Entretiempo

27 09 2010

Estuve en la Luna. Y regresar de un lugar tan lejano lleva su tiempo. Fui allá, de vacaciones al satélite nocturno, acompañado por una alegre cuchipanda de policías dipsómanos, asesinos que no pagaron su crimen, prostitutas de Tinseltown, necrófilos burgueses, terroristas ácratas y agentes boxeadores. No hacíamos un grupo muy halagüeño, pero es el tipo de gente con la que prefiero juntarme. Sus excesos me ocuparon tardes y mañanas, aunque los atendí con un desorden y una inconstancia mayores de lo habitual. No es que no me llamaran la atención, es que me costó concentrarme en sus dramas sin moral, incluso concentrarme en la diversión que me procuran las malas compañías, que siempre me sentaron tan bien bajo el sol y el agua: debió de ser por la falta de gravedad, que me impedía poner los pies en el suelo. Allá llevé una vida tranquila. Ensayé las rutinas que un día quisiera imponer. El piso es cálido y auspicia el placer infantil de caminar descalzo: puedo nombrar esa mínima victoria como una de las felicidades mayores. Hubo otras, todas cotidianas. Por las mañanas nadaba en el Mar de la Tranquilidad, donde me gusta hacer el muerto. Allí nadie puede tocarme. Soy ligero, soy ajeno, soy lejano, soy nuevo y antiguo a la vez, soy un héroe sin tiempo, que ha traspasado los límites y puede situarse exactamente donde lo lleve su memoria. Visité los fondos. En los fondos yacen antiguas naves de un tiempo extraviado, puentes de mando herrumbrados, torretas que han reinaugurado una feraz existencia a su alrededor. Es hermoso. Ya de tarde, salía a pasear con Lady Blue y Laika, que no extraña la Tierra. ¿Y por qué iba a hacerlo? Allá los ladridos no hacen ruido. Y los crepúsculos son interminables. El sol baja tan despacio que parece no querer irse nunca. Los días poseen una luz inigualable, nítida, intensa, feliz. Los azules son más azules, los verdes son más verdes, las pieles son canela. Algunos días soplan vientos enloquecedores y uno piensa en huir, pero no lo hace. En la Otra Cara la calma es absoluta. Sólo hace falta ir a buscarla.

Regresé cuando en este planeta ya era septiembre. He soñado (tal vez he pensado) que me retiro a un lugar sin estaciones, un espacio de clima sereno, constante. Alguno he conocido, me sirve de modelo. Una línea de fuga a la que tender. Algo en que pensar: ceremonias de interior, teatros silenciosos del pensamiento con los que entretener la rutina del ávido invierno. Hubo que volver. Siempre hay que volver, y siempre parece que haya que interrogarse para qué. El reingreso en la atmósfera es la maniobra más peligrosa, lo sabe cualquiera, pero yo preferí apurar hasta el útimo segundo y entré en un ángulo precipitado, sin atender demasiado a los cálculos matemáticos de otras veces. Me dije: si uno ha de desaparecer, por qué no hacerlo convertido en una bola de fuego que se extingue allá arriba, dibujando un mágico fulgor en el cielo, un picado espectacular, una estela caprichosa, algo que todos puedan admirar encantados, sin asomo del dramatismo que preside la escena verdadera. Mejor que ser engullido por la tierra o el fuego y un responso al polvo. Pero sobreviví al impacto. No debí hacerlo, fue equivocado. Este tiempo lo he pasado en una cápsula de readaptación. Ya tengo los pies en el suelo, pero prevalece la placentera sensación de ingravidez de las aguas profundas y los abismos del espacio, un leve vaivén que no alcanza a ser mareo. Mi cuerpo ha vuelto. El cerebro emite señales contradictorias, de escenas ya trascendidas y sin embargo tan insistentes. Por el cristal veo discurrir ante mí episodios repetidos de lo que siempre fue mi vida, en las que debería reconocerme, a las que tal vez me hubiera de aferrar para retomar el inevitable paso. Ha vuelto la muerte, ha vuelto la angustia, ha vuelto la pobreza,  el entretiempo infame con su revoleo de fulares y cardigans y blazers. Siguen la desesperanza, el hastío, la nostalgia, la incertidumbre. Aceptarlas, combatirlas, forma parte de la terapia del regreso. Pero no me reconozco. La gente pasa, saludan con una sonrisa de significado incierto, me hablan al otro lado de la frontera traslúcida de mi cápsula, tal vez como a un héroe, como a un olvidado, igual que a un loco. Trato de leer sus labios y admito que sé lo que dicen. Cómo no iba a saber lo que dicen… Lo confieso: no es nada que desee recordar.

Hablo a oscuras, represento tragedias oníricas, anhelo agujeros negros que revienten en supernovas. El cocodrilo astronauta soy, en órbita lunar…





Canción de amor que se aleja

27 04 2010

Puede que tenga que ser con música, que llena de principio a fin los días. Puede ser que así volvamos. Me prometí hace mucho que el día que muriera Samaranch contaría la comida en la que participé con él cierta mañana lluviosa de 1999 en Lausana. Lo prometí y he de cumplirlo… Mientras, la música y los libros, sustancia decisiva en la supervivencia. Martin Amis (ahora) y Onetti (ahora y siempre…); y el último, denso, intenso cancionero de Enrique Bunbury, quien sigue escribiendo piezas que muy pocos (en mi modesta opinión) podrían escribir en este país. Después del trallazo de ‘Helville de Luxe’, el perfil íntimo, serenamente desgarrado de ‘Las Consecuencias’, más cerca del inolvidable ‘Pequeño’, pero sin ser ‘Pequeño’. Y esta revisión de Jeanette, que vibra dentro y remueve el edificio entero. El vídeo oficial está requisado (!); la voz femenina es Miren Iza, de Tulsa.

Queda, qué poco queda / de nuestro amor apenas queda nada
apenas ni palabras / quedan…

Queda sólo el silencio / que hace estallar la noche fría y larga / la noche que no acaba / Sólo eso queda… /

Sólo quedan las ganas de llorar / al ver que nuestro amor se aleja
Frente a frente bajamos la mirada /pues ya no queda nada de que hablar
nada…

Queda poca ternura que  alguna vez haciendo / una locura un beso y a la fuerza
Quedan… 

Queda un gesto amable / para no hacer la vida insoportable / y así ahogar las penas  / Sólo eso queda…

Sólo quedan las ganas de llorar / al ver que nuestro amor se aleja
Frente a frente bajamos la mirada / pues ya no queda nada de que hablar
nada…

[Frente a Frente, por Enrique Bunbury]





Década infame para las canciones (4)

19 01 2010

La angustia del milenio viene a buscarnos en formas diversas. Del exterminador de Primal Scream al Niño A de Radiohead, el humor inteligente de Sufjan Stevens -uno de esos compositores norteamericanos que ven la realidad magnificada y la cuentan-, un Morrissey que regresa con crisantemos en la voz y la vuelta de Tim Booth y James a nuestros corazones. Por cada vuelta hay una despedida, como la de The Killers, grupo que pudimos amar para siempre y lo dejamos en un rato. Y algunas pequeñas locuras ambulantes de Calamaro o Bunbury, dos de nuestros personajes favoritos por razones bien distintas. Aquí hay de todo y todo bueno. Por supuesto, Wilco, que ya no nos va a dejar… Todos estos muchachos son subcampeones de mi década. Los diez ganadores, en la última y definitiva entrega de esta (tan innecesaria) serie.


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XTRMNTR – Primal Scream (2002)
Primal Scream lo han probado casi todo, con diversa fortuna. Pocos tipos en la música del cambio de siglo han provocado adhesiones tan innegociables y una fobia intensa como Bobby Gillespie, el líder de la banda escocesa, baterista también de un grupo de cultos oscuros como The Jesus and Mary Chain. En este disco de post moderno acrónimo consonante, Primal Scream construyeron una enérgica trinchera desde la que librar la guerra del cambio de siglo. La música explota con rabiosa agonía electrónica, pero la actitud es la de las batallas más antiguas: bayoneta calada y cuerpo a cuerpo frente al constante enemigo. Swastiska Eyes, Kill All Hippies, Accelerator… Áridas exposiciones de protesta ruidosa, sampleada, pregrabada, mezclada sobre un fondo de rock vitamínico. Un álbum catártico para las tardes en las que uno necesita olvidar por las malas o negociar los más bajos instintos con la propia conciencia. 

 

Kid A – Radiohead (2000)
El año 2000 conoció la refundación sonora de Radiohead, una de tantas, el instante fundacional del siglo en el que la banda de Thom Yorke rindió su esperanza sónica y entró en algo que podríamos llamar, o no, puro nihilismo musical. Parecía que quisieran vaciar de materialidad su sonido, para entregarlo al creciente vacío. OK Computer había constituido una cumbre difícil de rebasar; ahí la denuncia estaba viva, aunque iba ganando el silencio del que sabe que le aguarda una derrota implacable. Kid A es la crónica sonora de esa derrota, un valiente extravío que, por supuesto, provoca rechazo o adoración. Hay quien ve en él una petulancia innecesaria, hay quien extraña los días de guitarra y rock grueso atravesado de fino pop de Pablo Honey; hay quien llega a pensarlos innecesarios a partir de Kid A. Yo estuve un poco con todos ellos, pero también mucho con Radiohead. En Kid A habían bordeado la fina línea entre el visionario genial y la locura transitoria. Esa línea la atravesarían, en mi opinión, en Amnesiac y Hail To The Thief, discos en los que no pude soportar la deconstrucción sonora de Radiohead. Kid A, sin embargo, conserva la mágica potencia de un apocalipsis. Es extrañamente hermoso.

 

 Hellville Deluxe – Bunbury (2008)
Enrique Bunbury es un personaje excesivo al que a menudo le salen canciones excesivas. Pero si el ruido del plagio no hubiera tapado los trallazos de este disco, todos hubiéramos ganado mucho. Dice Bunbury que tenía ganas de subirse al escenario y por eso facturó un álbum con predominio de un rock protéico, con un cierto desgarro de estrella venida al cemento, por fin, y un sonido más pegado a las guitarras que al cabaret. El Hombre Delgado Que No Flaqueará Jamás o Bujías Para el Dolor resumen el sonido de este Hellville Deluxe en el que Bunbury hubo de explicar demasiadas cosas que no tenía ganas de explicar, en lugar de hablar de su libro como hubiera reclamado Umbral. Después de muchos años sin encontrarle la gracia al engolamiento vocal de Bunbury, ni a la opacidad progresiva de Héroes del Silencio, la carrera en solitario del artista zaragozano me ha gustado cada vez más. Me interesa menos su lado circense (que defiende sin embargo con teatral acierto en directo) que su lado rockero. Y Hellville Deluxe, sin perjuicio de magníficos momentos en discos anteriores, me parece el mejor disco de su carrera en solitario. Y, de paso, un disco con una pegada que muy poca gente puede reunir en este país de amaias de Van Gogh

 

Hot Fuss – The Killers (2004)
The Killers no me gustaron un poco, me gustaron muchísimo. Hot Fuss, su debut, pero también Sam’s Town, el segundo de 2006. Quiero decir que durante mucho tiempo los convertí en una referencia que pasó por encima de toda la producción británica y que me pareció duradera. Tenían todo: eran americanos de Las Vegas, su rock podía ser despiadado o melódico, tenían esa rítmica poderosa, de púgil golpeador, traída del post-punk… Territorios que me gustan como una natilla con galleta. Por desgracia, Sawdust me recuperó del delirio; y en el último, Day and Age, saqué los pañuelos para despedirlos, mientras ellos alegremente lanzaban serpentinas desde la elevada cubierta de su transatlántico de éxito mainstream interplanetario. No se trata de que el mainstream no pueda rozarnos; aquí no somos clasistas. Es una cuestión de que la conexión se partió por el lado más fuerte, la música, que es en realidad el más débil. Así que regresamos constantemente a este Hot Fuss para oír de nuevo a los Killers que nos gustan. No un poco; mucho.

  

Hey Ma! – James (2008)
En 2001, los muchachos de James resolvieron separarse después de tocar fondo en el inicio de su tercera década juntos. Tim Booth, el inspirador líder vocal de James, quería iniciar una carrera en solitario. La historia es tan conocida, y comprensible, que no hace falta contarla. Hicieron una gira de despedida y su concierto final en Manchester completó un álbum y un dvd llamados Getting Away (With It All Messed Up), que estaría en los primeros puestos de esta reunión si no fuera por su condición recopilatoria, nada menos que de toda una carrera. Después de un hiato de siete años, de un flojísimo disco en solitario  (Bone) y de una sesión de jam de la que surgieron nuevas canciones, Tim Booth reinició el grupo. Convocaron a la misma formación de los días de Laid, probablemente su mejor álbum, y escribieron Hey Ma!, un disco tan de James que no hace falta ni describirlo. Su mayor logro tal vez sea la frescura del sonido, como si no llevaran veintitantos años mirándose las caras. Tiene lo que cualquier gran disco de James: letras intencionadas, un compromiso ideológico que recorre la epidermis del disco y de su canción Hey Ma! (himno sobre o contra la sociedad generada tras la caída de las Torres Gemelas del World Trade Center en NY). Tiene celebraciones de su modo desenfadado de entender la música y las cuestiones importantes (White Boy), o melancólicas disquisiciones acerca de la soledad pasajera del músico. En algún momento pensé si no me gustaba más, incluso, que Laid o Wiplash. Esa legítima duda entusiasta explica la estatura que este regreso de James ha alcanzado en mi década. 

  

Come On Feel The Illinoise – Sufjan Stevens (2005)
Come On Feel The Illinoise es lo que en el argot se llama un disco de concepto. La importancia que eso pueda tener no se duda en el caso del autor, que es quien se lo inventó y le dio forma, pero parece opinable desde la perspectiva de quien lo escucha. ¿Qué diferencia existe entre una canción de concepto y otra sin concepto? llinoise, eso sí, es tan amplio como lo pueden ser 22 canciones de títulos larguísimos, sardónicos o provocativos. Como por ejemplo: Let’s Hear That String Part Again, Because I Don’t Think They Heard It All the Way Out in Bushnell (que sería Escuchemos Otra Vez la Parte de las Cuerdas, Porque Me Parece Que Allá en Bushnell No Se Han Enterado). Así que conviene no afrontar éste como cualquier otro disco. Exige una cierta actitud de escucha y algo de paciencia. Cuando te quieres dar cuenta, te está agujereando el cerebro. Uno recomendaría tomarlo como uno de esos libros escritos al modo de dietarios, memorias parciales, absueltas de cualquier engarce temporal, que vienen muy bien para tenerlos en la mesilla porque permiten una lectura arbitraria. Uno abre cualquier página y empieza por ahí, sin que importe su localización en la geografía del volumen. Con Illinoise ocurre algo parecido: se puede agarrar por delante o por detrás. Precisamente de geografía (política, también humana, sobre todo cultural) habla Sufjan Stevens en este álbum. Su cacareada tentativa de componer un disco por cada uno de los 50 estados americanos tiene mucho de broma homérica, claro, pero hay al menos dos hasta ahora. Éste es el mejor que yo haya oído, porque no he oído el otro. Una reunión multitudinaria de sonidos tan distintos, irreverentes, cambiantes y originales que amenazan con convertir el disco en un clásico perdurable y a Sufjan Stevens en un prodigio de su tiempo; uno de esos muchachos de aspecto inocente que mira a la realidad a través de un vaso de cristal y que, de la obvia distorsión de la imagen, deduce una descripción hiperrealista llena de verdad. Además, una portada con Superman, Al Capone y la Torre Shears de fondo, un tema dedicado al asesino serial John Wayne Gacy Jr., más una canción (adorable) titulada Chicago… todo eso por fuerza había de gustarme.

 
Sound of Silver – LCD Soundsystem (2007)
La electrónica se hace entre dos o eso parece porque abundan las parejas creativas. Y por eso LCD Soundsystem es otra agrupación de dos hombres (los neoyorquinos llamados James Murphy y Tim Goldsworthy) dispuestos a hacer de la electrónica una rama accesoria de la filosofía post-milenio. ¿Hay mensaje? Podría ser, pero mejor no preguntar o uno se encuentra con explicaciones como ésta: “Quería que el disco sonara a plateado”, dijo James Murphy, el (co)autor. “¿Qué es el sonido plateado?”, le inquirieron, sagaces, los periodistas. “Bowie es plateado”. Y, al leerlo, a mí me vino a la cabeza el Bowie de Blue Jean, claro, pero no sé si Murphy se refería a eso. Yo de electrónica entiendo entre nada y casi nada (de música, entre poco y nada, conviene advertirlo), así que no me aventuro a describir a qué suena Sound of Silver o LCD Soundsystem en sí mismos. Lo que puedo decir es que su sonido posee un vigoroso dinamismo robótico, repleto de sugerencias incluso para alguien tan decididamente carnal como yo. Me gusta y me llena de energía igual que las imágenes hipnóticas de 2001: Una Odisea del Espacio, pero ignoro cómo y por qué efectúa mi cerebro esa asociación. He oído por ahí que los LCD Soundsystem, más cercanos al rock que al solfeo metálico de los ordenadores, explotan como una bomba de tiempo en sus conciertos en directo. Y, la verdad, no me sorprende.

 You Are The Quarry – Morrissey (2004)
Recuperemos los cánones de nuestras propias vidas: Morrissey, agarrado grácilmente a la réplica de una ametralladora Thompson, sobre el fondo de un telón fucsia. Eso es You Are The Quarry, el mejor disco del que fuera líder de The Smiths desde Viva Hate! Eso es mucho decir, primero porque Viva Hate! constituye una maravilla intemporal capaz de sostener en pie el mito de Morrissey por sí mismo; segundo, porque entre aquél -su primer disco después de los Smiths- y éste You Are The Quarry pasaron nada menos que 16 años y cinco discos. Todos frustrantes (al menos para mí) en mayor o menor medida, algunos más recomendables que otros (hablo de Vauxhall and I), siempre con algún tema de brillo imperecedero pero sin la regularidad o la solidez precisas para rescatarnos de la nostalgia. You Are the Quarry significa pues, como cualquier reaparición de un personaje tan importante en nuestras vidas, una celebración en toda regla. Con un discurso entusiasta, con las letras hiladas de palabras que nadie más usaría en una canción, como siempre hizo, con cargas de profundidad socio-políticas del tono de America Is Not the World  o Irish Blood, English Heart; imaginarios cilicios sentimentales, tan conseguidos siempre, como I Have Forgiven Jesus, I’m Not Sorry o The World is Full of Crashing Bores… Y un tema para el panteón familiar, First Of The Gang To Die. El regreso de Morrissey. Con todo lo que eso significa. 

  

El Salmón – Andrés Calamaro (2000)
Parece que vino de algún otro siglo, pero no, cayó sobre nuestras cabezas en el arranque de éste. El Salmón es del año 2000, pero está tan metido entre nosotros que lo llevamos incorporado como si hubiera nacido 50 años antes. Además, este álbum contracorriente seguirá sonando igual de vigente (también igual de loco, de excesivo, de desesperado, de glorioso) en el año 3000 y en el 4500, al que esperamos no llegar. Eso sí, el que lo haga podrá decir que lo escuchó antes que nadie. Éste no es un disco de concepto; éstos son cinco discos sin otra idea que sacarse de dentro todas las balas, sin anestesia, y grabar lo que salga. El resultado es un Calamaro en trance sincopado de genialidad, locura, escarnio del espejo, memoria lacerante o ávida desesperanza. El resultado es una obra tan larga que nunca termina de ser escuchada, ni conocida, ni disfrutada, ni tal vez apreciada o juzgada en su medida exacta. Yo quiero El Salmón porque tiene la verdad en positivo y en negativo, porque es tan irregular, imperfecto y cierto como cualquier repaso de nuestras existencias. Porque en él Calamaro no dice ni una sola mentira, pero cuenta a su manera todas y cada una de sus verdades. Porque me recuerda demasiado a la intención del Doble Blanco de los Beatles. Y porque después de la maestría incontestable de Honestidad Brutal, Calamaro sólo podía hacer lo que hizo, tal vez: ser más honesto y más brutal que nunca. Soltarlo todo, arrojarse al abismo, subvertir el orden, darse vuelta como un calcetín y crucificarse frente a la audiencia. Lo raro fue que lo viese tan claro. Lo increíble es que lo  hiciera tan bien. 

 

Sky Blue Sky – Wilco (2007)
Wilco tuvieron una briosa infancia llamada Uncle Tupello, una sombría prepubertad resumida en Summerteeth, la petulante y brillante adolescencia de Yankee Hotel Foxtrot, la rabiosa confusión juvenil de A Ghost is Born y una madurez que se llama Sky Blue Sky. A los demás nos podrá parecer lo que queramos, pero en este disco Wilco alcanzó su cumbre expresiva íntima: habían encontrado su sonido, la unidad, la voz y el modo. Lo hicieron en tres pasos previos: primero, la expulsión de Jay Bennett, el antagonista creativo de Jeff Tweedy hasta Yankee Hotel Foxtrot; después, con el fichaje del guitarrista Nels Cline, que le dio a A Ghost is Born la árida textura bestial de su forma de interpretar el instrumento; el tercero tiene que ver con la pacificación personal de Tweedy, visible a través de la literatura intimista de Sky Blue Sky. Me atrevo a afirmar que, desde el punto de vista de Wilco, y desde el punto de vista de un apasionado de Wilco, Sky Blue Sky es un disco perfecto, en el que no sobra ni falta nada, en el que cada canción tiene la medida precisa, la palabra perfecta, la musicalidad exacta. Es lo que Wilco han querido ser, tan lejos pero tan cerca de su obra precedente. Naturalmente Impossible Germany es quizá la nota más alta de todo el álbum, pero yo he terminado por adorar todas y cada una de las doce canciones, por razones distintas, por necesidades diversas, por amores de improbable reconciliación. De la primera a la última, todas convocan mi fascinación. Sky Blue Sky me parece tan hermosamente perfecto, que no es el disco que más me gusta de Wilco.





Tan poco tiempo…

12 06 2009

La única vez que vi a Bunbury, yo llegué un poco tarde y él se marchó demasiado pronto. Fue aquel concierto en Independencia que el hombre abandonó a la francesa, un poco harto de la presunta dispersión del público. Yo no fui, porque andaba muy atento a la cuidada rectitud escenográfica de Bunbury, un tipo capaz de llenar el escenario de gestualidad teatral. Poco después de aquel incidente anunciaría una retirada temporal y yo pensé que siempre llego tarde a todas partes.  Había tocado El Viaje a Ninguna Parte, estupendo disco doble con el que partí hacia una atención creciente y en dirección retrospectiva a la obra más próxima de Bunbury. Él se fue y regresó. Mejor que nunca, hay que anotar, pero yo continué llegando tarde. Cuantas más ganas reunía de verlo en directo, más obligaciones o imprevistos se interponían. Me perdí su breve gira con Nacho Vegas en aquel El Tiempo de las Cerezas, una reunión fascinante en todos los sentidos; y también la reciente primera visita del Helville de Tour, en la que no sé que estaba haciendo yo para no estar haciendo lo que debía hacer. Previsiblemente, tengo complicado llegar al concierto de mañana, aunque no me resigno. El desencuentro ya ha hecho costumbre. Una pena porque, sinceramente, creo que su último álbum es soberbio, más allá de las (in)convenientes polémicas acerca de cómo se escriben las letras de las canciones; y si digo disco soberbio digo disco soberbio al punto de que se pueden contar con los dedos de una mano los músicos españoles capaces de construir un trabajo como ese, con la potencia de escritura y música que le otorgó Bunbury. Y puede que los dedos de esa mano sean amigos entre sí. Aprovecho para reivindicar El Manifiesto Desastre, el estupendo último trabajo de Vegas. Nos queda el presente, que ya es suficiente, y no nos debe faltar. Nos quedan canciones que llenen los corazones… y sobre todo las de los demás.

Lo que se cruza esta vez entre Bunbury y yo es el ascenso del Zaragoza, una ocasión mayor. No hace falta que explique el alcance del hecho, que supone (espero que suponga) la liberación definitiva de un sufrimiento -personal y colectivo- incalculable. No sé si me dará tiempo a las dos cosas, no lo creo. Sé que a las cuatro y media de la tarde quiero estar en la Plaza San Francisco con la camiseta que un día me regaló Charlie Cuartero, porque en este inminente ascenso no dejo de pensar en él. Y quiero sentir el zaragocismo desaforado de la gente, de la grada, de los muchachos. Y repetir la escena que siempre ha sido mi preferida: el paso del autobús con el equipo hacia el estadio. Es el instante más emotivo de todos los grandes partidos. En cada final he aguardado el paso del autocar hacia el estadio, mezclado con la gente. Sudando y cantando con la hinchada.

El sábado aún me guardaba otra cita que no puedo cumplir: el partido de veteranos en el Seminario de Tarazona, fiesta esencial de mi club y ocasión en la que hay todo lo que se precisa en una fiesta. Comida, bebida, rugby, compañeros, amigos, risas, calor y, si la cosa se pone tibia, algo de dolor. Suele ponerse tibia. A menudo acostumbra a ser un partido de marcadores y golpes bajos. Pero yo no estaré. Dejo un pequeño homenaje construido con música de The War On Drugs e imágenes propias y ajenas de los más de 40 años de rugby en el Seminario. La canción se llama Arms Like Boulders (Brazos Como Rocas). Un buen grupo, con una veta dylan muy notable en este tema y un álbum de americana muy recomendable. Es un modo bastante incompleto de estar donde no se puede estar. Como dijo el Joker en la primera e inigualada película de Batman: “Queda tanto por hacer, y tan poco tiempo…”.