Achtung baby!

5 07 2010

Los teóricos del periodismo -una gente muy peligrosa- sostienen que la estructura clásica de las noticias de acuerdo a las cinco uves dobles (What, Who, When, Where, How o Why) debió morir con el telégrafo, que fue su razón de ser. Otros teóricos del periodismo -igual de peligrosos- advierten de que el why (por qué) es ahora el que manda, cuando el why jamás debió ser incluido en la estructura jerárquica de una información. El por qué tiende a ocultarse o a ser opinable. Una cosa es el análisis y otra establecer por qué ha sucedido algo un minuto después de que haya ocurrido. En el periodismo deportivo, la reflexión y las autopsias tienen lugar sobre un terreno muy resbaladizo: el de un juego, digamos el fútbol, con escasa dependencia de las lógicas mundanas y una filiación más próxima a lo casual, lo arbitrario, lo repentino y, sobre todo, el implacable error humano. El resultado de la obsesión analítica deviene en una actividad en la que el acierto resulta más complicado que enhebrar una aguja a media luz mientras uno patina sobre hielo. 

Tomemos el ejemplo de Brasil. Al mundo no le vale que Brasil fuera eliminado con todas las de la ley por Holanda en un partido radicalmente inexplicable. No por cómo ocurrió, sino por qué ocurrió. Al mundo no le basta con decir que hubo un gol en propia meta y que, sin que aún sepamos por qué, los brasileños deshicieron su figura hasta convertirse en monigotes. El mundo quiere más: sobre todo, quiere una cabeza en la bandeja a la hora de cenar. A uno le pareció de verdad que el Scratch iba destinado a la final y seguramente la Copa. Resulta evidente que tengo el punto de mira girado. Ningún otro equipo me pareció tan completo en todo el Mundial: es más, me lo sigue pareciendo. O tal vez ya no, porque el ejercicio defensivo de los alemanes contra Argentina ha redondeado a esa selección, a la que me parecía advertirle ahí atrás una leve tendencia a la vulgaridad y la vulnerabilidad. Es obvio que que sobreestimé a Brasil; tan obvio como que Brasil sigue siendo un equipo notablemente mejor que Holanda, que son Robben, Sneijder, un Van Persie en versión recortada y un grupo de buenos jugadores del montón. Y sin embargo, Holanda debió hacerle no menos de tres goles al penta. Que a Brasil, equipo ordenado en función de un millar de detalles tácticos, le hagan un gol de pelota parada, y que ese gol ocurra además en propia meta…; y que el equipo entre en un derrumbe estrepitoso, incapaz de racionalizar su ansiedad y de sostener el hálito competitivo que lo había animado hasta entonces… todo eso supone el colmo de un técnico obsesivo como Dunga. En todo caso, Brasil estaba condenado de antemano por todo aquél que ha considerado una perversión el viraje estilístico de Dunga. Ni siquiera un sexto campeonato habría liberado al entrenador brasileño del peso moral de su traición: durante estos años Brasil ha perdido por Dunga y ha ganado a pesar de Dunga. A buena parte del periodismo, y de la hinchada, tan endeble explicación le sirve de por qué. ¿Por qué se ha ido Brasil en cuartos? Por no ser Brasil. Ah, bueno… 

Joachim Löw, el entrenador alemán: pocos habrían imaginado un equipo germano tan diverso y casi ninguno sería capaz de llevar un conjunto de traje resuelto con cuello azulón en pico como lo viste Löw. Imaginen con este terno a Del Bosque, Maradona o Dunga y verán de lo que hablo...

Lo mismo valdría para Argentina, aunque por motivos opuestos. Dunga es demasiado táctico; Maradona, excesivamente intuitivo. Pensó que Argentina podría ser campeón sobre dos pilares: el presunto genio hereditario de Messi y el expansivo amor que como entrenador él les ha profesado a sus futbolistas. Con esa receta casera, hasta cuartos no le tosió nadie, por más que ahora digan que México anticipó los problemas. Pero apareció Alemania con su reunión de tanques y caballería ligera y aplanó la falacia voluntarista de los albicelestes. Hay un lugar muy común en el fútbol, ese que defiende que a un grupo de buenos jugadores no hace falta sino ponerlos en el campo y dejarlos que se expresen. Que el entrenador sobra. Cualquiera que haya vivido próximo a un equipo de fútbol sabe que la realidad opera de modo bien diferente. Para bien o para mal, los entrenadores definen a sus grupos. 

Si le damos la vuelta al argumento y miramos a España, habrá que preguntarse qué sentido tiene todo. España está en las semifinales después de protagonizar un alejamiento cada vez más acusado del estilo de juego que la llevó a ser campeona de Europa. Resulta que el partido que más se pareció a aquello fue el de Suiza. Como se sabe, el único que terminó en derrota. La insistencia de Vicente del Bosque en considerar titular indiscutible a Fernando Torres desplazó a Villa a la izquierda y a Silva al banquillo. Hay otra variación, ya comentada: la reunión de Busquets y Xabi Alonso, que hurta otro espacio a los pequeños. En la Eurocopa, el modelo lo sostenía la disonancia entre Senna y Xavi en el espacio creativo. Aquel equipo ha quedado idealizado, como modelo de funcionamiento y de ejecución. Inútilmente, la crítica ha pasado el Mundial discutiendo si España se aproximaba más o menos al canon de Luis Aragonés. Acerca de Torres han amortiguado los disparos: el chico no está bien, pero hay que darle partidos para que llegue a estar bien.Como si esto fuera un torneo de 38 jornadas. ¿Y a Silva no hay que dárselos? ¿Y a Cesc no hay que dárselos? La conjetura surge sola: criticar a Torres -que es de la casa- significa lo mismo que criticar a Zapater cuando jugaba en el Zaragoza. Una traición a la sangre. Un acto sin ética ni humanidad. 

Los chiquitos españoles se reúnen para formar una montaña: en la base de esa pirámide está Villa, rutilante con sus cinco goles para llevar a España al terreno desconocido de las semifinales.

Yo soy de los que cree (si es que hubiera alguno más) que Luis Aragónes se fue encontrando el extraordinario equipo español que hoy tenemos un poco por mérito propio -intentar versionar un modelo-, otro poco porque los futbolistas se imponen a sí mismos con sus actuaciones y algo más por evolución colectiva. Un mes antes de la Eurocopa nadie podría intuir, o al menos yo desde luego no lo hice, que aquel juego moroso de toque que practicaba España, con una molesta tendencia a las líneas horizontales y el manierismo, iba a evolucionar en una máquina diabólica de hilar seda. Todo esto no supone una crítica a Luis, sino la tentativa de razonar que en el fútbol, precisamente, no todo se puede razonar. Y menos cada tres días. Eso de que a un entrenador se le vaya haciendo solo el equipo supone un proceso mucho más común de lo que parece: a veces ser entrenador consiste en ver lo que no es evidente, lo que nadie anticipa; a veces, se trata de aceptar que lo evidente, lo que cualquiera ve, es lo necesario. Ninguna de las dos posibilidades se da a tiempo completo. España está en semifinales por primera vez. ¿A quién le importa ya si juega más o menos parecido a como lo hacía dos años atrás? La victoria contra Paraguay fue tan imperfecta como las demás, pero fue victoria igual que las demás. Con Alemania aparece ya un rival temible, como no podía ser de otro modo, que seguramente planteará un partido similar al de Argentina, sin ceder espacios de tres cuartos del campo en adelante. Faltará Müller, un alivio porque es, con permiso de Villa, el mejor jugador del Mundial. Pero los alemanes no son sólo sus medias puntas y un tallo al que se le caen los goles del bolsillo. Es también el carrete interminable de Schweinsteiger, una exuberancia física envidiable, el juego cuidadoso de Khedira, la llegada de Lahm y desde luego el percutor Klose, un tipo hecho para los Mundiales. Particularmente temo el desajuste de España en el fondo cada vez que el incontintente Sergio Ramos practica una de sus salidas en manada por la banda: cada pelota larga a la contra suele crearle problemas a España por ese lado, al que ha de caer Piqué para la cobertura. Busquets está jugando un gran Mundial, pero no maneja aún, pienso con humildad, el metrónomo táctico y posicional de un Senna para anticipar esos cierres. Es verdad que Alemania ha jugado al ataque más que Chile, Paraguay o Portugal: pero lo ha hecho hasta que ha necesitado otra cosa. Temo que con España se pondrá también cínica, porque el gran peligro de España es su inigualable capacidad de asociación en espacios pequeños alrededor del área.

El Guaje va a marcar una época, a pesar de la miopía que lo ha rodeado casi siempre en el fútbol español. Con indisimulado orgullo confesaré que yo guardo (y visto en días como el pasado sábado) la primera camiseta de España que Villa se puso nunca: una que yo mismo le compré para hacer la tradicional foto en La Romareda el día que lo seleccionaron por primera vez.

Y Villa, claro, camino de ser el mejor goleador de la historia de este país: un delantero que ha tenido que acercarse a la treintena para que, por fin, uno de los grandes se decida a pagar por él lo que sin pensar han pagado por antojadizos suecos o franceses autistas. Un goleador superlativo del que, por cierto, hasta se dudó en Zaragoza a su llegada. Sí, sí: uno recuerda haber escrito un artículo en defensa del Guaje titulado El goleador indudable. Porque había quien cuestionaba si estaba capacitado para anotar en Primera. Pero ese es otro tema. Si miramos el Mundial en perspectiva, podemos subrayar hasta qué punto fue importante la boutade de Claudio Bravo, el portero de Chile, en aquella salida extemporánea que le permitió al Guaje abrir el marcador. Podemos pensar que España hubiera acabado ganando de cualquier modo; podemos pensar que no… lo que la habría dejado segunda del grupo, con el consiguiente cruce en octavos frente a Brasil. Si Chile no se dispara dos veces en el pie, todo hubiese sido diferente. O tal vez no. Porque siempre cabe la posibilidad de que los africanos tiren a la mierda un penalti en el último minuto de la prórroga, como sabe Uruguay. Que el Loco Abreu haga la de Panenka y Zidane. O incluso que Brasil, pregúntenle a Holanda, se dispare un tiro en la cabeza.

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Brasil, como siempre

29 06 2010

Vayan rezando lo que sepan: después de marear la perdiz y pasar la primera ronda con un pie en el autobús, el 'Scratch' solventó los octavos de final de un plumazo contra el rocoso Chile.

Bueno, dejémonos de gastados juicios estilísticos y concursos de belleza. Y digámoslo ya: Brasil es el mejor equipo del Mundial, libra por libra. Y lo es de largo. Quien quiera seguir agitando la anécdota de su sufrimiento frente a Corea del Norte y del empeño de Dunga en un Brasil prosáico, que lo haga. A estas horas ya deberíamos saber que Brasil empieza los torneos en octavos de final; y que el asunto del jogo bonito quedó abolido en el rotundo fracaso de 1982. Sí, a cualquiera le enamoraba aquello. Y, aunque hay una escuela y la definitiva predisposición de la naturaleza, ni siquiera en Brasil los Socrates, Zico, Eder, Junior, Falcao, Leandro o Toninho Cerezo se reproducen por esporas. Tal vez nos costase reconocer el cambio operado en Brasil en los primeros años; quizás haya habido confusas treguas o meandros ocasionales en una implacable transformación sostenida con un par de títulos más… Pero la perspectiva de 30 años ya nos debería tener avisados. En la última década, el lugar común del artisteo brasileño lo sostuvo nada más que la reunión extraordinaria de futbolistas que aparecieron entre 1994 y 2002. Enseguida devino en un reclamo publicitario de Nike, con sus anuncios de las pachangas en los aeropuertos y la saga sonriente que conformaron Romario, Roberto Carlos, Ronaldo y Ronaldinho.

Brasil ha abrazado el darwinismo sin renunciar a las teorías creacionistas. Dunga seleccionó a los más fuertes de una especie que cuenta con el favor divino. Su estrategia fundamental siempre fue la estratégica genética, como diría Menotti. Es decir, somos brasileños, ergo somos mejores. Atropellando muchas sensibilidades, y con cierto desdén exhibicionista que ya le venía de su tiempo como medio peleador, Dunga ignoró a las señoritas brasileñas que todos anhelamos: un Ronaldinho, un Diego, un Pato… E hizo un bloque de resonancia menor con respecto a los antecedentes históricos de una selección excelsa, pero que aun así le saca una cabeza al resto por funcionamiento colectivo, equilibrio, potencia física y capacidad de repentización y pegada. Ningún equipo me había impresionado lo suficiente en este Mundial, hasta esta noche cuando vi a Brasil contra Chile. A Brasil siempre tardo en verlo porque sé que estará ahí el tiempo suficiente para no perdérselo. Y porque aprendí que todo lo que haga en la primera fase puede ser utilizado en su contra, pero a la hora de la verdad carece de peso real. Una vez que el Mundial entró a los bifes, apareció el Scratch con un severo aldabonazo. Ya sé que Argentina y Alemania también golearon rotundos, pero a los dos les veo defectos notables en su enorme potencial. Igual que a España. Brasil, sin embargo, me convenció en cada cuadrado del campo.

Dunga, el hombre intranquilo, levantó la Copa del Mundo en 1994 en Estados Unidos y uno empieza a tener casi por seguro que alzará otra en un par de semanas.

Tiene defensa, concepto táctico, agresividad, soporte intermedio, diversidad inacabable para llegar (por fuera, por dentro, a la contra, en combinación). Tiene resistencia, presencia física, velocidad con la pelota, desde luego finura en el toque. Tiene despliegue en el medio (el dúo Dani Alves/Ramires es simplemente demoledor), tiene a un Robinho maduro, ajeno al saltimbanqui bicicletero que aclamaron a su llegada al Real Madrid. Tiene dos laterales monumentales. De Maicon lo sabíamos todo. En el caso de Michel Bastos hay mucho que hablar, y bien, de Dunga: ha convertido un problema en el lateral izquierdo en un arma expansiva. Bastos defiende con mucha más enjundia de la que se le supone a un tipo en comisión de servicios; y, como extremo reconvertido a defensa, oculta el amenazante arrebato ofensivo que siempre mostraron los mejores laterales brasileños de las últimas décadas: el indetenible Roberto Carlos, el más contenido Cafú, el torrencial y fugaz Josimar, el mismo Dani Alves o desde luego el canónico Junior. Súmenle dos portentosos centrales como Lucio y Juan, buenos de por sí y mejorados en un estilo agresivo, anticipatorio y de ribetes jerárquicos (el cabezazo de Juan, las poderosas salidas de Lucio en perpendicular). Y un portero, Julio César, de perfil redondeado pero bien presto. Brasil es un equipo demasiado bien construido y de ejecuciones muy convincentes, como para andar haciéndole juicios poéticos con la historia de fondo.

No se trata de compararlo con los mejores equipos que tuvo Brasil en su historia, sino de establecer su posición con respecto al resto de competidores hoy y ahora en Sudáfrica. Aun sin el mejor Kaka, aun con un Luis Fabiano siempre antojadizo (y siempre por debajo de antecesores como Ronaldo, Bebeto, Romario o Careca, por nombrar los más cercanos), Brasil aún es Brasil. Un Brasil superior que no se hace el simpático ni regala nada; que cumple la principal ley moderna del juego, ser difícil de ganar para empezar a ganar; y que ha solventado las dificultades enormes que quiso plantearle Chile, un equipo trabajoso, con insultante facilidad. A la media hora de partido me tenía convencido y le pongo la ficha para campeona, en final contra Alemania, si los alemanes mejoran en el fondo (donde les veo problemas); y, por supuesto, si Messi no lo impide. Porque Argentina, la tercera del triángulo de los mejores, da ya cierto miedo: con un plan que consiste apenas en el allá vamos que vamos, hasta ahora no hubo quien le resistiera. Y Maradona, que no podrá dar ningún curso de estrategia, mejoró la defensa con Otamendi y Burdisso; y sacó a Samuel, Jonás y Verón del equipo titular. O sea, que tan gil no es.