Relámpago negro

17 10 2011

En varios partidos de los All Blacks se ha visto a alguien entre el público que levantaba un cartelón: “Don’t Choke!”. Funcionaba a modo de solicitud nacional de ese estadio de cuatro millones de espectadores que ha sido Nueva Zelanda durante estas semanas; y también, desde luego, como recordatorio de fracasos repetidos en la Copa del Mundo. Ha sido una forma, por lo demás innecesaria, de refrescarle a los All Blacks la idea cortazariana de que allá al fondo siempre estuvo la muerte. La amenaza. O sea, la posibilidad de un fracaso que sumiría al país entero en una aguda depresión generacional. Pero los neozelandeses pasaron a Australia con un resultado contundente (20-6), en un partido que articuló el discurso principal del deseo, el corazón, la resolución y la importancia de las ocasiones. Los All Blacks van a jugar la final. Allá al fondo está la gloria…

El temor de los hinchas neozelandeses, expreso en la frase de la pancarta, está casi ya conjurado: los All Blacks pasaron sobre el cadáver de Australia para reclamar su lugar en la final de la Copa del Mundo, el domingo próximo frente a Francia.

Aquí hemos sido debidamente exigentes con los All Blacks a lo largo del torneo. Nunca hemos tenido bastante. Les seguimos pidiendo más que a nadie quizás porque los admiramos más que a nadie y porque inconsciente queremos de ellos lo que ningún equipo consigue: la perfección en todos los aspectos. Porque en la psique colectiva de este juego, los All Blacks representan la imagen más aproximada de lo que la mayoría querríamos que fuera el rugby: esa exuberancia, esa implacable fiereza, ese manejo tan extraordinario de los símbolos, ese uniforme negro, esa haka, esos jugadores cuyos nombres enlazan unas generaciones de genios con otras, con la misma continuidad fascinante con la que el balón se mantiene en juego. Ese país donde primero es el rugby y después el resto de la vida… Hasta cierto punto y salvo mejor opinión, resulta imposible no desear que los All Blacks ganen este título.

El contexto de exigencia, que siempre fue la idea central de este torneo, como ya contamos desde el primer día, ayuda a explicar el estado de exageración anímica sobre el que los All Blacks construyeron su victoria sobre Australia. Un torrente de motivación canalizado en todo su beneficioso potencial, negando al mismo tiempo (con convicción, con clase, con conocimiento, con estrategia y ejecución) todos y cada uno de los posibles perjuicios. Se diría que los All Blacks han asimilado las lecciones del pasado, extrayendo de ellas una lima con la que redondear las aristas de su rugby. El resultado de esa operación psico-deportiva es que seguramente no estamos viendo al equipo más preciosista, pero sí a uno que ha aprendido cómo hacer lo que otros equipos precedentes no supieron: ganar la Copa del Mundo. La diferencia con Australia quedó resumida en el primer minuto de juego. Casi en los primeros segundos. Inició de bote pronto Quade Cooper el partido y su patada fue directamente a la banda, en un error más significativo en términos anímicos que de juego. Los All Blacks empujaron la consiguiente melé en medio campo con un esfuerzo diagonal que hizo retroceder por primera vez a los australianos, pasó bien la pelota entre los canales y, al otro lado, Piri Weepu aguardó para meter una patada cruzada que Cooper, aún confundido, acompañó mansamente hasta la línea de touch sobre la esquina. Instalados en la 22 de los Wallabies, los siguientes minutos se jugaron de acuerdo a las reglas neozelandesas: rucks brutales, una agresividad patológica, despliegues veloces con la pelota… Parecían los bárbaros arrasando a uña de caballo el poblado enemigo.

Israel Dagg, el eléctrico zaguero de los All Blacks, rebasa el último tackle de Quade Cooper justo antes de liberar un pase formidable en caída a Ma'a Nonu, para el ensayo de los All Blacks: la creatividad, rapidez y finalización de Dagg, Cruden y Jane han afilado el juego de Nueva Zelanda.

Y así hicieron a los seis minutos el ensayo, en una arrancada portentosa de Israel Dagg a la vuelta de una pelota reciclada con inteligente velocidad por parte de Piri Weepu. Dagg surgió en la línea, apartó a Elsom con un sello que anticipaba la marca y fue pasando rivales hasta generar contra la banda, sobre el último placaje de Cooper, uno de los offloads más portentosos que se hayan visto en años: de caída y aplastado sobre el lateral del campo, ya a la espalda del defensor australiano, Dagg levantó un pase que liberó a Nonu, que llegaba en el apoyo. Y el centro maorí, uno de esos hombres  siempre dispuestos a continuar las jugadas, acabó posando sobre el rincón derecho del campo. Aunque Weepu erró la transformación y un golpe temprano de Pocock -otra vez infractor frecuente con Craig Joubert de árbitro-, el medio de los All Blacks acabó metiendo el tercero y la secuencia definió la dinámica del encuentro. Australia dejó a su enemigo ponerse al volante. Y los All Blacks jugaron siempre con una o varias velocidades más, anticipando cada contacto, discutiendo cada balón en los breakdowns, entorpeciendo con maestría la torpe aspiración australiana de elevar el ritmo de juego y mover la pelota.

El partido agarró ahí una línea y ya no se movería. Nunca dio la impresión de poder variar la dirección en la que ocurrieron las cosas, a pesar de una escapada de Digby Ioane en la que el ala australiano llegó hasta el umbral del ensayo acumulando hombres agarrados a su espalda, sin que ninguno pudiera detener la poderosísima tracción de su carrera. Cuando ya avistaba la meta, Kaino lo agarró y lo levantó del suelo para, literalmente en brazos, echarlo atrás y a tierra. Fue una de esas jugadas defensivas que explican a un jugador como Kaino. Australia ya no tuvo muchas más ocasiones de visitar la cocina rival. Ahora los All Blacks también defienden con un rigor sin concesiones. Los Wallabies necesitaban puntos con los que armar una amenaza, pero para eso necesitaban primero la iniciativa: balones, ritmo. Lo que no alcanzaron. O’Connor acortó a 8-3 al amortizar uno de los pocos golpes concedidos por los All Blacks en posiciones desde las que los australianos pudieran ir a palos. Pero muy pronto Aaron Cruden, otra vez excelente en su campaña para la recuperación de la dignidad de la camiseta negra número 10, alargó la goma en favor de los kiwis con un drop desde cerca de 40 metros que reveló el lado más inteligente del apasionado rugby de los All Blacks. Quade Cooper le contestaría después con una jugada similar y Weepu dejó el 14-6 para el descanso. No era una ventaja que hablara de gran superioridad de los locales. En el fondo, Australia ha sido uno de los mejores equipos defensivos del campeonato. Ha concedido pocos ensayos y eso fue así también contra su enemigo del otro lado del Mar de Tasmania.

Los All Blacks ganaron con el pie (dos golpes más de Weepu en la segunda parte) lo que supieron construir con el sacrificio del cuerpo y la convicción de la mente. Jugaron el partido de acuerdo a sus reglas, que son las reglas de Richie McCaw, el indudable autor intelectual, y ejecutor material, de un partido llevado a los límites del físico, con la posibilidad cercana de la sangre. Australia siempre bailó la canción que le tocaron los desconsiderados delanteros negros, pero sobre todo el trío formado por los efervescentes Dagg, Cruden y Cory Jane, más el espíritu irrefrenable de Nonu, ariete de todas las ofensivas. Las batallas intermedias las ganaron los negros. También las individuales: Jane contra Ioane, Kahui frente a O’Connor, McCaw frente a Pocock, desde luego la de la primera línea, desde luego la de los zagueros. Y, sobre todo, la de los número diez: Cruden, estrella sobrevenida de este equipo, frente a Quade Cooper, un jugador cuyo crédito sale muy tocado de este Mundial.

En general, los aussies han venido en franco descenso de prestaciones desde sus primeros partidos. Se han parecido poco al equipo de rugby expansivo que nos maravilló en el Tri-Nations, al punto de llevarnos a apostar por ellos. Desde la derrota con Irlanda en la primera fase y con una plaga de lesiones mortal, los australianos han ido perdiendo convicción en su juego y, salvo por Pocock y algún desempeño individual aislado, en todo momento dieron la impresión de ir colina abajo con el avance del torneo. Su triunfo contra Sudáfrica, aguardando el error del contrario para capitalizar el contraataque y la sorpresa, resume esa transformación. Nueva Zelanda, que regala pocos balones y roba unos cuantos más, no le permitió esas alegrías. Todo el júbilo estaba reservado para su victoria.

En un Eden Park exultante, las cámaras reflejaron esta vez a un aficionado con un cartelón en las manos. Ya no advertía la sombra acechante del fracaso. Decía, usando una frase de tres monosílabos que lo dicen todo: “Yes We Can!”.

Nueva Zelanda, 20
Ensayo: Ma’a Nonu
Golpes de castigo: Piri Weepu (4)
Drops: Aaron Cruden

Australia, 6
Golpes de castigo: James O’Connor
Drops: Quade Cooper

Vídeo-resumen del partido





O’Connor invita a otra ronda

9 10 2011

Si uno fuera talonador y tuviera que jugarse la vida en un lanzamiento de touch, sin duda de entre todos los especialistas del mundo elegiría que el saltador fuera el sudafricano Victor Matfield, gobernador de los pasillos durante el último quinquenio. Qué tremenda paradoja que los Springboks, que habían dominado esa suerte del juego -entre otras muchas- durante su partido con Australia, acabaran derrotados por un grave error de Rossouw en un lineout de los Wallabies. Radike Samo, el ocho amarillo, saltó por delante de Matfield, que apenas pudo apoyarse en sus hombros por detrás. Rossouw fue mucho más lejos: agarró la pierna del saltador australiano cuando estaba en lo alto y tiró de él hacia abajo. Un golpe de castigo de libro que, sin embargo, no vio el árbitro. Pero sí el juez de línea, que lo denunció: golpe para O’Connor. Y con el marcador en 8-9 para los Boks, el chico maravilla de Australia sacó a su equipo del precipicio con una patada segura (lo que no ha dejado de ser noticia, aquí y allá, en toda la Copa del Mundo) y resolvió la derrota de Sudáfrica a siete minutos del final.

Morne Steyn y Gianni du Plessis observan la patada decisiva del 'Golden Boy' James O'Connor, en el golpe de castigo que ganó el partido y la semifinal para Australia.

El partido fue tan industrioso, tan pródigo en errores y giros irrazonables de la suerte que cuesta relatarlo. El marcador contribuyó a la extrañeza que resulta cada vez más propia del rugby, que va convirtiéndose en un juego mucho más imprevisible de lo que nunca fue, con resultados que no siempre dicen la verdad acerca del juego, más allá de la incontestable afirmación que son las cifras. Y por las cifras hay que hablar únicamente de las que hacen el marcador, porque el resto de estadísticas cuentan sólo verdades parciales: por ejemplo, que Sudáfrica llegó a tener nada menos que un 80% de dominio territorial durante el partido. Para un equipo cuya preferencia suele ser esperar, un escenario como ese subraya la línea tan sinuosa que siguieron los hechos hasta el marcador final. Que jugó un partido extraordinario en las fases estáticas, y en particular en la touche: no sólo ganó las suyas, sino que robó unas cuantas del rival. Y, sin embargo, fue una equivocación en ese apartado la que sacó del Mundial al equipo de Peter de Villiers. El final del reinado de los Springboks, la despedida de Peter de Villiers, su entrenador, que admitió después que su ciclo había terminado.

Sobre el campo hubo mucha cacharrería, interrupciones, descomunal fiereza en los rucks y carne cruda como ropa tendida, en un montaje que rehuyó cualquier atisbo de esteticismo. Uno de esos partidos en los que uno sólo se puede reír al final, si es que ha ganado, porque el camino no deja un solo instante de diversión. Y en el que la vida (los Wallabies pueden jurarlo) depende de placajes sobre el borde del acantilado, infracciones inadvertidas para el árbitro (como esa mano australiana que retabilló en el suelo un balón ilegal, negando la continuidad del avance lanzado por el ayer insaciable Schalk Burger) o capitalizaciones de los errores ajenos. Los Boks cometieron uno en el minuto 10 en un lugar de alto riesgo, su propia zona de 22, y lo pagaron encajando un ensayo de otro de los pocos destacados de la batalla, el segunda australiano Horwill. Fue, para completar la teoría de que los héroes también se disparan en el pie, una pérdida de Burger en el contacto, balón que quedó suelto y levantó McCabe para Horwill, al que le bastó la ranura abierta por la desordenada defensa verde para bajar el cuerpo, cargar a dos metros de la línea de ensayo y posar el 0-5. O’Connor erró la conversión, pero desharía el nudo seis minutos después, al pasar entre los palos un golpe de castigo.

A esas alturas, el resultado de 0-8 ya no tenía nada que ver con la dinámica del juego. Casi todo estaba claro: los dos medios de Australia, Genia y Quade Cooper, andaban perdidos. Jamás encontraron la dirección para ellos ni, desde luego, para el resto de sus compañeros. Dicho de manera directa: jugaron un partido lastimoso. Los australianos ganaban a partir de la defensa y con el acierto mínimo en las concesiones del rival. Ahora, su ratio de trabajo fue monumental… y eso también merece consideración. El aguante se lo hicieron Horwill con el ensayo y su oscuro trabajo en los agrupamientos y placajes y, sobre todo, David Pocock, el tercera wallaby, absolutamente fantástico desde su puesto de flanker: su ejercicio de placaje fue de impresión, recuperó balones en los breakdowns y cargó por el medio cuando la situación lo requería. Aquí sí que los números revelan la corriente subterránea del partido: Pocock hizo 26 placajes; Horwill y Rocky Elsom agregaron 22 por cabeza.

Get off my land!!!! O'Connor y Rocky Elsom sacan del campo por las bravas al 8 de Sudáfrica, Pierre Spies, en una de las muchas cargas de los Boks detenida con lucha y valentía por los Wallabies.

Muchos de ellos fueron contra De Villiers, Fourie y Burger, colosal sobre todo a partir de la desafortunada lesión de una de las columnas de base de la delantera verde, Danny Brüssow. Morne Steyn les dio a los suyos algo de lo que agarrarse antes del descanso, al convertir un golpe de castigo. Una estadística refleja lo que había costado esa mínima gloria: habían pasado 39 minutos, y jamás en la historia de la Copa del Mundo le había costado tanto a los sudafricanos subir sus primeros puntos al marcador. En el intermedio, el diagnóstico de ambos equipos era severo: los australianos no habían podido empezar a jugar, ni sabrían cómo hacerlo; Sudáfrica ponía todo excepto algo de fantasía, una mínima dosis de creatividad para batir al contrario. Para hacer tres puntos se había dado una paliza terrible… era como extraer carbón de la mina con cuchara y tenedor. Son tentativas más bien desesperadas de explicar un encuentro muy retorcido, con más hematomas en los cuerpos que puntos en el marcador.

Lo demás (un larguísimo segundo tiempo, bien para comerse las uñas o para volverse a la cama si uno no es un iniciado en el juego) se explica sólo por las mínimas anotaciones en la ficha del encuentro: Steyn recortó a 6-8 con otro golpe de castigo en el minuto 55. Los Springboks estaban llamando a las puertas del castillo. Cinco más tarde, el propio Steyn, con ese pie incorrupto suyo, agregó otros tres tantos en un drop: 9-8, un resultado de otro siglo, y todavía más en un partido entre rivales del Hemisferio Sur, donde a veces los marcadores se mueven con velocidad de partido de baloncesto. Lambie, el jovencísimo zaguero de los Boks, vio desautorizado un ensayo por un pase adelantado previo, bien visto por el árbitro. Y así, los últimos 20 minutos constituyeron una agonía interminable para los dos lados. Entró el añorado Bismarck du Plessis, que dejó algunas exhibiciones de su desaforada potencia y forzó todavía más a la herida primera línea australiana. También ingresó Hougaard para quebrar la amalgama defensiva de los Wallabies. Se fue del campo Bryan Habana. O ese jugador que se parecía al antes irrefrenable Habana. Y el partido inevitablemente se abrió porque ninguno de los dos podía sujetarse de esa mínima diferencia, fuera por arriba o por abajo.

En la consiguiente desesperación, extraviadas ya todas las precauciones para casos así, Rossouw cometió el exceso contado arriba y James O’Connor puso los tres puntos que decidieron su pase a la semifinal. El muchacho que empezó la Copa del Mundo apestado y en el banquillo, por bajarse unas cuantas pintas de más una noche y no acudir a una presentación del equipo con sus patrocinadores a la mañana siguiente, formidable jugador con un futuro incalculable por delante, ese chico agarró el balón del que tanto se ha hablado, los balones desinflados, ligeros, de vuelo errático que tanto han molestado a Jonny Wilkinson… le metió todo el pie y el oval cruzó el aire en diagonal, con una trayectoria perfecta de misil militar o de control remoto, y cruzó los palos por el centro de la H, como una centella. Así que a la siguiente ronda de Foster’s o Victoria Bitter invita O’Connor: Booze’s on me t’nite, fellas!!!! Y a las semifinales de este Mundial. La cuarta victoria consecutiva de los australianos en sus tests contra Sudáfrica. Fin del gobierno de los Springboks. Y la nítida sensación de que el rugby está cambiando: empieza a ser un deporte de comportamientos tan imprevisibles como la pelota con la que se juega. ¿Eso nos gusta? A estas horas todavía no sabemos que pensar… Después de tantos años sujetos al dictado de la lógica, esta ilógica un poco futbolística nos hace suspicaces.

Sudáfrica, 9
Golpes de castigo: Morne Steyn (2)
Drops: Morne Steyn

Australia, 11
Ensayos: James Horwill
Golpes de castigo: James O’Connor (2)

Vídeo-resumen del partido





La caída de los dioses

19 09 2011

La crítica australiana no se ha tomado nada bien la sorprendente derrota de los Wallabies frente a Irlanda (15-6). No hubo ensayos, pero desde cualquier punto de vista fue un partido memorable, uno de esos episodios que van a perdurar en la historia de la Copa del Mundo. En la prensa wallaby no han ahorrado adjetivos y construcciones hirientes para subrayar el ruidoso cataclismo propiciado por la vieja Irlanda, donde corrió la cerveza negra para celebrar un triunfo inesperado, oculto tras aquellas sabias palabras de Ronan O’Gara antes de la RWC: “Podemos ser patéticos o sublimes”. Ahí abajo (down-under, como dicen los anglosajones), en Australia, lo que corrió fue la sangre. En el campo, primero, porque la batalla fue un crujir de huesos permanente. Y a continuacion centellearon los cuchillos en las salas de redacción. El Sydney Morning Herald: “No hay mayor vergüenza que ésta para el rugby australiano. Los Wallabies quedaron otra vez como un equipo de segunda fila ante uno de los perdedores del rugby mundial”. La inevitable petulancia del juicio (eso de considerar un equipo de perdedores a los irlandeses que te acaban de ganar), casa mal con otra de las acusaciones, individuales y colectivas, que se le han hecho al equipo de Robbie Deans. The Australian: “Quade Cooper quedó como una estrella de andar por casa (…). Los Wallabies afrontaron el partido con demasiada altanería. Desde los tweets sobraditos a la casi arrogancia de las ruedas de prensa, las sonrisas de suficiencia se han convertido en gestos de contrariedad, a la vista de la montaña que van a tener que afrontar”.

Foto: Ryan Pierse / Getty Images

Una imagen hiperrealista de lo que sucede en eso que viene a llamarse ruck: el segunda irlandés Paul O'Connell parece jugar al Enredo con unos cuantos rivales de Australia.

A Quade Cooper, el apagado medio de apertura australiano, no le bastaba con ser el enemigo público número uno en Nueva Zelanda (su país natal); ahora además lo lapidan en casa, allá al otro lado del Mar de Tasmania. Previsible destino de los dioses proclamados antes de hora. Mike Catt, veterano de Inglaterra, ha llegado a escribir: “A Quade Cooper habría que pegarle un tiro por el partido que jugó”. Demasiados riesgos en un escenario poco propicio; y decisiones muy controvertidas, que definen a un medio de apertura capaz de crear magia, pero no de controlar las corrientes diversas de un partido. “Cuanto más importante es el partido, más sencillo hay que jugar”, ha proclamado el entrenador de Inglaterra, Martin Johnson. Hablando de otra cosa, pero en el fondo hablando de lo mismo. Las cositas, sencillas y bien hechas. Al rugby aún se puede jugar de muchas maneras: al ataque, cerrando el juego delante, a la contra, conservador, sucio, sobrio, espectacular… Todo es válido y uno no es demasiado amigo de las discusiones esteticistas (ni en éste ni en otros deportes), ni considera que haya una estatura moral superior en el hecho de jugar al ataque (pongamos Australia) que en la opción de hacerlo apostando por valores que, diríamos, menos espectaculares (queriendo decir… Irlanda). Ahora, dos precisiones: lo que se haga, hay que hacerlo bien, con convicción y rigor. Y otra cosa. Se puede jugar de muchas formas pero, como dijimos otro día, en el rugby algunos factores no son negociables: el entusiasmo, la actitud, la agresividad, el orgullo, la disposición al sufrimiento colectivo. Irlanda ganó porque tuvo todo eso, que en términos de juego significa: explotar las debilidades ajenas (en el set-piece, melé y touches… que son puntos flacos de Australia y potencias evidentes en Irlanda), mantener un plan de juego de desgaste delante, alimentar el juego cerrado, ganar los breakdowns -que se ganan por decisión, iniciativa, velocidad y compromiso a la hora de ir a partirse la cara en un ruck-, defender como animales, con fiereza, saltando al cuerpo del rival, manteniendo el orden para no dejar intervalos por los que se cuelen los velocistas ajenos y, sobre todo, disciplina en las situaciones críticas del juego de delantera, para no conceder golpes al rival. Todo eso lo hizo Irlanda. Australia no supo oponer casi nada ni explotar sus valores.

Por eso ganó Irlanda, a pesar de la irregularidad de Sexton con el pie y en la dirección. El partido lo levantaron por los aires los cinco primeros de los verdes: los tres primeras líneas (Best, Ross, Healy) y la inmortal segunda irlandesa (Paul O’Connell, Doncha O’Callaghan). Y luego, esa tercera que se hartó de placar, de largar percusiones y de contener. En la ITV inglesa, flanqueado por el ex internacional irlandés Girvan Dempsey y François Pieenaar, el capitán de la Sudáfrica campeona en 1995, el inolvidable Michael Lynagh reconoció: “Para ganar un partido así a un equipo como los Wallabies de hoy, hay que tener un plan como lo han tenido los irlandeses… pero sobre todo hay que ejecutarlo como lo han ejecutado los irlandeses”. Dos consideraciones personales, al margen. Faltaba en la primera australiana Stephen Moore, el talonador, al que relevó con muy poca altura Polota Nau. Y David Pocock en la tercera. Dos bajas notables que tal vez habrían reequilibrado la batalla de los rucks. Puede que no lo suficiente, porque Australia también sufre en melé con su número 2 titular. Por otra parte, insistiré: la sustitución del lesionado Digby Ioane es crítica para los Wallabies. Y Deans la solventó, opinaré modestamente, con un error: volver a poner a Adam Ashley-Cooper de ala, para meter en el centro a Fainga’a, que lleva un torneo muy olvidable. Ashley-Cooper es un ariete en el medio campo. Y Drew Mitchell hubiera bastado en el ala. De ese modo, Deans concedió ventaja (al renunciar a potencias propias) en un puesto clave para un partido tan físico. En el horizonte, y si Irlanda sostiene su primera plaza, a Australia le asoma Sudáfrica. Que, por cierto, parece el dinosaurio de Monterroso: cuando te despiertas, ellos siempre siguen allí. Y jugando notablemente mejor, hay que decir, en su nítida victoria sobre Fiji (49-3).

Bennett y Powell, de gales, tratan de contener a Celsto Johnston, uno de los panzer lanzados por Samoa contra las líneas enemigas en el exigente partido del domingo. Foto: Getty Images.

Bennett y Powell, de gales, tratan de contener a Celsto Johnston, uno de los panzer lanzados por Samoa contra las líneas enemigas en el exigente partido del domingo. Foto: Getty Images.

Dándole la vuelta al razonamiento, por lo contrario que Irlanda venció a Australia, no le ganó Samoa a País de Gales (10-17). Aunque el partido resultó escaso a la vista (a veces hay que ganar feo, se repiten en esta Copa del Mundo muchos equipos como un mantra), tuvo la retorcida hermosura de las peleas descarnadas. El resultado lo definió un ensayo postrero de  Shane Williams, pero los samoanos exprimieron sus capacidades para poner contra la pared al equipo de Warren Gatland, uno de los triunfadores morales de la primera semana de torneo. Parece evidente que la segunda fila de equipos aspirantes (en la que podemos considerar a Gales e Irlanda, entre otros) se manejan con mayor comodidad en el rol de underdogs que cuando el partido les reclama tomar la iniciativa. Gales, sublime ante Sudáfrica, sufrió lo indecible para vencer a los polinesios, a los que traicionó su ineficacia ante la zona de marca y la indisciplina y los errores en campo abierto. Al menos un par de veces se personaron a la puerta de los palos galeses y desperdiciaron su ocasión en batallas individuales y equivocaciones de voluntad intachable, pero contumaz ineficacia. Clásicas de los equipos poco trabajados. O midieron mal un pase. O cometieron un exceso en el ruck, una falta de contención que permitió escapar vivo a Gales. El equipo de Gatland se recuperó de la desventaja inicial y tras el descanso con los tiros a palos de Priestland, aún en crecimiento y decisivo con el pie en ausencia del zaguero James Hook. Controlado North en el ala (su duelo con el otro Tuilagi, Alesana, fue brutal en el más amplio sentido de la palabra), la fuerza de choque de Gales fue su primer centro, Jamie Roberts. Él lanzó, con la salida de Halfpenny desde el fondo, la carga que sería definitiva e iba a terminar en el ensayo de Shane Williams. Nadie rehuyó el cuerpo a cuerpo ni la carga con bayoneta. Ni siquiera el falso pequeño llamado Shane. El bailarín hizo lo decisivo: arrancarle primero un ensayo de las manos al samoano George Stowers sobre la misma línea, lo que viene a ser como quitarles una pieza cazada a una manada de lobos; y, después, capturar el balón suelto de un pase desprolijo para cerrar la victoria galesa.