All things move…

5 01 2016

De todas las imágenes que guardo de la noche de Reyes, algunas son intercambiables. Las reconocerá cualquiera. Nos acostábamos con la puerta entornada. Yo me mantenía despierto mientras podía e interrogaba con inevitable confusión el juego de luminosidades y sombras movedizas bajo la rendija de la puerta. Las voces apagadas que podían ser o no las de mis padres. El zumbido familiar de los pies arrastrados por el piso. Y ese crepitar suave, demasiado fugaz para interpretarlo, que parecía papel de envoltorios pero tal vez fuera cualquier otra cosa. No lograba distinguir los matices precisos para una certeza. No logro saber aún si lo intentaba siquiera. Sabía que nada ocurriría mientras yo no durmiera. Que el prodigio exigía el sueño. De toda esa construcción sensorial queda sin embargo, por encima de todas, una escena que nunca vi, pero que siempre me relataron. La de mi padre tirado en el suelo del cuarto de estar, donde abríamos los regalos por la mañana, montando el Scalextric y jugando de madrugada con uno de los hermanos Montal, mientras nosotros dormíamos.

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La magia de todo aquello se acabó pronto y de la manera habitual. La ilusión no se me ha curado nunca. Supe aún demasiado niño la verdad y, sin embargo, no perdí ni un ápice de las emociones infantiles que toda aquella liturgia me procuraba. Las he traído hasta hoy. Casi. Ahora ya, como de tantas otras cosas, no puedo estar seguro. Intento reconstruir el milagro con mis propias manos, como un mensajero obligado a transportar viva la llama en este largo trayecto. Intento reconstruir tantas cosas perdidas que no sé ni por dónde empezar. Creo que si miro atrás voy a encontrar el vacío; y si voy adelante, caeré en un precipicio porque el camino ha terminado. Así que solo miro a los lados y a menudo encuentro poco más que angustia.

A veces pienso que seré capaz de construir un palacio entero para él, con su laberinto de estancias y habitaciones, repleto de juegos y enseñanzas, de torres y almenas, de misterios con respuestas; que lo recorreremos juntos, cogidos de la mano, y a cada uno de sus miedos yo responderé con una verdad; y a cada una de sus dudas yo opondré una certeza; que tendré todas las contestaciones a todas las preguntas. Y que, al final de cada paseo, nos asomaremos por las aberturas más altas del muro a un cielo coronado de centellas, asombros que le hagan sentir el inevitable deseo de volar, que es anhelo sin renuncia posible para el hombre. Y yo lo dejaré ir de mi mano y él se suspenderá en el tiempo y los espacios, y atravesará la vida sin volver la vista atrás; y yo lo miraré sin perder ni por un momento de mis ojos su cuerpo delgado y rubio, esa piel construida de leche de oro, cuyo primer tacto de terciopelo no me abandonará nunca.

A veces siento que no seré capaz de ninguna de estas cosas. Que intuirá en mi mirada la extrañeza herida del hombre que se extraña a sí mismo. Que no acertaré a salir de mí para llevarlo por los corredores inciertos de este castillo. Que cuando me pregunte, yo estaré buscando explicación a mis propias obsesiones, sin atender las suyas. Que aprenderá a ignorarme, a no contar conmigo, a encontrar en otro lado lo que no tenga en éste. Aprenderá que debe volar y lo hará para no volver. Admitiré no haberle dado ningún motivo para regresar, salvo quizás la piedad. Y tal vez ni eso.

Eso que mi padre hizo tan bien: entregarme tantas cosas, de un modo tan sutil, que me dejó impregnado para siempre de la necesidad de regresar a él, casi a diario. Sí, tal vez una noche de Reyes la pasó tirado en el suelo, con un amigo, montando tramos de una pista por la que correrían mis coches. Pero no fue jamás un modelador de artificios. O yo no lo percibí así. Le dio forma a mi necesidad de un modo implícito, prosaico. Tal vez en su pura ausencia de viajante que cada lunes salía de casa para volver a finales de semana. Quizá en esas partidas rutinarias modeló mi imposible marcha. En la maleta dispuesta sobre la cama y el método para no olvidar nada, que me transmitió cuando yo me hice viajero inverso a su costumbre: hay que llenar la maleta, me dijo, en el mismo orden en el que uno se viste. Y así la inconsciente rutina deviene en una disciplina acerada, que construye un hábito.

Mi padre nos dejó un día de Reyes, por la tarde. Esa mañana yo había comprado dos roscones, preso del mismo entusiasmo confuso con el que me acostaba de niño y auscultaba las voces y los ruidos al otro lado de la puerta de nuestra habitación. Uno era para quienes le atendían desde hacía meses, en el goteo de días cuenta atrás hasta el final. Otro para nosotros, que nos reunimos a comer en el lugar de siempre, en una celebración imposible, pero que debíamos imponernos para conjurar todos los temores. Y que solo mi hermano y yo sabíamos que iba a ser póstuma. La última antes de.

Hacia el mediodía, mientras le guardábamos el costado de la cama, su agitación creciente obligó a llamar a las enfermeras. Desde hacía unos días (casi) todo estaba en nuestras manos. En la decisión de comenzar a administrarle morfina cuando el desasosiego físico, que lo apresaba en una inconsciencia que ya se había prolongado durante días, hiciera evidente la proximidad del dolor último. En ese instante activaríamos el monstruoso engranaje del desenlace. Y así ocurrió: su vida quedó resuelta en horas.

La idea de la partida se impone hoy al despojo que la escena tuvo de verdad. A partir del segundo final, todo ha sido literatura. Fue esa idea, construida en mi cabeza para imponerla al silencio descarnado del momento, lo que trajo a mi memoria otra despedida: una vieja tarde de Reyes en que debió salir a uno de sus viajes de trabajo, muchos años antes. Nosotros nos quedamos agotando los regalos, la inquebrantable alegría de una jornada como esa. Nada me pareció más triste entonces que aquel contraste. Nada más cruel. Y no para el niño que era yo, sino para el padre que era él. Hoy me pregunto si en verdad sería así, si tomaba el hecho de tener que dejarnos con naturalidad profesional o si incluso le liberaba cambiar el escenario. Ser otra vez el hombre de mediana edad, con sus indecisiones, en lugar del padre al que no se le permite vacilar. Si tal vez necesitaba alejarse con sus propias memorias de otros tiempos, de sus días de niño. Si tan irrevocables me parecen aún a mí todas esas cosas hoy por hoy, si a veces quiero salir de casa e irme por tiempo indeterminado, o esconderme en esta oscura soledad escrita… ¿por qué no iba a sucederle lo mismo a él?

Me asomé a la ventana y lo vi abajo, en la calle. Camino del automóvil y la ruta. Cruzaba la ventolera con paso decidido. Con su metódica bolsa en una mano, con ropa y documentos; y el saco para los trajes colgado sobre el hombro de la otra. Lo vi quitarse el abrigo y extenderlo con cuidado en el maletero, sobre los bultos. El aire le revoleaba el cabello.

No puedo atribuirle esta última enseñanza: que la existencia lo arrebata todo. Se arrebata incluso a sí misma. Niega todas sus doctrinas y las releva por otras, a menudo en rotunda contradicción. Corrige incluso el significado de una fecha, aprendido durante años y años. Como si una voz macabra dijera en off: tu gastada alegría de niño la sustituirá desde hoy esta Epifanía de adulto, corrupta de aflicción. Y así, ignorando estas cosas o sabiendo otras, nos sentaremos de nuevo a la mesa este Día de Reyes con el roscón y los regalos de quienes vienen por detrás. Otra vez, ya para siempre, obligados a imponernos esta celebración, para conjurar todos los temores. A veces la vida te quiere enseñar lecciones que son imposibles de aprender.

 

 





Inventario

22 01 2014

Somos pasajeros de un viaje que nadie comprende. Sometidos a la extrañeza: están su ropa, sus anteojos, la memoria de los objetos, los zapatos en el mismo lugar, las americanas prendidas en elegante descanso, en el interior de los roperos; imágenes, dedicatorias, apuntes contables, los libros leídos, otro que quedó abierto en una página señalada que no me atrevo a desdoblar; aparatos de radio que fueron cientos de noches, cachivaches, llaveros, relojes que se erigen en calabozos cortazarianos, un aire impregnado, la mecedora detenida, lo que guardó y lo que guardamos; una cadena de oro, encendedores de plata, un cuchillo de monte, unos gigantescos binoculares, los partes médicos, los documentos, sus voces grabadas, las fotografías, los peines de carey, cepillos planos, bufandas tejidas y gorras de monte, un televisor apagado, un aroma que lo ha perdido, la música de Strauss, carpetas y cuadernos, clasificadores, bolígrafos y la anotación de objetos necesarios para una breve estancia fuera de casa, que se fue alargando. Desde el final del verano, insistente, hasta que pasó el otoño y varios inviernos. Cada vez más fríos. Cada día más sombrío. Así hasta que todos aquellos enseres perdieron su condición necesaria, hasta que todo se hizo perfectamente aborrecible, efímero frente a la eternidad devoradora que nos vencía.

Su rostro de niño, tan familiar que puedo reconocerme. Su joven prestancia de gastador. Aquellos saltos de tuno que hacía magia con una pandereta. Los juegos. Las enseñanzas. El indescifrable amor. El dolor oculto, la frustración, la mirada imperativa que se iba a agotar en ningún punto fijo, como tratando de entender qué cosa era esta puta nada que parecía colarse por la ventana. La generosa comprensión de todos mis errores, el recuento de derrotas, las victorias que olvidamos. Está todo, salvo el hombre. Y su voz. La voz. Que es solo vibración etérea y, sin embargo, lo más cierto, lo más concreto, lo más aprehensible de todo lo que no está. La voz que llena los espacios inauditos. Y una cerveza que había quedado en el frigorífico y que me pidió con insistencia todos estos meses. Una cerveza. Una cerveza… Y esta botella de vino que (ya no pero tal vez sí) nos beberemos cada 24 de diciembre.

Edwyn Collins, de regreso de una muerte pasajera (una hemorragia cerebral en 2oo5, una parálisis parcial de su cuerpo, un largo periodo de rehabilitación neurológica, el reaprendizaje del habla, la motricidad y hasta sus propias canciones…) publicó un disco formidable llamado ‘Loosing Sleep’. En él tocaba y cantaba esta composición, titulada ‘In Your Eyes’, junto al vocalista de The Drums. Tiempo después, comenzó a interpretarla en directo auxiliado por su hijo Will, a dos voces y un solo corazón. Siempre me pareció una celebración extraordinaria de la vida por parte de ambos, un encuentro envidiable cuya hermosura está contenida en los paralizados gestos de orgullo de Edwyn Collins y los alegres bailes del chico. El concierto de Edwyn Collins en el Teatro de las Esquinas, hace algún tiempo, puede haber sido uno de los más desoladoramente hermosos que yo haya visto. Para mí, el estribillo de este tema y su melodía constituyen una oración que he dicho un sinnúmero de veces, de una forma u otra, en los últimos meses. Bastaba una mirada para aceptarlo todo.

“No puedo siquiera probar el vino / siento nostalgia / Y si me ves hundido, mejor aléjate, aléjate… / Lo percibo en tu voz, en tu voz / Y lo siento en tu corazón, en tu corazón…

Si lo que quieres es irte / no hace falta ya que te quedes / A veces me siento agotado / Y ya he aceptado que tienes que seguir tu camino / Lo veo en el cielo, en el cielo / Y lo advierto en tus ojos…

Lo que intento decir es que / He cambiado de idea / La vida tiene cosas oscuras / Lo entreveo en tu sonrisa, en tu sonrisa… /  Y puedo tocarlo desde aquí lejos, desde aquí

Algun día, muy pronto / abandonaré esta ciudad / Un día, muy pronto, / me buscaré un nuevo lugar / De vuelta al campo / la vida llena de paisajes / Allí donde tengo la intención de dejarme ir

Si quieres irte / dejaré que lo hagas ahora / Ya no hace fala que te quedes / A veces me siento cansado / Y ya he aceptado que debes seguir tu propio camino / Lo veo en el cielo / Me lo dicen tus ojos

[Pd: Prometo no hacerlo más, pero era preciso este inventario. Vaciar los cajones, mirar las imágenes, escuchar los sonidos, sentarse y observar los mismos lugares de siempre. Dejar todo lo que quedaba. Arrancarse la ropa, desnudarnos como para entrar a un baño helado, en un lago, en el centro exacto de un bosque silencioso. Y luego, ahora ya, regresar a las luces y las noches, las tiendas, los bares, el neón de la existencia. Y seguir bailando. Sí, seguir bailando. Bailar hasta que se nos pare el corazón de tanta felicidad].