La vida en Marte

16 08 2012

Yo solía pasar los veranos en el fondo de una piscina, por envidia del personaje de Dustin Hoffman en El Graduado: cómo no ansiar su autoimpuesta molicie veraniega, el desinterés por el futuro, solventado el inevitable presente, la ligereza de la rebelión del joven que va a ingresar a la incertidumbre adulta. A ratos hacer el muerto sobre la delgada superficie del agua, con el talón de un pie cruzado sobre el empeine del otro, ahora que no se pueden meter colchones en las piscinas modernas. Azul arriba, azul abajo. Pero sobre todo, sobre todo, el exilio interior: dejarse caer al agua, irse al fondo y mirar desde abajo, sin oír nada, anulados los ruidos, las palabras; convertidas las personas, las propias y las ajenas, en perfiles inestables de pupila inundada; y así, observar a través del cortinaje, integrado en el silencio y la distancia, sin implicación emocional ni física. Un lugar al que no lleguen los recibos del banco, ni siquiera los de la banca online; ni los periódicos de papel, ni los tópicos de moda. Era un plan de evasión sencillo pero efectivo; incompleto, sí, condenado a la fugacidad, a la derrota, pero merecía la pena arriesgarse a cambio de esa ensoñación, entre suaves azules e irisaciones solares de lo más sugestivas. Una piscina al sol en la que pasa la vida: un sueño cualquiera, el sueño de cualquiera, cualquier sueño. Para emularlo bastaba una pequeña piscina como ésta, de apenas dos escalones y cuatro metros, a la vuelta del muro un campo de frutales, algunas salamandras detenidas en la pared de cuando en cuando, una gata maulladora que patrulla el lugar sin imponer otra ley que la de su propio e interminable reposo. Y de fondo, en mi cabeza, Simon y Garfunkel, el muslo satinado de la señora Robinson, las puertas entornadas para oír la propia soledad, algunos malentendidos, todas las renuncias, una novia a la carrera que nos recordaba vagamente a Katharine Ross, las brasas de agosto, el avance insidioso del cinismo, los vanos enamoramientos, el vasto desinterés. Todo eso ahí abajo, en el fondo, donde el silencio suena tan melódico.

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