Estofado irlandés

9 03 2012

Cada año debemos salir en peregrinación hacia los santos lugares, que no siempre son lugares santos. De hecho, casi nunca lo son. Es verdad que hace pocos meses admiramos la portentosa biblioteca de Santa María Novella en Florencia, el grandilocuente crucifijo suspendido de Giotto, las cúpulas rojizas y las portadas pálidas de la Toscana, el túmulo funerario de Buonarroti. Esta vez, sin embargo, la propuesta consiste en domesticar el espíritu ahogándolo con rugby, entre los contrafuertes cristalinos del Aviva Stadium de Dublín. Una ciudad para la circunspección audaz de un Joyce o la diletancia sin inhibiciones de un Wilde. O para extrañar al lesionado Paul O’Connell y aún más a Sean O’Brien; y añorar el duelo que esos dos armatostes se hubieran jugado arriba y abajo con nuestras últimas esperanzas azules: David Denton, el panocha Gray, el escurridizo Laidlaw… Es la llamada de Irlanda, el himno que el rugby usa para convocar bajo su capa a las cuatro provincias (Ulster, Munster, Leinster y Connacht), el reclamo que no podemos dejar de atender.

Una de las célebres campañas de Guinness con el rugby como motivo: el protector bucal es la espumosa corona blanca de la pinta: 'Guinness-Rugby, The Perfect Match', el encuentro perfecto.

No pisamos la tierra de Dublín desde el verano de 1998, cuando hicimos la vuelta a la isla en el sentido contrario a las agujas del reloj. Entramos desde el País de Gales por el sureste, en una travesía de luces tibias por el perezoso sol irlandés de media tarde y varias pintas de Guinness tomadas con la espalda contra las paredes blancas de cubierta. A la llegada al puerto de Rosslare agarramos un Corsa que nos traíamos de casa y describimos una briosa vertical en paralelo a la costa oriental de la isla. Pasamos la primera noche irlandesa en la generosa granja que fatigaba el padre de un amigo en los alrededores de Arklow, a medio camino en dirección a Dublín. Lo que siguió fue un periplo que enseguida iba a adquirir caracteres míticos, si se acepta el término en referencia a una mínima historia privada. Un viaje, en la más hiperbólica acepción del término, que todavía nos vemos obligados a recordar de vez en cuando para dejar constancia de que por aquellos días debió de ser la última vez que nos sentimos jóvenes con toda la razón. En medio del exceso de semana y media, Dublín apenas me dejó apenas imágenes borrosas, por la cantidad de pintas de cerveza stout que fuimos capaces de acumular entre los elásticos confines de nuestro organismo. No recuerdo bien si pasamos allí dos días o tres, antes de cruzar el mapa en horizontal hacia la costa atlántica. Sólo recuerdo las noches. O una noche en la que se confunden varias.

Pero de Dublín (de Irlanda en general), uno se trajo enseñanzas que darían para una película de esas que llaman de viaje iniciático, por el impacto moral que producen: 1) Que esa gente tiene cervezas negras que son AÚN MEJORES que la Guinness, aunque algo así suene a inaceptable perversión de la naturaleza y a desafío contra la misma certeza de la existencia. Y 2) Que en Dublín las noches pueden perfectamente empezar a la hora de comer o incluso antes, sin perjuicio de lo que establezcan el reloj del Trinity College o el movimiento de traslación del planeta Tierra con respecto al Sol. Y así, apenas nos levantamos de la cama en nuestra primera mañana tras nuestra primera noche, entramos a comer en un pub hechos un hatajo de tres pordioseros estragados y, varias pintas y un estofado irlandés más tarde, nos habíamos convertido en un ejército invasor dispuesto para la toma del castillo de Blarney si fuera preciso. Al no albergar un natural peleador sin razones poderosas por medio (pongamos por caso, la discusión por una pelota ovalada) decidimos parapetarnos de taberna en taberna. Digamos que serían no más de las dos de la tarde para cuando agradecimos el estofado y sus maravillas y pasamos al café irlandés. A partir de ahí, nos precipitamos por un tobogán de pintas que nunca se terminaban. Y para nosotros, al margen de la luz del exterior, todo fue una larga noche que volvió a prolongarse hasta bien entrada la madrugada. Como es natural, este tipo de comportamientos poco cristianos conllevan sus lógicas consecuencias: quedó registrado que yo podía derramar casi tantas pintas como me bebía y dejar sin ropa limpia a uno de mis conmilitones de viaje nada más iniciar el recorrido; y que es posible que tres amigos enganchen durante diez días una ristra de borracheras y discusiones interminables que constituían el fantástico epílogo de las largas noches de juerga. Qué forma bizantina de discutir procura la Guinness. Nadie se rendía hasta que el oponente no se quedaba dormido. Y a la mañana siguiente, estofado irlandés. Y luego un cafecito. O dos o diez. Irlandeses, claro. Y tan amigos como el primer día. Y vuelta al pub. Y a la vida. Y ahí seguimos.

Llegados a este punto y a modo de corolario, pincharíamos aquí algún tema bien beodo de los Dubliners o calzaríamos un par de citas de George Bernard Shaw o de Joyce o aún mejor del señor Wilde (esas que decoran las paredes de las inquietantes tabernas irlandesas que han invadido el orbe completo) y quedaríamos como señores. No lo haremos. A cambio, contaré que en cierta ocasión mi entrenador de rugby, en un exceso de confianza innegable considerando que hablaba con un pilar de nacimiento, me agarró a la finalización de un entrenamiento entre barro y aguanieve y, sentándose a mi lado, sacó de su bolsa un ejemplar del Ulysses. Me miró durante algunos segundos con él en la mano, mientras yo me sacaba laborioso las medias encharcadas, haciendo que el libro se balancease en su mano como si fuera a decirme cuántos gramos pesaba la edición. Desvió un momento la vista y, seguro de que nadie en el resto del vestuario nos mirase, me preguntó: “¿Tú has leído esto?”. Se me endureció el cuerpo y, envarado por la tensión, admití: “Mira, algunos capítulos sueltos, pero… debo confesar que no puedo con él”. Vi en sus ojos cómo se le relajaba la culpabilidad existencial que lo había atrapado en el intento. Procedió a devolver el libro a su bolsa y, sin mirarme, mientras se levantaba dijo: “Menos mal. Creía que era un problema mío”. Yo terminé de bajarme las mallas y, liberada la carne, me fui a la ducha.

A falta de los Dubliners y sus baladas aguardentosas, les dejo otra voz áspera que en estas fechas tan señaladas escucho mucho: el señor Mark Lanegan (ex Screaming Trees, ex Queens of The Stone Age, ex Gutter Twins… y otros) y su banda. Nada que ver con Irlanda, aunque podría bucear en su ascendencia, con ese apellido. Su último disco, Blues Funeral, parece sublimar el poder hipnótico de las voces pedregosas, habitadas en simultaneidad por varios seres en conflicto como nosotros por las noches de Dublín. El acuerdo final, sin embargo, es una delicia canalla, una hermosa fantasmagoría, árida e inquietante como esta Canción del Sepulturero.

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Sangre, lluvia, viento, dolor: la guerra

25 09 2011

Marcelo Bosch, el segundo centro argentino, se encuentra en medio del campo de batalla con su homólogo escocés, Graeme Morrison: uno de los muchos impactos de un encuentro jugador a puro huevo, sin concesiones, en un campo arrasado de lluvia y viento que hizo aún más racial el juego. Foto: PETER PARKS/AFP/Getty Images)

No hay casi nada hermoso en la guerra, como observó Ernest Hemingway. Y este partido fue la guerra. Ni siquiera es bonito el resultado, que resuena opaco, como venido de otro tiempo: Argentina le ganó 13-12 a Escocia. Se jugaban, salvo sorpresa en el último día de los azules contra Inglaterra, la segunda plaza del grupo B. Fue una guerra y decirlo no constituye hipérbole ninguna, ni un modo de ensalzar un partido bronco, jugado con dolor (lesiones de Fernández Lobbe y Roncero en Argentina, un tobillo seriamente lastimado en el caso de Leguizamón), resistencia y poco más por parte de los Pumas, iniciativa y poco más por el lado escocés. En verdad, fue increíble que ganara Argentina, que debió pisar no más de dos o tres veces la 22 rival. Pero en medio del ronco sonido de un partido industrioso, jugado con sangre, sobre un campo batido de lluvia y viento (terreno mojado, pelota difícil), repleto de errores en la decisión y de ejecuciones complicadas por los elementos, en medio de la constante cacería que constituyó cada pesado movimiento de la pelota, en medio de la juerga de los delanteros, las cargas, los placajes, los rucks insondables… en medio de toda esa chatarra desordenada, como un cementerio de vehículos pesados, como un escenario postnuclear de Mad Max, ahí apareció ligero y natural, excelso y decisorio, el suplente Lucas González Amorosino. Él ganó el partido con su ensayo. Él puso la única brizna de hermosura en un partido de tensión sublime, vacío de concesiones a la galería. Él salvó a los Pumas. Y él dijo: “Dejamos el corazón”. Pero debió agregar: “Y se lo arrancamos a los escoceses”.

González Amorosino es el jugador más creativo de Argentina del que se haya tenido noticia en este Mundial. Zaguero o ala del Leicester Tigers inglés, desde aquí subrayamos su nombre en el episodio llamado La caza del hombre. Y, sin embargo, el técnico Santiago Phelan optó por Rodríguez Gurruchaga como 15, tal vez anticipando (o propiciando) lo que sucedió: un encuentro nítidamente bilardista de los argentinos, y disculpen la intrusión futbolística. Pero ayuda a matizar la estrategia  de pertinaz defensa de los Pumas, frente a una Escocia que quiere jugar un rugby ligero, de combinaciones por fuera, para el que sin embargo no le alcanza el talento individual. Frente a una muralla inquebrantable como la argentina, apenas Evans en la primera parte, las raciales cargas de Barclay desde la tercera y algún intento demasiado alejado de Lamont… Esos fueron los argumentos ofensivos de los escoceses, que dominaron el territorio pero indultaron en varias ocasiones a los argentinos. Sigue siendo un equipo al que le cuesta ganar las líneas contrarias y finalizar jugadas. Sólo puntuó con golpes de castigos y drops, repartidos entre Ruaridh Jackson, Patterson y Parks, que perdió el que hubiera sido decisivo en la penúltima ofensiva escocesa contra los palos argentinos.

Dan Parks, en el centro de la imagen, intenta asimilar la proporción de la derrota que acaba de sufrir su equipo en Wellington, frente a los Pumas. En primer plano, el tercera argentino, Galarza, se acerca a consolar a los desconsolados rivales. Foto: Stu Forster/Getty Images.

Argentina ya demostró frente a Inglaterra que su capacidad para el sufrimiento, para sobreponerse a sus limitaciones, no conoce fronteras psicológicas ni físicas. Esa tal vez constituya su más evidente virtud. Es capaz de cerrar un partido en la batalla que más le interesa; son los argentinos quienes eligen las armas del duelo: siempre a cuchillo, nunca a pistola. Lo más cerca posible y a batirse en cada metro del campo… Escocia jugó más, puso más, mandó más, pero no encontró el modo de imponer su estilo. Se quedó corto para hacerlo. Argentina, por detrás 6-3 y 9-6 con apenas diez minutos por jugar, abocó el choque a un disparo al aire. Cuando González Amorosino apareció en el campo, con él vino la advertencia de que ahí, en su juego, estaba lo que era diferente y lo que podía ser diferencial. En medio de la tierra quemada que habían dejado 70 minutos de atrincheramiento, el zaguero Puma surgió con su camiseta inmaculada, como un signo de inocencia, y se convirtió en la niña del abrigo rojo que atraviesa el gueto arrasado en La Lista de Schindler. Grácil, hermosa en medio de la destrucción, intocable entre la barbarie. Pegado al costado recibió ese balón Lucas González Amorosino, en el minuto 74. Venía de izquierda a derecha la bocha, después de varias fases de desorden y trabajosa búsqueda de la continuidad por parte de los Pumas; abrió Vergallo, alargó Contepomi para Bosch y éste se la dio a González Amorosino, incorporado por afuera desde el fondo. El puma la agarró en equilibrio sobre el costado y, desde ahí, cimbreando las caderas para esquivar el desesperado placaje de Patterson, fue enganchando hacia dentro, rechazando tackles como si le dispararan flechas, corriendo sobre la punta de los pies, igual que si atravesara un piso de brasas o una cuerda floja sobre un abismo. Pasó a Dan Parks, voló impotente contra él Kelly Brown y, maradoneando con el bebé en los brazos contra el tiroteo, pasó González Amorosino por delante de Evans, y hasta el fondo perseguido ya de forma inútil por Graeme Morrison y John Barclay. Un flechazo de belleza que transformó Contepomi. Veneno mortal para Escocia.

El aleccionador resumen del encuentro lo hizo el narrador de la ESPN argentina. Sobre el pitido final, tras una emotiva victoria del equipo de su país que prácticamente le asegura la continuidad en la Copa del Mundo, elegante, conocedor y con el espíritu del rugby por bandera, Alejandro Coccia le hizo un canto a este deporte al decir: “¡Cómo me alegro de la victoria por este equipo de los Pumas… y cómo lo siento por Escocia, que mereció ganar!”. Eso, exactamente eso, es el rugby.

La jornada
Irlanda, 62-Rusia, 12
Fiji, 7-Samoa 27

Clasificaciones





La valiente Escocia

26 11 2009

Frente a la congoja existencial, basta el rugby. Si Camus hubiera probado el balón oval… Pero se hizo portero de fútbol. Por fortuna, en la condena le vino incluida la invención de El Extranjero, para redimirnos a los demás. Ha sido un fin de semana en Edimburgo, bajo sus cielos empedrados, por las calles como nubes de agua, camino de Murrayfield y la noche azuloscurocasinegro.

Puede que la vida no haya sido tan poco generosa como creíamos. Nos dio el rugby, y el rugby siempre devuelve algo. Al sur, a pocas decenas de kilómetros, en los Borders los ríos salieron de sus cauces. En la capital, la lluvia serena, el silencioso volcán apagado y el castillo de faldón negro; las calles pintadas con escuadra y cartabón, el ensanche hacia el puerto de Leith y el sombrío mar escocés. Y un arroyo de aficionados hacia Murrayfield, a su laderita esmeralda, a afeitarles a los australianos esos otoñales bigotes, adheridos a la campaña Movember contra el cáncer; gaiteros solitarios y a dúo en las esquinas; y las bandas de gaiteros marciales, iluminados por el único foco de un estadio en penumbra, en reverencial desfile. Parada prosaica de bandejas con pintas en formación de cuatro en fondo, cuatro por barba; los kilts, las medias blancas de lana, los wallabies hinchables silbados por la multitud al entrar en los pubs de Haymarket, la marea detenida con la barbilla en alto, mirando a los All Blacks batir a Inglaterra en las pantallas de primera hora de la tarde. Las celebraciones contra el Auld Enemy.

En los pubs de Edimburgo, el silencioso Clark’s en Dundas Street, el medieval Jeckyll and Hyde, el Ensign Ewart y el Deacon Brodie de la Royal Mile. La noche afuera. Luz repetida de Navidad. Hay que explicarles cómo elaborar un gin-tonic a la española, mucho hielo, doble o triple medida de gin, vaso grande… pero son buena gente, se aplican. Los parroquianos interrogan por ese idioma de timbres bárbaros, elevados, que atrona en el pub, acorralando el silencio. Aquí no eres invisible, como en Londres, donde un pingüino podría entrar, tomarse una pinta, y a nadie le extrañaría lo más mínimo. Si invitas a una pinta, te invitan a un vasito de scotch. Por qué no. Por esos milagros telúricos que no se pueden explicar, el whisky sabe a gloria en Edimburgo, como la Guinness en Oughterard, al norte de Galway, en Irlanda. Cantamos Flower of Scotland. Como siempre, olvidamos la segunda estrofa (“The hills are bare now / and Autumn leaves lie think and still…”); y murmuramos algunas líneas de la tercera. Afuera, la noche cabalga.

En la valiente Escocia dirimen su lucha la montaña y el llano, como en Edimburgo hacen el viento y la lluvia, el pasado y la modernidad. El pequeño callejoncito en el que Boswell conoció al doctor Johnson (donde siempre he de pararme unos minutos, como si me faltara el resuello, pero es la inexplicable emoción de la Literatura) y el sueño polinésico de Stevenson y la aguja del monumento a Walter Scott y el año dedicado a Robert Burns, el poeta nacional escocés. Pintada la cara de azul y blanco, un falso Mel Gibson tira del hilo de Braveheart y tensa la cuerda que dirige las ciudades hacia su nueva condición de parque temático. Edimburgo sostiene su deliberada hospitalidad en el tamaño manejable de las calles, abiertas de tripas ahora para que pase el tranvía, siempre ahora los tranvías allá donde uno vaya. Todas las ciudades son ya la misma ciudad, o casi. Pero en ésta aguarda Murrayfield, distintivo.

Escocia le iba a ganar a Australia, victoria histórica (hacía 27 años que los Scots no festejaban un triunfo contra el rival oceánico) que no debe explicarse sólo por el error final de Matt Giteau en la transformación que le hubiera dado el triunfo a los wallabies. Hubo mucho más y algunas notas esperanzadoras para quienes profesamos la mayor simpatía por el equipo del Cardo. Durante el primer periodo, cruzado de lluvia épica, Escocia levantó una fortaleza en su zona de 22 y estableció un tratado de resistencia que al principio juzgamos perecedero, condenado al cansancio y la quiebra en la segunda mitad, pero que poco a poco se reveló interminablemente heróico. Australia, asomada varias veces por sus centros, por el ariete de Rocky Elsom y Palu, por el peligro en jugadas abiertas de su talonador Stephen Moore, pasó media tarde asomada a la zona de marca como al balcón de una calle prohibida. Sólo pudo anotar con un golpe de castigo que pasó Giteau, anticipo inverso de la errática tarde del pateador australiano. Igualó Phil Godman y cada melé se convirtió en una trampa de la guerrilla escocesa capitaneada por Moray Low, un tres digno de la causa; hubo mil golpes francos por melés perras, envenenadas por esa ponzoña que gastan los pilares; y Nathan Hines (aussie de nacimiento, por cierto) dominó uno de los grandes valores locales en la nueva etapa de Andy Robinson, la touche, apoyado por la brava tercera de Beattie, Strokosch y Barkley. Valores que ya le habíamos observado contra la inferioridad de Fiji una semana antes y que deberá confirmar frente a Argentina este sábado. Rigor en las fases estáticas y arrojo para contener las dinámicas. La capacidad de definir un ritmo de partido conveniente. Muchísimo placaje en el centro y atrás, con un Rory Lamont amurallado, con un Sean Lamont sólido como pedernal por afuera. Con esas armas, sin apenas salir al ataque o llegar al otro campo, Escocia terminó por agotar la ofensiva australiana como hizo Mohamed Ali frente a Foreman en el Zaire.

Si salió de las cuerdas fue para ser clínico con el pie y vencer. Godman pasó otro golpe de castigo, mientras Australia perdía a Palu que se fue en una camilla con los pies por delante (antes se había marchado el escocés Cussiter con la cabeza girándole como a la niña del Exorcista) y poco a poco caía el ritmo del magnífico Will Genya en la creación desde el número 9 aussie. Entró Burguess para dinamizar el asunto, si es que eso era ya posible. Y Peku como talonador, un cambio que juzgamos equivocado porque sólo Moore había comprometido con sus cargas en las fases abiertas. Pero Giteau empezó a poner pataditas a seguir cuando llegaba a territorio comanche, en lugar de buscar sus célebres combinaciones cruzadas con los centros, y ahí advertimos la fatiga del largo intento australiano. Murrayfield hizo florecer su cántico preferido a la flor de Escocia y supo que el milagro era posible. Pedimos una bandeja más de pintas. Entonces apareció Chris Patterson. Nos las bebimos a su salud. Cuando más crecía el desconcierto australiano, Patterson capitalizó un avance local para poner un drop que era casi ganador, el del 9-3. Con dos minutos por delante, Australia se lanzó a tumba abierta por el desfiladero de los suicidas e hizo el ensayo de Ryan Cross. Sin tiempo para nada más, Giteau se sacó el casco para patear la transformación definitiva. Si la metía, Australia salvaba el resultado, aunque hacía rato que había perdido la consideración del continente entero que los mira. La carga defensiva de los escoceses contra la pelota parada encarnó el deseo escocés de triunfo: hasta seis jugadores se arrojaron desesperados a intentar contener el pelotazo de Giteau. De igual manera se hubieran cruzado frente a una bola de cañón, dispuestos a perder las piernas si eso aseguraba el triunfo. La pelota se abrió en un vuelo descompensado, lastimoso, y cayó lejos de su objetivo con el mismo desánimo con el que Giteau compuso el gesto de la decepción. La hazaña escocesa levantó, ya para siempre, el recuerdo de un partido con mayores méritos emocionales que deportivos. Pero al rugby se juega con corazón y pelota. Es un juego decididamente visceral pero de inesperada y a menudo rotunda lógica. Esta vez floreció una ocasión inolvidable. Y allí estuvimos.





El otoño en Edimburgo

18 11 2009

Hay un placer delicadamente pornográfico en la observación de esos placajes con los que Jonny Wilkinson derriba a los terceras contrarios. Primero los detiene en seco, sin acusar el mínimo retroceso de su posición; luego los levanta; por fin, los arrastra de vuelta por el camino por el que habían venido. Se trata de una inversión completa de la realidad, como ahora veremos. Para empezar, porque Wilkinson no se mueve de su sitio y los otros parecen haber chocado con una pared. Pero después, el muro se mueve, inicia el avance y deriva en aplanadora. Wilko no los levanta por el aire ni los voltea. Simplemente los detiene y los tumba, a medias entre el esfuerzo y el asombro. No incurre en ilegalidades de exhibicionista pendenciero como voltearlos en el aire o ponerlos cabeza abajo, aunque al estirado francés Emile N’Tamack lo dejara patas arriba en cierta ocasión muy célebre. Hablamos de alas (como la caza de Justin Bishop, un irlandés al que el suelo le cayó sobre la cabeza de manera repentina, al final de un triángulo escaleno de derribos de Wilko). Si lo permitiera la normativa, es probable que a ese tipo de jugadores de tamaño medio Wilkinson se los metiera en el bolsillo del pantalón. Pero lo bueno viene cuando baja a un tercera, notablemente a uno de esos terceras que cubre la touche en un golpe de castigo o una patada defensiva contraria; que recoge la pelota corta y que sale a la carga campo arriba, convertido en un batallón de radical soledad física. Bajo la epidermis de esta jugada de Wilkinson late una venganza global: los terceras a menudo pasan los partidos a la caza del apertura contrario. El 10 es la pieza más codiciada, en parte por hacer que perdure la estrategia del terror, de la que los terceras son jinetes, y también por interrumpir la conexión vital del equipo contrario. Wilkinson (que es tan fuerte como ellos, tan duro como ellos y técnicamente mucho mejor que la mayoría de ellos) se da el gusto de ejercer la poética de la revancha. Rara vez se deja cazar. Y a menudo los embosca. A la manera habitual, un tal Chesney lo descubrió por sí mismo, sin que nadie tuviera que contárselo.

Si hablo de placajes es porque hablo de Wilkinson, quien desde hace años (desde el mismo instante en que alcanzó la cúspide) entra y sale de acuerdo a una rutina de gloria y dolor, de triunfo y lesiones. Si hablo de Wilkinson es porque ha vuelto a Inglaterra después de 18 meses ausente (y antes al rugby en el Toulon francés), y porque lo ha hecho de una sola pieza, de pedernal, claro. Y si hablo de placajes es porque estos días voy mirando los tests de noviembre, con los tres grandes del Hemisferio Sur (Australia, Nueva Zelanda y Suráfrica, aunque también la cuarta que es Argentina) de vuelta por la Galia y la Bretaña, retando naciones enteras como quien se arriesga a un pulso mano a mano. Noviembre -un mes que clausura la luz y derriba las últimas esperanzas de cualquier hombre sensible- tiene a menudo un único sentido: los partidos internacionales de rugby de otoño. Vi a Gales y Nueva Zelanda, a Irlanda con Australia, a Australia con Inglaterra y a Francia contra Suráfrica… Vengo fijándome en los notables placadores de diversas escuelas. Me fascinaron las coberturas de Gethin Jenkins, el pilar galés, que alcanza las esquinas del campo con derribos que firmaría un tres cuartos centro. Me hizo acordarme de aquel día en el que, jugando en el campo de La Almunia, salió la pelota sobre el Perdigón (el liviano ala contrario, amigo con el que yo mismo había jugado hombro con hombro años antes en Ingenieros), y contra todo pronóstico al muchacho le sobrevino un lapsus inexpresable que lo llevó a quedarse parado sobre la línea, tal vez mientras decidía hacia dónde salir o bien sujeto por un ramalazo del subconsciente, que le recordaba en el peor momento del día que se había dejado abierto el grifo de casa. Esos segundos se dilataron lo suficiente para darme tiempo a llegar a mí, subido en el efecto bola de cañón del centenar de kilos y ávido de completar una jugada que recordaría siempre (como demuestran estas líneas). Sin que aún sepamos cómo ni por qué ninguno de los dos -y tratamos en vano de analizarlo durante el tercer tiempo- lo planché en seco contra la touche. Con el consiguiente júbilo de mis correligionarios y un atisbo de depresión en el gesto del Perdigón durante el resto del partido. Lo había cazado un pilar que venía de frente. Esas cosas no pasan.

Rocky Elsom, clásico tercera australiano en el que uno puede confiar para las tardes de lluvia y las noches de tormenta.

Hablaba de Gethin Jenkins, entonces. Pero también de Rocky Elsom o de Richie McCaw, dos flankers con el punto de salvaje inconsciencia y rigor táctico-defensivo que tanto me gusta. Ahora que el australiano Phil Waugh se ha dejado vencer por la edad (aunque no del todo, sostiene él) y que los Wallabies celebran la irrupción de Pocock en la tercera australiana, uno reza para ver el sábado en Murrayfield (a donde vamos a peregrinar por fin, después de tantos años de desearlo) a George Smith y Rocky Elsom sobre el campo. También a Matt Giteau, cómo no, el apertura al que tanto le cuesta pasarla, otro alienado del subconsciente, al que el cuerpo le reclama la guerra de los centros.

Medidos frente a Escocia (mi equipo, siempre mi equipo) los australianos siempre van a salir ganando. Hace 27 años que Escocia no vence a los aussies y nada hace sospechar que puedan lograrlo el sábado. Éstos no están siendo días de un gran rugby, siempre en términos proporcionales al extraordinario nivel del que hablamos. Pero sí repletos de detalles. Suráfrica ha bajado el pistón después de un bienio portentoso, inabordable (lleva tres tests perdidos de manera consecutiva) y Francia le ganó con talento nuevo; Australia tiene bajas principales (qué decir de Stirling Mortlock, hombre de piedra) y Robbie Deans maneja un equipo en transición, con muchachos dotados de la imperfecta electricidad de la juventud en la tres cuartos y un medio de melé (Genya) que por fin parece digno de calzarse los zapatos del inolvidable Gregan.Hace dos semanas, en Twickenham, Genya fue el artífice del cambio de ritmo que le permitió a Australia dejar a su espalda a la basta Inglaterra de Martin Johnson, un equipo que aún comienza y acaba en Jonny Wilkinson, incapaz de regenerar por sí solo el equipo campeón del Mundo en 2oo3, pero sí de ganar partidos y aceitar con un masaje de pies y otro de placajes las aristas de cualquier encuentro comprometido. Irlanda le empató sobre la hora a Australia en un partido bastante entretenido, resuelto por un error defensivo final que capitalizó el insaciable O’Driscoll. También me gustó el Gales-Nueva Zelanda (añoranza de Ali Williams y Chris Jack en la segunda), con los Blacks estrenando alas (ni Sivivatu ni Rockocoko). 

El sábado veré a Escocia, en directo, por fin en Murrayfield. A los pies de la hermosa ciudad vieja de Edimburgo, el castillo de Holyrood, el Museo de los Escritores, los callejones empedrados de Boswell, del doctor Johnson, de Stevenson, la columna de Walter Scott, el pub del Diácono Brodie, la Royal Mile infestada de cerveza en camisetas de rugby. La camiseta azul -viejísima, viejísima pero siempre necesaria- y el recuerdo de esta interpretación del Flor de Escocia en ese mismo escenario, en el Mundial de 1991, cuando Escocia jugó y perdió la semifinal contra el viejo rival inglés… Los tiempos de David Sole y Turnbull, de Finlay Calder, de John Jeffrey, de los lampiños Craig Chalmers y Stanger, del sabio Tukalo, el sobrio Scott Hastings, el totémico Gavin HastingsEste partido, grabado en VHS del viejo ScreenSports, lo vi cien veces al final de noches de cerveza y whisky, mientras miraba “roaches climb the wall”. Al final de las noches siempre está el desencanto (Onetti). Flor de Escocia, ¿cuándo veremos otra vez tu belleza?…