Tiempo, más tiempo…

10 02 2020

“Lo que pido es tiempo para acompañarle al menos un trecho largo de su camino vital, como espectador y como cómplice. Porque, de todas las sensaciones nuevas que me ha inoculado Luca, la peor es la hipocondria. Por primera vez en mi vida, temo morir. Me siento obligado a permanecer aquí al menos 25 años más, los que él pueda necesitarme, y en eso no quiero fallarle. Mi hijo no ha de ser lo que yo fui: un adolescente enfadado con el mundo porque se le murió el padre demasiado pronto. Voy a dejar de fumar”.

[Ser padre consiste en vivir acojonado por la posibilidad de la pérdida… y en esa confusión encontrar el equilibrio necesario para no convertir a tu hijo en un estúpido. Y también, para no volverte loco tú mismo en la obsesiva carnicería mental que te procura el miedo. Miedo a que no esté. Miedo a no estar tú. Gistau hablaba de todo eso. Dejó escrito lo que todos acabamos temiendo: que no quede demasiado tiempo. Que nunca será suficiente. DEP].





Gistau

21 12 2019

“Desconfío de quienes disfrutan escribiendo. Eso es que todavía no han hecho un descubrimiento pavoroso: que no se trata de escribir, sino de escribir bien. La vanidad se la concede como premio quien cree haber alcanzado su mejor yo posible. No estoy en edad de ponerme vanidoso”.

(David Gistau, en una columna en 2005)

[Foto: hoy.es].

Esta mañana, durante el paseo diario, he leído un artículo sobre David Gistau, alarmante por el tono de esperanzada elegía, que orbitaba en elipsis alrededor del planeta más oscuro; y pronto he sabido sobre el accidente cerebral que lo mantiene inconsciente desde finales de noviembre. En la capa más antigua del disco duro guardo anotaciones diversas que son mi desornada ‘moleskine’. Porque, aunque yo también he comprado a lo largo de los años cuadernos y libretas donde anotar pensamientos propios y ajenos, como para cumplir el patrón literario de hombre que licua el mundo en palabras fugaces, la verdad es que jamás escribí en ellas más allá de dos o tres frases. Y además, a duras penas entiendo mi propia ortografía, que con el tiempo se me ha hecho un garabato de bicho con ínfulas estéticas. Por eso, si quiero apuntar algo y conservarlo, lo hago en el ordenador. Y ahí, a ese espacio que me procura sobresaltos temporales si lo indago, he ido a buscar este párrafo que le leí hace años a Gistau, cuando él aún era un periodista medio desconocido al que resultaba sencillo adivinarle un destino mucho más notorio en la profesión. Todo lo que pensé de esas líneas y de su autor entonces lo han corroborado las muchas que le he leído después. Gistau siempre ha sido mi preferido de entre todos los sospechosos habituales del columnismo de hoy, poblado de cipotudos’ que sinceramente me aburren con su pose de personajes, su forzada retórica y lo que me parece un vacío analítico que gira ensimismado en las aspiraciones umbralescas. A Gistau sólo me han unido sus palabras en los diarios; y la impresión nítida de que me sentaría con gusto a charlar con él, porque lo veo afectado por el descreimiento de quien defiende la libertad individual contra el dogmatismo; a charlar y recorrer territorios que por lo que le leo, nos deben de ser comunes (el blanco y negro, cierto periodismo y paisanaje norteamericanos, algunas músicas). Sería el mismo placer con el que siempre me senté a leerlo, mucho más allá de los acuerdos. No tanto como un admirador, que no; mucho más como un lector que encuentra palabras atendibles. A Gistau ni siquiera he querido robarle frases, como me ha pasado con otros muchos autores. Pero sí me ha encantado leérselas a él. Anotarlas. Y recordarlas. También las he citado, en ocasiones, y recomendado en muchas otras. Supongo que esta tristeza en la que me he quedado atrapado después de saber lo ocurrido tiene que ver con el indudable deseo de que esos chicos suyos que, como él contaba, se le cuelan hace años en las columnas, puedan seguir conversando con su padre. Y nosotros, aún leerle. Y tomar alguna nota que traspase el tiempo.