La vida en Marte

16 08 2012

Yo solía pasar los veranos en el fondo de una piscina, por envidia del personaje de Dustin Hoffman en El Graduado: cómo no ansiar su autoimpuesta molicie veraniega, el desinterés por el futuro, solventado el inevitable presente, la ligereza de la rebelión del joven que va a ingresar a la incertidumbre adulta. A ratos hacer el muerto sobre la delgada superficie del agua, con el talón de un pie cruzado sobre el empeine del otro, ahora que no se pueden meter colchones en las piscinas modernas. Azul arriba, azul abajo. Pero sobre todo, sobre todo, el exilio interior: dejarse caer al agua, irse al fondo y mirar desde abajo, sin oír nada, anulados los ruidos, las palabras; convertidas las personas, las propias y las ajenas, en perfiles inestables de pupila inundada; y así, observar a través del cortinaje, integrado en el silencio y la distancia, sin implicación emocional ni física. Un lugar al que no lleguen los recibos del banco, ni siquiera los de la banca online; ni los periódicos de papel, ni los tópicos de moda. Era un plan de evasión sencillo pero efectivo; incompleto, sí, condenado a la fugacidad, a la derrota, pero merecía la pena arriesgarse a cambio de esa ensoñación, entre suaves azules e irisaciones solares de lo más sugestivas. Una piscina al sol en la que pasa la vida: un sueño cualquiera, el sueño de cualquiera, cualquier sueño. Para emularlo bastaba una pequeña piscina como ésta, de apenas dos escalones y cuatro metros, a la vuelta del muro un campo de frutales, algunas salamandras detenidas en la pared de cuando en cuando, una gata maulladora que patrulla el lugar sin imponer otra ley que la de su propio e interminable reposo. Y de fondo, en mi cabeza, Simon y Garfunkel, el muslo satinado de la señora Robinson, las puertas entornadas para oír la propia soledad, algunos malentendidos, todas las renuncias, una novia a la carrera que nos recordaba vagamente a Katharine Ross, las brasas de agosto, el avance insidioso del cinismo, los vanos enamoramientos, el vasto desinterés. Todo eso ahí abajo, en el fondo, donde el silencio suena tan melódico.

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A mí no me gusta The Artist…

27 02 2012

Cinco Oscars después ya podemos hablar de The Artist a calzón quitado, con la certeza de que caminamos definitivamente contracorriente y que tal cosa no puede anunciar nada bueno. Dicho en pocas palabras, aunque acabaré gastando muchas, The Artist me resultó tan llana, tan simple, con una línea narrativa tan previsible y escasa de giros que no me provocó ninguna emoción salvo un creciente aburrimiento. El aburrimiento es libre, empecemos por ahí. Como la diversión. Lo que invalida de facto y hace perfectamente prescindible el resto del razonamiento, pero aun así lo haremos (no hace falta que usted lo lea y todavía menos que esté de acuerdo). Lo primero que me llama la atención de The Artist es el riesgo de su apuesta. Tal y como lo entiendo yo, uno puede aceptar el desafío que supone hacer una película muda (aunque el peligro terminó en el momento en que la productora Weinstein decidió hacerse cargo de ella a partir de su éxito en Cannes, porque los Weinstein acostumbran a ganar los Oscars). Pero bien, demos por bueno el silogismo de película muda es igual a pelicula arriesgada. Aceptado. Ahora digamos que la película no va más allá de tal singularidad. Como la película es muda y eso ya resulta muy frontal en sí mismo, casi un siglo después de la desaparición del cine mudo, parece que deba bastar (y de hecho ha bastado) con una narración repleta de convenciones, dado que la particularidad del efecto del silencio y la música de fondo van a rellenar todos los huecos. El espectador se somete a una experiencia sensorial diferente y eso juega a favor de la película. He de decir que en mi caso no funcionó. Yo sigo pidiendo una historia suficiente, no me basta con eso que considero, en 2012, un artificio. The Artist no funciona, para mí, en ninguno de los aspectos en los que pretende o en los que debería funcionar: ni como historia de amor, ni como historia de redención de sus protagonistas, ni como comedia, ni como recreación, reflexión o ensayo acerca de un momento muy relevante de la historia del cine, ni como retrato de las estrellas del cine mudo, ni (lo que considero más importante, lo más importante) como trabajo de narración visual sin palabras.

Los dos protagonistas de The Artist, en su momento de definitiva gloria.

En 1927, el año en el que está situado el film de Michel Hazanavicius, se estrenó El Cantor de Jazz, la primera película sonora de la historia. En 1929 se entregaron por primera vez los Oscars, a las películas filmadas entre 1927 y 1928. Competía El Cantor de Jazz contra todas las producciones mudas y la Academia decidió que no era justo mezclarlas. Le dio un Oscar honorífico a la película hablada, en reconocimiento anticipatorio a su condición pionera. Pero el premio a la Mejor Película se lo llevó Wings, historia sobre batallas aéreas en la Primera Guerra Mundial cuya enérgica filmación significó, para el espectador de entonces, lo que tal vez significó para nosotros el desembarco de Normandía contado por Spielberg en Salvar al Soldado Ryan. Wings era, hasta anoche, la única película muda de la historia en tener un Oscar. The Artist es la segunda: no hubiera sido posible darle un premio honorífico como pionera porque su truco es exactamente el contrario, la nostalgia, el pretendido homenaje. Ya sabemos cómo ha calificado The Artist con respecto a la producción de 2011. Mi pregunta fundamental viene a ser: ¿Cómo calificaría The Artist con respecto a las mejores películas mudas de 1927? Es decir: la propia Wings (de William Wellman por cierto), o The Kid Brother (uno de los mejores trabajos de Harold Lloyd), o Metropolis de Fritz Lang (ejem…) o El Maquinista de la General (otra vez ejem) con aquel señor tan serio llamado Buster Keaton.

¿Amor mudo? A mí me emociona esto: el hombre que acaba de perder su amor por no vestirse de soldado.

¿Acción muda? A cualquiera le fascina esto:

¿Diversión, gestualidad muda? A mí me maravilla el Chaplin que escapa de un burro y se mete en la jaula de un león. Y esto:

Todo eso, la proeza de la narración sin palabras, sólo lo encontré en The Artist en dos momentos que acaban siendo muy leves. El arranque de la película, con los actores mirando entre bambalinas, al otro lado de la pantalla, su propio film, que se está proyectando en un gran teatro. Y sobre todo la escena en la que Peppy se abraza al chaqué colgado de una percha de George Valentin, único instante en el que siento algo de lo que la película quiere que sienta. Esos breves minutos anuncian o sintetizan lo que para mí pudo o debió ser The Artist. Y lo que, por contraste posterior, no es.

Más allá de todo esto mi otra pregunta es: ¿Cuánta gente ha visto esas u otras películas mudas y le han emocionado de la forma que dice que le ha emocionado The Artist? ¿Y cuánta gente seguiría yendo al cine si cundiera de pronto el ejemplo -y la maquinaria publicitaria- de Hazanavicius/Weinstein y las películas pasaran a ser todas mudas, ya que al público le gustan tanto y le hacen sentirse, probablemente, tan cinéfilo, tan sensible, tan capaz de ver algo aparentemente inaccesible? Puede que sean preguntas falaces, sí, pero uno no tiene la inteligencia suficiente para quedar a salvo de esa posibilidad. No sé si en los despachos de las grandes multinacionales del entretenimiento no estarán haciéndose esas mismas u otras preguntas similares: “Tanto con el 3-D y el 3-D… ¡Una puta película muda y en blanco y negro debimos hacer!”. Yo no soy un gran especialista en cine mudo pero, dado el entusiasmo general, propongo que saquen en los multicines ya mismo, aprovechando el tirón, Intolerance y El Nacimiento de una Nación de Griffith, lo mejor de Fritz Lang, lo mejor de Murnau, que Chaplin, Keaton y Harold Lloyd copen las pantallas de las salas, que en la sobremesa de las televisiones sustituyan los western clásicos por las decenas de películas del oeste mudas de John Ford, o que en lugar de los thrillers de hoy los programadores de Antena 3 sustituyan los telefilmes de domingo por la producción muda de Hitchcock… El mercado está que revienta. Es el momento.

A muchísima gente, The Artist les ha resultado maravillosa y emocionante. Incluso, yo  lo sé, a gente que sí ha visto y disfrutado y considerado todas esas otras películas mudas a las que yo aludo con, tal vez, torpe ventajismo. Yo puedo aceptar mi confusión, pero no algunas exageraciones, como esa de un lector que ayer, en un diario nacional, proclamaba que The Artist está, “seguramente”, entre las 20 mejores películas de la historia (!) Yo no pretendo decirle a nadie qué ha de gustarle y qué no. Pero mi sensación con este tipo de fenómenos es la misma que tengo con Buñuel. Todo el mundo en nuestra tierra se llena la boca cuando hay que hablar de la genialidad de Buñuel; y a todo el mundo le parece maravilloso, lógico, merecido y enorgullecedor que le dediquen un parque ahora que ya no existen los cines, que su nombre sea reclamado como parte de nuestra historia y que las instituciones y los medios de comunicación hagan patria con él. Sí, Buñuel es un genio. Desde luego. Que no nos toquen a Buñuel que salimos a las calles. Pero yo he estado en dos ciclos antológicos de Buñuel en la Filmoteca y ahí, viendo las películas, estábamos cuatro. Contados. Cuatro.