veces”.

A todos les prometí aquí en cierta ocasión que, cuando no quedara ya otro remedio, algún día partiríamos rumbo a la Antártida. Esta noche los invito a iniciar el viaje conmigo. Dejo a modo de plano con el que guiarnos un extracto del desaforado prefacio que abre el volumen.

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Santos Lugares

1 05 2011

"La vida es tan corta, y el oficio de vivir tan difícil, que cuando uno empieza a aprenderlo ya hay que morirse".

Muere Ernesto Sabato mientras yo leo, en desordenada sucesión, a Rulfo, a Vargas Llosa, febril y admirativo como siempre a Onetti, luego a Dos Passos. Muere y John Carlin iguala en una inteligente chanza a Mourinho con un personaje de Shakespeare, lo que no tiene nada que ver o sí. Son apenas coincidencias dominicales. Y releo la confesión del pintor Juan Pablo Castel que asesinó a su amada, como un Otelo, e interrogo de nuevo en El Túnel, como hice pocos meses atrás en la última relectura, los caminos ignorados que me llevaron en secreto a escribir cosas como Laura en Abril,  o El Oído de los Muertos, tentativas de relato de inconsistente construcción que llevan mucho tiempo arrumbados en alguna esquina de este o aquel cuarto. En ellos se confiesan hombres que matan por amor o desesperación, a una mujer amada o a sus mismos progenitores, y me pregunto qué libro y qué historia no fue escrita antes y no fue, además, escrita mejor. Yo pensé un hombre que se retira a la cama de por vida y jamás alcancé a escribirlo. Onetti fue ese hombre, un descubrimiento que no me abandona: la impenetrable prosa alambicada del desespero, que ahora comparo de forma por demás innecesaria con la tenebrosa claridad de Sabato.  Y leo a los críticos o hagiógrafos que alternativamente consideran su obra erosionada de credibilidad por estas décadas, y los que lo emparentan en una trinidad superior de las letras argentinas con Borges y Cortázar, que me cuesta aceptar aunque yo no alcanzo la estatura precisa para un juicio determinante acerca de esa posibilidad. Leo a quienes rememoran sus desencuentros y los encuentros con Borges, y la peripecia del Informe Sabato sobre la dictadura de Videla, la mancillación de su prefacio por el kirchnerismo, la aún próxima controversia de Vargas Llosa con los adláteres de Cristina, presidenta de la Argentina, las crueles bromas de Borges y Bioy Casares acerca de la crónica tristeza de Sabato o su obra en el monumental Borges de Bioy, y el cruce de influencias domesticado por Sabato, entre la corriente aristocrática de los autores de la revista Sur y alguien como Roberto Arlt, reportero de fútbol, cronista policiaco, luego autor existencial, “mezcla de Dostoeivski y Paul de Kock, un existencialista fuera de época”, en palabras de Sabato que recobro de un ignorado ensayista francés. Pienso en Camus hace tantos años, en The Cure (Killing an Arab: “Staring at the sea / staring at the sun / staring at myself / reflected in the eyes / of a dead man on a beach”), en Faulkner, en los aforismos de Kafka. Muere Sabato y me digo que no importa demasiado salvo a quienes lo acunaban en la ciega posteridad de la vejez, los que oyeron en estos últimos tiempos todas las palabras, dichas con la tranquilidad y la garantía de estar diciendo frases apenas póstumas, que nadie habrá de recordar. Que no importa porque en domingo nada importa del todo y hoy es domingo, un domingo. Y sobre todo porque la Literatura no es sino un tiempo sin tiempo, pienso de manera torpe. Bastan un estante, unos dedos que recuperan el antiguo volumen, una visita a la biblioteca, una descarga en pdf, una cita aquí o allá. Leo esta violenta refutación de Borges, culminada antes de la publicación de Sobre Héroes y Tumbas, que registró Bioy en su dietario, una entrada del 10 de agosto de 1956:  “Sabato también desaparecerá, sin dejar rastro, después de la muerte. Es curioso el caso de Sabato: ha escrito poco, pero ese poco es tan vulgar que nos abruma como una obra copiosa”. Y quién soy yo para refutar a Borges… O para dialogar con Sabato.